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Full text of "Alejandro Magariños Cervantes 1865 Novelas. Caramuru. La Vida Por Un Carpincho"

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SAL 7GG4.UO 



HARVARD COLLEGE 
LIBRARY 

LATIN AMERICAN COLLECTION 



FROM THE FUND 
GIVEN BY 


ARCHIBALD CARY COOLIDGE, ’87 
AND 

CLARENCE LEONARD HAY, *08 


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BIBLIOTECA HISPANO- AMERICANA, 

NOVELAS 

DE 

Alejandro Magariflos Cervantes. 


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BIBLIOTECA BMNO-AMERIliANA. 

NOVELAS 

DE 

ALEJANDRO MAGAR1N0S CERVANTES: 

CARAMURÜ, 

NOVELA HISTORICA ORIGINAL; 

LA VIDA POR UN CAPRICHO, 

EPISODIO DE LA CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA. 


CUARTA EDICION. 


Teodomiro Real y Prado, Editor. 
BUENOS AIRES. 

Imprenta del Orden, Victoria 203— Librería de Real y Prado, Bolívar 77. 

1865 . 


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7/U^. ¡jo 

/ 

HARVARD ROLLESE UBRARV 

BIFTOf 

ARCHIBALD CARY CO0UB6I _ 
AND 

CLARENCE LEONARD HAY 



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Sr. D. Alejandro Maga liños Cervantes . 

Mi estimado amigo: La lectura de su Cñramurú me ba 
proporcionado la satisfacción de ver cumplido un deseo que 
hace tiempo tenia: y era que alguno intentase Sacar provecho 
de los infinitos portentos naturales de América y de las intere- 

v 

«antes costumbres de sus habitantes para la composición de 
la novela descriptiva ó de cardéis, á que tán adecuada y ad- 
mirablemente se prestan las unas y los otros, sin mas trabajo 
por parte del autor que ver bien ló que á su vista se ofrece, y 
pintar con naturalidad y sobrio gusto lo que ha visto; trabajo 
grande, atento que pocas cosas puede haber mas difíciles que 
trasladar al papel con el imperfep^ y ^«litado instrumento 
de las lenguas lo que el corazón y la' 5 * mente, instrumentos 
menos limitados é imperfectos de la sensibilidad y de la inte- 
ligencia, tienen las mas vece^por superior á sus fuerzas, pero 
para el cual son comunmente aptos los que han visto la luz 
en aquellas sorprendentes regiones; mayormente si á las con- 
gónitas dotes del cuerpo y del alma, que deben á su próvido 
cielo, ha*n sabido unir las que solo pueden adquirirse por medio 
del estudio yoqj libre ejercicio de una razón sana y vigorosa. 


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VI 


INTRODUCCION. 


Muchos y recientes ensayos, de que aqui, por desgracia 
se tiene escasa noticia, ó se hace poco aprecio, prueban que la 
juventud americana empieza á conocer los grandes recursos 
que ofrece su pais á la poesía de todos géneros, y con espe- 
cialidad á la lírica, en que tanto han sobresalido Olmedo, 
Bello, Plácido y Heredia; y á la popular ó de romances que 
Echeverría y otros paisanos de Y. cultivan felicísimamente 
hoy dia. Y, sin embargo, Caramurú es el primer trabajo de 
su especie que he visto hecho por un americano, siendo asi 
que (á lo menos en mi sentir) hay de presente para la novela 
en América mas rica mina de materiales que para cualquiera 
otra obra de literatura : aserto de todo punto evidente para 
cuantos han estudiado la historia de las repúblicas america- 
nas, y que, considerando á estas á cierta luz, y en ciertos 
determinados aspectos, reconocen de cuanta utilidad pueden 
y deben ser para la fábula el portento de su descubrimiento 
y conquista; la vida casi monástica de sus hijos en el dilatado 
período de su unión con la madre pátria; las sorprendentes 
peripecias de su guerra de independencia; y, lo que es mas, 
la lucha permanente de sus razas, y la misteriosa progresiva 
marcha de ellas hácia la unidad de legislación, costumbres y 
naturaleza. 

Repito, pues, que me alegro de ver seguir á Y. un camino? 
en mi concepto llano, y cuanto llano y descampado, ameno y 
deleitoso. Si por ventura, y como yo lo espero, lo recorre 
Y. con felicidad y gloria, la patria natural le agradecerá el 
lustre que dé á su nombre y á sus cosas, y la adoptiva el 
presente de las novelas en que le ofrezca la pintura de aque- 
llas bajo la forma mas agradable que ha dado el ingenio 
humano al maravilloso arte de la palabra escrita! 

Soy su afectísimo amigo. 

R. María Baralt. 

Madrid y Mayo 3 de 1850. 


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LITERARIA. 


IX 


mas arriba, en pró del arte y de nuestros jóvenes compatrio- 
tas, haremos un breve análisis del argumento, del carácter 
de los personajes, de la acción dramática, de la trama, y, en 
fin, del espíritu y tendencias del libro que nos ocupa. 

Antes de pasar adelante creemos conveniente trasladar 
algunos párrafos de un concienzudo artículo del apreciablo 
y joven escritor D. Antonio Cánovas del Castillo. Hé aquí 
como se espresaba al hacer la crítica de la Estrella del Sud y 
otra novela del Sr. Magariños Cervantes, inferior á la presente: 

«Magariños es de los jóvenes escritores americanos el 
que pone mas color local en sus obras: acaso el que lleva mas 
fé patriótica en el corazón: acaso también el que mas se deja 
arrastrar de los vicios de la sociedad en que ha vivido, por lo 
mismo que sabe retratarla bien, y comprende como pocos las 
bellezas poéticas que ella encierra.» 

Y mas adelante, indagando con suma sagacidad el origen 
de sus defectos, que encuentra en el desquicio social y en la 
vida fatigosa que arrastran aquellos pueblos en las fértiles y 
malhadadas orillas del Plata y en las cuestas riquísimas de 
los Andes, añade el Sr. Cánovas: 

«¿Qué podia* hacer tm joven de veinte años,' en cuya 
frente ardía la inspiración, cuya alma se levantaba á la 
noble ambición de la gloria, del amor íntimo do la patria y 
del fanatismo por el vago eco de la libertad? ¿Qué podía 
hacer, decimos, Magariños Cervantes en modio de ese tor- 
rente desbordado, de tanta tiniobla por un lado, de tan ai- 
niestros resplandores por otro? Nada mas que marchar al 
frente del movimiento, ya que detenerlo úo estaba en su 
mano: no otra cosa que dejar sembrada su carrera de admi- 
rables rasgos de ingenio, de pensamientos originales, de 
gotas de fé, de relámpagos de esperanzas: únicamente escribir 
j La Estrella del Sud y las Brisas del Plata . 


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CRÍTICA 


«Ya lo dejamos dicho en otro párfafú: ese joven escritor 
tiene talento, instrucción y entusiasmo; imaginación encendi- 
da en el sol de las pampas, y la pólvora siempre humeante 
délos cañones de Rosas; espíritu incierto que se eleva y vaga 
entre mil reminiscencias diversas y entre rail principios 
contradictorios; buen hijo, en fin, de esa América desgra- 
ciada, sigue el torrente que le señalan su patria y su siglo, 
sin pensar en otra cosa que en caminar delante de ellos.» 

Veamos ahora si este juicio del Sr. Cánovas se encuen- 
tra confirmado en la presente novela. 

La época en que el autor coloca la acción no puede ser 
mas dramática y nacional. El país arrebatado á la domina- 
ción española por Artigas y sus compañeros, enflaquecido 
por la guerra civil y la anarquía, acaba de ser incorporado al 
imperio del Brasil. Las ciudades, divididas en banderías y 
parcialidades, siguen el movimiento general, y de grado ó por 
fuerza, se adhieren al nuevo orden de cosas. Las campañas 
solamente resisten, las hordas pastoras, el elemento semi-sal- 
vaje cuyos instintos bélicos é ingénito amor á la independencia 
ha despertado la lucha con la madre patria, protesta y se le- 
vanta contra el usurpador. Oscuros guerrilleros, caudillos sin 
nombres salidos de sus filas se ponen al frente del movimien- 
to, y se atreven á desafiar el poder colosal de D. Juan VI 
primero, y luego de su sucesor, el esforzado D. Pedro de 
Braganza. Débiles en número, pero fuertes y enaltecidos por 
el santo amor de la patria, combaten con desesperado aliento. 
Vencidos mil veces, acosados en todas direcciones, puestos 
fuera de la ley, no desmayan por eso. Puede decirse de ellos 
loque Byron decia de los españoles de 1808: 

“¡Back to the struggle, bafflel iu the strife, 

‘•War, War is still the cry, War ev¿n to tha knife!” 

La proscripción, la miseria, el cadalso no les intimidan. 


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CRITICA LITERARIA 


CAKAMURU (‘) 

NOVELA ORIGINAL DE D. ALEJANDRO MAGARIÑOS CERVANTES, 


En medio del infortunio que hoy pesa sobre la noble 
raza española en la mitad del continente americano; en 
medio de las contiendas civiles que lo devastan y ensangrien- 
tan; en medio de esa eterna lucha que, como el fénix de la 
fábula,* renace de sus propias cenizas, y lleva etí pos de sí la 
desolación y la muerte, es grato para el que ha visto la luz 
del sol bajo su espléndido cielo, oir de vez en cuando un eco 
perdido, una voz melancólica y doliente que evoque con los 
recuerdos de la infancia el dulce recuerdo de la patria. Es 
grato para el que desde las remotas playas de la Europa 
sigue la marcha de la inteligencia en el hemisferio de Colon, 
divisar al través de tanta oscuridad, algún fugitivo destello 
que ilumine, aunque sea por breves instantes, la negra noche 

(1) Publicamos con el mayor gusto el siguiente juicio crítico que el Sr. 
Orgaz nos ha remitido acerca de la primera novela del Sr. Magariños. Nuestro 
amigo el Sr. Orgaz, como americano y escritor ventajosamente conocido, es sin 
duda una de las jpersonas mas competentes en Madrid para juzgar las produccio- 
nes hispano-americanas que revisten el carácter de Caramurú y La Vida por t m 
capricho .— Nota del Editor, en la 2. * edición de esta novela hecha en Madrid por 
la Biblioteca del Siglo en 1850; que es (a que nos sirve para la presente con algu- 
nas ligeras correcciones del autor. 


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VIII 


CRÍTICA 


que va atravesando. Muy grato y consolador es para el 
literato que comprende las dificultades inmensas que todavía 
por muchos años se opondrán en el nuevo mundo al desarro- 
llo de la inteligencia, y con las que hoy tienen que luchar 
los que, con mas ó menos talento, con mas ó menos fortuna, 
se sienten llamados á la grande obra de crear una literatura 
propia, americana, que refleje su virgen, sin igual naturaleza; 
que pinte sus dolores, sus costumbres, sus creencias, sus ne- 
cesidades; que armonice el pasado con el presente; que se 
eleve al porvenir en brazos de la Providencia, y creyendo 
ciegamente en ella y en la libertad, fecundice y busque sus 
inspiraciones en la democracia... Es muy grato, muy con- 
solador, repetimos, para nosotros los americanos, los hijos 
desventurados de aquella tierra desventurada, al mas débil 
rumor que modula su nombre, á la mas débil lucecilla que 
asoma en su pálido horizonte, prestar el oido, volver con 
ánsia los ojos y tender una mano amiga al poeta ó al escritor 
que ofrece’ trasladarnos, y nos traslada con la imaginación á 
nuestro perdido paraíso. 

Hé aquí las reflexiones que nos asaltaron al leer las prU 
meras páginas de la novela del Sr. Magariños Cervantes, 
escritor americano, ya ventajosamente conocido en su patria 
y en las repúblicas vecinas. 

Sin dar á este trabajo mas importancia que laque debe 
tener, considerado como novela, y examinándolo únicamente 
bajo es© punto de vista, creemos que se recomienda y que 
honra á su autor por mas de un título. Juzgamos que aparte 

de algunos ligeros defectos, que el Sr. Magariños Cervantes 
corregirá por poco que lo desee con empeño, este trabajo 
revela en éi dotes no comunes; y como somos enemigos 
de sentar ninguna proposición sin probarla, y como, por otra 
parte, deseamos poner en relieve lo que dejamos consignado 





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LITERARIA. 


XI 


/ Viva la patria! repiten á cada nuevo desastre, y asi luchan 
y reluchan por espacio de doce años contra sus opresores, 
hasta arrebatarles su presa. 

Amaro es el tipo que ha escojido el Sr. Magariños Cer- 
vantes para idealizar cuanto hay de noble y grande en esa 
resistencia heroica. Gaucho , intrépido, valiente, generoso, 
fanático por la libertad, con mas corazón que cabeza, deján- 
dose llevar siempre de sus primeros impulsos; espíritu indó- 
mito, nacido con todas las dotes necesarias para salir de la 
esfera humilde en que la suerte le ha colocado; voluntad de 
" hierro, que se estrella contra los obstáculos ó los anonada : 
Amaro simboliza al hombre de las soledades americanas, que, 
sin tener los .vicios de la civilización, reúne á muchas do sus 
ventajas la primitiva espontaneidad que engendran costum- 
bres, hábitos ó ideas mas en armonía con la naturaleza, y 
que permiten se desarrollen con mas vehemencia los afectos 
que nacen del corazón. Por eso nos inspira tanto interés : 
disculpamos sus errores; simpatizamos con sus esfuerzos, y 
anhelamos verle salir triunfante de los multiplicados peligros 
que le rodean. 

La necesidad de concretar nuestras observaciones á un 
círculo muy limitado, no nos permiten estendernos como de- 
seáramos sobre los demas caractéres. Diremos, no obstante, 
que el do Lia nos ha parecido bello é interesante; bien soste- 
nidos los del conde y D. Cárlos; perfectamente bosquejados 
los del Cambueta y Tapalquem ; débiles 'comparados con los 
anteriores los de doña Petra y el del comerciante brasileño. 

La acción dramática que nace del choque de estos en- 
contrados caractéres lleva al lector agradablemente entre- 
tenido de capítulo en capítulo basta el fin do la obra. Amaro, 
impetuoso, ardiente, loco de amores, dominado por una idea 
fija, la salvación de su patria, hace aparecer mas tierna, mas 


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CRÍTICA 


XII 

apasionada, mas pura y candorosa á Lia, ángel de trece 'prima- 
veras, que rayaba apenas en esa edad dichosa en que la infancia 
se confunde con la pubertad, y en que la fisonomía refleja la can- 
didez del adolescente y los hechizos de la mujer; Lia , cuya belle- 
za , sin haberse desarrollado del todo , producía esa. magnética 
influencia , ese vago é indefinible embeleso que atrae las miradas 
de los hombres y les obliga á volver involuntariamente la cabeza , 
si pasa por delante de ellos, pora seguirla con la vista como á 
una aparición ideal como el trasunto de la mujer que se han 
forjado en sus ensueños de amor y poesía . 

La hidalguía y generosidad de Amaro, que deja ir libre 
dos veces á su rival cuando le basta una palabra para desha- 
cerse de él, contrastan con el odio que le profesa el conde, 
prometido esposo de Lia: y el carácter tímido del comerciante 
D. Nereo, que pudiendo salvar á su hermano con una pala- 
bra, no se atreve á pronunciarla por temor de incurrirán su 
enojo: la bondad estreñía de D. Cárlos, que perdona á Amaro 
el rapto do su hija, y le abraza apenas descubre quién es; Ja 
astucia del Cambuetq , la leal amistad de aquel feroz cacique 
ante quién todos tiemblan, y que compromete su poder y su 
vida por retribuir al caudillo patriota los favores que le debe, 
aumentan el Ínteres de la narración por grados y nada dejan 
que desear. La trama que eslabona unos acontecimientos 
con otros está bien urdida: el estilo es fácil, vehemento, rico 
de imágenes y sentimiento. Hubiéramos deseado, sin em- 
bargo, que á veces el autor hubiese limado mas algunos pe- 
ríodos y le3 hubiese dado un giro mas castizo. Se conoce que 
escribe con gran facilidad, y que suele abusar de esa ventaja. 

Pero donde mas campea la rica imaginación del Sr. Ma- 
gariüos Cervantes es en las descripciones y episodios loca- 
les, y en el colorido especial con que sabe engalanarlos. Hay 
algunas descripciones escritas con las tintas de la inspiración 


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LITERARIA. 


XIII 


poética. Citaremos entre otras, las de los capítulos I, X y 
XII. Los episodios que se refieren á América participan en 
general de las mismas cualidades, y son sin disputa lo mejor 
que hay en la novela. El combate del emkalecador con 
Amaro en la pulpería; la escena del Yacaré; el robo del 
caballo; la entrevista con el Cambüeta; el cuadro de tas carre- 
ras, y algunos otros que no recordamos, pertenecen á un 
género nuevo, característico, especialísimo, al que desearía- 
mos so dedicasen con preferencia nuestros jóvenes compa- 
triotas, convencidos como estamos de que para las obras de 
la imaginación solo en el estudio de nuestra naturaleza, de 
nuestras costumbres nacionales, en el de la vida de nuestros 
campos, sorprendiendo en el fondo de los bosques la lucha de 
la civilización con la barbarie, y de la inteligencia con la 
materia; lejos, en fin, del círculo de ideas en que se ha edu- 
cado el espíritu europeo, conseguirán imprimir á sus pro- 
ducciones un sello do originalidad y vida que les asigne un 
pue¡>to distinguido, no solo en la naciente literatura ameri- 
cana, si no también en la europea. 

En este concepto el autor de Carammú merece todos 
ímestros elogios. En el género que él cultiva no conocemos 
én prosa ninguna producción de los escritores hispano-ameri- 
capos que revista el carácter de las suyas. Bello, Olmedo, 
Echeverría, y Abigail Lozano, han escrito bellísimas compo 
sidones en verso, destinadas principalmente á describir los 
accidentes físicos %bl suelo. El joven poeta del Uruguay 
aspira á penetrar en la vida íntima del pueblo hispano-ameri- 
cano, á marchar por una senda no espionada por nadie toda- 
vía, sin que le arredren los obstáculos ni desconozca las 
dificultades que tendrá que vencer, y el escaso premio que 
tal vez aguarda á sus loables esfuorzos, como él mismo indica 
en una de sus composiciones poéticas : 


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XIV 


CRÍTICA 


“Es muy largo el camino y no trillado. 

La realidad difícil cuanto hermosa. 

Doblados los obstáculos y grande 
La constancia y tesón de cada hora ; 

Pero no importa : ¡trabajar debemos 
Sin esperanza de adquirir mas gloria 
Que arrojar ¿ las plantas de la patria 
Aunque sea en silencio una hoja sola ; 

Que tal vez algún génio se levante, 

Y con esas humildes, pobres hojas, 

En las siénes de América triunfante 
Una guirnalda americana ponga!” 

En cuanto al espíritu y tendencias de esta novela, cree- 
mos que el Sr. Magariños Cervantes llena cumplidamente el 
principal objeto que deben proponerse los escritores ameri- 
canos hasta en las obras de mero pasatiempo, y que acaso 
son las que mas influencia ejercen en las creencias populares, 
por cuanto son las que mas se leen. El amor á la patria, 
la pureza en los afectos, la recompensa de la virtud, resaltan 
en su libro. Amaro, que había jurado morir ó libertar al 
suelo que le vio nacer; Amaro, que perdona por dos veces á su 
rival, pudiendo impunemente deshacerse do él; Amaro, que 
pudo abusar de la inocencia y del cariño de Lia; Lia que, 
arrancada contra su voluntad del hogar paterno, supo conser- 
var la flor de su honestidad, aun en medio del vértigo de su 
pasión, reciben al fin el premio que merecen. El lector asiste 
con melancólico placer á la patética escena con que finaliza 
su historia y sus amores, cuando el conde, herido de muerte 
por la mano de la Providencia, une sus diestras, pi’onuncia 
algunas palabras, y espira en brazos de los dos amantes, que 
le ruegan ¡ay, en vano! que viva para coronar su ventura. 

Tal es la novela del Sr. Magariños: la hemos juzgado tal 
como la comprendemos, y si este artículo no fuese ya tan 
estenso y nuestras ocupaciones nos lo consintiesen, con gusto 


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LITERARIA. 


XV 


hubiéramos hablado de otras dos obras suyas; el Ensayo his- 
tórico-pólítico y Las Brisas , que también hemos leído, aunque 
no con la detención que la presente. En la imposibilidal de 
hacerlo como deseáramos, trasladamos á continuación el 
siguiente párrafo del artículo del señor Cánovas, en que se 
ocupa de las dos obras mencionadas: 

«El Sr. Magariños se distingue entre sus compatriotas 
por ese amor á las verdaderas fuentes de su literatura na- 
cional. Hijos de los conquistadores, de los libros de estos 
deben partir sus esfuerzos literarios, ya que no quieran some- 
terse á la inspiración de Garcilaso ó Herrera. Magariños 
ba desenterrado del polvo los antiguos poemas de la conquista, 
los romances y cánticos con que aliviaban sus fatigas los 
soldados del descubrimiento. Las crónicas é historias espa- 
ñolas de aquellos sucesos toman por lo común bajo su pluma 
un colorido local que nada tiene que ver con el estilo de Pul- 
gar de Mendoza ó de Coloma. Aquellos hombres, tan lejos de 
su pais, renuncian, por decirlo asi, á los sentimientos euro- 
peos enaltecidos por la inmensidad de los Andes, por la gran- 
deza del Niágara, por la riqueza del Potosí, por la maravilla 
de aquellos bosques primitivos, de aquellas flores ignoradas, 
de aquellas serpientes desconocidas, de aquellos desiertos 
inesplorables. El Sr. Magariños sabe aprovecharse de todo 
esto, y lo deja traslucir en sus escritos al través de esa oru- 
dicion estranjera, bastante estensa, si no siempre bien es- 
cogida, que caracteriza á los escritos de la nueva generación 
americana. Hemos visto por acaso una obra suya harto im- 
portante por el objeto, que se intitula, si no estamos trascor- 
dados, Ensayo histórico y político sobre las repúblicas del Rio de 
la Plata; libro escrito con admirable conciencia, que su 
patria debiéra imprimir á sérmenos desdichada, y que quisié- 
ramos verlo á la luz en España.» 


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XVI 


CIUTICA 


Unimos nuestros votos álos de nuestro apreciable amigo 
el Sr. Cánovas, porque nosotros consideramos como un deber 
estimular á todo joven que revele las felices disposiciones del 
Sr. Magariños,y mucho mas si reúne á su talento la circuns- 
tancia de haber nacido bajo el mismo cielo que nosotros. 
Cualquiera que sea, pues, nuestra importancia literaria y el 
valor de nuestros juicios, deseamos que las anteriores líneas 
le sirvan de estímulo para que persevere en sus trabajos y 
justifique algún día las fundadas esperanzas de sus amigos 
y de los que se interesan en el lustre y progreso de las letras 
en América. 

Entre tanto no olvide nunca el Sr. Magariños Cervantes 
que nosotros los americanos, los hijos desventurados de 
aquella tierra desventurada, al mas leve rumor que modula 
su nombre, á la mas débil lucecilla que asoma en su pálido 
horizonte, prestamos el oido, volvemos con ánsia los ojos y 
tendemos una mano amiga al poeta ó al escritor que ofrece 
trasladarnos, y nos traslada con la imaginación á nuestro 
perdido paraíso. 

Francisco Orgaz. 


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ADVERTENCIA 


Aunque esta no sea una novela histórica ni tenga las 
pretensiones de tal, sus personages no pueden considerarse 
absolutamente como hijos de la imaginación. 

. Nos daremos por muy felices, no obstante, si á favor de 
una fábula que interese agradablemente al lector y escite sus 
nobles sentimientos, conseguimos bosquejar algunos rasgos 
del pais, de la época y de los personajes que figuran én este 
libro. 

A. Magariños Cervantes. 

Madrid — 1848. 


3 


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CARAMURU 


I. 

El rapto. 

Lóbrega y pavorosa noche estiende sus alas sobre el 
mundo, como una inmensa lápida mortuoria. No se des- 
cubre una solá estrella al través de su ennegrecido velo: la 
luna yace oculta bajo un pabellón de nubes, y solo lanza á 
intervalos un rayo de luz tibio y desmayado, que brilla y se 
apaga al punto, cual fuego fatuo que se levanta del seno de 
las tumbas. Do quiera la luz es absorbida por la sombra, 
y se diría que á la voz del génio de las tienieblas los astros 
huyen y se esconden espantados de tanta densa oscuridad. 

El pampero, ese viento terrible que, naciendo en las 
nevadas cimas de los Andes, donde no se ha estampado la 
planta del hombre, recorre los desiertos de la Pampa argen- 
tina, cruza el Plata, y va á espirar en los confines del Brasil 
ó en las inmensidades del Atlántico, arrancando de raiz en 
su tránsito árboles que cuentan siglos, haciendo salir de 
madre los ríos, y derribando cuanto intenta detenerle. . . . 
el pampero brama ahora, abriéndose paso por entre el tupido 


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2 


CARAMURÚ. 


ramaje de vírgenes bosques tan antiguos como el mundo, y 
se oye en lontananza, mas profundo y violento á medida 
que se acerca, el grito que exhalan los corpulentos molles y 
los espinosos guaviyus y férreos ñandúbays , al caer troncha- 
dos por su poderosa mano. 

Y en verdad que no le falta espacio donde ejercer su 
saña; si pudieran nuestros lectores trasladarse con el pen- 
samiento á las floridas riberas del Uruguay , sin duda les 
encantaría el bellísimo paisaje que presenta el lugar donde 
comienza nuestra historia, ora le contemplasen á la radiosa 
claridad del sol, ora iluminado por el rocío de plata que vier- 
te la luna del cielo americano. 

Figuráos una dilatada planicie cortada al horizonte por 
una cadena de montañas, é interrumpida apenas en el cen- 
tro por una que Otra pequeña eminencia, ó sea cuchilla, 
como las llaman en el pais: á la derecha un gran rio, y á la 
izquierda una selva impenetrable. Colocad en medio de 
aquel desierto, solitaria y aislada, á unos quinientos pasos 
del rio y media legua de la selva, una gran casa de material 
edificada sobre una de las citadas cuchillas , y flanqueada por 
largos galpones de madera (1) y de varios ranchos , ó sean 
chozas de barro y paja, parecidas á las de algunos pueblos 
de la Mancha y de Castilla, y acaso os forméis una idea 
aproximada de la localidad adonde deseáramos conduciros; 
es decir, á una Estancia , á una posesión rural sita en la 
provincia de Paisandú, á seis leguas de la población de su 
nombre, villa y cabeza de departamento. 

No cumple á nuestro objeto entrar ahora en detalles 


(1) Almacenes de depósito para las salazones y cueros. 


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CARAMURÚ. 


3 


sobre lo que entendemos por Estancia. En la série de cua- 
dros característicos y locales que nos proponemos reseñar, 
nos sobrarán ocasiones de describirla con la detención que 
merece. Entre tanto, conténtense nuestros lectores con la 
anterior ligera indicación, indispensable para la perfecta 
inteligencia de los hechos que vamos narrando. 

A poca distancia de la casa de que hablábamos no ha 
mucho tiempo, elévase como avanzado centinela un ombú , 
árbol jigantesco, de enorme tronco y pobladas ramas, que 
brota espontáneamente en nuestras interminables soledades, 
aislado y sin compañeros, y que sirve de punto de reunión 
á los habitantes de la Estancia , á los viajeros y á los gauchos 
estantes y traseuntes de la provincia. 

Ahora bien; en esta noche tan lóbrega y tempestuosa, 
á favor del resplandor fugitivo que de vez en cuando vertía 
la luna, hubiérase podido distinguir un hombre montado en 
un brioso corcel, que seguia á galope la estrecha senda que 
conducía desde el rio á la Estancia. 

A los primeros amagos, al rumor lejano que precede 
ála venida del pampero;, el desconocido trató de guarecerse 
bajo el ombú. 

El viento cada vez mayor, apenas le dió tiempo para 
echar pié á tierra y acostarse cuan largo era al pié del árbol 
acción que instintivamente imitó su caballo. 

Entonces; á merced de los fugitivos resplandores de 
que hemos hecho mención, se dibujaban en la sombra los 
rasgos de su fisonomía y de su caprichoso traje. 

Era un jóven como de veinte y ocho años; alto, de tez 
morena y vigorosa musculatura . Cubría su espaciosa frente 
un sombrero portugués de copa redonda y ancha ala, ador- 


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4 


CARAMURÚ. 


nado con algunas plumas de pavo real, entre las que se 
distinguía un ramito de flores silvestres ya marchito y atado 
en la cinta del sombrero con otra de seda. Abundantes 
cabellos negros, tersos y relucientes, flotaban sobre sus ro- 
bustas espaldas, en agradable desórden: su larga y poblada 
barba, que le llegaba hasta el pecho, caía sobre la botona- 
dura de plata de su poncho, especie de capa cerrada que se 
mete por la cabeza; sus ojos rasgados y brillantes, coronados 
por espesas cejas que se unían en forma de herradura, tenían 
una indefinible espresion de arrogancia y de orgullo, tem- 
plada por cierto aire régio é imponente que subyugaba ó 
predisponía á su favor. La nariz aguileña, la boca grande, 
pero muy delgados los lábios, revelando la desdeñosa altivez 
del que se cree superior á cuanto le rodea. 

Cuando el viento levantaba el halda de su voncho , 
distinguíase debajo de él una chaqueta de grana bordada con 
trencilla negra: un pañuelo de espumilla formaba el chiripá , 
liado por la cintura á guisa de saya, recogidas las puntas 
entre los muslos para poder montar á caballo, y sujeto al 
cuerpo por un tirador , especie de canana de piel de gamuza, 
de la cual pendía un enorme puñal de vaina y cabo de plata: 
anchos calzoncillos de finísimo lienzo, adornados en los es- 
treñios con un gran fleco ó crivao, resguardaban sus piernas, 
y descendiendo hasta los tobillos, ocultaban á medias unas 
espuelas de plata colosales, y las blanquecinas botas de potro 
formadas con la piel sobada de este animal. Dichas botas, 
partidas en la punta, dejaban al descubrimiento los dedos 
de los pies para asegurarse mejor en los estribos, de forma 
triangular y tan pequeños, que apenas daban cabida al dedo 
principal . 


* 


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CARAMÜRÚ . 




Basta esta descripción para conocer que es un gaucho el 
héroe de nuestra historia, porque solo ellos visten de esa 
manera. 

— ¿Y qué es un gaucho? preguntarán algunos de nues- 
tros lectores, que probablemente no habrán oido en su vida 
pronunciar ese nombre. 

—Un gaucho es un hombre que se ha criado vagando 
de estancia en estancia, que vive y tiene todos los hábitos, 
inclinaciones é ideas de la vida nómada y salvaje, amalga- 
madas con las de la civilización. Espíritu indómito, audaz, 
lleno de ignorancia preocupaciones, pero valiente hasta el 
heroismo; carácter escéntrico y original que no conoce mas 
leyes que su capricho, ni anhela mas felicidad que su inde- 
pendencia; que desprecia al hombre de las ciudades y cifra 
su ventura en los azares, en los peligros, en las violentas 
emociones de su existencia errante y vagabunda. Eslabón 
que une al hombre civilizado con el salvaje, sin ser una cosa 
ni otra, como ha dicho perfectamenre el Sr. Aguilar en una 
nota que puso al pié de un fragmento de una de nuestras 
leyendas, titulada Celiar. 

Decíamos, pues, que el personaje, cuyo nombre igno- 
ramos aun, se había guarecido bajo el ombú, buscando un 
refugio á los furores del panpero. 

Allí permaneció largo rato, mientras el viento, bra- 
mando cada vez con mas ímpetu, vino á estrellarse en las 
cimbradoras ramas del árbol protector, que se inclinaron 
hasta tocar el suelo, irgiéndose y humillándose alternativa- 
mente, no sin perder en las furiosas embestidas del huracán 
sus mas lozanas hojas. 

El jigante de los aires y el jigante de las selvas lucha- 


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CARAMURÚ. 


6 

ban cuerpo á cuerpo como dos vigorosos atletas, hasta que, 
fatigado el primero, escapóse de los brazos de su rival, y 
tendió su vuelo en otra dirección, lanzando un prolongado 
alarido, semejante al estruendo de las embravecidas olas, 
cuando se azotan contra un banco de piedra enmedio del 
Océano. 

El gaucho alzó tranquilamente la cabeza, y, al través 
del ramaje, miró al firmamento. Un escuadrón de negras 
y apiñadas nubes volaba delante del pampero, dejando 
despejado el espacio por donde aquel cruzaba; volvían á re- 
lucir las estrellas, y la luna asomaba su disco amarillento, 
ceñido de una aureola encarnada. De modo que la mitad 
del cielo ofrecía el aspecto de una plácida noche de verano, 
y la otra mitad el de la mas fria y nebulosa noche de 
invierno. 

Púsose de pié el desconocido, ató su caballo á las ramas 
del ombú , se levantó las espuelas para que no sonasen las 
cadenillas y la estrella de los espigones al rodar por la yerba 
doblóse el poncho sóbrelos hombros, desenvainó el puñal, 
y paseando la vista en torno suyo, encaminóse paso á paso 
á la casa, que, como hemos dicho, quedaba á poca distancia 
del ombú . 

Detúvose delante de una ventana baja, defendida por 
anchos barrotes de madera, y apoyado contra el muro, 
remedó por dos veces voooo e l lúgubre acento del aguará , 
pequeño animal de nuestros bosques, que solo de noche 
hace oir su voz, triste y melancólica, como la postrer plega- 
ria de un moribundo. 

Nadie respondió á esta señal; pero, en cambio, un oido 
muy atento habría percibido á intérvalos el casi impercep- 


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CARAMURÚ. 


7 


tibie ruido de un pasador de hierro que alguna mano muy 
trémula descorría: luego la ventana se fué abriendo poco á 
poco, y una mujer, bella como la esperanza, graciosa como 
la primera imágen de amor que cruza por la frente de un 
adolescente, asomó tímida y ruborosa su infantil cabeza, y 
con voz entrecortada y apenas inteligible, murmuró: 

— Todavía no ... . 

La ventana volvió á cerrarse lentamente, y trascurrie- 
ron dos horas mortales de angustia é incertidumbre para el 
desconocido. Por vez tercera, el doliente clamor del aguará 
fué á resonar eu los oidos de la hermosa y á recordarle el 
cumplimiento de una promesa que acaso se olvidaba ó se 
arrepentía de haber hecho. 

Esta vez se abrió del todo la ventana, y se entabló á 
media voz el siguiente diálogo entre la dama y el galan: 

— ¡Valor alma mia!....Ha llegado el momento so- 
lemne — 

— Todavía es temprano. 

— No, que va á despuntar el alba. 

La jóven como si luchase con encontrados sentimientos, 
fijó irresoluta sus bellos ojos en los de su amante. 

— Vamos, ¿qué dices? continuó este. 

— ¡Ay, tengo miedo! .... 

— ¿Ahora te arrepientes? ¿Y de qué tienes miedo? 

— No sé . . . .pero me parece que no todos duermen 

van á sorprendernos, Amaro; mas vale que lo dejemos para 
mañana. 

—¡Mañana! ¡Imposible, imposible! repitió el gaucho 
con acento sombrío; mañana vendrá tu padre á buscarte. 
Lia, es preciso que me sigas ahora mismo. 


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8 


CARAMÜRÚ. 


- -Mira, repuso la pobre niña medio turbada por el 
modo imperativo con que se le exigía una obediencia ‘que 
no estaba acostumbrada á prestar á nadie: mira, no he 
podido ganar al esclavo que debía favorecer mi evasión, y. . 

— ¡Y bien! . . . .esclamó Amaro, centelleándole los ojos 
de ira. 

—No tengo por donde salir, contestó Lia humildemen- 
te, fascinada por aquella terrible mirada y dejando caer una 
lágrima sobre la mano de su amante, que tenia cojida entre 
las suyas. 

— ¿No es mas que eso? preguntó este trocando en ale- 
gría su enojo; ¿si tuvieras por donde salir, me seguirías?. . 

— Sí, murmuró ella volviendo atrás la vista como para 
cerciorarse que nadie los observaba. 

— ¡Pues sal! 

Al decir estas palabras apoyó el gaucho su hercúlea 
diestra sobre un estremo de los barrotes de madera que ha- 
cían las veces de reja, y los clavos que lo sujetaban al marco 
.saltaron cual menudas astillas. 

Lia. mas blanca que un cadáver, retrocedió al medio 
del aposento, y haciéndole una señal para que huyese, apa- 
gó la luz, é inmóvil, roto el aliento y desencajada la faz, 
esperó que se abriese la puerta que comunicaba á la habita- 
ción inmediata y acudiesen en tropel los que dormian en 
ella, despertados por aquel ruido estraño y alarmante en las 
altas horas de la noche. 

Pero fuese efecto del letargo profundo en que yacían, ó 
lo que parece mas probable, que lo atribuyesen entre sueños 
á alguna ráfaga perdida del huracán que momentos antes 
se habia desencadenado, nadie se levantó á inquirir su causa. 


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CARAMURU. 


9 


Después de algunos instantes, Lia, sacando fuerzas de 
flaqueza, se acercó de nuevo á la ventana, y tornó á suplicar 
á Amaro, que había permanecido tranquilo en su puesto, 
resuelto á partirle el corazón de una puñalada al primero 
que se acercase que difiriese su fuga hasta el dia siguiente. 

Sardónica risa resbaló por los delgados lábios del gau- 
cho; sus dientes rechinaron de rábia é indignación, y en vez 
de poner un beso de despedida, como solía, en la pura fren- 
te que su amada le presentaba, frenético la cogió brusca- 
mente de un brazo, y con resuelta y amenazadora voz, 
le dijo: 

— ¡Me sigues ahora mismo, ó te mato! 

Lia vió resplandecer á dos pulgadas de su pecho la 
acerada hoja del puñal que hasta entonces Amaro había 
tenido oculto bajo el poncho , y acobarda y trémula, inclinóse 
llorando sobre el hombro de su amante, que la cogió veloz- 
mente por la cintura, y la arrancó de su hogar con la misma 
facilidad que el vendabal la hoja seca de una rosa. 

Lia perdió el conocimiento. 

El raptor llevóla en brazos desmayada hasta el pié del 
mnbú y montó con ella á caballo, partió á galope hácia el 
monte cercano, y á poco se perdió entre su lóbrego ramaje. 


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II. 


Puñalada*. 

Al anochecer del siguiente dia en que acaecieron los su- 
cesos narrados en el capítulo anterior, se encaminaba el 
personage, que por ahora conocemos con el nombre de Ama- 
ro, al vecino pueblo de Pcvyscmdú . 

A una bala de canon del pueblo, había, allá por lós años 
de 1823, una pulpería , ó lo que es lo mismo, un ventorrillo ó 
taberna suigeneris , donde se espendia detestable vino, aguar- 
diente, miel, tortas, flores de maíz, tasajo ahumado y otros 
comestibles. 

A pesar de la mala calidad de sus artículos de consumo, 
ninguna pulpería en todo el departamento gozaba de una 
popularidad tan envidiable. Allí se reunían por la mañana y 
al caer la tarde, d echar un trago , todos los gauchos de diez 
leguas á la redonda. Hablaban de las próximas carreras, ha- 
cían apuestas, se concertaban para una batida de tigres ó de 
guanacos (venados) , improvisaban los parladores (cantores) 
tocando la guitarra, y si había en la reunión algún foraste- 
ro, se le obligaba á contar sus trabajos , fatigas y peregrinacio- 
nes por rmd/ia América enterita y errante de pago en pago y de 


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12 


CARAMÜRÚ. 


tapera (casa derribada en medio del campo) en galpón , per- 
seguido por la tierra y por el cíelo , pensando solo en sus apar- 
ceros y en su china (querida) . 

Con las indicaciones que hemos hecho sobre el carácter 
de los gauchos, fácil es suponer cuán frecuentes serían las 
disputas, y el resultado que tendrían. A la menor palabra 
indiscreta, á la menor alusión que lastimara su nimia suscep- 
tibilidad, los puñales salían á relucir y no volvían á la vaina 
sino teñidos con la sangre de uno de los contendientes. Los 
espectadores, tranquilos é impasibles, se levantaban de los 
cráneos de caballo que les servían de asiento, y formando 
un ancho círculo en torno de los dos combatientes, les deja- 
ban acuchillarse á su sabor hasta que corría la sangre. En- 
tonces se interponían y les obligaban á darse las manos, á 
menos que alguno hubiese muerto, lo que rara vez aconte- 
cía, porque existen ciertas reglas de nobleza entre aquella 
genté desalmada, que les veda matar á su contrario por cau- 
sas triviales. Les basta únicamente con señalarlo , marcar- 
lo en la geta, como ellos dicen, para que aprenda en adelante 
d que pingo (1) echa el pial (2). 

Amaro, que se dirijia al pueblo, tenia forzosamente 
que pasar por delante de la pulpería, en cuya tranquera (3) 
se veian atados mas de cuarenta caballos; tal vez estaba muy 
lejos de su pensamiento el detenerse, pero oyó al acercarse 
ciertas palabras de una conversación muy interesante para 
él; contuvo el galope de su alazan, escuchó un momento, y 


(1) Caballo medio domado. 

(2) Lazo escurridizo. 

(3) Una vijrii; atravesada en dos poste?. 



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CARAMURll. 


13 


confirmándose en sus dudas, apeóse, se caló el sombrero has- 
ta las cejas, y entró en la pulpería. 

La discusión versaba sobre el rapto verificado la noche 
antes. Un hombre de fez torba, ceguijunto, de mirar oblicuo 
y voz áspera é imperativa, apoyado negligentemente sobre 
el mostrador, con un vaso de aguardiente en la mano y un 
enorme cigarro en la boca, se dirijia medio ébrio y con aire 
de perdona-vidas á un grupo que le rodeaba^ parecia escu- 
charle con marcadas muestras de deferencia. 

— ¡Ay juna! (1) decía el valentón, á quien en vez de su 
nombre patronímico daban el de Enchalecador , aludiendo sin 
duda al oficio que desempeñaba en el ejército del célebre Ar- 
tigas, caudillo americano, que acostumbraba á hacer coser á 
sus prisioneros españoles dentro de la piel de un novillo re- 
cien muerto, dejándoles solamente fuera la cabeza y espo- 
niéndolos encima de una cuchilla á los ardientes rayos del 
sol, hasta que morían de hambre y de sed: suplicio atroz que 
el implacable guerrillero llamaba enchalecar , y á los que lo 
practicaban enchalecador es: — ¡Ay juna! decía el valentón: 

han de saber ustedes que anoche, ¡vive el diablo! han 

robado de la Estancia de la Cruz alta, ¡vaya un lance! á aque- 
lla niña, ¡hide p! . . . . que vino de Montevideo. . . . ¡ja, ja, 
ja! hace tres meses, enferma . . . . ¡crach! . . . . á tomar las 
aguas del Uruguay 


(l) No usamos completamente el lenguaje, ó mas bien jerga, de los gnv^ 
chos, porque necesitaríamos, para que la entendiesen nuestros lectores escribir á 
cada momento una larga nota: trabajo ingrato y fastidioso que ni ellos nos agrade- 
cerían, ni, aun cuando quisiéramos, nos lo permitirían las cortas dimensiones de 
esta novela. Imitaremos no obstante su manera de expresarse cuanto nos sea po- 
sible. 


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14 CARAMURÚ. 

— ¿Y no se sabe quien liítsido el robador? preguntó uno 
de los circunstantes. 

— ¡Ca! respondió otro, reforzando su esclamacion con 
una doble interjección que la pluma se resiste á trazar. 

— ¡Pues sepa usted, so bruto, continuó el orador, que á 
mí nada se me escapa, ¡mal rayo! y ando á la pista de ese 
tunante morao (1) y ruin! 

—¿Le conocéis acaso?. . . . 

— Sí, contestó el enchalecador; ¡buena alhaja! Y sé 

¡voto vá! donde se oculta. 

Al oir estas palabras, Amaro, que hacia dos minutos que 
había entrado y colocádose á su espalda en un grasiento 
banquillo con honores de mesa, se estremeció y perdió el co- 
lor, no sabemos si de ira ó de temor de verse descubierto. 

— Vamos, aparcero, esclamaron algunos de los interlo- 
cutores; eso lo decís por alabaros. ¿Cómo en tan poco tiem- 
po habéis podido averiguarlo? 

— ¿Cómo? ¡Bah! ¿Os habéis olvidado, sonsos (2), que 
yo tengo quien me lo cuente todo? 

Los gauchos se miraron unos á otros con ojos espanta- 
dos: el enchalecador tenia en la comarca fama de brujo , y 
mas de una vieja aseguraba haberle visto en las altas horas 
de la noche hablando con el diablo en la puerta del cemen- 
terio. 

Demás está decir que él, como todos los embaucadores 
de profesión, sabía esplotar hábilmente esta creencia popu- 
lar, á la que prestaba todos los visos de la realidad la manera 
cómo se manejaba para saber los sucesos antes que nadie; lo 

[1] Cobarde. 

[2] Necios. 


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CARAMURÚ. 


15 

cual, á fuerza de repetir una y otra vez, había impresionado 
de tal modo la imaginación crédula y supersticiosa de sus 
iguales, que no había uno solo que no le tuviese por adivino 
y hechicero. 

— Sí, debe saberlo, murmuró uno de ellos al oido de su 
compañero; tiene pacto con el diablo. 

— Pues harías bien en contárnoslo, dijo este último en 
voz alta; así nos proporcionareis ocasión de ganar la magmí- 
fica recompensa que ha ofrecido el comandante d ePaysandú, 
que según parece és pariente de la pueblera (1), al que des- 
cubra su paradero, porque en cuanto al'raptor, se ignora to- 
davía quién es. 

— ¡Oigalé! Eso es lo que tú quisieras, ñandú (2), para 
engordar á mis costillas, ¡ay mi cielo! tienes todavia la leche 
sobre los labios para engañar, ¡tararira vira vira! á un reyu- 
no (3) tan maestrazo como yo. . . . 

— Pero, en fin, repuso otro; decinos al menos el nom- 
bre del robador. 

— Así como así, continuó el interpelado, presentando 
el vaso al pulpero para que se lo de aguardiente llenase por 
la décima ó duodécima vez; poco importa, ¡Satanás! que os 
lo diga, porque ninguno de vosotros, ¡quid! es capaz de atra- 
vesar el caballo para cortarle el paso si le encontrase en su 
camino .... ¡Pafsl 

• —¿Pues quién es? preguntaron todos llenos de admi- 
ración. 


[1J Habitante de la capital. 

[2] Avestruz. 

[3] Caballo á que cortaban uaa oreja por malo, ó por pertenecer al rey ó 


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16 


CARAMURÚ. 

—¿No recordáis aquel alarife , ¡buen mándrial que vi- 
no, ¡puñaláa! de de ¿qué sé yo?. ... ¡de los 

infiernos!. . . . Naide sabe qué burro lo ¿ha parió, diantre, 
ni qué viento lo trajo. por acá! .... 

— ¿Calibar?. . . . esclamaron todos con vivísimo inte- 
rés, que al punto se trocó en manifiesta incredulidad: ¡eh! 
no puede ser, hace mas de quince dias que partió para la 
Rioja. 

Calibar no era otro que Amaro; ya esplicaremos en lu- 
gar oportuno su verdadero nombre y el origen de la creen- 
cia de que no se hallaba entonces en Paysandú. 

— ¡Ira de Dios! gritó el perdona- vidas, descargando un 

fiero puñetazo sobre el mostrador, echando mano al puñal y 
sacudiendo su cerdosa y encrespada cabellera: ¡repito que 
ha sido él, Calibar, ¡traidorazo! el robador de esa hem- 

bra! ¡Yo, yo le he visto, mal rayo! .... yo le he visto con es- 
tos ojos que se han de comer la tierra. . . . ¡achí ¿Y quién 
es el quiebra (1) que se atreve á dudar de la veracidad de mis 
palabras?. . . . 

— ¡Yo! contestó á su espalda una voz varonil y resuelta. 

Volvióse rápidamente el enchalecador cual autómata to- 
cado por un invisible resorte, y se encontró solo, frente á 
frente con el personaje que acababa de nombrar, porque sus 
demás compañeros retrocedieron á una prudente distancia 
apenas le vieron apoyar la mano sobre el pomo de su mon- 
tante. 

Amaro se habia echado atrás el sombrero, y sus negras 
pupilas, brillantes como dos brasas encendidas, chispeaban 


(1) Valiente. 


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CARAMURÚ. 


17 


con el resplandor' rojizo y fascinante de los ojos del surucu - 
cú (1); un lijero temblor nervioso hacia vacilar su mano y 
entreabría sus lábios como para dejar salir el aliento de fue- 
go que se escapaba de sus pulmones abrasados, y á una pa- 
lidéz mortal sucedíase alternativamente el carmín de la ira, 
que coloreaba su tez morena, y derramaba uu barniz satáni- 
co sobre su imponente y avallasadora fisonomía 

Solo el enchalecados entre todos los que allí estaban, le 
miró con rostro sereno, y acabando tranquilamente de apu- 
rar su vaso, le puso con mucha flema sobre el mostrador, 
añadiendo en seguida con la misma calma: 

— Voy á matarte. 

— Lo mismo iba á decirte, respondió Amaro con insul- 
tante menosprecio; veamos si eres tan valiente en obras co- 
mo en palabras; defiéndete bien, porque es preciso que uno 
de los dos no salga de aquí sino para ir al campo santo. 

Ambos contrarios se sacaron el poncho y se lo arrollaron 
en el brazo izquierdo; las dos puntas de sus piés se toca- 
ron, y al mismo tiempo brillaron en el aire como dos relám- 
pagos, describiendo círculos y espirales, dos largas hojas de 
acero tan afiladas como navajas de afeitar. 

Diestros ambos, y animados por el mismo ardiente de- 
seo de esterminarse, engendrado en el matón por la envidia 
y méngua que empezó á sufrir su fama de valiente desde la 
llegada de su rival, y en éste por la necesidad de enterrar en 
la tumba su secreto, puesto que por su desgracia aquel hom- 
bre había llegado á sorprenderlo, lucharon por espacio de 
media hora con igual maestría y fortuna. En vano era in- 

(1) Serpiente del Brasil en oatremo feroz: su veneno es de los mas activos 
que se conocen. 


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18 


CARAMURÚ. 


diñarse, amagar al brazo y tirar al pecho, hacer falsos ata- 
ques á un punto reiteradas veces, y caer de repente sobre 
otro con la velocidad del rayo; en vano clavar una rodilla en 
tierra para herir al contrario por debajo, ó retroceder inten- 
cionalmente, girar como una rueda, serpear como un bus- 
capié, cambiar á cada momento de posición como una ardi- 
lla.... ¡en vano! En vano dejar correr el puñal á lo 

largo de la hoja buscando los dedos ó la muñeca. En vano 
asestarse sin parar quince ó veinte golpes seguidos para fa- 
tigar la vista del contrario, y deslumbrarle en las rápidas 
evoluciones del acero mas veloz que el pensamiento.... 
¡todo era inútil! .... Siempre el hierro rechazaba al hierro, 
despidiendo azuladas chispas, siempre el poncho recibía el 
golpe mortal, y el tajo no llegaba ála piel, gracias á la cele- 
ridad y presencia de ánimo de los combatientes. Parecia 
que tenían una armadura oculta, ó que una mano invisible, 
en el momento crítico, desviaba las certeras y al parecer 
inevitables puñaladas que uno y otro se dirigían. . . . 

Una circunstancia casual vino á decidir la lucha cuando 
mpnos se esperaba, ya por el igual valor y destreza de los 
gauchos, ya por la llegada de varios celadores (1) que acudie- 
ron del pueblo, prevenidos sin duda por alguno: la hoja del 
puñal del enchalecador saltó en el mismo instante que Ama- 
ro le asestaba un golpe al corazón; el desgraciado arrojó el 
mango de su arma inutilizada, y se llevó las dos manos jun- 
tas al pecho como para resguardarse, pero el hierro de su 
enemigo iba dirigido con tal fuerza, que le atravesó ambas 
palmas y asomó por la espalda . — ¡Me ha muerto! ¡ Voto al! 


O) Soldados de policía. 


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CAJiAMURÚ. 


19 


fueron las únicas palabras que pronunció al caer sin vida, 
partido el corazón en dos pedazos. 

Amaro, blandiendo el puñal ensangrentado, tendió la 
vista en torno suyo, y divisó á los celadores que defendían 
la puerta con sus sables desenvainados. 

— ¡Dése preso el asesino! dijo el sargento tendiendo su 
espada á la altura de su pecho, y haciendo sena á los que allí 
se encontraban para que lo sujetasen por detrás. 

Los gauchos se alzaron de hombros, y ninguno se mo- 
vió. Aun cuando hubiera sido su padre ó su hermano el 
muerto, muert j lealmente, según sus reglas, no habrían 
prestado su apoyo á la justicia para prender al matador. 

— ¡Paso! gritó Amaro, atropellando audazmente al sar- 
gento, é hiriéndole en la cara, lo mismo á un soldado que 
tuvo la imprudencia ó el arrojo de cogerle por el cuello del 
poncho; ¡paso, canalla imbécil! 

Y mientras se rehacían los agentes de protección y se- 
guridad pública á la voz del sargento, avergonzados de re- 
troceder ante un hombre solo, cortaba él las riendas á su ca - 
ballo, no teniendo tiempo para desatarlas, montaba y partía 
á escape con dirección al rio. 

A poco resonó en sus oidos el rumor de la tropa que 
galopaba tras él. 

El fugitivo se encontraba en el declive de una cuchilla, 
y pasaba junto á unos espesos sarcmdm y r/uayacancs que se 
es tendían ú lo largo del camino. 

La Iqnano había asomado aun. 

Picó espuelas ó su cabalgadura, y al pasar junto á lo.- 
ái boles, sin pararse, se agarró con las manos y encaramóse 
en las ramas de uno de ellos, descargando con los pies un 


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20 


CA.KAMUKÚ. 


golpe en las ancas de su potro, y gritándole con voz vi- 
brante ¡joJiá! ¡jahá! palabra guaraní, que significa ¡vrniosf 
¡vamos! y cuya importáncia en la presente ocasión compren- 
dió el inteligente animal á las mil maravillas, porqué redo- 
bló su carrera y se perdió muy pronto de vista. 

Diez minutos después vió Amaro desde las ramas del 
guayacan , cruzar á los ocho' soldados que iban en su per- 
secusion. 

— Bien, se dijo, bajándose del árbol, y tomando una 
senda estraviada, que conducia á la villa; mientras ellos 
persiguen á mi caballo creyendo que yo voy encima, tengo 
tiempo de sobra para plegar al pueblo y hablar con el Sr. 
de Abreu, ya que es indispensable que sea esta noche, por 
que mañana y en estos dias estarán ya en acecho los esbir- 
ros y me atraparían sin remedio. En cuanto á mi caballo 
nada tengo que temer,* está aquerenciado y es parejero', con 
lo que quería significar que en cualquier parte que soltase 
su corcel, aunque fuese á doscientas leguas de distancia, se 
volvería al paraje donde se había criado ó cobrado afición 
con el trascurso de los años, lo que ejecutaría en menos 
tiempo que otro cualquiera, por ser parejero , es decir, adies- 
trado desde pequeño á la carrera y acostumbrado á. salvar 
grandes distancias en pocos minutos. 

Embebido en tales ideas, llegó al pueblo alas nueve 
de la noche, y entró por la parte opuesta al sitio de la catás- 
trofe. Oyó por las calles hablar del suceso, y ni siquiera 
se le ocurrió la idea de retroceder. Úetúvose en la plaza, 
y llamó á una sobérbia casa cuya fachada indicaba la rique- 
za de su dueño. 

Allí residía el acaudalado propietario y comerciante 


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CARAMURÚ. 


21 


brasileño, D. Nereo Abreii de Itapeby, el cual no bien supo 
su venida, abandonó al punto su escogida tertulia com- 
puesta de las primeras personas del pueblo por su posición 
política y fortuna, para encerrarse con él en su gabinete, 
con él, oscuro y humilde gaucho, cuya vida era un misterio 
y que en el corto espacio de veinte y cuatro horas había 
robado una mujer contra su voluntad y muerto á un hombre. 

¿Qué vínculos podían unir á estos dos seres, colocados 
el uno en la primera y el otro en la última grada de la esca- 
la social?. .Francamente, este capítulo es ya muy estenso, 
y solo podrémos aclarar tus dudas, lector carísimo, en el 
siguiente, cuyo título estamos seguros te agradaría muchí- 
simo ver en tu poder de otro modo que en letras de molde, 
como, por ejemplo convertido en buenas doblas mejicanas 
ó en billetes del banco de San Fernando, magüer sufriesen 
estos un descuento de veinte por ciento, como sucedió en el 
año de gracia de 1848. 


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III. 


lüCien mil patacones!!! 

En un espacioso gabinete, alhajado con esquisita ele- 
gancia, tendido muellemente en una cómoda butaca el Sr. 
de Abreu, y á poca distancia Amaro, sentado con las pier- 
nas cruzadas, como los turcos, sobre una magnífica piel de 
jaguar (1), prepáranse á interrogarse mutuamente, prévios 
los cumplimientos y frases de costumbre entre antiguos 
amigos que no se han visto en algunos años. 

La postura del opulento brasileño revelaba la indolen- 
cia habitual de los ricos, y característica de los que habitan 
en aquel hermoso pedazo del Edén americano, que riega el 
Aiñazonas y fecundiza el sol de los trópicos; y la del gaucho, 
la insolente arrogancia del bárbaro que desprecia las como- 
didades y el lujo de la civilización, y que no sacrifica sus 
hábitos ni aun en el seno de otra sociedad diversa de la 
suya. 

Y sin embargo, á pesar de esta circunstancia, que pa- 
recía marcar el origen de cada uno y establecer entre ellos 


(1) Variedad del tigre. 


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24 


CARAMURÚ . 


diferencias radicales, la persona menos fisonomista, á poco 
que se fijase, habría notado en su semblante rasgos marca- 
dísimos que estaban indicando ocultas y misteriosas afi- 
nidades 

Diferenciábanse únicamente en la estatura, en la edad, 
en lamanera de espresarse; el brasilero era mas joven y 
delicado: los áridos vientos del Norte no habian calcinado su 
rostro ni desarrollado su enfermiza complexión largos viajes 
á cáballo . luengos dias y menguadas noches pasadas en vela 
y á la intemperie, y á veces los rudos aunque cortos trabajos 
de una Estancia ; pero su fisonomía, fuese efecto de la casuali- 
dad ó de otro motivo que todavía ignoramos, sin tener la mis- 
ma espresion altiva y amenazadora que la de Amaro, vista 
aisladamente, y salvo las modificaciones producidas en la de 
aquel por las causas mencionadas, ofrecía tantas semejanzas 
con la del gaucho, que cualquiera los hubiera creído herma- 
nos, ó cuando menos parientes. 

El comerciante sacó una petaca de esa finísima paja 
llamada jipi-japa, que con tan singular destreza tejen los 
peruanos y chilenos, y ofreció un habano á su compañeros. 

Amaro cogió tres; encendió uno, y puso los restantes 
á su lado, para irlos tomando á medida que se le coucluyese 
el que tenia en la boca. 

— Ante todas cosas, Amaro, dijo D. Nereo dando prin- 
cipio ála conversación, quiero que me espliques qué diablos 
has hecho en Minas (1) para andar oculto y con otro nom- 
bre, y por qué no has venido áv rme cuando hace mas de 
un mes que estoy aquí, y cuando te necesitaba y podías 
prestarme un señalado servicio 

CO Uno de Jos departamentos de la República de! Uruguay. 


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CARAMUfíÚ . 


2 ?> 


— Señor, contestó Amaro: la razón Je haber salido de 
Minas es muy sencilla: vuestros compatriotas, como no 
^ ignoráis, hace tiempo que se han apoderado de nuestro ter 
ritorio, y como tengo enemigos muy poderosos desde aquel 
desgraciado asunto del que me salvó vuestro tio, el Sr. de 
Niser, el nuevo comandante me ha perseguido á instigación 
suya, y 

— ¿Te ha parecido conveniente tomar las de Villadiego 
y con un nombre supuesto buscar refugio en otra provincia 
donde no te conociesen? 

— No me quedaba otro recurso, estoy calificado de 
montonero , y ya sabéis cuán inexoimbles son vuestros paisa- 
nos con los que no se plegan á su dominación. 

— ¿Acaso formarías tu paj*te de la gavilla de ese demo- 
nio á quien llaman Caramurú , de ese guaucho, mestizo, mulato 
ó indio, que tan implacable ódio nos ha jurado, y que según 
dicen ha sido últimamento muerto en una celada con todos 
los suyos en el departamento de Tacuarembó, teatro de sus 
crímenes? 

— Caramuru no ha muerto, Sr. D. Nereo, respondió el 
gaucho con aspecto sombrío: la traición ha podido arrojarle 
# de aquel Departamento; pero á Dios gracias vive todavía, 
y mientras él viva siempre tendrán vuestros compatriotas 
quien les dispute su pre?a: ¡está resuelto á hacerles una 
guerra de esterminio hasta morir. 

— Veo que e~es su amigo, repuso el comerciante, dis- 
gustado de semejante respuesta, y en verdad, lo siento, 
Amaro, porque si te echan el guante, nadie en la tierra 
podrá salvarte A A anatema que pesa sobre todos los que 
siguen sus banderas 


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26 


CARAMURÚ. 


— Sea en buen hora, añadió el gaucho con arrogancia; 
¡moriremos si Dios asi lo quiere; pero moriremos libres! ¡No 
hemos arrojado á los godos (1), para dejar que los portugue- 
ses ni nadie venga á esclavizarnos otra vez! 

Conviene advertir que por aquella época, en 181.6, el 
gobierno portugués, al cual estaba el Brasil sujeto entonces 
á pretesto de sostener los derechos de Fernando VII, é 
impedir que la propaganda revolucionaria penetrase en sus 
colonias, pero en realidad, con el plausible objeto de apode- 
rarse del territorio comprendido entre las cabeceras del 
Cuarehim , el Atlántico y la márgen izquierda del Plata, que 
hoy forma la república Oriental del Uruguay, había invadi- 
do nuestras fronteras con un ejército que se apoderó en 
breve de todo el pais. Divididos y estenuados los patriotas ¡ 
es decir, los jefes americanos que habían arrojado á los 
españoles, encontráronse impotentes para resistirles en 
batallas campales, y se organizaron en guerrillas, haciendo 
cada uno por su cuenta y riesgo la guerra de montonera , 
llamada asi, porque sus fuerzas se componían de pequeñas 
divisiones de caballería, sin disciplina, sin armas casi, sin 
sueldo ni retribución de ninguna clase, formadas en un dia 
para disolverse al siguiente, y sin ihas ley que la vóluntac^ 
del caudillo que las rejia. 

El gobierno portugués y mas tarde el Brasilero emplea- 
ron inútilmente para esterminarlas cuantos medios estaban 
á su alcance: la persecución, el soborno, la intriga, la 
traición, .los gauchos, cuyos instintos bélicos é ingénito 
amor á la independencia había despertado la lucha con la 


(1) Español??. 


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CARAMURÚ. 


27 


madre pátria, seguian espontáneamente al primero que se 
levantaba contra los rabudos , como calificaban á los lusita- 
nos victoriosos; y estos, en justa represália, fusilaban en el 
acto y sin forma de proceso á cuantos montoneros caian en 
sus manos. 

Se vé por esta ligera esplicacion cuán poderosas razones 
asistían á Amaro para haber emigrado del teatro de sus 
hazañas, no á causa del desgraciado asunto de que nos ocu- 
parémos á su debido tiempo, sino porque él, aparentando 
ser un simple partidario del célebre montonero, era nada 
menos que el mismo Caramurú, cuya biografía habia hecho 
en pocas palabras el Sr. de Itapeby. 

El motivo de no conocerle este por ese nombre, á pesar 
de ser antiguos amigos, consistía en que se lo habían dado 
posteriormente los invasores al comenzarla lucha, á conse- 
cuencia de muchas y horrorosas crueldades que le atribuye- 
ron, y que él aceptó por suyas sin haberlas cometido, lo 
mismo que el odioso epíteto con que le calificaban, y que 
no podía simbolizar mejor la guerra de esterminio que se 
propuso hacerles desde un principio, pues Caramurú signifi- 
ca el hombre de la cara de fuego , ó lo que es lo mismo. Satanás , 
y tuvo origen en uno de los caudillos lusitanos en los prime- 
ros tiempos de la conquista del Brasil, á quién por sus inau- 
ditos crímenes dieron los indígenas ese nombre. 

Retirado en el departamento de Paysandú, donde nadie, 
á escepcion de Abreu, le conocía personalmente, los boa- 
ques que se estienden á lo largo del Uruguay le ofrecieron 
un asilo impenetrable; estaba acostumbrado á vivir en las 
selvas, y únicamente salía de ellas para asistir á las carreras, 

/ 


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28 


CARAMUTU! « 


á las trillas (1), á las yerras (2), á las festividades religiosa» 
de los pueblos, ó para reunirse en las pulperías con sus 
iguales. ... 

— Y ahora,' ¿qué piensas hacer? le preguntó el comer- 
ciante, ya enterado de los graves motivos que le obligáran 
á alejarse de Minas, ó mejor dicho de T acuarembó. 

— Ahora pienso irme á Catamarca (3) pero necesito 
dinero, y por eso se me ha ocurrido haceros esta visita. 

¡A Catamarca! .... ¡Diablo! esclamó apresurada- 

mente el Sr. de Itapeby incorporándose en su muelle asien- 
to; hombre, ¿estás loco? ¿No te he dicho que ahora te 
necesito? 

Señor, respondió Amaro con la gravedad de un hombro 
que no acostumbra repetir dos veces las cosas: ya os he ma- 
nifestado que tengo que irme, y me iré 

— ¿Pero por qué? 

—Porque he muerto á un hombre. 

El comerciante se levantó del sillón, y dió dos vueltas 
por el gabinete: — ¡Amaro, Amaro! esclamó paseándose cada 
vez mas agitado; ¡ya van dos con esta! Acuérdate de lo que 
tuvimos que trabajar mi tio y yo para salvarte la vez pri- 
mera..». 

—•¿Qué queréis? repuso el gaucho con la misma indi- 
ferencia que si se tratase de enlazar un potro salvaje, ó de 
otra cosa insignificante. Ese hombre me espiaba hace dias, 
y llegó á sorprender un secreto que nadie me arrancará 
sino con la vida; ¡era preciso que él ó yo dejase de existir! 

(1) Fiesta que tiene lugar en la campaña cuando se recoge ol trigo. 

(2) Reuní nes para marcar el ganado. 

(8) Ciudad capital de la provincia de su nombre ea la república Argentina. 



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CARAMUIiÚ. 


29 


Le he muerto lealmente y cara á cara. . . .No tiene de qué 
quejarse. 

—Lo mismo decías del otro: le he muerto cara á cara. . 
¡Insensato! ¿No temes que la espada de la justicia caiga al 
fin sobre tí? 

— ¡Tal dia hizo un año! respondió Amaro con desden, 
atusándose los vigotes y haciendo girar sobre la piel de ja- 
guar la estrella de sus grandes espuelas de plata. 

— ¡Y ahora que tanta falta me hacia! continuó Abreu 
hablando para sí y juntando las manos en señal de profunda 
tristeza . 

— ¡ Pues hablad, con mil. . . . santos ! contestó el 
gaucho. 

D. Nereo, por toda repuesta, volvió á arrellenarse en 
su cómodo sillón, y permaneció algunos minutos abismado 
en sus reflexiones. Su huésped inclinó á un lado la cabeza, 
íipóyó en el muslo el codo, y la sién en la palma de la mano; 
bostezó dos ó tres veces, y para despertar de su meditación, 
que ya empezaba á fastidiarle, ásu protector, amig*o ó lo 
que fuese, se puso á silbar, imitando el silbido suave y ar- 
monioso de los monos cuando llaman á sus hijuelos. 

El comerciante, que sin duda estaba acostumbrado á 
sus estravagancias, comprendió lo que significaba aquel 
estrafío modo de traerle á la cuestión. 

— Ya es inútil todo, mormuró: ¿cuánto necesitas para 
tu viaje? 

—Una letra de diez mil pesos, pagadera á la vista. 

— ¿Qué dices? preguntó D. Nereo creyendo no haber 
oido bien. 



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e 



30 


CARAMUHÚ. 


— Una letra de diez mil pesos, pagadera á la vista, repi- 
tió el demandante acentuando las palabras. 

El comerciante le contempló fijamente un buen rato 
juzgando que se burlaba; pero sus ojos tropezaron con la 
mirada fría y desdeñosa del gaucho, y conoció que hablaba 
de veras. 

— Es mucho dinero, no puedo dártelo, contestó con 
timidez. 

— Ved, señor, que os lo pagaré, dijo Amaro poniéndose 
de pié y con un metal de voz en el que iba envuelta una 
terrible amenaza. 

Abreu vaciló. 

— Vamos, ¿me los prestáis, ó no? preguntó el amante 
de Lia acariciando el pomo de su puñal. 

— Hombre, si. . . .yo quisiera servirte. . . .ya ves. . . . 
pero ¡que diablo! Tengo una apuesta de cien mil pata- 

cones, y aunque yo no pago sino la mitad, es indudable que 

la perderemos Mas está empeñada mi palabra.*.. 

y un hidalgo, el hijo del noble conde de Itapeby, no se 
desdice jamás . . . .replicó D. Nereo con voz entrecortada por 
el miedo, casi tartamudeando. 

— Si, he oído hablar de eso, y teneis razón, murmuró 
Amaro: este año, como el pasado, perderéis vuestros vin- 
tenes (1) tontamente. 

— Detesto á ese orgulloso estanciero , por lo mismo que 
la suerte le favorece tanto. ¡Todas las carreras me las 
gana! Nadie ha podido sacar la oreja (2) hasta ahora á su 

[1] Moneda de cobre imagina na, equivalente ó cuati o cuartos. 

[2] Adelantar un caballoá otro algunas linca?. 


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OAU.\MURÚ. 


31 


renombrado Atahuaipa (1). No sé qué darla para humillar 
su orgullosa fatuidad. Mira, yo te aguardaba en esta oca- 
sión con ánsia, para que me hiciéses un favor en cambio de 
los muchos que te lie prodigado en otro tiempo . . . 

— Hablad, señor, repuso fríamente el gaucho previen- 
do lo qúe iba á decirle. 

•* . —Si tú quieres, podemos ganar la carrera. 

— ¡Imposible! Vuestro parejero es muy inferior al 
contrario. 

— Pero.... 

SI hijo del noble conde se detuvo con cierto embarazo 
é indecisión, que hicieron asomar á los lábios de Amaro su 
habitual irónica sonrisa. 

—¿Pero qué? 

’ —Pero si tú quieres, tú, que éres el primer jinete del 
Rio de la Plata, tú que sábes todos los ardides que en oca- 
siones semejantes deciden la victoria á favor no del mejor 
parejero , sino del mejor corredor, tú podrías fácilmente 
calzarle .... 

— ¡Eh! esclamó Amaro interrumpiéndole entre ofendido 
ó indignado; yo sé matar, ¡pero no sé robar! Eso es una 
estafa infáme, y me admira que siendo tan rico como sois, y 
conociéndome como me conocéis, me la propongáis. 

No erá fínjido el enojo del gaucho: esta acción se mira 
entre ellos como una de esas raterías bajas y mezquinas que 
en la sociedad deshonran y llenan para siempre de ignomi- 
nia al que las ejecuta. Esplicaremos lo que significa. 

Nuestros parejeros corren cuando van juntos, echándose 


[i] 

Pisarró. 


Nombre del rey que ocupaba el trono dol Perú cuando lo invadió 

7 


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32 


CARAMURÜ. 


el uno sobre el otro; el jinete que obra de mala fé, y tiene la 
destreza suficiente para hacerlo sin que lo noten, mete una de 
sus piernas en los encuentros del corcel de su CQjtrano, y al 
llegar cerca de la meta, vuelve el pie y le golpea con el talón 
en el costado ó en los encuentros, y mientras el animal, al 
sentir el golpe, se aparta aun lado, se encalabrina ó retro- 
cede, él pisa triunfante la raya, señalada por los jueces como 
término de la carrera. 

La circunstancia de galopar juntos, la facilidad de 
esconder la pierna entre los pliegues del chiripá , y sobre 
todo, la habilidad del corredor en el momento decisivo, hacen 
poco menos que imposible el justificar luego si ha habido 
calzada ó no. 

Solo el amor propio humillado, el ódio y la envidia; amor 
propio, ódio ó envidia que no se comprenderán sino recor. 
dando lo que sufren las personas dominadas por una manía, 
cuando se ven imposibilitadas de satisfacerla, pueden espli- 
car el proceder tan poco digno de un hombre como Abreu, 
heredero, aunqne segundón, de un apellido ilustre y de una 
fortuna colosal. 

— De todos modos, continuó éste, deseando dar otro 
giro á la conversación, vista la negativa terminante de su 
protegido; es una necedad que hablemos de eso. 

— ¡Y tanto! 

— Necedad, y mas que necedad, porque aun quetú 
quisieras, no podrías asistir á las carreras. 

— ¿Quién os ha dicho eso? preguntó el gaucho en tono 
de burla, inclinando á un lado la cabeza, y jugando con la 
botonadura de plata de su poncho. 

— Sería una locura, añadió el comerciante con hipó- 


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CARAMÜEÚ. 


33 


crito recelo, venir tú mismo á ponerte en manos de tus 
enemigos. 

— Vaya, hagamos un convénio, respondió Amaro son- 
riéndose; puesto que teneis perdidos los cien mil patacones, 
ofrecedme, ó mas bien firmadme, ahora mismo un documen- 
to que importe el valor de esa suma, y me comprometo á 
haceros ganar la carrera legalmente, como Dios y nuestros 
estatutos mandan. 

El comerciante se sonrió á su vez; creía que el gaucho 
trataba de burlarse de él. 

— Eso es imposible, dijo, después de reflexionar un ins- 
tante; no hay en todas estas provincias un caballo capaz de 
competir con el de mi adversario. 

Amaro, con aquel acento irresistible é imperativo ante 
el cual se humillaba todo, contestó con lacónica aspereza: 

— Hay uno, uno solamente. 

Aquel hombre fascinaba, la incredulidad de Abreu, se 
desvaneció al punto. 

— En efecto, murmuró golpeándose la frente y evocan- 
do confusamente sus recuerdos; he oído hablar de un pare- 
jero muy superior á Atahualpa. . . .según dicen; pero per- 
tenece á los indios. . . .no sé á qué tribu. . . .¡Ah! si. . . .ya 
recuerdo. . . .á la de los Tapes. 

-—No; os es infiel la memoria, ó estáis mal informado, 
Sr. de Itapeby, dijo el gaucho gravemente; pertenece á 
otra tribu aun mas feroz que esa. 

—Entonces, repuso D. Nereo con doble amargura que 
antes, tú te burlas. Por valiente que seas, sería mas que 
insensatéz ir tú solo á sacarlo de manos de esos caribes. 

— ¿Me daréis los cien mil patacones? 


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34 


CARAMURÚ. 


— ¡Dios eterno, Dios eterno! esclamó el comerciante 
asombrado; ¡sería capaz de dejarse matar antes que recoger 
una palabra indiscreta! 

—Vamos, ¿os decidís? Si ó no, repitió Amaro impa- 
ciente. 

— Pero. . . . 

— No hay pero. 

— Te matarán 

— Eso no es cuenta vuestra. 

—Hombre. . . . 

— Por última vez, Sr. de Itapeby: ¿sí ó no? 

—¡Si! 

—Bien: desde hoy podéis doblar la parada (1) sin mie- 
do: el triunfo es vuestro, á menos que yo me quede por 

allá, lo que no será muy difícil, refunfuñó Amaro entre 
dientes. 

El comerciante no cabía en sí de gozo : 

— Te juro, bajo mi palabra de honor, esclamó, que si 
ganamos la carrera, son tuyos los cien mil patacones de mis 
contrarios. 

—¿V vuestro socio? 

— Mi socio hará lo que yo le diga. 

—Firmadme, pues, el documento 

— ¡Oh, eso no! Te entregaré el valor de la apuesta 

en el mismo memento que los jueces declaren la derrota de 
Atahualpa. 

— Basta: dentro de ocho dias estaré de vuelta; voy á 
traeros el único parejero de estas provincias capaz de pro- 


[1] Apuesta. 


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35 


CARAMURÚ. 


porcionaros el triunfo que anheláis; pero si después de con- 
seguirlo os olvidáis de vuestra promesa .... 

Los ojos del gaucho se animaron con un resplandor som- 
brío, y un relámpago de cólera desprendiéndose de sus ne- 
gros párpados, cruzó por sus enarcadas cejas y dilató su 
espaciosa frente. 

El brasileño retrocedió preguntándole con voz temblo- 
rosa: 

— ¿Qué me harías? 

—Nada, contestó Amaro sacando el puñal, y con un 
leve tajo haciéndose una cruz en la yema del dedo pulgar 
de la mano derecha, cruz sangrienta que besó, uniendo el 
Índex con el dedo herido: nada, os mataré donde quiera que 
os encuentre, de noche ó de dia, dormido ó despierto, en la 
ciudad ó en el campo, soloó acompañado. Ahora vengan 
esos cinco. 

Tendióle el comerciante su trémula mano mas pálido 
que la cera, escapándosele un ¡ay! sofocado, al sentir crugir 
sus huesos entre los férreos dedos de su pacífico amigo. 

— Hacedme ensillar vuestro mejor caballo, y por lo 
pronto facilitadme veinte gateadas (1), añadió Amaro pre- 
parándose á partir. 

Abreu, pensativo y silencioso, salió, y á poco volvió 
con un cartucho de oro en la mano, y se lo entregó di- 
ciéndole: 

— El caballo te espera en la puerta falsa del jardin. 

— Gracias, contestó el futuro vencedor de Atahualpa 
echando el dinero en uno de los bolsillos de su tirador de 
piel degamuza, y encendiendo el tercer habano. 

flj Onzas de oro. 


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36 


CARAMültÚ. 


— Adiós, dijo por despedida; cien mil patacones, ¿eh? 
' — ¡Cien mil patacones! repitió maquinalmente el Sr. de 
Itapeby, todavía azorado por el estraño juramento y la ater- 
radora amenaza del feroz gaucho. 


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Lia JYíser. 


Tiempo es ya de qne informemos á nuestros lectores de 
la joven robada y de las relaciones que mediaban entre ella 
y su raptor. 

Lia era hija de un rico y distinguido abogado orien- 
tal (1), y había nacido y educádose en Montevideo, en aque- 
lla hermosa ciudad que se levanta en la ribera izquierda del 
Plata, como un mburucuyd (2) silvestre á la clara márgen 
de un riachuelo. 

Rayando apenas en esa edad dichosa en que la infancia se 
confunde con la pubertad, y la fisonomía refleja la candidéz 
del adolescente y los hechizos de la mujer, su belleza á los tre- 
ce años, sin haberse desarrollado del todo, producía esa mag- 
nética influencia, ese vago é indefinible embeleso que atrae 
las miradas de los hombres y les obliga á volver involunta- 
riamente la cabeza, si pasa por delante de ellos, para se- 
guirla con la vista como á una aparición ideal, como al tra- 


[1J Asi llamamos á loa hijos déla república del Uruguay. 
[2] Pasionaria. 


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38 CÁRAMUKÚ. 

santo de ia mujer que se han forjado en sus ensueños de 
amor y de* poesía. 

Imposible nos sería decir á punto fijo en qué consistía 
este prestigio, prestigio que se escapaba al ojo mas perspicaz 
al querer analizarlo, semejante á un fluido inmaterial. No 
se limitaba á una parte determinada de su físico ó de su al- 
ma; estaba derramado en todo su ser; lo mismo en su cútis 
sonrosado y trasparente, aunque moreno, que en sus ojos 
pardos, espresivos y voluptuosos, como en su aéreo talle mas 
flexible que las ram:s del sarandí (1), lo mismo en su relu- 
ciente cabello, sedoso, negro y ondeado, en sus manos tor- 
nátiles y reducidos pies dignos del cincel dePhidias, como 
en su boca de ángel que semejaba el temprano capullo de 
de una rosa, entreabierto con el rocío de la noche y espon- 
jándose con los primeros rayos del sol. 

¿Y qué diremos de la gracia inimitable de su andar vo- 
luptuoso y reposado? ¿Qué del timbre argentino de su voz 
armónica que se insinuaba en el alma y la hacía estremecer- 
se de gozo y de embriaguéz. ¿Qué de la espresion purísima 
y al par seductora de su mirada infantil, que si evocaba al- 
gún recuerdo amoroso alejaba de la mente todo pensamien- 
to mundano, toda idea que tendiese á despojarla de su au • 
reola divina? 

Angel en forma de mujer, al verla en el mes de abril 
cruzar los sábados á la tarde por la magnífica calle que hoy 
llaman Veinte y cinco de mayo, vestida de celeste y blanco, 
dulces colores de nuestra bandera, para dirigirse á la quin- 
ta de las Albacas (2), y volver con las primeras sombras del 

fl] Arbol que crece úla márgen deloi ríoB. 

[2] Posesión de campo á un cuarto de legua de la capital. 


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CAItAMURÚ. 


39 


crepúsculo, deshojando por el camino los ramilletes de pre- 
ciosas flores con que la habían abrumado sus numerosos ado- 
radores, al verla subir y bajar por las pintorescas serrezuelas 
y quebradas que rodean A la ciudad, cualquiera hubiera creí- 
do, no que hollaba la tierra con su planta, sino que flotaba 
en el aire y se remontaba al cielo. 

No era su belleza lo que mas encantaba, no. Envolvía- 
la una nube de idealismo, un perfume de castidad, suavísi- 
mo como el hálito aromado que se escapaba de sus lábios de 
clavel, puro como el carmín de sus mejillas, mas tersas que 
la piel del armiño ó las hojas del jacarandá. 

Su familia, los amigos de su casa, y hasta los estraños, 
la idolatraban. Su padre especialmente, que había visto mo- 
rir uno tras otro á todos sus demas hijos, la quería con una 
especie de delirio. Los menores deseos de Lia eran p ira é 
órdenes que ejecutaba antes que los espresase; y acaso por 
esta circunstancia, su madre, injusta en demasia como sue- 
len ser algunas madres, por espíritu de contradicción ó en- 
vidia, nutria contra su hija sino resentimientos de severidad, 
que no bastaban á desipar el respeto, el cariño y las conti- 
nuas demostraciones de aprecio que la prodigaba ella. 

Pero aunque D. Cárlos Niser amase tanto á su hija, no 
por eso dejaba siempre de plegarse en último resultado á las 
caprichosas exigencias y al despotismo de su esposa. El buen 
anciano tenia un carácter harto débil, y la Sra. Petra, su 
consorte, era un demonio con faldas. Fea, murmuradora, 
intrigante, irascible, taimada, envidiosa, vengativa y ma- 
niática. 

Lia tenia una afición loca por los bailes, y su madre la 
llevaba á todos. En vano trataba de oponerse D. Cárlos, ma* 


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40 


OAItAMURÚ. 


infestando que su salud y delicada complexión nopodian so- 
portar aquellas continuas noches de cansancio y locura. La 
colmilluda señora se reía con una risa especial suya, propia, 
característica, y le contestaba que no fuese aprensivo y né- 
cio, que se marchase á ojear sus mamotretos, á embrollar y 
á volver blanco lo negro, como buen abogado, y la dejase en 
paz, porque ella sabia demasiado bien lo que convenia á su 
(juerulita niña. 

No es creíble que esta escelente señora llevase su per- 
versidad hasta el estremo de allanar á su hija el camino de 
la muerte; pero sí estamos autorizados para pensar que su 
loca pasión al juego la cegaba, y deseosa de satisfacerla, 
acudía con ánsia á todas partes, llevando consigo á Lia, mas 
que por complacerla, por vanidad y por tener un protesto 
que la disculpase á los hojos de su marido, que por hábito é 
ideas no asistia á ninguna tertulia y abominaba el juego. 

Los temores del anciano no eran infundados. Lia, en 
cuyas venas corría la sangre andaluza mezclada con la ame- 
ricana, se moría por el baile, y como todas las criollas, era 
incansable, y siempre estaba pronta á tender su preciosa 
mano al primer pisaverde que se le acercaba. Jó ven, hermo- 
sa, instruida, con natural ingénio, de carácter festivo y be- 
névolo, rica y única here^ra... ¿la dejarian alguna vez 
consumirse de tedio solitaria y olvidada en su silla? 

¡Nunca! porque ella sabia todos los bailes antiguos y 
modernos, y los bailaba con una gracia particular. En la 
sociedad escogida, contradanzas, rigodones, gavotas, mi- 
nuets, walses: en los de menos etiqueta ó mejor dicho en los 
muy íntimos, entre sus deudos, ó amig'as por estravagancia, 
boleras, cielitos , mediacañas , y algunos otros inventados por 


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CAliAMUllÚ. 


41 


el génio alegre de los americanos de todas las zonas aficio- 
nados á solazarse con amenos ejercicios corporales mas de lo 
que seria conveniente. 

Agradábanle sobre todo á Lia las boleras y el wa Is, y 
era digno de verse y admirarse su gracia y perfección en una 
y otra danza. 

El erguido coronilla de nuestros valles no inclina con 
mas languidez su enhiesto tallo, el tímido caycobé (1) no se 
repliega y esconde mas pronto sus hojas ai sentir el roce de 
una mano estraña, ni la serpiente de cascabel , persiguiendo 
al escuerzo, que se le escapa entre los raquíticos arbustos y 
tupida maleza de los pantanos, ondea, salta, vaga y gira con 
mas velocidad; ni el indolente quezal , en cuyas plumas se 
reflejan los colores del iris, entreabre sus álas con mas aban- 
dono y se deja caer muellemente sobre la copa de los tama- 
rindos en flor, como Lia resbalando sobre la alfombra, seme- 
jante á una ondina. 

Entre el turbio vapór de ancha laguna. [2] 

Entonces no era la virgen pudorosa é inocente; era la 
amorosa odalisca, la ardiente bayadera del Indo, sedienta de- 
placer, ébria de voluptuosidad y delirio. Sus bellos ojos, ora 
se cerraban á medias, ora se animaban de repente lanzando 
vividos destellos; su pecho se levantaba y bajaba acelerado, 
se entreabrían sus labios purpúreos cual si mendigasen un 
ósculo de amor, y sus brazos, siguiendo las rápidas ondula- 
ciones* de su cuerpo, parecían invitar á algún amante invi- 
sible á arrojarse en ellos... hasta que rendida por la fatiga, 

[1] Sensitiva. 

[2] Zorrilla. 


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42 


CARAMURÚ. 


trémula y palpitante, se detenia al estruendo de los aplauso 
en medio del salón, inclinando la frente con encantadora 
modéstia, y se encaminaba paso á paso á su asiento sin alzar 
la cabeza, fingiendo no apercibirse del murmullo de admira- 
ción, de los elogios y de los bravos que resonaban a su al- 
rededor. 

Esa famosa bailarina á quien el público de Madrid tri- 
buta hoy (1) tan espléndidas y merecidas ovaciones en el 
teatro de la Cruz; esa sílfide andaluza, que apenas aparece 
arranca tan estrepitosos aplausos y provoca con su gracia 
inimitable ton férvidas y espontáneas demostraciones de en- 
tusiasmo; la ideal, la bella, la encantadora Nena no es acogi- 
da por sus admiradores con mas delirio y alborozo que Lia 
por la numerosa y escogida concurren ia que se agolpaba en 
torno de ella no bien se presentaba en cualquier reunión, 
suplicándola que la embelesase con alguno de sus bailes fa- 
voritos, en cambio de las flores y guirnaldas que llevaban de 
antemano para tapizar la alfombra donde estampase sus ala- 
dos piés. 

Triunfos eran estos que debían halagar el amor propio 
de la mujer menos vanidosa, y sin embargo, Lia no lo era. 
Mas que los aplausos de los hombres, buscaba un desahogo á 
su naturaleza ardiente, ávida de trasportes, amiga del bulli- 
cio y del movimiento. Cándida paloma del Edén, peregrino 
en la tierra, que devoraba el espacio con la vista, y recor- 
dando sus perdidos jardines, necesitaba para poder vivir en 
nuestro mundo prosáico animación, luz, aromas y armonías. 

Pero está escrito que todo placer esconde en sí un gér- 

(l) Téngase presente que esto se escribió y publicó en 1S48, época en que la 
célebre Manuela Berbea (a) la Nena haoia furor en Madrid. 


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C A HA MU lili. 


43 


mea de dolor; una espina envenenada que primero punza y 
luego convierte en cancerosa llaga la herida que ocasiona. 
Lia, cuya complexión era muy delicada, no pudo resistir á 
las violentas y repetidas emociones del baile. Empezó á re- 
sentirse del pecho, y juzgando que seria una ligera indispo- 
sición, en vez de declararlo á su madre, temerosa de que la 
privase de su diversión favorita, continuó bailando todas las 
noches con el mismo ardor, hasta que ía fiebre vino á revelar 
el peligro que la amenazaba. 

Consultados al punto los médicos, declararon que estaba 
afectada del pecho, y que presentándose su enfermedad con 
síntomas alarmantes, era indispensable enviarla sin pérdida 
de tiempo á tomar las aguas del Uruguay, aguas que no solo 
tienen una virtud particular para trasmutar en piedra cuan- 
to se arroja en ellas, si que también para curar sin el auxilio 
de otras medicinas varias enfermedades que no nos place, y 
otras muchas que no queremos enumerar. 

Por desgracia en aquella época el padre de Lia estaba 
empeñado en un pleito de grande importancia que debía 
fallarse en breve, y no podía, por ningún pretesto, ausen- 
tarse de la capital. 

En cuanto á la Sra. Petra, hablarla de salir de Monte- 
video era lo suficiente para granjearse su enemistad. ¡Ella! 
¿Cambiar su residencia por la de una Estancia ? Figuraos la 
espantosa catadura de una de vuestras elegantes madrileñas, 
si la propusiérais en el mes de enero irse á encerrar en un 
cortijo de estremadura. Seguramente que os enviaria en sus 
adentros á los infiernos, ó cuando menos juzgaría que os 
chanceábais, que estábais locos, ó que os habéis escedido algo 
en el almuerzo ó lo comida. 


w 


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a 


CARAMUüÚ. 


Aquella cariñosa madre, protestando que la enferme- 
dad de su hija era ocasionada por una cosa muy natural en 
las personas de su sexo al lleg*ar á la pubertad, se negó 
rotundamente á acompañarla, y D. Cárlos, siempre compla- 
ciente y bonachón, por evitarse disgustos con su amable mi- 
tad, cuyo génio no era el mas á propósito para las lides pan- 
lamentarías, porque al instante apelaba á las vias de hecho, 
espidió un chasque (1) aúna hermana suya que se hallaba en 
Paysandú casada con el comandante de aquel punto, para 
que, no bien recibiese su carta viniera á llevarse á Lia á la 
Estancia de su esposo, la cual, como saben nuestros lectores 
solo distaba seis leguas de aquella ciudad. 

La hermana, que profesaba á D. Cárlos un verdadero 
afecto «fraternal, aunque de opiniones políticas contrarias á 
las suyas, se puso en marcha el mismo dia que recibió su 
misiva, y antes de dos semanas se encontraba de vuelta en 
la Estancia con su encantadora sobrina, que salió llorando 
de Montevideo, como llora un niño mimado cuando le arre- 
batan de las manos el arma con que puede inadvertidamen- 
te poner término á sus dias. 

Lloraba la pobre niña de tan buena gana, y se asoma- 
ba con tanta frecuencia á mirar desde la portezuela del co- 
che, que volaba como una exhalación, las pardas torres de 
la Matriz y los mil blancos edificios que se estienden en an- 
fiteatro á lo largo de la costa, que su tia doña Eugenia, en- 
ternecida de su dolor, no pudo menos de preguntarle: • 

— Vamos, Lia, ¿por qué lloras de esa manera? ¿Acaso 
has dejado allí una parte de tu corazón? 


fl] Propio. 


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CARAMURÚ. 


45 


— No, señora, contestó ella con una candidez infantil, 
que no estaba exenta de coquetería: ¿había de querer á na- 
die estando comprometida? ¿No sabéis que dentro de poco 
voy á casarme? 

— Es verdad... no me acordaba. ¿Y cuando vendrá tu 
futuro? 

— No sé: papá me dijo el otro día que dentro de dos 
meses. 

— ¿Con que serás condesa? 

— Sí, de Itapeby. 

— Vamos, cuéntame eso, repuso doña Eugénia, fin- 
jiendo que nada sabia, áfin de que la inconsolable jóven se 
distrajese refiriéndole lo que estaba cansada de saber, pero 
que juzgaba, como mujer de esperiencia, que produciría en 
su imaginación el efecto de un tónico bastante eficaz para 
secar h.s lágrimas en sus ojos y hacer asomar la sonrisa á 
sus labios, pues siempre las que están próximas á trocar la 
guirnalda de azahar por otra de mirtos, aunque aparenten 
lo contrario, hablan y oyen hablar con placer de su futuro 
enlace, salvo en los casos en qué éste se realiza contra su 
voluntad. 

— El año pasado, dijo Lia, vino á Montevideo mandan- 
do la división Rio-Granáense (lj el conde D. Alvaro Abreu de 
Itapeby , pariente cercano de mi madre, y se hospedó en casa, 

— Eso lo sé; adelante. 

—A los pocos dias, sin haberme dicho una palabra, 
pero con anuencia de mi madre, me pidió en casamiento, 
para mas adelante, porque... pues... 

[1] La provincia de Rio Grande pertenece al imperio del Brasil y está 
fronteriza á las nuestras. 


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CARAMURÚ. ' 


+(> 

— Comprendo, contestó la tia sonriéndose del embara- 
zo de su sobrina. Lia continuó: 

— Mi padre, manifestándose agradecido al favor (pie 
nos dispensaba el conde, le insinuó que no pensaba contra- 
riar nunca mi voluntad, y que si entonces, cuando estuviese 
en estado de casarme, era yo gustosa, él no se opondría. 

— ¿Cómo? ¡Pues Petra me había escrito lo contrario! 

— Escuchad: con este motivo, luego que se retiró D. 
Alvaro, trabó mi madre un acalorado debate con papá, que 
contra su costumbre se mantuvo firme, y no quiso ceder. 
¡Mi madre se incomodó mucho, muchísimo!... y estuvieron 
algunos dias sin hablarse. 

— Hija, ignoraba esos detalles, esclamo doña Eugénia, 
con creciente curiosidad; ¡oh! Cárlos es un babieca, un po- 
bre hombre, y su mujer le maneja como á un chiquillo... 
Continúa, continúa.... 

— Una noche, al volver del teatro, mi madre me llamó 
á su cuarto, y después de besarme y acariciarme, cosa que 
nunca hacia, y repetirme en un largo y enfadoso sermón, 
ininteligible para mí, que la dicha se cifraba en las rique- 
zas, que la mujer había nacido para ser la compañera del 
hombre, y que solo anhelaba mi bien y mi felicidad, mé 
preguntó si me casaría con el conde. 

Aquí se detuvo la candorosa Lia, quién sabe si de ru- 
bor ó despecho, y se volvió para mirar por última vez la 
ciudad que se perdía en el horizonte lejano, bañada por la 
luz crepuscular. El carruaje bajaba la empinada cuesta del 
Cerrito(l). > 


[1 1 Pequeña montaña á do# leguas de Montevideo. 


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CARAMURÚ. 


47 


—Y bien, ¿qué respondistes? dijo su compañera, cono- 
ciendo por el ligero sonrosado que asomaba en las mejillas 
de la narradora, que había llegado al punto difícil, al nudo 
gordiano de la cuestión. 

— ¿Yo? preguntó Lia con aturdimiento; ¿qué había de 
responder? Dije primero que no\ y como mi madre, sin po- 
der contenerse, levantase la mano para darme una bofetada, 
respondí en seguida mas que de prisa: si, si, si. 

Doña Eugénia soltó una estrepitosa carcajada, y Lia 
imitó su ejemplo. 

— Pero, mujer, añadió la primera cuando hubo pasado 
aquella mútua esplosion de hilaridad ; ¿ acaso es feo el 
conde? 

— No, no es feo: al contrario, es un arrogante mozo. 

— ¿Y entonces? 

— No sé, repuso la futura esposa, empujando con des- 
den hácia adelante el lábio inferior, y encongiéndose de 
hombros; no sé pero no me gusta. 

— Pues yo conozco á su hermano D. Nereo, que vive 
en nuestro pueblo, y te aseguro que es un jó ven recomen- 
dable bajo todos conceptos. Vamos, picardía: tú tienes al- 
gunos amoríos; algún maniquí de rizadas melenas y voz 
melosa y enflautada te ha engatuzado .... 

— ¡Ya, ya! repitió Lia en tono de burla golpeando 
con su piececito en la portezuela del coche; me fastidian, 
me empalagan, me revientan los hombres de esa clase. ¡Je- 
sús y que tontos son! ¡Dios me libre de ellos! 

— ¿Será entonces algún poeta lloron y meditabundo, 
cuya sensibilidad, á prueba de caramelo, haya simpati- 
zado con la tuya? 

9 


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48 


CARAMURÚ. 


— Idem, contestó ella volviendo pausadamente la cabe- 
za con aire de reina. 

— ¿Será por ventura alguno de los altos magnates que 
no ha mucho han llegado de Rio-Janeiro? 

—Idem, idem, murmuró lajóvencon mas desden to- 
davía 

— ¡Ah, ya caigo! .... continuó doña Eugenia, cada *vez 
mas deseosa de arrancarle su secreto. ¿Será algún jóven 
patriota perseguido, uno de esos locos, estúpidos, ambiciosos 
que pretenden con un puñado de bandidos contrarestar el 
poder colosal de nuestro amado monarca D. Juan VI? 

— No, timpoco, replicó tristemente la interesante en- 
ferma, como si la ofendiese á su pesar la manera de espre- 
sarse de su tía: y no os canséis, señora, porque os juro por 
lo mas sagrado que haya; que no he amado á nadie todavía. 

— ¿Y vas á casarte? 

— Tantas cosas me ha dicho mi madre, y la tengo tanto 
miedo, que me resigno á ser tal vez desgraciada el resto de 
mi vida para evitar á mi querido y buen padre los males 
que le amenazan. D. Alvaro es muy poderoso, y seria ca- 
paz de todo por vengarse 

La conversación iba tomando un sesgo triste y enojoso, 
que no cuadraba con el objeto que se propusiera doña Eu- 
génia al entablarla; y para cortarla, nada le pareció mas 
oportuno que volver al tema que habian dejado. 

— Pero no me has esplicado aun cómo mi hermano 
otorgó su consentimiento. 

— Mi madre hizo de modo que me interrogase un día, 
estando ella en acecho en la pieza inmediata, y yo repetí 
como una cotorra lo que me habia enseñado. Papá se mostró 


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CARAMURÚ. 


49 


satisfecho, y en consecuencia, empeñó su palabra á D. 
Alvaro de que le otorgaría mi mano, no bien estuviese en 
disposición de casarme. 

r— Y el g alan, ¿qué tal? ¿Se mostró digno de esta 
prueba de aprecio y confianza que le dabas? 

— Asi, asi. . . .cuatro meses después partió para la cor- 
te con una misión especial del gobernador. 

— Y ha escrito recientemente diciendo que volvería 
dentro de dos meses? 

—Sí. 

— Ya para entonces estarás restablecida y mas hermo- 
sa que ahora, dijo doña Eujénia con dulzura al notar la 
sombría nube de tristeza que se difundió en el rostro de la 
pobre niña. 

— ¡Ah, querida tia! esclamó ésta tomando sus manos y 
estrechándolas con efusión; ¡plegue al cielo que se dilate ese 
momento cuanto sea posible! .... 

El carruaje se detuvo para mudar caballos, y la conver- 
sación se interrumpió. Por lo tanto, mientras se cambia el 
tiro, nosotros, que también estamos fatigados, suspendere- 
mos nuestra narración imitando su ejemplo. 


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V. 


El Tacaré. 

Trasladada con su tia á la Estancia nuestra jóven enfer- 
ma, solo se ocupó en restablecerse lo mas pronto posible para 
volver cuanto antes á la capital. Acostumbrada á vivir en el 
seno de los placeres, el campo, por mas que la agradase, de- 
bía serle muy pronto insoportable. 

Sin mas sociedad que la de doña Eugénia y la muger 
del capataz (1), los dos en el último tercio de su vida, y por 
consiguiente incapaces de adaptarse á sus ideas, á sus Sen- 
timientos y á su manera de ver y concebir las cosas, no era 
estraflo que echase de menos á cada instante á sus jóvenes y 
bulliciosas amigas, y á los festivos tertulianos que frecuen- 
taban su casa. 

Mediaba además otra circunstancia para que fuese mas 
grande este vacío. Las dos señoras, que frisaban ya en los 
cuarenta y cinco abriles, eran frenéticas realistas, pertene- 
cían al partido de los intrusos, é intolerantes hasta el esceso ? 
no consentían que prevaleciese sobre el particular otra opi- 

(1) Administrador de la Estancia y encargado de hacer ejecutar las faenas 

rurales. 


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52 


CARAMÜRÚ. 


nion que la suya, y Lia, hija de un hombre que se habia dis- 
tinguido entre los mas decididos patriotas en la lucha con- 
tra España, simpatizaba ardientemente con los pocos orien- 
tales que, fieles á sus principios, se negaban á plegarse al 
yugo de los usurpadores, y rechazan con desden las rique- 
zas, las distinciones y honores que les brindaban en cambio 
de su apostasía. 

El marido de doña Eugenia pertenecía al número de 
los que desde un principio, traicionando á sus amigos y 
abandonando vilmente al partido que los habia sacado del 
polvo y dádoles importancia personal y valor político, se 
adhirieron al nuevo gobierno. Vileza que la córte de Rio 
Janeiro recompensó generosamente, como todos los gobier- 
nos débiles y menguados, confiriéndole el mando, ó sea la 
comandancia general del departamento de Paisandú. Los 
camaleones políticos en todas partes y en todos tiempos. . . . 
el buen juicio del lector completará el período. 

Ya hemos visto en el anterior capítulo cómo su esposa 
calificaba á los patriotas, sin acordarse que su propio herma- 
no lo era. El diccionario de la maledicencia se agotaba en 
us lábios cuando se hablaba de ellos. 

Lia, con su carácter franco, con su ingenuidad de ni- 
ña, cuyo corazón simpático é imaginación de fuego se entu- 
siasmaba por todo lo que era bello y noble en sí, no podía 
oir tranquila que se calumniase en su presencia á aquellos 
heróicos proscriptos, que, seguidos de un puñado de valien- 
tes, desnudos, sin armas, sin recursos, perseguidos en todas 
direcciones, sin mas amparo que su fortaleza, sin mas alia- 
dos que la desesperación, sin mas esperanza que encontrar 
una muerte gloriosa en las lanzas de sus opresores, cuando 


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CARAMURÚ. 


53 


no en un cadalso convertido en el lecho de su gloria, toda- 
vía hacían estremecer los desiertos y las ciudades, las mon- 
tañas y las llanuras, los rios y los bosques con su formida- 
ble grito de guerra: 

— ¡Libertad ó muerte! 

Las hazañas de los intrépidos guerrilleros llegaban e n 
álas de la fama hasta la capital, magnificadas por la distan- 
cia, y engrandecidas por el misterio que los rodeaba. Tan 
pronto era un destacamento de mil hombres batidos por cien, 
como una división prisionera y pasada toda á cuchillo, ó la 
toma de un pueblo, ora la sorpresa de un campamento. Lue- 
go, los vencedores desaparecían como por encanto, y no se 
volvía á hablar de ellos hasta que un nuevo rasgo de valor, 
que rayaba en fabuloso, venia á esparcir la alarma y á po- 
ner en movimiento las numerosas tropas lusitanas y brasi- 
leñas desparramadas por todo el territorio y dueñas única- 
mente del suelo que pisaban. 

Acaso creerán algunos que mentimos ó exageramos; 
pero llegaron á infundirles tal espanto las partidas de mon- 
toneros , que huian de ellos los usurpadores al solo amago. 
Por regla general, no aceptaban el combate sino veinte con- 
tra uno. 

De esta manera las filas de los patriotas se fueron en- 
grosando, y á no ser por la mala inteligencia y rivalidades 
de los jefes, es indudable que hubieran acabado con los in- 
trusos, sin necesidad del refuerzo que mas tarde les envió 
Buenos Aires. 

Los hombres, egoístas y mezquinos por lo común, ó si 
se quiere, mas espuestos á comprometerse, guardaban una 
prudente reserva, esperando ver mas despejado el horizon- 


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51 


CARAMURÚ. 


te; no así el helio sexo, que acogía con el mayor entusias- 
mo las noticias favorables á los rebeldes, las propalaba, man- 
tenía correspondencia con ellos, y los proclamaba en voz 
alta beneméritos de la patria. 

Entre estos caudillos, modelo casi todos de audácia y 
heroísmo, Amaro, bajo el nombre de Caramurú, ocupaba 
talvez el primer lugar. Su fama se habia estendido, no solo 
por los departamentos de Tacuarembó y Salto, teatro de sus 
primeros hechos de armas, si que también por las dos ribe- 
ras del Plata y estados limítrofes. 

Los rumores que circulaban acerca de él eran muy es- 
traños y contradictorios. Unos decian que era indio, otros 
mestizo ó mulato, y no faltaba quien asegurase que era bas- 
tardo y que pertenecía á una distinguida familia de Rio- 
Grande; pero lo cierto es que todos ignoraban su verdadero 
origen, y solo sabían que era un gaucho, en toda la esten- 
sion de la palabra, que habia despreciado por tres veces el 
grado de general y una crecida suma de dinero que le pro- 
metió el gobierno portugués con tal que se sometiese, y que 
no pudiendo conseguirlo, habia puesto á precio su cabeza 
ofreciendo cien contos de veis (1) al que se lo entregase muer- 
to ó vivo. 

Lia habia oido hablar muchas veces de aquel hombre 
estraordinario, y muchas veces se habia llenado de entu- 
siasmo y admiración al escuchar las cosas inauditas que se 
contaban do su arrojo, de su presencia de ánimo, de su indo- 
mable fiereza, de su desinterés, y del juramento que hiciera 
de sacrificar su vida en ¿ras de la patria ó libertarla de sus 


[1] Cien mil duros: hoy el conto en el Brasil solo asciende á quinientos. 


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CAlUMUItÚ. 


55 


opresores. Su viva imaginación se lo pintaba con los mas 
alhagüeños colores, y estaba persuadida que le conocería en 
cualquier parte que le viese y le distinguiría entre mil per- 
sonas antes que le dijeran su nombre. Lisonjera ilusión que 
la realidad debía desvanecer muy pronto 

Como el médico le tenia recomendado el ejercicio por 
la mañana, se levantaba muy temprano, y se iba á pasear 
con un libro en la mano por las márgenes del rio, que que- 
daba á unas quinientas varas de la casa. 

Una vez, distraída con una novela que le interesaba en 
estremo, se alejó mas que de costumbre, y sintiéndose fa- 
tigada, se sentó en el tronco de uno de los sauces que crecian 
á las orillas, y continuó su lectura sin acordarse de la pre- 
vención que la habían hecho de no encaminarse nunca por 
aquel lado, cubierto de tupidas enredaderas, juncos altísimos 
y espesos cañaverales. 

Cuando mas engolfada estaba, oyó á poca distancia un 
ruido seco y áspero, acompañado de un quejido lastimero que 
erizó sus cabellos y heló la sangre en sus venas. Estallaban 
las cañas huecas y se doblaban los crugientes juncos como 
si rodára por encima de ellos una pesada mole de bronce. 

Lia, pálida y temblorosa, trayendo á la memoria las 
aterradoras palabras de precaución que había olvidado, dejó 
caer de las manos el libro, y clavó sus espantados ojos en el 
paraje de donde parecía venir el ruido, que iba en aumento. 

Poco duró su incertidumbre; un grito desgarrador se 
escapó de su pecho, y sin saber lo que hacia, echó á correr, 
no para la estancia, sino en dirección á la selva. 

Un enorme yacaré , anfibio, de la misma forma que el 

cocodrilo y tan feroz como él, seguía sus huellas, ora gimien- 

10 


V 


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56 


CARAMURÚ. 


do como un niño, ora exhalando un sordo rujido, semejante 
al rechinamiento de una sierra cuando tropieza con un clavo 
ú otro cuerpo que no puede partir. 

Este ruido, indicio de la cólera del animal cuando se le 
escapa su presa, es ocasionado por el choque de sus mandí- 
bulas, armadas de una triple hilera de dientes, tan afilados 
como los del tiburón. 

A los clamores de Lia, un hombre que parecía venir de 
la selva cerró espuelas á su caballo, y gritándole:- — « ¡Corred 
á derecha é izquierda. . . . serpeando! » sacó sin pararse un 
pañuelo, y se lo ató por los ojos á su corcel, como acostum- 
bran los picadores cuando su rocín, no sabemos si de ham- 
bre ó de flaqueza, se empeña en retroceder ante el toro. 

La aparición, y sobre todo, la advertencia del descono- 
cido, no pudo ser mas oportuna. El yacaré ganaba terreno 
por instantes, y lajóven, oyendo cada vez mas cerca el ru- 
mor de sus escamas al arrastrarse por el suelo, y el chasquido 
de su gruesa cola que se movía á un lado y á otro como la 
pala de una canoa, sentía que se le agolpaba la sangre al 
corazón, que inundaba su frente un sudor frió, y que una 
rijidez mortal paralizaba sus miembros y derramaba en todo 
su cuerpo el hielo de la muerte. 

— ¡Corred á derecha é izquierda serpeando! repi- 

tió por segunda vez el desconocido, ya á cincuenta pasos, y 
haciendo g'irar por encima de su cabeza el arma de los gau- 
chos, cuando quieren matar á un animal ó á un hombre sin 
bajarse del caballo; la terrible bola perdida. (1) 

[1] La bola perdida es una esfera de bronce, hierro ó piedra del tamaño del 
puño, forrada en piel de vaca, sujeta á un cordel para arrojarla hasta á doscientos 
pasos de distancia, ó dar el golpe mortal sin soltarla. Es increíble la fuerza que 
lleva con el girar del brazo y la carrera del caballo. 


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CARAMURÚ. 


57 


Lia, al verle, hizo un postrer esfuerzo, y obedeció ins- 
tintivamente á aquella voz vibrante y poderosa, que le 
infundia nuevo aliento, resonando en sus oidos como el eco 
de un ángel que bajase del cielo para salvarla . 

Y la salvó en efecto, porque el yacaré , como todos 
los animales de su especie, corre con bastante rapidéz en 
línea recta, pero teniendo que volver el cuerpo, es tardo y 
se le burla con facilidad variando al huir de dirección. 

No obstante, Lia estaba tan fatigada, que probable- 
mente habría sido victima al fin del espantoso reptil, á no 
interponerse entre ella y él su libertador. 

Pasó este á escape, y sin detenerse se inclinó y descar- 
gó un tremendo golpe en la cabeza del yacaré; pero la férrea 
bola, en vez de herirle en una de las concavidades de la 
frente, como pensó el gaucho, chocó en el capacete del 
cuello, y rechazada, resbaló á lo larg'o del espinazo. 

Al mismo tiempo el caballo, volviéndose de pronto, 
olfateó al caiman, y acometido de un temblor nervioso, se 
replegó sobre sus cuartos traseros, crispadas las piernas 
delanteras, enhiesto el cuello, erguidas las orejas, erizada la 
crin, y aspirando y despidiendo el aire con un ardiente y 
prolongado resoplido, insensible ala espuela y aun á los 
golpes de bola que le descargaba el ginete, cual si hubiera 
echado raices en la tierra. 

^E1 yacaré, que estaba hambriento, fijó en él sus peque- 
ños ojos de serpiente inyectados de sangre, se incorporó 
velozmente, y le clavó en el pecho sus dos garras, armada 
cada una de cinco puñales, porque no merecen otro nombre 
las aceradas púas que las defienden. 


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58 


CARAMU1UI. 


Caballo y caballero rodaron sobre la yerba: Lia dio un 
grito, alzó las manos al cielo, y cayó desmayada. 

Entonces tuvo lugar una de aquellas escenas horrorosas 
que solo se ven en los bosques de América. 

El caballo quedó muerto en el acto, y á esto debieron 
su salvación Lia y el desconocido. El terrible anfibio le 
había abierto en el pecho una ancha puerta, por donde 
salía un raudal de negra sangre, que él bebía ávidamente 
sin reparar en los dos desgraciados que, tendidos á veinte 
pasos, sin conocimiento el uno y atontecido el otro por la 
caída, habrían podido pasar de su letargo á la eternidad sin 
oponerle la menor resistencia. 

Cuando el reptil se hartó de beber, metió su larga y 
aplastada cabeza por el pecho del caballo para devorarle las 
entrañas. El gaucho se levantó, y conceptuando inútil la 
bola perdida , vista la imposibilidad de herirle en la cabeza, 
se le fué acercando cautelosamente, y con mano firme y 
certera le escondió en la juntura de una de las patas delan- 
teras la hoja de su puñal hasta el pomo, revolviéndosela 
dentro el breve instante que tardó el yacaré en sacar la 
cabeza de los encuentros del caballo. 

El agresor, impasible y sereno, retrocedió dos pasos, 
y volvió á esgrimir la bola perdida. 

Esta vez el golpe fué mas certero: la metálica esfera se 
hundió toda en una de las concavidades de la frente, y los 
sesos del animal asomaron al través de la rasgada conch|. 

Iba el valiente gaucho á ultimarle con nuevos golpes, 
cuando el reptil comenzó á dar vueltas, desatentado y furio- 
so, escarbando la tierra y arrojando sangre por la boca; de 
repente se detuvo, dió un rugido, acompañado de un fuerte 


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CARAMURÚ. 


59 


sacudimiento, y agitándose con las ánsias de la muerte, cayó 
de espaldas, encogió las patas, y espiró. Tenia partido el 
corazón. * 

El vencedor corrió donde estaba Lia desmayada, la 
tomó en sus brazos, y la contempló algunos minutos con el 
embeleso de una jóven madre que acaba de salvar á su pri- 
mer hijo de una enfermedad mortal. 

Un pensamiento indigno del desconocido cruzó por su 
frente. 

— ¡Qué bella es! murmuró; intenciones me dan de 
llevármela. . . . 

Y giró la vista á su alrededor, como para cerciorarse de 
que estaban solos y podía impunemente realizar su intento. 

— ¡Pero es tan jóven, continuó, tan delicada. . . .y su 
aire, su traje, todo indica que pertenece a otra clase muy 
distinta de la mia y sin embargo! 

El gaucho la seguía mirando irresoluto y dudoso; por 
fin, se dijo: 

— No, ¡sería una infamia! 

Lia abrió los ojos, y al verse en los brazos de un hom- 
bre, al tropezar con sus miradas fascinantes y abrasadoras, 
por un involuntario impulso de pudor se cubrió el rostro 
con las manos, y trató de ponerse de pié. 

Comprendió él su deseo, y se apresuró á satisfacerlo. 
Lia le dió las gracias, y después de informarse muy minu- 
ciosamente de los pormenores qu;* ignoraba y preguntarle 
si estaba herido, le suplicó la acompañase ala estancia, por 
que deseaba presentarlo á su familia. 

— Gracias, hermosa niña; mil gracias, contestó él tris- 
temente; y si de algún modo queréis recompensarme el 


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60 


CARAMURÚ. 


oorto servicio que he tenido la suerte de haceros, guardad el 
mas profundo silencio acerca de nuestra aventura. 

— ¿Por qué? preguntó Lia sorprendida. * 

— Por dos razones: la primera, porque os privarán en 
adelante de salir sola; y la segunda, porque no me conviene 
llamar aquí la atención de nadie. 

— ¿Seríais acaso uno de esos valientes que andan er- 
rantes y perseguidos por su noble amor al suelo que les 
vió nacer? 

— Tal vez, respondió el interpelado, sonriéndose del ca- 
lor y entusiasmo con que se espresaba la jóven republicana. 

— Pues entonces 

—¿Qué? 

—Veo que teneis razón; seguiré vuestro consejo. 

— ¿Y no vendréis á verme alguna vez? 

— ¿Por qué no? repuso Lia con afabilidad. Me habéis 

salvado la vida, y no soy ingrata Ademas, el motivo 

que os obliga á ocultaros es un título que os hace mas digno 
de mi aprecio 

Un relámpago de alegría iluminó el semblante varonil 
y melancólico del proscripto. 

— ¡Ah! esclamo; que no sea en esta, sino en otra parte 
del rio. Este es un paraje muy peligroso, y no sé cómo os 
habéis atrevido 

— Me lo habían dicho, contestó Lia moviendo la cabeza; 
pero lo olvidé distraída con la lectura. 

Y dándose un golpecito en la frente, sacó del seno un 
pequeño reloj del tamaño de medio duro embutido de per- 
las, y añadió con el infantil candor y ligereza de una niña: 

— Ya son las diez, y me estarán aguardando para al- 


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CARAMURÚ. 


61 


morzar. . . .Con qué hasta mañana, ¿eh?. . . .No vaya á ve- 
nir alguno y nos encuentre juntos. 

El gaucho la acompañó en silencio, y cuando llegaron 
á los últimos cañaverales, se detuvo y estrechó y besó la 
mano que Lia le tendió con una sonrisa angelical y un 
afectuoso: 

— Adiós: hasta mañansf á las seis. 

— ¡Adiós! respondió él, y siguió mirándola hasta que 
se perdió de vista en el pequeño declive que formaba la cu- 
chilla sobre que estaba edificada la casa de la Estancia. 

— ¡Qué hermosa, qué ingénua, qué inocente es! decia 
él al retirarse, mientras ella por su parte añadía: 

— ¡Qué gallarda presencia y qué aspecto tan agradable 

tiene! ¡Qué valiente es! ¡Cuánto me gusta! De buena 

gana le trocaría por mi insulso conde .... 

Y en verdad que no iba desacertada, porque Amaro, 
pues no era otro el personaje que ha figurado en todo este 
capítulo, aunque gaucho, valía- mil veces mas, física y mo- 
ralmente, que el egregio y elegante D. Alvaro Abreu de 
Itapeby. 


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VI. 


Amor virgen. 

Esa noche por la vez primera de su vida huyó el sueno 
de los párpados de Lia. Estraños pensamientos se levanta- 
ban en su pecho; esperimentaba el desasosiego y la inquie- 
tud fébril que se apoderan de nosotros cuando un objeto 
nos preocupa fuertemente el ánimo. La imágen del des- 
conocido la perseguía vagando en torno de ella: cerraba los 
ojos para no verla, y la sentía aproximarse y resbalar como 
un céfiro suave por sus sienes palpitantes 

Recordaba su aspecto melancólico y lleno de majestad, 
sus facciones varoniles, la espresion arrogante y avasalla- 
dora de su mirada, la proscripción que pesaba sobre él, y 
cada vez le encontraba mas interesante; cada vez su ardo- 
rosa imaginación se empeñaba en rasgar con mas ánsia el 
misterioso velo que le envolvía. 

—¿Quién era? ¿Qué esperaba? ¿Cuáles serían sus pro- 
yectos? 

Hé aquí lo que ella se preguntaba mil veces sin hallar 
una respuesta satisfactoria á sus dudas; hé aquí el enigma 
que se proponía, sin acertar á descifrarlo. 

Y era que Lia, sin saberlo, habia encontrado al hombre 

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64 


CARAMUIUl. 


<le sus ensueños, al tipo que reflejaba sus delirios é ilusiones 
de mujer; hombre antes que todo gallardo, intrépido, va- 
liente, con aires de rey destronado, y perseguido por una 
noble causa, ¿qué mas se necesitaba para insinuarse en el 
corazón y. electrizar la fantasía de una tierna nina, entu- 
siasta por las ideas democráticas, y harto propensa, como la 
generalidad de las mujeres, á impresionarse por todo lo 
que se presentaba á sus ojos con el irresistible prestigio de 
una verdadera superioridad física y moral? 

¿Qué estraño era esto? Su alma, como la cuerda de un 
instrumento sonoro, que solo aguarda el arco que ha de 
hacerla vibrar, estaba predispuesta de antemano á favor de 
Amaro, y para comprenderlo solo esperaba una mirada suya 
que encendiese el fuego que en ella se escondía, un acento 
que sacudiese la fibras de su corazón, modulando suavemen- 
te su nombre. 

Y lo mismo le sucedía al proscripto: habiau nacido el 
uno para el otro; su alma era una sola, que la Providencia 
en sus juicios impenetrables había dividido en el cielo para 
que volviesen á unirse en la tierra. Amaro no había amado 
á mujer alguna antes de conocer á Lia. 

Por eso cuando la vió en sus brazos, la primer idea que 
se le ocurrió, el primer indomable y vehementísimo deseo 
que le asaltó, fué llevársela al fondo de los bosques, y allí 
de grado ó por fuerza, conquistar su cariño sin abusar de 
su debilidad. Encerraba demasiado nobleza el alma del gau- 
cho, y le conmovían demasiado los pocos años, la hermosu- 
ra y la inocencia de Lia para cometer tal infamia. 

¡ Ah, no lo acuséis por su conducta, al parecer tan poco 
caballeresca! Vosotros, con vuestros hábitos é ideas euro- 


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CARAMURÚ. 


65 


peas, difícilmente comprenderéis la primitiva espontaneidad 
del hombre de los desiertos, cuya enérgica voluntad no se ha 
plegado jamás á la de nadie ; al hombre que obedece ciega- 
mente á sus instintos, y que marcha de frente al fin que se 
propone, y se estrella contra los obstáculos ó los anonada, 
sin buscar para ello estraviadas sendas ó largos rodeos, co- 
mo hacemos nosotros los hijos de la civilización. 

Fué necesaria toda la nobleza de que era susceptible 
Amaro, y toda la juventud é inocencia de Lia, para que aquel 
no se dejase arrebatar de su primer impulso. Acción sobre- 
humana en el gaucho, y mucho mas en el montonero , acos- 
tumbrado á imponer la ley á cuantos le rodeaban. Veamos 
ahora si tuvo motivos para arrepentirse de su noble proceder. 

A la mañana siguiente, Lia, fiel á su palabra, acudió á 
la cita en el paraje convenido. 

Aquella parte, como toda la márgen del rio, estaba cu- 
bierta de árboles y de^un basto pajonal (1), que se estendia 
á la derecha de un radio de cuatro mil varas. 

Difícilmente se concebiría una localidad mas á propósito 
para una discusión erótica, ó llámese de contrabando; al 
través de los árboles se veia desde lejos á los que cruzaban 
por los alrededores ó venían de la Estancia, los cuales nece- 
sitaban trasponer la cuchilla, y en tanto el galan, la dama, 
ó los dos juntos si asi les conviniese, podían resguardarse de 
sus impertinentes miradas en el pajonal , aunque al entrar 
buscasen refugio en sus pantorrillas ó brazos alguna araña 
descomunal, mas negra que el hollín, algún alacrán, la- 
garto, gato de monte, perro cimarrón , tábano venenoso, 


[1] Yerba que crece hasta la altura de un hombre. 


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CARAMURÚ. 


t)6 

hormiga idem, víbora de coral, ú otro inofensivo animalito 
por el estilo, de tantos como Dios crió en la tierra americana 
sin duda para que sus habitantes aprendan prácticamente la 
historia natural. 

Pero estos pequeños percances y otros que no mencio- 
namos por no fastidiar al lector con digresiones inútiles, eran 
flores para Amaro, como para el protagonista de cierta come- 
dia los silbidos arrullos, y los vituperios alabanzas . Lo que 
aquel buscaba era la seguridad de Lia, y que nadie pudiese 
sorprenderlos. ¿Qué importaba lo demas?... El era quién ha- 
bia de esconderse en el pajonal, y ya sabría precaverse de 
las picaduras de los insectos y de las mordeduras de los cua- 
drúpedos y reptiles. 

Cuando Lia llegó, encontróle apoyado contra el tronco 
de un tala, siguiendo con la vista la corriente de las crista- 
linas aguas, y tan abismado en sus tristes pensamientos, que 
no se apercibió de su aproximación. 

— ¡Amigo mió!... dijo la jóven con timidez. 

El gaucho alzó rápidamente la cabeza, y se descubrió, 
preguntándola como había pasado la noche. 

— No muy bien, contestó; me he desvelado pensando 
en el yacaré . ¿Y vos? 

Amaro se sonrió; pero guardó silencio. 

— ¿No queréis contestarme? Bien, añadió Lia, inter- 
pretando ásu favor la sonrisa del proscripto. 

— Pues yo tampoco he dormido. . . .dijo este después 
de un instante. 

— Pensando en el yacaré t — Preguntó la jóven encen- 
dida como una grana, temiendo y deseando que le respon- 
diese lo que confusamente preveía. 


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CAIUMURÚ. 


67 


— No: en un ángel que Dios me enviaba para librarme 
de la muerte. 

Al pronunciar Amaro estas palabras, clavaba sus cen- 
telleantes ojos en los de Lia que inclinaba los suyos teñida 
la frente de púdico rubor y sin poder soportar la fulgurante 
radiación de su mirada. 

Los dos bajo la impresión de una misma agradable 
idea, permanecieron en silencio algunos minutos. Por fin 
Lia se atrevió á romperle: su corazón latía con violencia. 

— Amigo mió, le dijo con un timbre de voz que reve- 
laba su profunda emoción, ¿podré saber á quien tengo la 
dicha de deberle la vida? 

Amaro la miró enternecido. 

¡Ah! os interesáis por el desventurado proscripto, escla- 
mó: tal vez cuando sepáis su nombre os cause horror. . . . 

— No: ¿por qué?. . . . 

— Porque mis enemigos, mis cobardes enemigos me 
han calumniado atribuyéndome los crímenes mas atroces... 
¡Villanos! . . . ¿No habéis oido nunca hablar de un indio, de 
un mestizo ó mulato, renegado de nuestra santa religión, 
que tala los campos, incendia los pueblos, pasa á cuchillo á 
los prisioneros, no respeta el pudor de las mujeres, y hasta 
se atreve á profanar los templos y á poner sus impías manos 
en los ungidos del Señor? 

— Pero por Dios, ¿quién sois? tornó á preguntar la jó- 
ven con doble interés y” curiosidad. 

— ¿Me juráis no huir de mí cuando os lo diga? 

—¡Si! 

El gaucho se acercó á ella, giró la vista en torno suyo, 
y casi al oido, con voz apagada, murmuró: 


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68 CARAMURÚ. 

— Me llamo Amaro, y los intrusos me apellidan.... 
¡Satanás! . . . 

/ Caramurúl l ! esclamó Lia con un grito de sorpresa, 
que Amaro creyó producido por el espanto; pero su recelo se 
desvaneció al punto, al ver la inefable delectación que bañó 
el rostro de la jóven. 

Lia, ébria de gozo, le miraba de arriba abajo con avi- 
déz, como si dudase de lo que veia. Aquel hombre vivía en 
su imaginación hacía tiempo, y le profesaba ella ese afecto 
vago y misterioso que suelen inspirar los génios á sus ad- 
miradores. 

Amaro, no sabiendo á que atribuir aquel escrupuloso 
exámen, dijo sonriéndose. 

— Sin duda, con los rumores que circulan acerca de mí 
estaríais persuadida que era un demonio en figura de hom- 
bre. 

— Al contrario, muchas veces al oír hablar de vos me 
formé una idea que la realidad confirma, y me admiro úni- 
camente de no haberos conocido desde el principio. . . . 

—¿Y ahora tendré derecho á preguntaros vuestro nom- 
bre? añadió el gaucho. 

—Me llamo Lia, contestó ella, callando intencional- 
mente su apellido. Presentía que Amaro iba en breve á ser 
dueño de su corazón, y no quería que llegase á saber que 
estaba comprometida, y que este corazón tan puro y virginal 
ya no le pertenecía. 

Un nuevo horizonte de felicidad se descorría ante sus 
ojos, y fuese admiración, entusiasmo, gratitud ó amor, el 
deseo de conquistar su aprecio y cariño se despertaba en su 
alma, vehemente é irresistible. Hasta entonces habia visto, 


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CARAMURÚ. 


(59 


sin comprenderlas, las miradas abrasadoras de los hombres, 
y escuchado sus alabanzas con la mas completa indiferencia. 
Ahora las tiernas miradas del proscripto la llenaban de una 
dulce agitación, y sus lisonjeras palabras dilataban su pecho 
y henchían su alma de placer. 

Labora de separarse llegó pronto, mas pronto délo 
que ellos desearan. 

Para los dichosos, el tiempo no corre, sino que vuela, 
Amaro estrechó .dulcemente la mano de Lia, y creyendo 
inútil encargarle la mayor reserva sobre el secreto que 
acababa de confiar á su amor, se contentó con rogarla que 
no faltase al dia siguiente. 

— -No, no faltaré, contesto ella, retirando la mano que 
su libertador se olvidaba de soltar. 

Amaro tomó el camino de la selva y ella el de la Estan- 
cia; pero á los pocos pasos volvieron ambos á un tiempo la 
cabeza, y se saludaron con la sonrisa en los lábios, casuali- 
dad que se verificó mas de una vez, y que solo se esplica 
por ese magnetismo, ó sea doble vista del amor, que adivina 
los movimientos é ideas de la persona amada aun cuando 
estén separados por largas distancias. 

— Ella me amará, se dijo Amaro al sorprender una de 
aquellas miradas furtivas de la hermosa, que se alejaba repi- 
tiéndose llena de rubor y orgullo: 

— ¡El me ama!. . . 

Lia, con el instinto propio de las mujeres, había cono- 
cido, á pesar de su inesperiencia, lo que su futuro amante no 
había hecho mas que vislumbrar. El vacilaba apelando al 
porvenir: ella media de una ojeada el tesoro de pasión que 
escondía el pecho del proscripto ,y se decía apoderándose de él: 


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70 


CARAMUUÚ. 


— ¡Ya es mió! 

De este modo continuaron viéndose por espacio de tres 
semanas: al cabo de este tiempo Amaro declaró su amor á 
Lia, y oyó de sus lábios la ingénua confesión de que era 
correspondido, y que antes de conocerle por ningún hom- 
bre habia sentido lo que por él. 

Entonces mediaron esplicaciones muy dolorosas para 
ambos. Lia le declaró, firme en su plan de ocultar la ver- 
dad, que era hija de un comerciante de Guadalupe (1); y 
como él, al saber que era amado, le manifestase su inten- 
ción de ir á verle para pedirla en matrimonio, la pobre niña, 
arrepintiéndose demasiado tarde de su mentira, pensó des- 
cubrir la verdad para disuadirle de su intento. 

— Has de saber, le dijo bañada en llanto, que mi padre 
ha empeñado su palabra de honor y ha ofrecido mi mano á 
otro hombre .... 

— ¡Dime su nombre, su nombre! . . . .repitió el gaucho 
con reconcentrada ira. 

Lia leyó en sus ojos la sentencia de muerte del desgra- 
ciado cuyo nombre pronuncié rail sus lábios. 

— Es un primo mió, contestó fríamente, y harías muy 
mal en matarle, porque yo no le quiero. 

— Pero te casarás ó te casarán con él, continuó Amaro 
en el mismo tono. 

¡Jamás! . . . .¡Tuya, ó de Dios! replicó Lia con un 

acento tan veráz y arrojándole una mirada tan llena de ter- 
nura y sublime resignación, que su amante no pudo menos 
de creerla. 


(1) Villa cabeza del Dep.irtainer.1o de Canelonae. 


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CARAMURÚ. 


71 


Otros quince dias trascurrieron, como quince minutos. 
Lia guardó su secreto, y Amaro, empeñado en dar cima á 
sus planes de preparar una sublevación general en el De- 
partamento, lo esperó todo del porvenir y del sincero afecto 
de su amada. Sus ilusiones no debían durar mucho. 

Una mañana se presentó Lia llorosa y abatida: la tarde 
anterior había recibido una carta de su padre en que le 
anunciaba que estaría en la Estancia dentro de cuatro dias, 
para llevársela á Montevideo, ya que felizmente se hallaba 
restablecida del todo. Y no era esto lo peor, sino que ana- 
dia 4 renglón seguido que D. Alvaro, el odioso conde, había 
vuelto de Rio Janeiro y tendría el gusto de acompañarle, 
junto con su madre, que solo por esta circunstancia había 
podido resolverse á salir de la capital. 

Lia estrujó la carta entre sus manos, la rasgó en mil 
pedazos, y maldijo la hora y el momento en que se habia 
tomado aquella resolución. 

— ¿Qué tienes, alma mia? le dijo tiernamente Amaro 
al verla tan triste. 

—¡Ay! ha llegado el momento de separarnos, respondió 
ella deshaciéndose en lágrimas. 

—¿Separarnos?. . . .¡Jamás! replicó su amante con fie- 
reza; ¿quién, quién en el mundo puede separarnos? 

— Mi padre, que vendrá dentro de cuatro dias. 

— ¡Ah, tu padre!. . . . 

El proscripto inclinó la cabeza sobre el pecho como 
abrumado por el tropel de ideas que afluían en torbellino á 
su mente. Los rizos de su larga cabellera, agitados por el 
viento de la mañana, ondeaban sobre su rostro como un 
espeso velo que recatase su mortal angustia, mientras ella 


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72 


CARAMURÚ. 


con palabras entrecortadas por el llanto, procuraba en vano 
disipar su pena. 

— ¡Amor mió! le decía, créeme por lo que mas ames 
en la tierra. . . .ni nada ni nadie me harán ser infiel á mis 
juramentos. . . .Mi corazón, mi vida, mi alma son tuyos. . . . 

y antes que pertenecer á otro, dejaría de existir ¡Sin tí 

nada quiero. . . .ni la gloria eterna! 

Amaro, al oirla, se estremeció, semejante áun corcel 
guerrero cuando escucha el estrépito de los tambores, ata- 
bales y clarines que dan la señal de acometer, y alzando 
rápidamente la cabeza, se echó atras con ambas manos sus 
ondeantes cabellos, y esclamó: 

— Lia, ¿me amas? 

— ¿Si te amo?. . . . ¡No! .... ¡Te adoro, te idolatro! con- 
testó ella con toda la vehemencia y pasión de que es sus- 
ceptible una mujer locamente enamorada. 

—Pues si me amas, añadió él acentuando las palabras, 
¡es preciso que lo abandones todo por mí! 

— Te seguiré, respondió la inesperta niña sin saber lo 
que decía; pero apercibiéndose al punto de la gravedad de 
su compromiso, añadió sollozando: 

— ¡Ah! ¡no puedo. . . .no puedo, no! . . . .Mi padre. . . . 
mi pobre padre se moriría de pena! 

— Tienes razón, contestó fríamente el gaucho en ade- 
man de retirarse, y enternecido á su pesar por las lágrimas 
de Lia; tienes razón. Al fin yo no soy otra cosa que un 
despreciable gaucho sin Dios ni ley , como decís vosotros los 
de la ciudad, y tu éres rica, hermosa y de elevada cuna. . . . 
¡Conmigo serías muy desgraciada! ¿Qué podría yo brin- 
darte en cambio de la felicidad que me sacrificarías?. . . . 


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CARAMURÚ. 


73 


¡Nada! Nada, Lia; solo un nombre infamado, y la mise- 

ria, los azares, los contratiempos y penalidades de mi bor- 
rascosa existencia. . . . ¡Adiós! ¡El te haga tan dichosa como 
yo deseo! Si alguna vez oyes decir que he muerto, no 
derrames ni una lágrima por mi memoria. Olvida para 
siempre al desventurado proscripto. ¡Adiós! 

— ¡No, no te irás! esclamó Lia asegurándole de un 
brazo. 

Amaro volvió el rostro, y entones Lia pudo notar dos 
gruesas lágrimas que rodaban á lo largo de sus mejillas. 
Aquel hombre terrible, á quien llamaban sus enemigos 
Satanás, acaso por la vez primera sentía humedecidos sus 
ojos por el llanto. 

— ¡Adiós! tornó á repetir, insensible á los rul^gos de su 
amante. 

— Te seguiré, ingrato; te seguiré .... haré lo que 
quieras, dijo Lia estrechándole ciega entre sus brazos. 

— Reflexiónalo bien. 

— La infamia, el deshonor, la misma muerte, ¡todo lo 
acepto por tí ! 

Los lábios del gaucho estamparon el primer beso en la 
púdica frente de su amada. 

— No : de hoy en adelante, eres mi esposa; no faltará 
quien bendiga nuestro enlace: yo conquistaré gloria y 
riquezas para tí. Algún dia se ha de eclipsar la negra 
estrella que me persigue : entre tanto el desierto es grande, 
y en él encontrarás siempre una choza donde guarecerte y 
servidores fieles que te acaten como á su reina. ¿Ves ese 
dilatado bosque que se pierde de vista, donde nadie se 
atreve á penetrar temiendo á las fieras que en él se escon- 


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74 


CARAMURÚ. 


den? Pues allí, allí hay mas de cuatrocientos montoneros , 
que solo esperan una palabra mía para alzar el estandarte 
de la rebelión en este punto ; pero todavía no ha sonado la 
hora de recomenzar la lucha. . . . Somos muy pocos, y no 
tenemos ni armas, ni pólvora, ni balas Allí vivirás has- 

ta que caiga el odiado pendón portugués de los muros de 
Paysandii, y ondee en su lugar la bandera azul y blanca. 

Una vez resuelta Lia, concertaron el modo de llevar á 
cabo su evasión, la cual no podía verificarse sino de noche, 
porque antes de llegar al bosque tenian que atravesar un 
gran trecho ocupado por los rebaños de la Estancia, y 
podían ser detenidos ó vistos por los peones que los guarda- 
ban; y á Amaro en aquella circunstancia le interesaba, 
como había indicado antes, no despertar la mas leve sospe- 
cha, y mucho menos dar márgen con una imprudencia 
semejante á que entrasen en la selva buscando á Lia y des- 
cubriesen á sus amigos. 

Convinieron, pues, en que ella ganaría al esclavo que 
cuidaba de las puertas, para que cerrase una en falso á fin 
de que pudiese salir á media noche, al oir la señal acordada 
que era el canto del Aguará , y aplazaron su ejecución para 
dos dias después. 

Pero no bien se separó Lia de Amaro, no bien la fria 
calma de la reflexión sucedió al vértigo fébril de las pa- 
siones, y se vió libre de la avallasadora é incontrastable 
fascinación que aquel hombre ejercía en todo su ser, Lia 
retrocedió ante las consecuencias de su estravío, se arrepin- 
tió de su debilidad, recordó enternecida la desesperación de 
su buen padre que tanto la quería, y después de una obsti- 
nada lucha entre su amor y su deber, en la que triunfó por 


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CARAMUKÚ. 


75 


fin éste, se propuso engañar á su amante con plausibles 
pretestos hasta la llegada de D. Cárlos. . . . 

Hemos visto en el capítulo primero cómo la agreste 
impetuosidad del gaucho desbarató sus planes, y cómo, á 
pesar de sus buenos deseos, á pesar de su heróica resisten- 
cia hasta el último momento, filé robada de la Estancia de 

su tia y conducida ¿donde? el título del siguiente 

capítulo os lo está diciendo. 




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La guarida de Amaro. 


El brillante lucero precursor de la mañana, como la pri- 
mera centella de un volcan que ilumina la cúspide de la 
montaña que le sirve de base, trepaba de cuchilla en cuchilla , 
dejando en pos de sí un rastro luminoso, cuando Lia y su 
raptor penetraban en el bosque. 

El fresco ambiente de la noche y el rápido movimiento 
del caballo despertaron á la hermosa de su letargo. Los lati- 
dos de su corazón se confundían con los de su amante, y mas 
de una vefc los cabellos de este, flotando á merced del viento, 
rozaban sus mejillas y garganta. 

Amaro la llamaba por su nombre, la estrechaba contra 
su pecho, y prodigándole las mas tiernas espresiones de 
cariño, procuraba hacerla volver en sí. ¡Empeño inútil! 
Lia, aunque despierta, permanecía con los ojos cerrados 
sin responder á sus apasionadas palabras. 

Encontrábase en una de esas mil situaciones en que 
la razón es impotente para hacernos superiores al senti- 
miento que nos domina, por mas que pretendamos vencer- 
lo, conociendo el perjuicio y los males que va á ocasionar- 


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78 


CARAMURÚ. 


nos. Lia, arrancada violentamente de su hogar, obligada 
contra su voluntad á sellar con el baldón de la infamia las 
venerables canas de su padre, hubiera deseado tener la en- 
tereza suficiente para bechar en cara á Amaro su desleal 
proceder, y rogarle que la dejase libre ó la matase, pues 
prefería la muerte á envenenar la existencia del autor de 
sus dias, y esponerle ademas á la venganza de D. Alvaro, y 
acaso., acaso verse luego abandonada por el mismo que des- 
hojaría la flor de su honestidad en cuanto quisiera, porque 
ella, inesperta y candorosa niña, que le amaba con todas 
las fuerzas de su alma, ni sabría ni podría resistirle; pero 
una voz mas fuerte se levantaba de su pecho en favor del 
proscripto. 

— El te ama, le decía; él te adora; su conducta es hija 
de su violenta pasión, de los celos y de la certidumbre de 
perderte. Confía en su palabra: no será tan vil que abuse 
de tu debilidad y de tus pocos años. Serás su esposa, no 
su concubina, y cuando luzcan dias mejores, tu padre que 
tanto te quiere, te perdonará el haberte unido sin su con- 
sentimiento al primero de los libertadores de su ^fctria. 

Así raciocinaba Lia, sujeta ya á la fascinadora influen- 
cia de su raptor, cuyas dulces protestas escuchaba en tanto 
con el mismo embeleso que Eva las palabras de la serpien- 
te. ¡Ay! ¡Es tan difícil á una mujer amante y amada no 
perdonar los arrebatos que su beldad inspira! ¡Es tan di- 
fícil en los primeros albores de la vida, cuando la felicidad 
nos ha sonreído desde la cuna, no verlo todo al través de un 
prisma encantador! 

¿Cómo comprenderá un alma virgen, que no ha bebido 
áun en la amarga copa de la esperiencia, que tras ese cielo 


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CAHAMUIíÚ. 


79 


Je purísimo azul, que admiran sus ojos, se oculta la tem- 
pestad y el rayo? ¿Cómo querrá creer que las aves de 
rapiña, ó aleves cazadores, acechan á esos hermosos é 
inofensivos pajarillos, que, saltando de rama en rama, la 
encantan con sus gorjeos? ¿Cómo le asaltará la idea de 
que bajo ese manto de verdura que cubre el suelo bordado 
de mil flores, á cual mas bella y fragante, se arrastran 
ponzoñosos reptiles é inmundos insectos, que se nutren y 
forman su veneno de ellas? ¿Cómo se imajinará, en fin, 
que el caudaloso rio, que corre impetuoso á confundirse con 
el mar, agotado por los ardores del estío, se convertirá en 
fétido pantano? 

Los fugaces temores de Lia se desvanecieron, y si no 
la alegría, la confianza volvió á su pecho. Si algún triste 
recuerdo involuntario, si alguna idea fatigosa, si algún 
fatal presentimiento venían á intérvalos á preocupar su 
espíritu, ante la radiante llama de su amor, recuerdos tris- 
tes, ideas penosas, fatales presentimientos, depurábanse 
variando de forma y de color, como varían de forma y de 
color en eklaboratorio de un alquimista varios fragmentos 
de metal, reducidos al estado de fusión, y trocados en una 
sola masa compacta y brillante. 

La marcha mas lenta del caballo, que en breve caminó 
al paso, y el ruido de las ramas, indicaron á Lia que entra- 
ban en el bosque. 

No había en él senda algmna: el corcel, guiado por el 
instinto, se habría camino por entre los arbustos, enredade- 
ras y plantas parásitas que ligan unos árboles con otros, y 
forman un muro de verdura bastante espeso para que no se 
disting’au dos personas á una vara de distancia. 

13 


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80 


CARAMÜltÚ. 


A medida que adelantaban, la selva se hacía mas 
impenetrable, el qaballo retrocedía frecuentemente; tomaba 
á la derecha, luego á la izquierda, metía la cabeza entre los 
matorrales, husmeaba la yerb&, y así, variando A cada 
momento de dirección, anduvo como dos leguas, hasta que 
llegó A una espacie de pradera en medio del bosque, forma- 
da recientemente por el incendio de los Arboles y de la 
maleza, cuyas cenizas cubrían todavía el suelo corno una 
capa de menuda arena. 

El caballo tomó el trote lleno de alegría, y Amaro 
respiró tranquilo. Hasta entonces el sobresalto de tropezar 
con alguna de las muchas fieras que también tenian allí su 
guarida, le habían hecho temblar mas de una vez, no por 
él, sino por su compañera, que ignorante del riesgo tyue 
corría, continuaba con los ojos cerrados, como si estuviese 
desmayada. 

Un prolongado y confuso alarido, tan lúgubre como 
espantoso, resonó A lo lejos, semejante al estruendo de una 
jigantesca mole que se desploma de una montaña, rodando 
de roca en roca, y rompiéndose en pedazos al chocar contra 
ellas. Diríase, enmedio de la soledad y pavoroso silencio 
que allí reinaba, que se había abierto la tierra, y los demo- 
nios, presididos por Satanás* acudían en tropel á celebrar 
algún diabólico festín. 

Mil voces, ó mas bien ahullidos distintos, formaban 
una algarabía verdaderamente infernal. Lia, trémula y 
azorada, se abrazó fuertemente al cuello de su amante, en- 
comendándose á todos los santos del cielo. 

Amaro se sonrió, y tomando el galope, la dijo: 

— No te asustes, ángel mió; son los mastines de mis 


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CARAMURÚ. 


81 


montoneros que me han sentido, .ya están aquí; míralos.. . 

Un centenar de perros, la mayor parte barcinos, y 
algunos casi tan grandes como los de Terranova, aunque 
mas flacos y desnudos del abundante vellón que adorna 
á aquellos, salian á su encuentro ahullando y ladrando á 
la vez. 

Silbó el gaucho tres veces, llamó á algunos por su 
nombre, y reconociéndole ellos, cesó al punto su atronador 
clamoreo, y se le acercaron en tumulto meneando la cola y 
dando saltos de alegría. 

— ¡Míralos, alma mia, añadió Amaro riendo del pueril 
temor de Lia, que temblaba como una hoja ; míralos qué 
bonitos son! 

— Serán muy bonitos, pero me dan miedo, contestó 
ella sin volver la cabeza y siempre abrazada á su cuello. 

En efecto, aquellos animales, aunque domesticados, 
ademas de ser muy feos, tienen algo de selvático y feroz 
que impone, debido sin duda al oficio que desempeñan 
cerca de sus amos. Son sus guardadores, sus centinelas 
de noche y de dia : sin su auxilio sería imposible vivir en 
nuestros bosques. Al menor descuido, los salvajes, un 
tigre ú otro animal cualquiera sorprenderían al que osase 
internarse en ellos. No así cuando una buena trahilla 
defiende la localidad que ocupan los que por su oficio, 
como los leñadores, ó por necesidad, como los que andan 
ocultos, escojen para fijar su residencia á veces por largos 
años. 

A los ladridos de los perros salieron de sus ranchos 
unos cuatrocientos gauchos blancos, negros, indios y mes- 
tizos, acompañados de algunas mujeres. 


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82 


GAKAMURÚ. 


Eran los montoneros de Amaro, los emigrados de Ta- 

« 

euarembó y Salto. 

La mayor parte estaban casi desnudos: apenas un 
chiripá de jerga ó un raido vichará (1) cubría sus miembros 
ennegrecidos por el sol y por la pólvora ; pero en su porte 
altivo, en su arrogante mirada, en la satisfacción que 
demostraban al inclinarse delante de su jefe, se conocía 
que eran voluntarios y que soportaban con gusto las pena- 
lidades y la miseria á trueque de alcanzar con su constan- 
cia mas tarde ó mas temprano el prémio de sus afanes, el 
triunfo de la noble causa que defendían con tanto arrojo 
como tenacidad. 

Lia contemplaba con asombro aquellos rostros varo- 
niles, tostados por el sol y por los cierzos, aquellas miradas 
fijas é imponentes, aquellas crinadas cabelleras, aquellas 
anchas espaldas y levantados pechos, señalados algunos por 
el sable y las balas de los iberos y lusitanos, ó por las flechas 
y las lanzas de los infieles, y se admiraba interiormente 
del respeto y del gozo con que recibían á sq amante. 
Mucho debía valer este, en muy alto concepto de esforzado 
debían tenerle, muy grande, muy Jejítima y digna debía 
ser su fema, para que tales hombres reconociesen su supe- 
rioridad, le prestasen obediencia r abandonasen sus hogares 
por seguirle, y aceptasen la proscripción, el esterminio que 
pesaba sobre los que militaban bajo las banderas de los 
montoneros. 

Amaro se apeó, entregó el caballo al que estaba mas- 
inmediato, atravesó en silencio por medio de ellos, y se 


( I ) Poncho de laua fabricado en el país. 


¡gitized hy* 


«¡Googlc 



CAIUMUIUI. 


83 


dirijió coa su amada á un 1 rancho que quedaba en el centro 
y que sobresalía entre los cuarenta ó cincuenta que forma- 
ban aquella errante colonia, como descuella el camalote (1) 
entre las algas y plantas marinas que las corrientes y 
remolinos arrancan del*?bndo de un rio. 

Este rancho estaba adornado con todo el lujo que el 
desierto permitía, y sin embargo, no había allí nada que 
recordase á la elegante monte vidiana la esplendidéz de la 
casa paterna. Las paredes eran de barro y cañas; el techo 
de forma angular, de una paja larga y compacta, llamada 
totora : la puerta se componía del cuero seco dé un novillo. 
No cubrían el suelo ricos tapices de Persia, sino frescas 
hojas de laurel, yerba mora y salsa freís entremezcladas con 
el aromático trébol y la odorosa gramilla. En vez de cua- 
dros, flores silvestres colocadas en toscos jarrones de tierra. 
Un grueso tronco, cubierto con la piel de un leopardo y 
servia de mesa; el de una palmera de sofá, y otros menores 
de butacas, todos resguardados por magníficas y variadas 
pieles. En fin, una preciosa hamaca, tejida con las plumas 
de las aves mas estimadas por su brillo y hermoso colorido, 
arrollada y pendiente á falta de clavos, de la cornamenta de 
un venado, ofrecía un cómodo lecho al que quisiera esten- 
derla de una pared á otro para descansar en ella. 

Lia inventarió de una ojeada el menaje de su nueva 
habitación, y fuese por la novedad, ó bien por que su ima- 
ginación revistiese con un barniz de magnificencia la 
poética sencillez de aquella morada, no hizo gesto alguno 


(1) Islas flotantes, formadas de los árboles y plantas que en sus grandes 
crecientes llevan tras eí los ríos al retirarse. El Paraná ofrece muy á menudo 
este fenómeno. 


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84 


CAIiAMUkÚ. 


por el cual se pudiese inferir que algo la desagradaba; 
pero cuando notó, encima de lo que llamaremos mesa, 
varios libros, un costurero pequeño,. un escritorio, un estu- 
che para la boca y otros utensilios de señora, comprados 
• én Paisandú por Amaro, se sintió agradablemente con- 
movida por esta delicada previsión de su amante, y le 
dió las gracias con una de esas miradas que solo pueden 
lanzar los ojos de una mujer bella y enamorada. 

— Lia, ahora que nadie puede separarnos, dijo su 
amante, aprovechando la favorable disposición de ánimo 
en que se encontraba ella, quiero no disculparme, sino pe- 
dirte perdón por mi brutal arrebato. 

La jóven no contestó. 

— Si, perdóname, mi encanto, porque solo el amor, el 
ardiente j ciego amor que te profeso, pudo prestarme fuer- 
zas para amenazarte de ese modo. ¿Crees tú, por ventura, 
que si me hubieras dicho no, amándote, como te amo, án- 
gel mió, crees tú que hubiera sido capaz de asesinarte? 

— ¡Quién sabe! murmuró Lia: antes me habías dicho 
que quisiéras verme primero muerta que eh brazos de otro. 

— Pero. . . .considera. . . . 

— No, Amaro; has sido injusto; has dudado de mí: no 
me has creído bastante fuerte para resistir á la voluntad de 
mis padres, y por eso. . . . 

— ¡No! esclamó él interrumpiéndola: me habías empe- 
ñado solemnemente tu palabra y creí, acostumbrado como 
estoy á que nadie me fiilte nunca á ella, creí que tenia ya 
sobre tí los derechos de un esposo. 

— ¿Qué dices? preguntó Lia palideciendo. 

Amaro la vio apoyarse sobre la mesa, y notó la palidez 


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CARAMURÚ. 


85 


que oscurecía el carmín de sus mejillas. Comprendió el 
alcance de la frase que acababa de soltar, y como la había 
dicho sin segunda intención, procuró enmendar su falta, 
añadiendo con veráz y rendido acento: 

— Ahora y siempre haré lo que tú quieras. Manda, 
dispone, ordena . . . .pídeme hasta la vida, y me atravesaré 
el pecho á tus pies por oirte decir: — «¡Estoy contenta!» 

Tan apasionada protesta, pronunciada con la vehe- 
mencia de un amante que anhela justificarse, bastó para 
que la bella ofendida le absolviese generosamente de su an- 
terior indiscreta alusión. 

— Te perdono, Amaro, y acepto con gusto el porvenir, 
bueno ó adverso, que á tu lado me reserve el destino. . Solo 
espero de tu lealtad que un sacerdote bendiga nuestra 
unión. 

— Será mañana mismo si quieres 

— ¿Dónde? 

— Aquí. 

— ¡Ah, no! repuso Lia como recelosa y turbada por la 
precipitación de su amante; es preciso que sea en una ciu- 
dad, en un pueblo, en un paraje donde todos lo sepan y 
llegue á noticia de mi familia. 

— Procuraré complacerte, respondió el gaucho va- 
cilando. 

— Empéñame tu palabra de honor, júrame que así lo 
harás, añadió Lia llena de angustia. 

Amaro, haciendo un penoso esfuerzo, contestó cón voz 
pausada y grave: 

— ¡Te lo juro!. . . . 

Y sin aguardar respuesta, cubrióse el rostro con el 


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8(5 


CAiUMURÚ. 


poncho, y salió del rancho para devorar sin testigos su 
aguda pena. 

Imaginábase el desgraciado que Lia no le amaba, ó si 
le amaba era muy tibiamente, cuando desconfiaba de él y se 
empeñaba con sus pueriles temores én levantar una barrera 
que en largo tiempo no podría él salvar, y acaso moriría 
antes de conseguirlo. 

Juzgando á Lia por sus propias ideas, con su despreo- 
cupación y soberano desprecio á la opinión agena, no 
alcanzaba á comprender sus fundados escrúpulos. 

— Si me amase, se decía, todo lo olvidaría por mí, me 
lo sacrificaría todo. Yo sería para ella cuanto existe en el 
mundo .... 

Dominado por este pensamiento, resolvió inquirir si 
eran ciertas ó no sus dudas, y para ello, aprovechando la 
circunstancia de tener que ir á Paysandú con el objeto de 
solicitar de Abreu algunos fondos, se valió de un ardid, al 
que muchas veces apelan los amantes que desean espe- 
rimentar la constancia de su adorada; fingiéndose indife- 
rentes, y alejándose de ellas el tiempo necesario para poner 
á prueba su fidelidad. La ausencia es la piedra de toque 
de los enamorados. 

Esa misma tarde pasó á su antigua morada, convertida 
ahora en retrete de Lia, y después de informarse si había 
descansado y si necesitaba algo, le insinuó que se veia 
obligado á ausentarse por algunos dias. 

— Asi estarás mas tranquila, añadió, observando con 
encubierta avidéz la impresión que sus palabras producían 
en su amante; conviene, por ahora, que estemos juntos lo 
menos posible. . . . 


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CARAMURÜ. 


87 


— ¿Y á donde vas? preguntó ella con voz trémula y 
húmedos los ojos por dos lágrimas, que, a pesar de sus 
esfuerzos para contenerlas, enturbiaban el claro resplandor 
de su mirada, pugnando por escaparse de sus párpados. 
¿A dónde vas? 

— ¡Lejos, muy lejos! replicó Amaro. 

. — ¡Por Dios, vuelve pronto, pronto! y sobre todo, 
amor mió, no espongas tu vida, no vayas á desafiar los pe- 
ligros únicamente por el placer de aumentar tu fama. .¡Ah! 
Si acaso soy yo la causa de esa resolución, perdóname el mal 
que involuntariamente he podido ocasionarte, y no medejes, 
Amaro mió, no me dejes, .quédate aquí yo te exinjo. . 

Iba á decir de tu juramento ; pero la voz espiró en su 
garganta, y ardientes lágrimas empaparon su rostro. 

Amaro empezaba á enternecerse, y como no quería 
variar de resolución, manifestóla en pocas palabras que un 
asunto indispensable le llamaba á Paysandú; pero que vol- 
vería tan pronto como lo evacuase. 

Había pensado, en efecto, ver al Sr. de Itapeby y pe- 
dirle prestado algún dinero para proveer de armas y vestua- 
rio á sus montoneros. Su mala estrella quiso que, al pasar 
por la pulpería, oyese las palabras del enchalecador , el cual, 
estando en relaciones con una mestiza de la Estáncia, se ha- 
llaba oculto entre unos cardales la noche del rapto, y le ha- 
bía conocido cuando cruzó á escape con Lia dirigiéndose al 
bosque. 

Sobre el resultado que esto produjo, y lo que después 
acaeció en casa del comerciante, escusamos insistir habién- 
dolo consignado detenidamente en los capítulos segundo y 
tercero. 

14 


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88 


CA.RAMURÚ. 


A ellos remitiremos al lector olvidadizo, suplicándole 
recuerde el pacto y las condiciones del gaucho y la formal 
promesa de Abreu de darle los cien mil patacones de la 
apuesta siempre que le trajese un parejero capaz de vencer 
al renombrado Atabualpa. 


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VIII. 


El Tubichá. 

No há muchos años existía en nuestro pais una esforza- 
da tribu, aunque pequeña, la mas belicósa é indómita del 
Plata, y acaso de toda la América, inclusos los célebres 
araucanos. 

Esta tribu era la de los charrúas , quienes figuran en 
primera línea desde los primeros tiempos de la conquista, y 
han vertido ellos solos mas sangre Ybera que los ejércitos 
de los Incas y Motezuma, si hemos de creer á Azara. 

Por espacio de tres siglos disputaron palmo h palmo su 
territorio á los españoles y á sus descendientes, combatiendo 
con indomable constancia hasta hundirse en la tumba. 

Su lucha empezó con Solis, á quién devoraron en una 
isla frente á la Colonia (1515), y concluyó en el primer ter- 
cio de este siglo (1833), siendo esterminados en una celada 
por el general Rivera, en las cabeceras del Cuarehim y del 
Ibirapitdmini. 

Encerrados en la confluencia de los dos ríos, es fama 
que no escaparon veinte individuos, y que fueron inmola- 
dos sin piedad hombres, niños y mujeres. 


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90 


CARAMUKÚ. 


Sus depredaciones, el estado de continua alarma en 
que tenían á la campaña, á pesar de su reducido número, 
pues no lleg*aban á mil; su atroz perfidia con D. Bernabé 
Rivera, hermano del general, jóven de altas esperanzas, á 
quien asesinaron con su comitiva, y otros muchos atenta- 
dos, hicieron necesaria esta medida, inicua si se quiere, 
pero disculpable hasta cierto punto, tratándose de unos 
hombres tan crueles y tan pérfidos como los charrúas . 

Su carácter dominante era un óaio profundo contra los 
cristianos, cualquiera que fuese su procedencia, lo mismo 
á los españoles que á sus descendientes; pero obligados 
á defenderse también de otras parcialidades con quiénes 
estaban en perpétua guerra, solían entablar con los prime- 
ros negociaciones de paz, que rompían con insigne mala fé 
en cuanto pasaba el peligro. 

Sus aduares eran el refugio de todos, los que por sus 
delitos, ó por huir de la esclavitud, vagaban por los bos- 
ques. El que quería ingresar en su tribu se presentaba al 
Tubichd , esto es, al jefe superior, al cacique de los caciques, 
acompañado de algún truchimán que le servia de padrino, 
y esponía en breves razones el motivo por el cual andaba 
errante, y su firme intención de separarse para siempre de 
los perversos y traidores cristianos , y consagrarse en cuerpo y 
alma al servicio de la gbnte mas valerosa , mas valiente é ilustre 
que existía debajo de las estrellas. 

El cacique convocaba á los ancianos y les proponía la 
admisión del catecúmeno, el cual, si tenía la desgracia de 
ser rechazado por ellos, considerándole sospechoso ó espía, 
era degollado en el acto junto con su acompañante. 

Una vez admitido en la tribu, renegaba de su religión 


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CAllAMURÚ. 


91 


y adoptaba el traje, los ritos y las costumbres de los salvajes; 
se le daba otro nombre, y por via de ensayo se le sometía á 
distintas pruebas, de las que no siempre salía victorioso. 

Algunos de estos aventureros, dotados de una inteli- 
gencia muy superior á la de los indios, y de un temple de 
1 alma á propósito para granjearse su aprecio halagando sus 
ruines instintos, secundando sus p’anes de esterminio y van- 
dalismo, y escediéndoles en ferocidad si era posible, al cabo 
de algunos años adquirían tal prestigio y consideración en- 
tre ellos que los capitanejos (1) los elejían para el mando 
supremo á la muerte del Tubichá. 

En la época que abraza nuestra historia, un mulato li- 
berto mandada la tribu de los charrúas . 

Escapado dé la Estáncia en que trabajaba, sita en la 
campaña de Tucuman (2), por el asesinato del capataz, 
ideado y dirigido por él en unión con varios esclavos, á fin 
de apoderarse de una crecida suma de dinero, producto de la 
venta de cincuenta mil cueros, emigró á la Banda Oriental 
con sus cómplices, para de allí trasladarse al Brasil, donde 
esperában gozar impunemente el fruto de su crimen. 

Sorprendidos al atravesar el Y aguaron por una partida 
de facinerosos, se resistieron á entregarles la ropa y las ar- 
mas que aquellos les exijian, y los que no murieron pe- 
leando, se refujiaron á un monte inmediato, donde estaban 
acampados los charrúas . 

Presos y conducidos á presencia del Tubichá , llevóse 
éste syi hablar la mano abierta á la garganta, indicando 
que los degollasen. 

[1] Caciques inferióle y. 

[2J Provincia de la Confederación argentina. 


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92 


CAl&AMUKÚ. 


Había entre las concubinas del cacique una Zamba (1), 
su favorita á la sazón, que conocía al mulato por haber te- 
nido relaciones amorosas con él en una de las Estáncias 
próximas á la suya, ante3 de caer prisionera con sus amos, 
viniendo de viaje para San C cirios. 

Conocióle al pasar por delante de su tienda, y ordenan- 
do á los que le conducían que se detuviesen corrió al Tubi- 
chd , bañada en llanto, y le rogó que le perdonase, porque 
era su hermano. 

Creyóla cándidamente el buen indio, y accedió á su 
deseo con las condiciones antedichas. Alentada ella, quiso 
salvar igualmente á los demas; pero no pudo conseguirlo. 

El mulato que era de perversa índole, audaz, desalma- 
do, y que no carecía de talento, adquirió en breve inmensa 
popularidad entre los salvajes, y cuando se creyó con bas- 
tante prestijio para disputar el poder á los afamados capita- 
nejos, de acuerdo con su antigua querida, al retirarse de 
una malocca (2), en la que fueron rechazados con pérdidas 
considerables y perseguidos por algunas leguas, en medio 
de la confusión pasó por detras con su lanza de parte á 
parte al viejo cacique. 

Hecha la elección del nuevo jefe, prévias las 'formali- 
dades de costumbre, el asesino fué proclamado Tubichá 
casi por unanimidad. 

El nombre de Tapalquem, el del brazo de hierro , que 
le habían dado los indios al recibirle en sus filas, se hizo 
muy pronto sinónimo de todo lo mas malo que imaginarse 
puede. 

flj Hija de mulato y negra, »Je indi;* y negro, ó vic6-rer?a 

(2) Escursion para robar. 


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CAliAMURÚ. 


93 


Ahora bien, Tapalquem tenía el caballo que Amaro 
iba á buscar, y lo que es mas estraño, Tapalquem, el asesino, 
el incendiario, el bárbaro y feroz cacique que todo lo llevaba 
á sangre y fuego, aquel cuyo nombre pronunciado de no- 
che en la cocina de una Estáncia hacía estremecer y erizar 
los cabellos de horror á la numerosa concurrencia, que 
sentada en ancha rueda en torno del hogar, saboreando el 
líquido de aromática yerba mate , desleída con agua hirvien- 
do en una pequeña calabaza que pasa de mano en mano, 
oía embelesado el relato de las increíbles aventuras, patra- 
ñas y mentiras de los que tenían la palabra. . . .Tapalquem 
respetaba y quería á Amaro, y le había ofrecido por varias 
ocasiones el apoyo de sus ochocientos jinetes. Oferta que 
el orgulloso jefe de los montoneros habia despreciado siem- 
pre, creyendo degradar su noble causa aliándose con 
aquellos beduinos, á quiénes después de la victoria ni sus 
mismos caudillos eran capaces de impedir que se entregasen 
al saqueo, £ la violencia, al pillaje, á la embriaguez v 
demas escesos que son consiguientes. 

Sus relaciones databan de muy antiguo. Viajando 
Amaro por la provincia de Buenos Aires acompañado de 
otros tres gauchos, llegó una tarde á una Estáncia, y como 
es costumbre, se acercó á la casa á pedir posada por aquella 
noche, en los momentos que cuatro vigorosos negros esta- 
ban amarrando á una ventana, para azotarle, á un esclavo 
que habia osado levantar la mano contra el capataz. Au- 
dacia ináudita por la cual las leyes antes de 1810 autoriza- 
ban al amo para quitar la vida á sus siervos. 

— ¡Te he de matar á azotes, perro mulato! decía el 
capataz furioso, blandiendo un enorme zurriago. 


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CARAMURÚ. 


94 

Amaro y sus compañeros descendieron de sus cabalga- 
duras, y entraron en el patio donde tenía lugar la escena 
referida. 

La serenidad del esclavo contrastaba con la cólera del 
administrador, que, lívido de ira, descargaba sendos latiga- 
zos sobre los negros para que anduviesen mas listos; y tan 
ciego estaba, que en vez de responder como debía á las 
urbanas frases con que el primero le pidió hospitalidad para 
él y sus amigos, contestó á gritos con palabras obscenas y 
en estremo ofensivas. 

— ¡No hay posada; idos á los infiernos! ¡Esta casa no 
es guarida de vagos ni de ladrones! 

Los tres gauchos echaron á un tiempo mano á sus 
puñales, y bien cara habría pagado el insolente su grosería, 
si Amaro, siempre generoso y noble, no los hubiera dete- 
nido diciéndoles: 

— Yo he sido el principal agraviado; dejadme que le 
exija la satisfacción y le imponga el castigo que merece. 

El capataz se dirigió á la puerta para llamar á los 
peones; pero mas rápido el gaucho, le cogió por el cuello de 
la veste y le arrojó á diez varas en medio del patio, como 
arroja un niño una pelota ó una varilla de mimbre. 

— Si levantáis la voz, le dijo clavando en él su terrible 
y avasalladora mirada; si dais un solo grito, os degüello lo 
mismo que á un ternero. 

El miserable comenzó á temblar como un azogado, y 
tartamudeando soltó algunas palabras vagas, ininteligibles, 
sin enlace ni conexión; por último, pudo hablar, se arrodi- 
lló, y pidió perdón á los agraviados. 

Amaro, sin responderle, se encogió de hombros, se 


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CARAMURÚ. 


95 


acercó al mulato, y cortó con su puñal el mamador (1), que 
lo sujetaba á las rejas de la ventana. 

— Ya éres libre, le dijo: anda y toma el primer caballo 
que encuentres ensillado para venirte con nosotros. 

El esclavo cayó de hinojos, hiriendo el suelo con la 
frente, y puso sus lábios en las blancas botas de potro de su 
libertador. 

— ¡Paisano! ¡paisano! (2) esclamó el capataz, lu- 
chando con el miedo que le infundían sus huéspedes y el 
temor de perder al esclavo; considerad por piedad que soy 
un desgraciado, que nada tengo, y me veré obligado & 
satisfacer su valor. 

J — ¡Miserable!# ¿Y no querías matarle á azotes? 

— Es verdad; mas. . . . 

— Mas entonces, continuó Amaro con creciente indig- 
nación; te habrías escudado con las leyes, ó para evitar 
indagaciones, habrías dicho que había muerto de enfer- 
medad. 

— Considerad que tengo cuatro hijos 

El gaucho le echó una mirada de desprecio. 

— ¿Cuanto vale? preguntó. 

— Cuatrocientos pesos; ni un cinquiño (3) menos. . . . 
os puedo mostrar la carta de venta. 

— Veamos esa carta. 

Corrió el capataz á una pieza inmediata, seguido de su 
interlocutor, y sacó de un pequeño escritorio un legajo de 


[1] Soga de piel de vaca, desde diez á treinta raras, que sirre para atar & 
les caballos. 

f2] Equivale á señor entre la gente del campe. 

(3) Cinco reís. 

u 


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96 


CAIUMÜRÚ. 


papeles, los hojeó, y como tardase íntencionalmente en en- 
contrar el que buscaba, sin duda para dar tiempo á que 
viniesen algunos de los peones que estaban ocupados á la sa- 
zón en la matcmza, Amaro se los arrebató de las manos, 
diciéndole con un ceño y un metal de voz que le hizo estre- 
mecer de los piés á la cabeza: 

— Andad con tiento, porque ya se me va acabando la 
paciencia. 

En seguida desdobló la escritura, y le ordenó que es- 
tendiese debajo el recibo de la cantidad espresada. 

El capataz vaciló; Amaro levantóse tranquilamente el 
poncho, y llevó la mano á uno de los bolsillos del tirador; 
creyó el primero que iba á sacar el piyial, y esclamó ha- 
blando y escribiendo á toda prisa: 

— ¡Por Dios, amigo mió; por Dios! Tened mas calma. . . 
voy á concluir. ¿A nombre de quién pongo el traspaso? 

— A nombre del propio esclavo. 

Los gauchos y los negros, que desde el patio presen- 
ciaban esta cómica escena, se reían, los primeros abierta- 
mente, y los otros en sus adentros, de la pusilanimidad de 
aquel hombre que tenia fama en toda la comarca por su 
crueldad desmedida con los -esclavos sujetos á su dominio, 
y ahora se mostraba tan menguado, tan cobarde y rastrero. 

Cuando hubo firmado, Amaro llamó al mulato, que 
volvía de cumplir sus órdenes, y le entregó la escritura. 

El administrador, cabizbajo y contrito, Iqs acompañó 
hasta la puerta donde estaban los cinco caballos, loe vió 
montar, y no atreviéndose á reclamar de nuevo directamen- 
te el pago de los cuatrocientos pesos, comenzó á lamentarse 
de las muchas pérdidas que había sufrido aquel afío, y dijo : 


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CAItAMURÚ. 


97 


—Espero de vuestra jenerosidad que. . . .si os es posi- 
ble y este no ocasiona ningún perjuicio de consideración . . . 
tan pronto comeos lo permítanlas circunstancias .... os 
dignareis remitirme. . .si no toda, al menos una parte de la 
cantidad que tendré que abonar de mis sueldos, ¡ay de mi! 

El gaucho, sin mirarle á la cara, le tiró á los piés una 
bolsilla de enero que babia zacado en vez del arma que aquej 
se imaginó y partió á galope, seguido de sus compañeros. 

Recogióla fríamente el administrador, figurándose que 
seria alguna nueva burla; pero ¿cual seria su sorpresa al 
encontrarse con veinte y dos flamantes medallas de Cárloe 
III, en las que se leía la encantadora leyenda de D . Félix 
Utroqueft . . . . 

Imposibilitados por este motivo de dormir en la Estan- 
cia, hicieron noche en un viUorro que distaba cuatro 
leguas. 

Al dia siguiente, antes de partir, Amaro r que se diri- 
jfa á la eapital; indicó al mulato que hiciera lo que mejor le 
pareciese, porque era enteramente libre, i 

Quiso este en prueba de su gratitud quedarse á su 
servicio; pero el generoso gaucho le dió las gracias, di- 
ciándole que no le necesitaba, y le aconsejó que se fuese á 
trabajar y procurase con su laboriosidad y buena conducta 
captarse la voluntad de sus futuros patrones , para que á la 
vuelta de algunos años le habilitasen. 

En consecuencia, su protegido enderezó el rumbo ¿ 
Tucuman, donde, abusando may pronto de su libertad, 
perpetró el crimen de que hemos hablado, que le obligó á 
huir de aquel país y le arrojó entre los charrúas , abriéndole 
un nuevo crimen el camino de la fortuna. 


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98 


CARAMUKÚ. 


Sin entrar en los anteriores detalles no se comprende- 
ría á la verdad la ilimitada confianza del proscripto en el 
afecto que le profesaba Tapalquem. Un servicio de tal 
magnitud, bien merecía para un corazón agradecido, no el 
préstamo, sino el regalo del mejor caballo, por grande que 
fuese su valor. 

No obstante, á pesar del sincero agradecimiento del 
cacique y de su empeño en complacerle, fué necesaria toda 
su buena voluntad y el arrojo é intrepidéz de ambos para 
conseguir una cosa al parecer tan sencilla. Diremos dos 
palabras sobre esto, para la mejor inteligencia de lo que 
vamos á esponer en seguida. 

Los indios, como los árabes y los tártaros y todos los 
pueblos nómades, aprecian en estremo sus corceles, sobre 
todo á los que despuntan por su belleza y agilidad. 

Existen sobre este particular mil preocupaciones entre 
ellos, que si no temiéramos fastidiar al lector con digresio- 
nes inoportunas, las enumeraríamos, seguros de que tal 
vez le divertirian por lo raras y estravagantes .... 

La tribu que tiene buenos caballos, en su concepto 
no puede ser cobarde : el mejor bridón pertenece de derecho 
al cacique, y en él se vincula el honor y la gloria de 
la parcialidad que capitanea: perderlo en la batalla ú de 
otro modo, es señal de mal agüero, presagio de calamida- 
des y desgracias para la tribu. 

Veamos ahora de qué medio se valió Amaro para ar- 
rancar á los charrúas su famoso parejero , y si los peligros á 
que se espuso valían los cien mil patacones que debían re- 
compensar su audacia. 


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Añang. 


El tubichá recibió á Amaro con las mas ardientes 
muestras de aprecio y deferencia, é hizo con él lo que no 
hacía con nadie: se puso de pié, y se sacó el triple rodete de 
plumas, símbolo de su dignidad, que cubría su cabeza, 
acción que llenó de escándalo á los viejos caciques. 

Su descontento se aumentó al ver que Tapalquem les 
ordenaba retirarse para hablar á solas con el huinca (1). 

— ¿Qué queréis, señor? ¿Puedo seros útil en algo? 
preguntóle no bien se alejaron aquellos, con la afabilidad 
del que desea que lo ocupen. 

— Sí; vengo á pedirte prestado tu célebre parejero por 
ocho dias. 

— ¿Daiman? preguntó el mulato con angustia. 

— Daiman. 

— ¡Ah! Pedidme todos mis demas caballos, dinero, 
mujeres, todo lo que queráis. . . . pero ese caballo. ... ¡ira 
de Dios! .... ese caballo no puedo dároslo. 


[1] Critti&ne. 


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V 


100 CABAMÜRÚ. 

— Entonces nada he dicho y me retiro. 

Amaro se encaminó á la puerta con la sonrisa del 
desprecio en los lábios y el fueg-o de la indignación en los 
airados ojos. 

— Oid, le dijo Tapalquem. 

Volvióse el gefe de los montoneros, y le miró frente á 
frente con toda la arrogancia de que él era capaz, é inmó- 
vil, esperó dos minutos á que hablase. 

— Aun cuando yo quisiera prestarme ¿vuestros deseos, 
sería esponeros á una muerte casi segura permitir que os 
lleváseis ¿ Daiman, pues. . ¿ . 

El gaucho, sin aguardar á que concluyese la frase, le 
volvió las espaldas, y pisó el umbral. 

— /Caramurú! gritó el cacique apretando y mordién- - 
dose los pufl03 hasta hacerse sangre; si otro hombre fuera» 
el que se atreviese á inferirme tal agravio, le mandaría cor- 
tar la lengua y arrojársela á mis ñanduses. (1) 

El gefe de los montoneros por única respuesta se atusó- 
el bigote, y le miró con la calma insultante del que despre- 
cia las amenazas de un inferior suyo, y ni siquiera le hace 
el honor de contestarle. 

— Aunque mi poder es ilimitado, continuó Tapalquem, 
los charrúas no verían tranquilos que un cristiano se lleva- 
se su mejor caballo, el caballo de su tubichá, al vencedor 'M' 
de los mas célebres parejeros del Rio de la Plata . 

El gaucho meneó la cabeza impaciente. w 

— ¡Oid, con mil rayos! se me ocurre un medio que 
vez surta el efecto apetecido. Deseo serviros á todo trancé^ E# 

(1) Avestruces. Los indios crian estos animales para aprovechar sus hue- 
ros; que son muy buenos quitándoles la clara. 


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r 


CARAMÚRU 



KI jefe de loa montoneros, por u'niua respuesta, 0 ,© alosó eA V\^o\e, 


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CARAMURÚ. 


101 


Esta promesa desarrugó la faz sombría de Amaro, que 
se adelantó al medio de la tienda dispuesto á escucharle. 

— Permaneced aquí hasta las dos de la mañana. 

— ¿Me llevaré á Dairnan? 

— Lo espero. 

— ¿Sí, ó no? 

— Hombre, sí; suceda lo que Dios ó el diablo quiera. 

— No esperaba menos de tu generosidad, repuso el 
gaucho, radiante el rostro de alegría y tendiéndole afectuo- 
samente la mano. 

—Os debo la vida, y quiero probaros lo que os he 
repetido mil veces. Soy vuestro en cuerpo y alma. 

El mulato se acercó á la puerta de la tienda, y tocó un 
silbato que llevaba al cuello. 

Un indio se presentó. 

— Que venga al momento Yictabicay, dijo. 

Y volviéndose á Amaro, añadió: 

— Por fortuna entendéis el idioma de estos bárbaros, y 
vais ¿ convenceros de que obro con toda lealtad. 

Una india vieja y de deforme aspecto, cuya pequeña 
estatura estaba compensaba por una obesidad monstruosa, 
apareció en el umbral y se detuvo hasta que el tubichá, con 
un gesto imperativo, la indicó que pasara adelante. 

Era esta la hechicera de la tribu. Venia cubierta con 
una grosera manta de lana, y traía al cuello un collar de 
dientes humanos: cerdosos y enmarañados cabellos corona- 
ban eu aplastada frente; sus pequeños ojos de fuina, desnu- - 
dos de párpados, desaparecían en sus órbitas amoratadas, 
hundidas y cavernosas; su gruesa nariz, chata como la del 
tigre, y sus abultados lábios prolongándose hasta cerca de 


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102 


CARAMÜRÚ. 


las mandíbulas, carnosas y vueltas hácia afuera, dejaban 
entrever unos dientes largos, puntiagudos y separados. La 
piel de un gato montés servíale de delantal, y en sus siénes, 
muñecas y tobillos ostentaba con orgullo una triple sarta 
de cascabeles, petrificaciones y cuentas de colores que pro- 
ducían un ruido agradable aunque monótono siempre que 
se movía. Por último, faltábanle, como á muchos de sus 
compatriotas, en los dedos de los piés y de las manos algu- 
nas falanjes, pues los charrúas acostumbraban cortarse una 
cada vez que se les moría algún deudo ó persona muy 
estimada, 

— Te he mandado llamar Yictabicav, dijo el cacique, 
para que hoy mismo anuncies que has visto á Añang (1), 
que lo has visto, ¿entiendes? y que esta noche vendrá. 

La india miró á hurtadillas al cristiano, y movió la 
cabeza con gravedad. 

—Ahora te irás al monte, y no volverás hasta bien 
entrada la noche. Ya sabes tu obligación; ténlo preparado 
todo. Yo iré á tu tienda, y te avisaré cuando has de anun- 
ciar la llegada de Añang. Toma. 

El cacique sacó dos cartuchos de pólvora, y se los dió, 
prometiéndole un buen prémio si le servia con la fidelidad 
y el acierto que otras veces. 

— ¿Me darás aguardiente, mucho, mucho? preguntó 
la india con estúpido alborozo. 

—Lo suficiente para que te emborraches cuatro dias. 

La hechicera exhaló un aullido de alegría, y haciendo 
contorsiones y gestos, dió una vuelta por la tienda, ejecu- 


[1{ Géoie del mal. 


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CABA.MUBÚ. 


103 


tando una pantomima cuya significación comprendió Ama- 
ro perfectamente. Representaba el espanto que se apode- 
raba de ella á la vista del espíritu maligno; y salió, tara- 
reando una canción en renglones cortos mas bien que ver- 
sos, cuyo estribillo era: 

¡Anoche, anoche he visto & Afiang! 

Afiang va & venir: ¡ay del que agarre! 


Los indios acudían en tumulto y corrían tras ella al oir 
este cántico, precursor generalmente de alguna calamidad. 

— ¿Habéis oido? se decian unos á otros llenos de con- 
goja. ¿Habéis oido á Yictabicay? Anoche vino Aflang, y 
hoy volverá. ¿ Cuál será la causa? 

En breve la tribu entera se puso en conmoción, y la 
embaucadora se vió rodeada de un enjambre de hombres, 
niños y mujeres, cuyas facciones, horribles en su estado 
natural, descompuestas ahora por el terror y la curiosidad, 
parecían de demonios mas bien que de seres humanos. 

La vieja estrechada por la multitud, tomó la palabra 
y les dijo con misterioso acento, y como horrorizada de lo 
mismo que contaba : 

—Anoche, hijos míos; anoche Añang vino á mi tien- 
da, y tomando por las cuatro puntas el cuero en que dor- 
mía, me hizo voltear por el aire como una bola. 

Una esclamacion general de espanto cubrió la voz de 
la oradora. 

— Por fin, me arrojó furioso contra el suelo, y ponién- 
dome el pié en la garganta, me dijo: 

— Tú no velas por tu tribu, Yictabicay. Los enemigos 
la amenazan. (Mañana nos veremos! 

16 


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104 


CARAMURÚ. 


Y desapareció, dejando en la tierra donde apoyó su 
planta una faja de fuego, y en el aire un olor de azufre que 
mareaba. 

Levantóse entre los salvajes un sordo murmullo que, 
aumentándose por grados como los mugidos de un volcan 
á medida que se aproxima la lava al cráter, estalló en un 
solo grito: 

— ¡ Tú eres adivina; dínos la causa de su venida! 

—Todavía la ignoro. ... 

— ¡Mentira ! 

—Voy al bosque á consultar á los espíritus. . . . 

— ¡Mentira! La causa es la llegada del huirica , dijo 
uno de los caciques, antiguo rival de Tapalquem, y que no 
desperdiciaba ninguna ocasión para desconceptuarle. 

—¡Sí, sí! repitieron en coro otras cien voces, ilumina- 
dos los que la proferían por una suposición que, según sus 
creencias, tenía todos los visos de la realidad. 

— ¡Qué muera el huirica ; que muera! gritaron otros 
sin hacer caso de las amonestaciones de la hechicera y diri- 
giéndose á la tienda del Tubichá, capitaneados por el caci- 
que, causa de aquel motín/ 

A los gritos de / muera el huirica y los que le defienda/n l 
los dos caudillos que hablaban muy tranquilos concertando 
los medios de llevar á cabo su arriesgado intento, se pusie- 
ron de pié, resuelto el uno á vender cara su vida, y el otro 
á sucumbir primero que ver menoscabada en lo mas míni- 
mo su autoridad. 

Tapalquem se armó de un acerado machete, y colocán- 
dose en la puerta se preparó á arengar á su grey rebelde, 
mientras Amaro, cediendo á sus ruegos, se retiraba á un 


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CARAMURÚ. 


105 


lado para no escitar mas el encono de los indios con su 
presencia. 

— ¿Qué queréis? preguntó aquel con voz tremenda y 
amenazadora; ¿qué significan esos gritos insidiosos? ¡Lo- 
cos, ladrones, hijos del diablo! ¿Cómo os atrevéis á venir 
así á la tienda de vuestro Tubichá? 

— ¡Muera el huinca! ¡Muera el huinca! tornaron á 
repetir los salvajes. 

— 4 Ea, retiraos! 

— Tapalquem, dijo el cacique, que de motu-propio , y 
con la idea de destronar al mulato se había puesto al frente 
de la rebelión; entréganos al cristiano para que le matemos, 
á fin de aplacar á Añang. . . . 

— Ven á sacarle de aquí si te atreves. Bagual (1), 
respondió Tapalquem blandiendo el machete. 

— ¡Ea, muchachos, adelante! gritó el indio precipitán- 
dose al umbral, seguido únicamente de veinte ó treinta de 
los mas fanáticos^ los restantes, intimidados por el conoci- 
do valor y el aspecto imponente de su jefe, permanecieron 
quietos. 

El mulato levantó el brazo y dejó caer su terrible 
machete. 

La ensangrentada cabeza del cacique' rebelde rodó por 
el suelo separada de su tronco. 

Y rápido como una flecha, antes que los sublevados 
se recobrásen del pánico que semejante rasgo de audacia 
les infundiera, precipitóse en medio de ellos, descargando 
mandobles á derecha é izquierda ; lo cual aunque no duró 


flj Sinónimo de estúpiio. 


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106 


CABAHUBÚ. 


arriba de diez minutos, fué el tiempo suficiente para bajar 
un hombro á este, bendir el cráneo á quel, abrir el pecho á 
uno, tronchar un brazo á otro y herir á ocho ó diez. 

Los amotinados se dispersaron como una bandada de 
torcaces al avistar á un carancho (1), ó como un enjambre de 
gaviotas disputándose la sangre de un toro reden muerto, 
al aproximarse el desollador que viene á descuartizarle. 

Entonces el mulato, para contrarestar el daño que los 
descontentos podían ocasionarle entre los que se habían 
conservado neutrales, hizo á estos una corta arenga, mani- 
festándoles que él huinca era nada menos que delegado del 
gobierno de Montevideo, el cual pensaba enviarles, cele- 
brada la paz, doscientas pipas de aguardiente, cien fardos 
de paños y bayetas, y cincuenta cajas de bisutería. 

No recibirían con tanto placer los fabricantes catalanes 
una ley en fevor de la tan cacareada cuestión de aranceles, 
como los charrúas las halagüeñas palabras de Tapalquem. 
A trueque de embriagarse diariamente por espacio de un 
par de semanas, renovar sus raidos ponchos y chamales (2) , 
y tener alhajas ricas para sus mujeres y queridas, no les 
parecía ya tan temible la cólera de Añang. Así fué que se 
alejaron dando vivas al huinca y al gran Tubichá que lo 
mandaba. 

— Vamos, por ahora todo se ha acabado felizmente, 
dijo Tapalquem entrando en la tienda: me he deshecho de 
ese tunante que no hacía mas que intrigar y tenderme 
ocultos lazos; pero, ¡ay! Amaro, nuestro negocio se com- 
plica. Conociendo vuestra valentía escuso preveniros que, 

(1) Avede rapiña muy voráz y muy fea. 

(2) Chiripás. 


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CARAMURÚ. 


107 


si nos sale mal, nos asesinan estos bárbaros al momento. 

— Moriremos matando, contestó el gaucho con la mas 
glacial indiferencia. 

La noche desplomó sus sombras sobre el mundo. Los 
indios se retiraron á sus tiendas, escepto los que estaban de 
guardia y los que cuidaban del potrero. (1) 

El campamento quedó en profundo silencio. Todos 
dormían, menos Amaro, Tapalquem y la hechicera. 

A las dos de la mañana se ocultó la luna: los cien jine- 
tes que recorrían el campo fueron reemplazados por otros, 
que se dividieron en cuatro pelotones tomando cada uno, 
según la costumbre de los salvajes, una dirección contraria, 
al Norte, al Sur, al Oriente y al Occidente, para reunirse 
luego en un punto dado. 

No bien sintió el Tubichá que se alejaban, dijo al 
proscripto: 

— Llegó el momento decisivo. ¡Ahora! 

Amaro desnudó el puñal, estrechó la mano de su com- 
pañero, y salió marchando de puntillas, prestando el oído 
á cada paso, deteniéndose y resguardándose ¿ espaldas de 
las tiendas al menor rumor que percibía. 

Detrás de él caminaba el mulato, armado con su ma- 
chete y mirando á todas partes. 

Aunque la tienda de Yictabicay distaba cincuenta pa- 
sos, tardaron media hora en llegar á ella. Entraron. 

Tendió el gaucho la mano temiendo caer en la oscuri- 
dad, y tropezó con otra mano que le arrastraba al fondo de 
la tienda. Sintió que le quitaban el sombrero, el poncho y 


[1] Especie de corral para encerrar de noche los caballos del serricio. 


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108 


CARAMÜBÚ. 


el chiripá; que le envolvían las piernas y brazos con largas 
tiras de cuero de lobo; que le echaban encima un manteo, 
formado con dos pieles de tigre con un cinturón de colas 
de mono y de yegua, y que le acomodaban en la cabeza un 
enorme cucurucho de piel de carnero, del cual pendía una 
especie de antifáz ó careta, también de cuero, que le ocul- 
taba enteramente el rostro. 

— En verdad, debo parecer el mismo diablo, pensaba 
él A medida que le iban endosando las distintas piezas de 
aquel peregrino traje. 

Cuando la vieja, ayudada de Tapalquem, concluyó su 
tocado, el del cacique y el suyo propio, comenzó A exhalar 
unos quejidos tan lúgubres y lastimeros, que toda la tribu 
despertó azorada. 

De repente un resplandor brillante iluminó lfoia nda, 
y una bocanada de negro humo se escapó por sus hendidu- 
ras, arrojando fuera al génio de mal, al terrible Añang. 

Los salvajes, al verle, lanzaron un espantoso grito, y 
cayeron de hinojos, hiriendo el suelo con la frente. 

— ¡Déjanos! ¡Déjanos! ¡Vete, vete; llévate lo que 
quieras ó A quien quieras, y déjanos en paz ! murmuraban 
temblando de miedo, y sin atreverse A abrir los ojos. 

El gaucho, imitando el rugido de la pantera, cruzó 
lentamente por en medio de ellos, seguido del Tubichá y de 
Yictabicay; el primero ladraba como un perro, y la segun- 
da mugía como un toro. 

Los tres se encaminaron al potrero . 

Los indios que guardaban los caballos, al verlos que 
se dirigían hácia allí, echaron A correr con la pasmosa cele- 
ridad que presta el espanto. 


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CARAMURÚ. 


109 


Adelantóse el mulato, y llamó á su parejero. 

El corcel, después de vacilar un momento, se le acercó 
reconociendo su voz. 

Su amo le cogió la cabeza y lo besó con el trasporte 
de un amante á su querida; luego le pasó dos veces la ma- 
no por sus largas y ondeantes crines, le palmoteó suave- 
mente, y por fin, no sin soltar mas de un suspiro, púsole el 
freno que llevaba oculto debajo de su disfraz de demonio. 

Amaro tomó las riendas y parte de la crin con la si- 
niestra mano, apoyó la diestra en el anca, y de un brinco se 
encaramó encima del noble animal. 

— ¡Adiós, Daiman, adiós! murmuró Tapalquem con 
las lágrimas en los ojos. ¡Adiós, Amaro ! Solo por vos po- 
día yo hacer este sacrificio 

— Gracias. Conserva este recuerdo mió, mas bien que 
como precio de tu inestimable caballo, como una débil 
muestra de mi aprecio y gratitud, dijo el jefe de los monto- 
neros dándole su puñal de vaina de plata y cabo de oro, 
que había comprado en Paysandú con el dinero de Abreu: — 
Adiós. Si alguna vez me necesitas, acude á mí. 

Y cerró piernas á su indómito alazan, que partió como 
un rayo, tomando el mismo rumbo que traía la columna de 
salvajes que vigilaba aquella parte del campo, y que acudía 
alarmada por los gritos lejanos que se oían del campamento. 

— ¡Añang, Añang! esclamaron los indios, huyendo en 
dispersión no bien le divisaron, mientras él seguía tran- 
quilamente su camino, y Tapalquem y la hechicera se 
escondían en un pajonal cercano para volver á sus tiendas 
cuando todos durmiesen. 


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X. 


Vértigo. 

El rey del dia brillaba en medio del zenit, lanzando á 
plomo sus ardientes rayos; no se movían las hojas de los 
árboles, ni murmuraba el césped, ni gorjeaban los pajari- 
llos, ni el zéfíro mas leve rizaba las tranquilas aguas de los 
dormidos arroyuelos. 

Los rebaños tendidos sobre la yerba parecían aguar- 
dar á que pasasen aquellas horas de abrumante calor; solo 
interrumpía el majestuoso silencio de vez en cuando el 
áspero zumbido del mangangá (1), el rechinante y monó- 
tono canto de las chicharras, el vuelo de una perdiz, el 
mugido de un toro acosado por las picaduras de los tábanos, 
el silvido de una serpiente, el grito de las viscachas (2), ó 
el relincho de alguna yegua salvaje que cruzaba á escape 
por las empinadas lomas, perseguida por ocho ó diez potros, 
tendida al viento la crin, encendidos los ojos, las narices 
humeantes, bañada en sudor, cubierta la boca de blanquí- 
sima espuma, despidiendo coces y dentelladas á los que 

[1] Insecto parecido al abejorro. 

[2] Especie de conejo. 


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112 


CARAMURll. 


osaban acercarse á ella y detenerla, clavándole los dientes 
en las ancas ó en el cuello ensangrentado . . . 

Las incultas florecillas se inclinaban lánguidamente 
sobre su tallo ó se adherían á la seca tierra; los arbustos 
encogían sus hojas, mústias y cubiertas por una cap# de 
finísimo polvo, y los cardales , doblando sus floridos pena- 
chos, los escondían entre el follaje, cual si temieran que el 
sol marchitara sus brillantes colores. 

Anchas nubes de peregrina forma, esmaltadas de oro 
y plata, ora agrupadas é inmóviles en el confin del horizon- 
te, ora dispersas y resbalando perezosamente por la azulada 
esfera, se detenían ondeando como lágrimas de metal en la 
cumbre de los montes. Diríase que eran mónstruos aéreos, 
cuyas ardientes bocas, al arrojar su aliento de fuego, pro- 
ducían la atmósfera tibia y recargada de electricidad que se 
respiraba á la sazón. 

Y aunque la brisa no agitaba sus álas, aunque no se 
movía ni una hoja siquiera, venían por momentos ráfagas 
impregnadas de los mas suaves perfumes. Emanación purí- 
sima de las selvas vírgenes del Nuevo Mundo, en la que se 
confundía el aroma de las rosas, violetas y claveles, con la 
esencia de los nardos, jazmines y diamelas , mezcladas con la 
el ambiente de mil gomas y resinas olorosas, de mil plantas 
aromáticas, de mil arbustos y vejetales, cuya esquísita fra- 
gancia embriagaba los sentidos y estasiaba el alma. ... 

Muelle abandono, lángido y dulcísimo desmayo se in- 
filtra en las venas del viajero que recorre en tal estación 
y á tales horas aquellas risueñas campiñas, donde Dios es- 
tampó su planta para volar al cielo después de formado el 
mundo. 


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CAIiAMUltÚ. 


113 


Sujeto, pues, á la fatal influencia de tantas causas, que 
conspiraban de consuno á evocar los recuerdos mas gratos 
de su vida, Amaro volvía á entrar en los bosques del Uru- 
guay, después de una semana de ausencia, pensando en 
Lia^ pensando en el tesoro de' gracias y de amor que encer- 
raba aquel ángel en sus catorce primaveras. 

Engolfado en tan agradables pensamientos, se internó 
en la selva: la algarabía de una bandada de papagayos, 
oculta entre el frondoso ramaje de un naranjo, le despertó 
de su meditación. 

Al fijar la vista en el árbol, notó, por casualidad, una 
doble cruz hecha recientemente en su tronco, señal infalible 
de que allí se escondía algún secreto que le con venia 
aclarar. 

Acercó su caballo, separó las ramas, y en efecto, halló 
entre ellas una carta clavada en una de las púas de que es- 
tán cubiertqs dichos árboles. 

La carta no tenía sobre, pero iba dirigida á él, y en 
términos misteriosos, que no comprendería nadie á menos 
de estar iniciado en las costumbres y usos de los gauchos, 
se le citaba para ese mismo dia y en el mismo paraje á las 
cuatro de la tarde. 

Acostumbrado á recibir frecuentemonte tales misivas, 
ninguna sorpresa causó á nuestro protagonista la presente, 
aunque no dejó de inquietarle en las actuales circunstancias, 
pues sospechó con razón que sería algún mensaje de los 
parientes de Lia. 

— No puede ser otra cosa, ¡voto á bríos! se dijo des- 
pués de recapacitar un buen rato; en fin, allá lo veremos. . . 
y apresuró su marcha cuanto la densidad de la selva permi- 


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114 


CARAMURÚ. 


tía, anheloso de llegar cuanto antes á la presencia de su 
amada. 

Nada tenia de estraño que le asaltase semejante reflec- 
sion. Es una costumbre tradicional entre nuestros campe- 
sinos, cuando se quiere hablar á alguno que anda oculto 
llamar á un vaqueano , á un buscador, y encargarle que 
ponga en su conocimiento lo que se desea que llegue á su 
noticia. 

El vaqueano se ingénia de modo que al cabo de un 
plazo mas ó menos largo sabe con toda seguridad dónde se 
halla el fugitivo; pero como no es fácil encontrarle, ni pru- 
dente internarse en bosques que cuentan leguas de esten- 
sion, le deja una carta en un árbol con una señal que lo 
indique, y acude diariamente á saber el resultado. 

El que anda oculto, toma sus medidas por si tratan de 
hacerle alguna mala partida , y se presenta ó no, según le 
parece. Rara vez los buscadores van de mala fé; es decir, 
con ánimo de entregarle á sus enemigos sin salir del mon- 
te; pero si tal acontece y se descuida, ya puede contarse en- 
tre los difuntos. 

Son tan diestros, emplean tales precauciones los gau- 
chos, la naturaleza y sus conocimientos especiales les 
favorecen tanto, que es casi imposible sorprenderlos. 

Cerca ya de su guarida, encontró Amaro, á algunos 
de sus montoneros , que salían á proveerse ‘de víveres ; esto 
es, á enlazar por lo pronto la primera vaca alzada (1) ó no 
que se les presentase, llevarla al pié de una cuchilla y 
matarla, y después arrear al bosque las que se pudiera. 

(]) Se llama ganado oteado al que se escapa de ulguna Estancia y se vuel- 
ve silvestre. 


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CARAMÚRU 



Jülie puteitjnv: lih Teodomiro l\eal y Prado editor. • J-iL £AN JKAflJiN N! 

Dormía la encantadora joven con la calma de la virtud y el 
abandono de la inucencia 


/Google 






CARAMURÚ. 


115 


El gaucho se alegró de esta circunstancia. Así, de- 
jando el caballo, y yéndose á pié hasta los ranchos, evitaba 
los ladridos de los perros, y podría sorprender agradable- 
mente a Lia, como deseaba. 

, Sus cálculos le salieron exactos; llegó, y entró en su 
rancho sin ser sentido. Lia estaba acostada en la hamaca. 

Dormía la encantadora jóven con la calma üe la virtud 
y el abandono de la inocencia. El deshabillé de muselina 
con que estaba vestida se le había deshabrochado, y dejaba 
ver, sobre la graciosa tabla de su pecho de marfil, medio 
ocultas entre los encajes de su camisa de batista, dos ligeras 
ondulaciones, nacaradas y tersas como dos manzanas de 
bruñido jaspe: uno de sus piés, cruzado sobre el otro, 
asomaba por la revueltdf falda hasta mas arriba del tobillo; 
pié tan mono, tan bien hecho, tan bien ajustado en su 
elegante botín de seda, que era muy difícil, por no decir 
imposible, detener la imaginación donde el vestido detenia 
á los ojos, á la mitad de la media. . . . 

Favorecidas por aquella postura voluptuosa, sus aca- 
badas formas que envidiarían una georgiana, destacábanse 
en la curva de su flotante lecho. La mente adivinaba sin 
trabajo la artística perfección de sus encantas. 

— ¡Oh! era imposible contemplarla y n<? sentir en el 
acto hervir la sangre en las hinchadas venas, agolparse con 
violencia al corazón: del corazón saltar á la cabeza, de la 
cabeza refluir otra vez al corazón, y derramarse en seguida 
por todo el cuerpo como gotas de bronce derretido. 

Tal fué el sentimiento galvánico que sintió Amaro al 
acercarse á la hamaca; al verla con la cabeza inclinada á un 
lado, apoyada la mejilla en una mano, los negros bucles de 


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116 


CARAMURÚ. 


su rizada cabellera esparcidos en desorden sobre sus blancas 
espaldas; sonriente, pudorosa, tímida, inundado el rostro de 
inefable gozo y bañado por ese ligero tinte de rosa con que 
los espíritus vitales del sueño colorean el semblante de los 
niños y de las hermosas. 

Tal fué la impresión fulmínea que sintió, al ver que 
entreabría sus rosados lábios, y llamándole por su nombre 
le tendía los bjazos con amorosa inquietud. 

Lia soñaba, y soñaba con Amaro, con el ídolo de su 
alma. 

Inclinóse éste para recoger los sonidos confusos é in- 
coherentes que se escapaban de su boca, y pudo percibir 
entre otras frases sin conexión ni enlace, las siguientes: 

— ¡Ven! .... ¡Ven! .... ¡Te adoro, ingrato! . . C ¡Soy 
tuya. . . . toda tuya! .... ¡Ah, no. . . . sí! ... . ¡No me ol- 
vidarás?. . . . ¿Nunca, nunca?. . . . 

Amaro, sin advertirlo, se había aproximado tanto á 
ella, que la respiración de ambos se confundía: la bella 
somnámbula hizo un movimiento para variar de posición, y 
sus lábios rozaron suavemente á los lábios de su amante. 

El caminante que, próximo á sucumbir en los arenales 
de k Arabia, devorado por la sed, encuentra una fuente 
donde aplacarla, no se precipita á ella con mas ánsia que 
el gaucho á la boca de la jóven. 

Lia despertó .... y fuese efecto del sueño amoroso que 
todavía la dominada, ó de su inocencia que no la permitía 
sondear la profundidad del abismo que se abría á sus plan- 
tas, ora de su vehemente pasión, ya del gozo de volver á 
verle, ó bien de la incontrarestable fascinación que él ejer- 
cía en sus sentidos y en su alma, ó lo que parece mas 


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CARAMURÚ. 


117 


natural, de todas estas causas reunidas, Lia, la pura y 
candorosa niña, en vez de rechazarle, se incorporó en la 
hamaca, le atrajo cariñosamente á sí, y rodeó su cuello con 
sus desnudos brazos. 

A la dulce presión de su cuerpo, al suave contacto de 
sus mejillas, Amaro cerró los ojos, próximo á desfallecer 
bajo el peso de su dicha. Zumbáronle los oidos, dilatáronse 
las arterías de su frente, latiendo aceleradas como las cuer- 
das del arpa en el momento que estallan, no pudiendo re- 
sistir las violentas pulsaciones del rápido tañedor: vacilaron 
sus rodillas, y poco faltó para que perdiese el conocimiento. 

Pero aquella primera emoción, demasiado intensa 
para que durase mucho, pasó como un relámpago. Sus 
ojos se abrieron, y la luz volvió á iluminar su avara pupila; 
sus oídos tornaron á escuchar el tiernísimo acento de su 
amada; lúbricas y voluptuosas imágenes brotaron en su 
cerebro abrasado; sus músculos y sus nérvios adquirieron 
doble rigidéz, doble vigor del que tenían en su estado 
natural. 

Un minuto mas, y la aureola celeste de la virgen se 
convertía en el letrero infamante de la mujer, arrojada de 
su elevado pedestal, del trono de luz en que Dios la colocá- 
ra, al fango del envilecimiento. ¡Centella divina apagada 
en el cieno; flor picada por un gusano antes de abrirse; 
pura gota de rocío que pudo ser perla y se trocó en asque- 
roso insecto, brillante caído del sólio del Eterno, y recogido 
por los impíos para adornar la diadema de Satanás! 

Ya el ángel custodio de Lia, se alejaba de la cabecera 
de su lecho, cubriéndose el rostro con sus áureas álas, y ya 
vertiendo raudales de llanto, finalizada su misión en la 


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118 


CARAMÜRÚ. 


tierra, las abría para ir á implorar del Altísimo el perdón 
de la culpable. 

Empero todavía ella no lo era, todavía estaban blancas 
todas las blancas pájinas del libro de su vida 

Aviso, inspiración del cielo fué sin duda la que la 
impulsó á desasirse de los brazos de su amante en aquel 
momento solemne, y á rechazarle con súbita energía sal- 
tando velozmente de la hamaca, trémula y agitada, cual 
si hubiese tocado un áspid escondido entre sus traidoras 
plumas. 

Tan rápido y simultáneo fué este hábil movimiento 
estratégico, que el burlado amante, aunque quiso, no pudo 
evitar que se pusiera de pié, si bien consiguió asegurarla 
de un brazo. 

Pugnó Lia para que la soltase, y en esta corta lucha, 
estando desabrochado el deshabillé, dejó escapar un meda- 
llón de oro sujeto al cuello por una cadena de pelo. 

La presteza con que la jóven S3 apresuró á esconderlo 
escitó la curiosidad y los celos del gaucho. 

— ¿De quién es ese retrato? le preguntó con voz aho- 
gada por la cólera, oprimiendo su delicado brazo entre sus 
dedos de acero, sin advertir, ¡tan ciego estaba! la dolorosa 
contracción que desfigurábalas facciones de Lia. 

— Me haces daño, Amaro, respondió esta, queriendo 
en vano dar una espresion agradable á su fisonomía y una 
inflexión dulce á su angustiado acento. 

— ¿De quién es ese retrato? volvió á preguntar el 
gaucho soltando el brazo y asegurándola por la cintura. 

Lia bajó los ojos, y no respondió. 

— ¡Dámelo! 


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CAKAMURÚ. 


119 


— ¡No! 

— ¿No me le das? 

— ¡No! 

— ¡Ah, pérfida, te comprendo! esclamó aquel , recha- 
zándola furioso; ese retrato es el de mi rival, de ese misera- 
ble á quién amas, á pesar de todas tus falaces protestas y 
mentidos juramentos. Anda, corre y entrégale tu corazón 
cobarde; para dármelo á mí sería preciso que rebosase de 
amor y nobleza. Y tú, nacida entre esa gente imbécil que 
cuando mira á su pátria esclava, en vez de imitar nuestro 
ejemplo, se prosterna y presenta las espaldas al azote y el 
cuello á la cuchilla de sus verdugos, con tal que la dejen 
vejetar vilmente en las ciudades; tú, educada entre el lujo 
y los placeres, acostumbrada á cifrar tu ventura en un 
vestido de moda ó en una joya, no puedes, no, comprender 
mi sublime pasión. No puedes, no, valorar el sacrificio 
inmenso que te hago robando el tiempo á mi pátria para 
consagrártelo á tí! . . , . ¡Loco he sido en poner mi cariño 
en un ser tan. ... no sé cómo calificarte! ¡Loco he sido 
en presumir que abrigaba tu alma el candor y la pureza de 
tu semblante!. . . . 

— ¡ No mas, no mas ! esclamó Lia sacando el retrato y 
dándoselo; mira, y desengáñate. 

Cogió rápidamente el gaucho la imágen que le ofrecía, 
y la acercó á sus ojos, contemplándola con la avidéz de un 
avaro, que encuentra el talego de oro que creía perdido. 

< — Mira esa venerable frente, esos blancos cabellos, 
continuaba entre tanto Lia enjugándose las lágrimas que las 
injúrias y sarcasmos del irritado galan la hicieran verter; 

obsérvalo bien, y dime si es asi el retrato de un amante. 

18 % 


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120 


CARAMURÚ. 


El gaucho no la escuchaba; fija la vista en la imágen, 
analizaba una á una sus facciones, y parecía reluchar con 
una espantosa pesadilla; sus manos temblaban, se contraían 
sus lábios, y una palidez mortal borraba hasta las últimas 
huellas del encendido carmín con que no ha mucho la fie- 
bre del amor animára su semblante. 

Convencido que no se engañaba, miró á Lia de hito 
en hito, y sus sospechas se trasformaron en evidencia. Con 
todo, quiso persuadirse de que tal vez se engañaba, y la 
interrogó con la ansiedad del que desearía ignorar lo mis- 
mo que pregunta. 

—¿De quién es este retrato? 

— De mi padre. 

— ¿De tu padre? 

-Sí. 

— ¡Dios eterno! lo había adivinado, esclamó el pros- 
cripto golpeándose la frente con su pesada mano. ¡Ah! 
¿Por qué no me lo has dicho desde un principio? 

— El temor . . .un capricho . • . .¿qué se yo? .... quería 
que ignorases el nombre de mi familia, contestó la jóven. 

Amaro, inquieto y agitado clavó la vista en el suelo, 
presa de dos sentimientos que con igual violencia, despe- 
dazaban su alma; pero era esta demasiada fuerte, dema- 
siado grande para que durase mucho tiempo su incerti- 
dumbre. 

— ¡Sí, es necesario, murmuró; Lia, luz de mis ojos! 
perdóname y abrázame: abrazame sin temor porque pronto 
debemos separarnos, tal vez para siempre. 

El dolor prestaba un colorido % tan grave, el heróico sa- 
crificio que voluntariamente se imponía sublimaba tanto al 


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CAR A MU HÚ. 


121 


que pronunciaba aquellas palabras, que la joven se arrojó 
en sus brazos sin vacilar. 

Frenético estrechóla él contra su pecho, apoyó su ros- 
tro en su espalda alabastrina, dejándola húmeda con sus 
lágrimas; y como ella correspondiese á sus transportes con 
otros iguales, la apartó suavemente, y salió con paso acele- 
rado en busca del incógnito de la carta, cual si temiese 
si permanecía allí un momento mas, ofuscarse, perder el 
juicio y sucumbir de nuevo, ceder otra vez, sin advertirlo, 
al delirio, á la embriaguéz, al vértigo de su mútua pasión 
volcánica, y, ¿cómo no temerlo, si él la fascinaba y ella le 
enloquecía? 

Hay impresiones que son como la pólvora, que la 
menor chispa enciende: nacen y crecen contra nuestra 
voluntad, nos arrastran al borde de un abismo y nos preci- 
pitan en él, sin que la mayor parte de las veces nos sea 
dado conocerlo hasta que rodamos en sus profundidades 
insondables. ¡Ay! la llama del amor mas puro esconde 
siempre un destello terrenal engendrado por la arcilla de 
que fuimos formados; y ese destello se convierte en devo- 
rante hoguera que lo absorbe todo, desde que el espíritu 
vencido en tenáz pelea y rechazado do quier por los sen- 
tidos, se oculta, huye, desaparece, se anonada por un 
instante, avergonzado acaso de su derrota. 


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El Cambueta. 


Conforme anunciára á su hija en la carta de que dimos 
cuenta en el capítulo VI, D. Cárlos Niser había venido 4 la 
Estáncia acompañado de su esposa y del conde. Llegó 
cuatro dias después del rapto de Lia. 

En su impaciencia por abrazarla, no había querido 
detenerse en Paysandú, ni ver á su cuñado, que le habría 
informado de la catástrofe. 

El mas impenetrable misterio envolvía aun la desapa- 
rición de la jóven: en la Estáncia nada se sabía. Doña 
Eugénia había indagado en vanó dónde se ocultaba. Es- 
taba persuadida que ella había huido de la estancia solo 
con el objeto de substraerse á su compromiso con el conde; 
y ni siquiera se le pasaba por la imaginación que estuviese 
apasionada de otro hombre. 

Los gauchos que presenciaron la escena con el cúchale - 
cador, constantes en su sistema de no traicionar jamás á un 
compañero suyo, nada habían declarado: y como por otra 
parte estaban en la falsa creencia de que Amaro en aquellos 
dias no se hallaba en la provincia, pues él había tenido la 


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124 


CAHAMÜEÚ. 


precaución de esparcir antes la voz de que partía para la 
Rioja, y no le habían visto por espacio de tres semanas, no 
dieron grande importancia á las palabras del muerto, y 
luego, si hemos de hablar con franqueza, todos y cada uno 
en particular temían su venganza. En el poco tiempo que 
conocían á Amaro, bajo el supuesto nombre de Calibar, ha- 
bían cedido sin advertirlo á la influencia y prestigio que 
ejercen siempre los hombres superiores sobre los ánimos 
vulgares, cualquiera que sea la situación en que la suerte 
los coloque. 

El pulpero tampoco declaró nada, por la misma razón, 
y por otra concluyente para él. El crédito del estableci- 
miento estaba basado en su reserva y circunspección. El 
dia que por causa suya prendiesen á alguno, todos sus 
parroquianos le abandonarían, y, ¡ay de él, si los parientes 
ó amigos del agraviado le encontraban lejos de la ciudad, 
en alguna encrucijada ó camino solitario! 

Las pesquisas, pues, de doña Eujénia y de su esposo 
fueron de todo punto inútiles. En vano sus emisarios 
recorrieron todas las Estáncias circunvecinas y pueblos del 
departamento. Nada pudieron indagar, nadie les dió la 
menor noticia per la cual pudiesen seguir el rastro de la 
fugitiva. Doña Eujénia estaba inconsolable. 

Entre tanto llegó D. Cárlos á la Estáncia, y figuraos 
cuál sería su dolor al no encontrar allí á su hija idola- 
trada. 

Su hermana le abrazó llorando, y se lo dijo sin ro- 
deos, puesto que no había medio de ocultarle la verdad. 

Momento terrible fué aquel para todos los de la fami- 
lia. El anciano se dejó caer sobre un sillón, pálido como 


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CARAMURÚ. 


125 


la muerte, el rostro desencajado, inmóvil, trabada la voz, 
sin acertar á quejarse ni á prorrumpir en llanto. Sus apre- 
tados dientes no permitían que saliesen los ahogados sus- 
piros que exhalaba su alma, y sus yertas pupilas se nega- 
ban á dar libre curso á las lágrimas de fuego que en ancho 
raudal brotaban de su corazón despedazado. Doña Petra 
por el contrario, en vez de imitar su ejemplo y el de su 
cuñada, montó en cólera, se desató en injurias é imprope- 
rios contra Lia, y no encontrando en el diccionario de la 
maledicencia voces bastantes duras para calificar su con- 
ducta, llegó hasta maldecirla: mientras el conde, pensativo 
y silencioso, con los brazos cruzados, iriclinada la cabeza 
sobre el pecho y los ojos fijos en tierra , parecía reflexionar 
sobre lo que probablemente ninguno de los circunstantes 
se acordaba á la sazón, porque la angustia de aquellos y la 
ira de esta no se lo consentían. Parecía reflexionar, y 
reflexionaba en efecto, sobre las causas que motiváran la 
evasión de su futura esposa, y un fetal presentimiento le 
decía no que ella no le amaba, de eso estaba convencido 
desde mucho tiempo atrás, sino que otro hombre mas feliz 
conquistára su cariño durante su ausencia, y puestos ambos 
de acuerdo, la habría seguido desde Montevideo con ánimo 
de robarla en la primera coyuntura favorable. . . . 

A las imprecaciones de su esposa, cada vez mas furi- 
bundas, D. Cárlos volvió de su enagenacion, é informán- 
dose apresuradamente de los resortes que se habían puesto 
enjuego para descubrir el paradero de Lia, meneó la cabe- 
za en señal de desaprobación, ordenó que le ensillasen otro 
caballo, y no bien estuvo pronto, sin descansar del largo 
viaje que acababa de hacer, ni decir A dónde se encamina- 


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126 


CABAMUBÚ. 


ba, partió solo en busca del tio Chirino (a) Cambueta (1), 
que residía ú cuatro leguas de allí en una Estancia de un 
amigo suyo. 

¿Y quién era el tio Chirino, ó mas bien Cambueta, por 
cuyo sobrenombre le conocían generalmente? ¿Era acaso 
adivino?. , . Poco menos. . . , ¡Era vaqueanol 

Para esplicaros carísimos lectores y amadísimas lecto- 
ras, todo lo que esta palabra significa, necesitaríamos algo 
mas que los estrechos límites de un capítulo. El vaqueano 
es un tipo especialísimo de nuestras provincias, que desar- 
rollarémos en otra novela de menores dimensiones que la 
presente, y que formará parte de los cuadros característicos 
y locales que nos proponemos reseñar, como ya hemos 
tenido el honor de preveniros antes. 

Ahora nos bastará saber que el personaje que nos 
ocupa era un hombre que conocía palmo á palmo todo 
el territorio de la Banda Oriental y á los gauchos de todos 
sus departamentos. Buscaba á las personas que se le 
indicaban donde quiera que estuviesen, mediante una 
retribución mas ó menos crecida, según la distancia y 
el tiempo que necesitaba invertir para conseguirlo, y 
siempre, si no habían muerto ó emigrado á otro país, 
en un plazo mas ó menos largo descubría su paradero, 
por mas recóndito é ignorado que este fuese. 

Era el único que en Paysandú sabía que los monto- 
neros ocultos en el bosque habían venido de Tacuarembó 
y Salto y y que Caramurú se hallaba entre ellos. 

D. Cárlos llegó al caer la tarde ¿ la Estancia donde 


[1] Patizambo. 


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CAKAMUUÚ. 


127 


vivía, y preguntando al capataz si estaba en su uincho, 
supo con gran disgusto que no había venido aun de la 
pulpería que acostumbraba frecuentar, y que era la misma 
donde acaeció la muerte del enchalecado r. 

Esperóle con creciente impaciencia por mas de tres 
horas, y cuando juzgaba que ya no vendría, un canto 
gutural y prolongado que resonó á lo lejos, y galope lejano 
de caballos, le anunciaron que volvía acompañado *de al- 
gunos peones y aparceros (1), unos completamente ébrios 
y otros alegres nada mas. 

El deber de historiadores concienzudos é imparciales 
nos obliga á declarar que el Cambueta pertenecía á los 
segundos, pues la dignidad de su grave ministerio le impe- 
día embriagarse nunca en público, lo cual no obstaba en 
manera alguna para que cuando se veía solo en su rancho, 
en las altas horas de la noche, tomase sus trancas (2) muy 
decentes al son de la guitarra y de los cielitos , canciones 
populares que cantaba con una voz de búfalo capaz de 
ahuyentar á los mismos diablos. 

— Chirino, vengo á verte, le dijo D. Cárlos apénas 
pasó el dintel, para un asunto de grande importancia. 
Deseo hablarte á solas. 

El Cambueta Se inclinó en señal de asentimiento, y 
juntos se encaminaron al rancho. 

— Vamos, Sr. de Niser, ¿qué queréis? le preguntó no 
bien llegaron, fínjiendo el muy tuno que ignoraba el 
objeto de su visita. 


[1] Amigos. 

(2) Borracheras. 

10 


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128 


CARAMURÚ. 


— Mi hija ha desaparecido hace cuatro dias de la Es- 
tancia de la Cruz alta. 

— ¿Sí?.... ¡Vaya un desastre! esclamó el vaqueano 

abriendo tamaños ojos; ¿con qué ha desaparecido?.... 

¡Dios nos asista! 

• / 

— Sí, amigo mió, y deseo que avérigües dónde se 
halla. 

— ^Dificilillo es, Sr. D. Carlos. 

—Vamos, te recompensaré generosamente. 

— He oído decir que se han practicado infructuosa- 
mente las mas esquisitas diligencias, contestó el Cambueta 
deseando magnificar el servicio que se le exijía, para 
aumentaran precio. 

— Te daré diez onzas de oro si descúbres dónde se 
oculta y me traes cuatro renglones de ella. 

El vaqueano lanzó con desden un ¡schsl sobrado espre- 
sivo, cuya significación comprendió azás su interlocutor. 

—Serán veinte. 

El Cambueta se alzó de hombros. 

— ¡Treinta, cuarenta, cincuenta! .... murmuró D. 
Cirios. 

El tio Chirino se puso á tararear á media voz una de 
sus canciones favoritas: 

Arrorró mi flato. 

Arrorró mi sol, 

Vamos á la yerra, 

Trae mi redomón. 

Tanta avaricia exasperó al abogado, que no compren- 
día cómo, por un servicio al parecer insignificante, no se 
contentaba con la respetable suma que le ofrecía. 


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CARAMURÚ. 


129 


— ¡Y bien! esclamó: ¿qué significa esa estúpida can- 
tinela? 

— Significa, señor mió, que por cincuenta onzas no 
puedo comprometer mi reputación. 

— ¿Pues cuánto quieres? 

— Lo menos cien. 

—Las tendrás. 

— Vengan cincuenta por lo pronto. 

— ¡Tunante! ¿Dudas de mí?. . . .gritó D. Cárlos, ofen- 
dido de semejante desconfianza. 

— Yo no dudo, señor; pero estoy acostumbrado á que 
me paguen adelantado. 

—¿Y si no me cumples tu palabra? 

— En ese caso, muy estraordinario á ía verdad, os de- 
volvería íntegro el dinero que me hubieseis anticipado. 

Niser había traido un bolsillo abundantemente provisto 
pero que no alcanzaba en mucho á la cantidad pedida; 
sacóse, pues, un magnífico alfiler de brillantes que llevaba 
en la camisa, y reunido al bolsillo se lo ofreció como prenda 
ó fianza de la deuda que contraía. 

—El vaqueano, con gran sorpresa suya, en vez de 
tomarlos, soltó una carcajada, y los rechazó con la mano. 
El taimado aparentaba burlarse del buen viejo, después 
de haberle marcado el alto precio en que estimaba sus 
servicios. 

— Os conozco, Sr. D. Cárlos, y sé quién sois; había 
querido únicamente esperimentaros. Nada, me daréis lo 
que os parezca justo. Ahora, oíd mis condiciones, y jurad- 
me por vuestro honor que una vez aceptadas no faltareis 
á ellas. 


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CARAMUKÚ. 


130 

— Te lo prometo. 

— En primer lugar guardareis el mas profundo secre- 
to acerca de la comisión que me habéis dado. 

— ¿Por qué? 

— Ahí está el busilis. 

- — Risible es tu pretensión, cuando nadie ignora que 

ganas la vida de ese modo. 

— Es una precaución. . . ya veis. . . podría fracasar. . . 
y ante todas cosas conviene poner á cubierto el honor del 
pabellón. 

Sonrióse el abogado de la astucia del Cambueta, re- 
cordando involuntariamente las advertencias que en casos 
idénticos, por via de precaución, solía él hacer á sus clientes. 

— En segundo lugar, continuó aquel, es de absoluta 
necesidad que por ningún pretesto, ni ahora ni mas tarde, 
intervenga la justicia en este asunto. 

— Concedido. 

— En tercer lugar, seguiréis ciegamente mis instruc- 
ciones al pié de la letra y sin pedirme esplicaciones acerca 
de ellas. 

— Bien. 

— Y por fin, me concederéis diez dias, contados desde 
esta noche, para practicar las diligencias necesarias y po- 
deros dar una respuesta definitiva. 

D. Cárlos accedió á todo, encargando al vaqueano que 
evacuase su comisión lo mas pronto posible. 

Este, que había presenciado el combate á muerte con 
el enchalecador y oído sus palabras, estaba convencido de 
que Amaro y no otro era el raptor de Lia: toda la dificultad 
estribaba en verle v arrancarle diestramente su secreto. 


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CARAMURU. 


131 


Escribió la carta, y la puso en el paraje indicado; por 
tres dias acudió en vano á ver si la habían recojido; al cuar- 
to no la encontró; el jefe de los montoneros había vuelto de 
su escursion al campamento de los charrúas, y ya sabemos 
la impresión que causára en él dicha misiva, y el modo 
cómo salió de la habitación de su amada con ánimo de aper- # 
sonarse con el portador ó autor de ella. 

El gaucho, media hora antes de llegar al paraje con- 
venido, ató su caballo á las ramas de un árbol, y marchó á 
pié, no en línea recta, sino describiendo un ángulo; cerca 
ya del naranjo, trepó encima de un corpulento seibo , que 
dominaba aquella localidad, y tendió la vista alrededor; 
luego dió una vuelta en torno del árbol donde le esperaba 
el vaqueano, prestando el oído por si distinguía rumor de 
hombres y caballos, y examinando con ojos de lince la tierra 
para cerciorarse por las huellas de que solo aquel había 
entrado en el bosque. 

Persuadido de que no le armaban ningún lazo, se apro- 
ximó cautelosamente al naranjo: apartaba con tal tino las 
ramas y pisaba tan suavemente, que, á ser de noche, se le 
hubiere tomado por un espíritu de la selva. Sus botas de po- 
tro resbalaban sobre la yerba sin producir el mas leve rumor 

Apartó el ramaje con la diestra mano armada de su 
puñal, cubriéndose con la siniestra el rostro que, á escep- 
cion de los ojos, desaparecía bajo el halda del poncho, y con 
voz vibrante y avasalladora, gritó al Cambueta: 

— ¡Vuélvete! 

El vaqueano obedeció esta órden cual manequí movido 
por una cuerda. El paso no era para menos; le iba en ello 
la vida. 


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132 


CARA.MURÚ. 


Amaro sacó un pañuelo, le vendó los ojos, le arrebato 
las pistolas de que iba provisto, le cogió de la mano y se lo 
llevó á unos quinientos pasos de allí. 

— Siéntate, le dijo, y esplícame en pocas palabras el 
objeto de esta cita. 

• — ¿No os acordáis ya de mí, señor? preguntó el tio 

Chirino, acomodándose lo mejor que pudo sobre un monton 
de hojas secas, obedeciéndo al impulso que le comunicaba la 
mano de su acompañante. 

Hasta entónces el gaucho no se había fijado en él; el 
timbre de su voz le hizo contemplarle con detenimiento. 
Súbito recuerdo vino á desvanecer sus dudas. 

— ¡Voto al diablo! esclamó arrancándole la venda: tú 
éres el Cambueta. No te había conocido. 

— Gracias, Sr. Amaro; mas vale tarde que nunca. 

— Díme, continuó éste con visible recelo, ¿alguien mas 
que tú sabe que yo estoy en este departamento? 

— Nadie; os lo aseguro: yo mismo lo ignoraría á no 
haberos reconocido en la sobérbia puñalada con.que despa- 
chásteis á ese maldito brujo en la pulpería á que asisto 
diariamente. ¡Oh! cuando os vi luchar con él os reconocí, 
porque nadie se le atrevía por acá, y era necesario ser tan 
valiente y diestro como vos para osar combatirle frente á 
frente y cuerpo á cuerpo. Al fin pagó las muchas muertes 
que debía ese malévolo . 

— Chirino, no insultes á los muertos, respondió Amaro 
con grave melancolía; ¡ya no existe! .... ¡Dios haya tenido 
piedad de su alma! 

— Francamente, señor; no merece que se le tenga 
compasión.... „* ; 


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CARAMURÚ. 


133 


— Basta. . . . Esplícame el objeto que te obliga á so- 
licitarme. 

— ¿Lo ignoráis? preguntó el vaqueano con una sonrisa 
maligna y burlona que no dejó de desagradar á su interpe- 
lante, el cual ni aun en broma consentía que nadie se le 
riese en sus barbas. * 

— Mira, le dijo, te prevengo que contestes lisa y lla- 
namente á lo que te pregunte, sin interpretar lo que te 
diga ni comentar mis razones. ¿Has oído? 

Pronunció el gaucho estas palabras mirando de arriba 
abajo con ceño y menosprecio al zumbón, recordándole así 
la distancia inmensa que mediaba entre ambos. 

— ¡Eli! .... si tomáis á mal una chanza insignificante, 
repuso el tio Chirino un tanto cortado, me callaré como 
un perro, quiero decir, no hablaré hasta que me inter- 
roguéis. 

— Eso es lo que deseo. 

— Podéis empezar. 

—¿Quién te envía? 

—El Sr. D. Cárlos Niser. 

— ¡Niser! ¡El Sr. D. Cárlos Niser! repitió Amaro con 
amargo acento de tristeza y reconcentrada pena ¿Acaso 
sabe él? ... . 

El gaucho se detuvo acordándose de repente que el 
vaqueano no estaba iniciado en su secreto, y que él iba á 
revelárselo antes de tiempo con sus imprudentes preguntas. 
Conociólo aquel y se apresuró á sacarle de su error, dicién- 
dole con la seguridad é impavidez que acostumbraba en 
casos tales. 

— No os aflijáis; ignora completamente que la señorita 


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134 


CAKAMUliÚ. 


Lia ha sido robada por vos y se halla en el fondo del bos- 
que en vuestro propio rancho. 

— ¿Y tú, cómo lo sabes? preguntó el gaucho sorprendi- 
do por aquella brusca insinuación. 

— Por una casualidad que sería muyv larga de con- 
staros y ahora estamos los dos de prisa .... pero estad 

persuadido que solo el enchalecador y yo hemos podido sor- 
prender vuestro secreto. 

— Pronto se habrá remediado el mal que involuntaria- 
mente la he ocasionado, murmuró el noble cuanto infortu- 
nado amante. Continúa: 

— ¿Qué he de continuar? 

— La narración de lo que te pasó con don Cárlos. 

— ¡Eh! Estuvo á verme hace cuatro dia>s, y á ofrecer- 
me hasta doscientas onzas si se descubría el paradero de su 
hija y le llevaba cuatro renglones escritos pos ella. 

—¿Y qué pretende? 

— ¿Qué se yó? Me dijo que solo anhelaba saber que 
estaba buena y que no corría ningún peligro. ¡Oh, la quie- 
re mucho el buen viejo! Lloraba al hablar de ella, y me 
repitió mas de cien veces que á trueque de saber eso la 
perdonaría su locura y los pesares que le ocasionaba, cor- 
respondiendo tan mal al cariño con que siempre la había 
distinguido. 

— Escucha: nada exigirás al Sr. de Niser por tu tra- 
bajo.... 

El vaqueano tosió, cual si quisiera por este modo indi- 
recto preguntar quién se encargaba de pagarle, pues los 
tiempos no estaban para servir grátis, ó para fiar, que en 




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CARáMURÚ. 


135 


último resultado la mayor parte de las veces viene á ser lo 
mismo. 

-—Yo me encargo de satisfacer esa deuda, continuó el 
gaucho clavando en él su fascinante mirada de águila; yo 
me encargo de pagarte, ¿entiendes? Y si llegó á saber que 
lias recibido un solo centavo del Sr. de Niser, te estaqueo (1) ♦ 
apenas caigas en mis manos. 

— ¡Oh! descuidad, señor; descuidad replicó el tio Caín- 
bueta apresuradamente; la echaré de generoso, y nada, 
nada tomaré. 

— Le dirás que has visto a su hija, que está buena, y 
le llevarás la carta que desea. Por mas súplicas que te ha- 
ga, no le descubrirás nuestra guarida . . . Cambueta, sé 
que éres leal, y sobre todo amante de tu patria; confío que 
no me traicionarás. 

— Moriría primero. 

—Mañana á las doce de la noche acompañarás á D. Cár- 
los á las tápias del cementerio: yo estaré allí aguardándoos. 
Es un paraje solitario y respetado del vulgo. Allí nadie irá 
á interrumpirnos. Le dirás <¡ue un antiguo amigo suyo, 
que te ha ayudado eficazmente en tus investigaciones, 
desea hablarle; pero por Dios que no pronuncien tus lábios 
el nombre maldecido que me han obligado á aceptar los 
intrusos: para él yo no soy Caramurá; soy únicamente 
Amaro. Ahora monta á caballo y ven conmigo. 

El vaqueano retrocedió hácia el naranjo, tomó su 
alazan, y volvió al mismo punto á incorporarse con Amaro, 

(1) Llámase estaquear á un suplicio inventado por lo» indios, y que con 
giste en clavar cuatro, estacas en tierra y atar fuertemente ¿ ellas por los cuatro 
remos con un lazo, de modo que quede suspenso en el aire, ni infeliz condenado 
ásse bárbaro castigo. 

20 


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136 


CABAMURÚ. 


que saltó en ancas y marchó con él en busca de su parejero, 
que había dejado atado bastante lejos del lugar de la cita, 
temiendo ser sentido por los que acompañasen al Cambueta, 
caso que este procediese de mala fé. 

Poco después de anochecer llegaron álos ranchos. Lia 
estaba sentada á la puerta del suyo, pensativa y triste, 
vacilante, dudosa, reluchando á un tiempo con su amor y la 
voz de su conciencia, que le ordenaba exijir de la caballe- 
rosidad de Amaro que la devolviese 4 su familia . . . . 

Su amante mandó que trajesen luz, y entró seguido 
del vaqueano. 

Una pequeñuela, hija de uno de los montoneros, cor- 
rió y trajo una especie de hacha formada con pequeñas 
ramas atadas en un haz é impregnadas del sebo de los 
animales que mataban diariamente. 

Amaro abrió el pequeño escritorio y rogó á Lia que 
escribiese lo siguiente: 

«Querido papá: Estoy buena, y pronto espero abraza- 
ros: creed, por lo que mas améis en la tierra, que todavía 
soy digna de llamarme hija vuestra. Perdonadme.» 

«Lia.» 

El gaucho dobló esta carta, llamó 4 cuatro de sus mon- 
toneros, y ordenándoles que acompañasen al vaqueano 
hasta la salida del bosque, le entregó el billete y le apretó 
la mano, diciéndole con efusión: 

— ¡Hasta mañana á las doce! 


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XII. 


Protector y protegido. 

Era una hermosa noche de verano: brillaba la luna llena 
en el zénit, y el oscuro azul del firmamento, salpicado de 
rutilantes estrellas, semejaba un inmenso pabellón de tisú 
bordado de plata, que algún arcángel hacía tremolar en el 
espacio, envolviendo al mundo con su sombra protectora. 
Noche de amor y poesía iluminada por el melancólico fulgor 
de los astros que se destacaban en el fondo del cerúleo velo 
como chispas refuljentes que iba dejando en su camino el 
carro del Hacedor al cruzar la ancha red del universo. 
Noche de indefinible embeleso, en la que suspiraba el alma 
contemplando al cielo, cual si anhelase romper los grillos 
que la sujetaban á la tierra, y en.álas de la fé y la esperanza 
volar hasta el trono radiante del Altísimo. ... 

Apacible calma, misterioso silencio cubrían la vasta es- 
tension del campo solitario; calma y silencio que al pertur- 
barse le prestaban nuevo hechizo, nueva majestad y encan- 
to. Tal vez una ráfaga perdida pasaba murmurando por 
encima de los bosques y sacudía las gallardas copas de mi- 
llares de árboles, que se iban inclinando unas en pos de 


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138 


CARAMURÚ. 


otras, semejantes á las olas del Océano cuando la brisa las 
empuja suavemente y las derrama sobre la arenosa playa; 
acaso los tristes gemidos del ñacurutú y de otras aves 
nocturnas resonaban de vez en cuando, interrumpidas por 
el espantoso ahullar de los cimarrones (1), que, hambrien- 
tos, vagaban por las fragosidades de la sierra; acaso se 
estremecían los pajonales y ondeaba el césped bajo los ájiles 
piés de los hurones , que buscaban su presa á los trémulos 
rayos de la luna; ó el pesado Anta se revolvía en el fango 
de algún riachuelo, dejando escapar por su pequeña trompa 
un áspero resoplido, indicio del placer que esperimentaba; 
tal vez alguna aleve tribu asomaba por las empinadas lomas 
tendida al viento la larga cabellera, y descendía al llano 
haciendo retemblar el suelo bajo el sonante casco de sus 
veloces potros, inclinada sobre su cuello, para que á la 
distancia la confundiesen con alguna manada de caballos ó 
novillos silvestres; y en fin, quizá un rumor lejano, pare- 
cido al bullente hervor de una gran caldera que reboséra y 
se derramase apagando las llamas que la envolviesen, 
anunciaban que algún rio jigantesco salía de madre y se 
dilataba por los campos vecinos, sin estrépito ni violencia, 
pero imponente, arrollador, incontrastable, como el tiempo 
en el océano de las edades, tragando y vomitando siglos. . . 

El reloj de la parroquia de Paysandú dió doce lúgubres 
campanadas: largo rato hacía que Amaro se paseaba por el 
cementerio aguardando A sus amigos. 

La luna reflejaba sus rayos en las blancas osamentas 
amontonadas en un estremo de la mansión de los muertos; 


(1) Ferros salvaje». 


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CARAMURÚ. 


139 


gemía el crecido césped de las tumbas, y los sauces y 
cipreses se doblaban á intérvalos con doliente murmullo; 
fugitivas exhalaciones cruzaban allí y aquí; se oía clara y 
distintamente dentro de los nichos el ruido de los dientes 
y los chillidos de las alimañas que se nutren con los fríos 
despojos de los cadáveres; el éco repetía en el cóncavo suelo 
las pisadas y voces misteriosas, tristes ayes y quejidos 
parecían salir del seno de la tierra, de las losas de los 
sepulcros, de los árboles, del césped, de las osamentas, y 
hasta de los pajizos y derruidos muros. 

Empero Amaro, á pesar que creía, como todos los 
gauchos, en duendes y aparecidos, paseábase impasible y 
tranquilo de un estremo á otro del osario. Fijaba sus ojos 
en el paraje donde habían enterrado al enchalecador, y se 
sentía capaz de volver á matarle si se levantase de nu^vo 
de su tumba. Nada había en el mundo que le hiciera 
temblar; ni los vivos ni los muertos. Su alma, inaccesible 
al miedo, podía ser aniquilada; pero mientras permaneciese 
en su cuerpo, prestaría aliento á su brazo hasta para luchar 
como Luzbel contra su mismo Hacedor. 

Sacóle de sus meditaciones la aproximacion .de D. 
Cárlos Niser, que venía acompañado del vaqueano. 

Al verlos, saltó por las tápias del cementerio, y salió 
á su encuentro. 

D. Cárlos y su acompañante retrocedieron llenos de 
pusilánimes aprensiones; es indudable que á no estar pre- 
venidos y á no haberles él gritado que era el que aguarda- 
ban, hubieran echado á correr, sin detenerse hasta llegar 
al pueblo. 

Sr. D. Cárlos, dijo Amaro, quitándose el sombrero: mi 


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140 CAKAMURÚ. 

amigo Chirino ya os habrá informado del empeño que ten- 
go en serviros. 

— Sí, y te doy por ello las mas espresivas gracias, 
contestó el abogado trémulo aun, y mirando en torno suyo 
con ojos despavoridos. La repentina aparición del gaucho, 
envuelto en su poncho, por la parte del campo-santo donde 
estaban apilados los huesos y calaveras, le había asustado 
en términos que no le conoció, á pesar de ser la fisonomía 
de Amaro una de aquellas que no es posible confundir con 
otra alguna. 

— Vengo á ayudaros ¿ recobrar vuestra hija, añadió 
éste cubriéndose, persuadido de que ya le habría reconocido. 

— ¡Ah, sí, mi hija, mi querida hija! esclamó don Cár- 
los, recordando de pronto el objeto de la cita que también 
se le había olvidado. Habla, di, ¿qué recompensa quieres? 

— ¡Recompensa! replicó el gaucho con amargura: yo 
no os exijo nada; tengo que pagaros una deuda de honor, 

A estas palabras, Amaro se sacó por segunda vez el 
sombrero, cuyas anchas álas impedian que la luz del astro 
de la noche iluminasen su semblante. 

D. Cárlos, preocupado con otras ideas, le miró, y aun 
que le pareció que aquella cara no le era desconocida, no 
cayó al punto en quién era. 

—¿Me harás el favor de decirme cómo te llamas? le 
preguntó; tengo idea de haberte visto en otra parte. 

— ¿No recordáis, Sr. de Niser, un viaje que hicisteis al 
departamento de Minas? 

— ¿Cuándo? ¿En 1810? 

—No: en 1815. 

— También estuve en esa época. 


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CARAMURÚ. 


141 


— ¿Y no os acordáis, señor, de un jóven de veinte 
años que estaba en capilla y debía ser fusilado al dia si- 
guiente por haber muerto en desafío sin testigos al único 
hijo del mas rico y considerado propietario de aquel de- 
partamento? 

— Sí. ... me acuerdo. . . . pero confusamente. 

— ¿No os acordáis, señor, que á ruego de vuestro pa- 
riente D. Nereo, interpusisteis vuestra poderosa mediación 
con el comandante, á quién estaba confiado el manió de 
aquel pueblo, y partisteis esa misma tarde para el campa- 
mento del general Artigas, volviendo cuatro dias después 
con el perdón que me otorgó, gracias á vos? 

D. Cárlos se acercó al gaucho, le miró con avidéz y 
dando un grito de gozo: 

— ¡Ah, tú éres Amaro! esclamó; ¡gracias, gracias, 
Dios mió! Ahora recobraré á mi hija. 

—No contento con eso, continuó el amante de Lia, que 
necesitaba enumerar uno á uno todos los beneficios que 
debía á su padre, á fin de tener fuerzas para hacerle por 
completo el heróico sacrificio que deseaba; no contento con 
eso, me disteis un cinto de onzas, cartas de recomendación 
para Buenos Aires, y por fin, me salvasteis por segunda 
vez la vida, desbaratando una celada dispuesta por mis 
enemigos para asesinarme al pasar el Uruguay. 

— Es verdad. . . .me interesaba por tí como por un hijo; 
pero tú, tú no has correspondido á mi afecto como debías. 
Ni una vez sola has procurado verme en el espacio de ocho 
años. 

— ¿Habéis necesitado de mí alguna vez? 

— No. Ahora únicamente. 


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142 


CARAMURÚ. 


—Pues ahora estoy aquí. 

—Y tanto confio en tí, que solo al verte he creído que 
volvería á recobrar á mi hija, porque sabiendo tú dónde se 
oculta, por grado ó por fuerza la traerás á mis brazos, aun 
que te costase la vida, ¿no es verdad? 

Al espresarse de esta manera, muy lejos estaba D. 
Cárlos de valorar todo el alcance de sus espresiones; no 
hacía mas que manifestar su ciega confianza en las prome- 
sas del gaucho. Sabía que ellos son esclavos de su palabra, 
que mueren antes de quebrantarla, sin retroceder ante sa- 
crificio alguno, cuando se le exige su cumplimiento. 

— Acaso nunca sepáis, Sr. de Niser, repuso dolorosa- 
mente Amaro, vos, que me acusáis de ingrato, ¡cuán caro 
me cuesta retribuiros vuestros beneficios! 

— No te comprendo, respondió D. Cárlos admirado. 

— Ni es necesario que me comprendáis. .. .decidme: 
¿teneis presente, por ventura, lo que os dije el dia que re- 
cibí mi perdón? 

— Me jurasteis que en cualquiera situación, y en cual- 
quiera parte donde te hallases, acudirías á mí en cuanto yo 
te lo indicase, y fuese cual fuese el favor que te pidiéra, lo 
ejecutarías en el acto sin vacilar. 

— Héme aquí por lo tanto esperando vuestras órdenes. 

— Quiero ver á mi hija, si es posible recobrarla. 

— Pasado mañana. Dios mediante, la tendréis en vues- 
tra casa. 

— ¿A qué hora? 

— Después de las carreras. 

— ¡Ah, por la Virgen, no me engáñe», Amaro, repitió 
el anciano con recelosa alegría; no me hagas consentir en 


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CARAMURÚ. 


143 


tamaña ventura, que lueg'o debe hacer mas amarga la 

i 

triste realidad. 

— Os repito que pasado mañana, suceda lo que suceda, 
cueste lo que cueste, abrazareis á vuestra hija. 

El tono avasallador del gefe de los montoneros no de- 
jaba lugar á dudas. D. Gárlos cedió á la influencia que 
dominaba á los demas. Inútií era reflexionar: Amaro 
subyugaba por la fuerza del sentimiento. Convencía sin 
amenazar. Su porte, su ademan, su acento hablaban con 
mas elocuencia que sus palabras. 

— Si acaso yo mismo no os la entrego, prosiguió, salid 
de Paysandú, y muy cerca de sus trincheras encontrarais 
mi cadáver sangriento 

—¿Qué dices? ¡Esplícame ese misterio! . . . esclamó 
D. Cárlos azorado. 

— ¡Nada me preguntéis; nada! porque nada puedo 

deciros, respondió el gaucho con voz solemne, lenta y re- 
signada; ¡cúmplase la voluntad de Dios! 

Grande era la curiosidad y el ánsia dél amoroso padre; 
pero convencido como estaba de que por mas instancias que 
hiciera al gaucho no le arrancaría una sola palabra, habien- 
do manifestado que nada diría, guardó silencio, y se dispuso 
á marchar. 

—Hemos concluido, dijo; adiós, Amaro; descanso 
en tí. 

— Dos palabras, señor, si gustáis, replicó este dete- 
niéndole del brazo. 

— Di lo que quieras. 

— No puedo ni está en mi mano poneros ninguna con- 
dición; pero debo preveniros que el motivo de haber aban- 


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144 


CAllAMURÚ. 


donado vuestra hija la Estáncia de su tia, no es otro que el 
estar comprometida con un hombre á quien no ama. 

— ¡Dios del cielo! repitió D. Cárlos: ¿y cómo ahora me 
libro del compromiso que tengo con el conde? 

—¿El conde? preguntó Amaro con acento amenazador, 
es conde, ¿eh? 

— Sí, conde de Itapeby. 

— El gaucho se llevó las dos manos cerradas á las sie- 
nes, cual si quisiese detener la esplosion de su ira. En se- 
guida se volvió al anciano, que le contemplaba absorto, y 
añadió, poseído de un vértigo infernal: 

$ —No puedo devolveros á Lia si no me juráis que no 
violentareis su voluntad. 

Un relámpago iluminó á D. Cárlos: las tinieblas que 
envolvían su mente se disiparon; vió la verdad tal como 
era; adivinó que su hija estaba en poder de aquel hombre, 
y que él la amaba y era amado de ella. 

—¡Desgraciado! esclamó: tú la has seducido; tú éres 
su raptor; tú has abusado de su inesperiencia y de sus pocos 
años. ¡Infame! 

El indómito gaucho, al oirse apostrofar tan duramente, 
por un movimiento involuntario llevó la mano al puño de 
su daga; pero con la misma rapidez se detuvo, hincó una 
rodilla, tomó el puñal por la punta y se lo presentó á D. 
Cárlos, dicíéndole: 

— ¡Sí, yo os he robado vuestra hija; soy un miserable; 
lavad con mi sangre vuestra afrenta! 

— ¡Tan niña y perdida para siempre! repetía el ancia- 
no, llorando y escondiendo la cabeza entre sus manos. 

— ¡Oh, no la ultrajéis; está inocente y pura como los 


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CARAMUllÚ. 


145 


ángeles! Si se halla en mi poder, es contra su voluntad. 

Entonces Amaro se puso en pié, y en breves palabras, 
llenas de elocuencia y pasión, le contó la historia de sus 
malhadados amores. El abogado le escuchó en silencio, y 
antes que acabase su narración, ya estaba convencido de la 
inocencia de Lia. 

— Sin embargo, murmuró, su reputación está grave- 
mente comprometida. Si al menos pudieses casarte con 
ella 

— ¡Ese es todo mi anhelo, mi única ambición, mi mas 
dulce ensueño de felicidad! contestó el gaucho, radiante el 
rostro de placer. 

D. Cárlos le miró frente á frente, y con una amarga 
sonrisa de desprecio, le dijo con altanería: 

—¿Y quién éres tú para enlazarte con mi familia? 

— Ignoro quiénes son mis padres, y nada tengo, repli- 
co Amaro humildemente; pero siento en mí algo que me 
anuncia que mi estirpe es tan clara como la vuestra. 

— Pues bien, continuó el buen viejo, enternecido y 
cediendo sin advertirlo á la mágia que ejercía el caudillo 
patriota sobre cuantos le rodeaban; tú éres jóven y valiente, 
procura averiguar quiénes son tus padres, ó conquistar con 
tu esfuerzo una posición social, adquirir un nombre que 
valga tanto como el que la suerte te niega, y Lia será tuya. 

— ¡De veras! ¡No me engañareis! esclamó Amaro, 
anhelante, inmóvil, suspenso de la respuesta que aguar- 
daba. 

— ¡Sí; te lo juro por mi honor, por la salvación de mi 
patria, lo que mas amo en la tierra después de Lia! 

— Entonces, D. Cárlos el gaucho se detuvo dudan- 


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146 


CARAMUJüÚ. 


do si debía ó no descubrirle aun su segundo nombre: el 
nombre glorioso, sinónimo de heroismo y lealtad, que todos 
los orientales fieles á su patria pronunciaban con respeto y 
admiración. 

— ¿Entonces, qué? preguntó Niser con ansiedad. 

El aire distinguido del gaucho, su manera de espresarse, 
el misterio que le envolvía; habían herido fuertemente su 
imaginación. Una vaga sospecha de quién podía ser cru- 
zaba al mismo tiempo por su frente. 

— Entonces, dadme la mano. . . . contestó aquel porque 
soy.... 

—¿Quién? 

— ¡Caramurú! 

— ¡Abrázame, hijo mió! gritó el anciano, estrechándole 
contra su pecho; sí, tú mereces llamarte hijo mió ; era im- 
posible que mi Lia se hubiese enamorado de un hombre 
vulgar. 

Largas esplicaciones se sucedieron, y de ellas resultó 
que D. Cárlos se convino, no en negar su consentimiento á 
la boda, porque entonces se espondría á la venganza de D. 
Alvaro, sino en dilatarla, y solo en el último trance oponer- 
se abiertamente, hasta que, arrojados los intrusos del pátrio 
suelo, pudiese obrar con toda libertad, sin miedo de que le 
calificasen de anarqmsta, conspirador , y le confiscasen sus 
cuantiosos bienes. 

Conformes en este punto, Amaro entabló otra animada 
discusión con el vaqueano, mudo espectador de las anterio- 
res escenas; y muy importante debía ser el asunto, cuando 
la luz del nuevo dia vino á anunciarles que ya era hora de 
retirarse 


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CABAMURÚ. 


147 


D. Cárlos y su futuro yerno tornaron a abrazarse de 
nuevo; y como el primero se lamentase del mal éxito que 
podía tener la empresa de que habían hablado antes, el gefe 
de los montoneros le contestó con su habitual indiferencia * 

— No tengáis recelo alguno, amigo mió; la fortuna 
ayuda á los audaces. ¿No es verdad, Chirino? 

— Señor, repuso el Cambueta: con vuestra gente, y 
los aliados que yo me encargo de proporcionaros, no digo 
con mil portugueses, ¡con mil demonios somos capaces de 
pelear! 

— ¡Dios proteja la buena causa! dijo el anciano alzan- 
do los ojos al cielo. 

— ¡O muerte, ó libertad! repitió Amaro: y cada uno 
de los tres personajes, pensativo y meditabundo, se enca- 
minó por distinto sendero; el abogado á la ciudad, el va- 
queano á recorrer el departamento, y Caramurú al fondo 
de la selva á informar á sus valientes de que había llegado 
el momento solemne de vencer ó morir . 


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lias carreras. 


A pocas leguas de Paysandú se estiende una dilatada 
planicie, desnuda de árboles, pero tapizada de menuda yer- 
ba, la cual termina al Occidente por un dilatado barranco, 
en cuyas profundidades corre el Uruguay encajonado, y si- 
guiendo las ondulaciones del terreno, ora se precipita en 
violentos remolinos azotándose contra sus bordes, ora con- 
tinúa su marcha apacible, cual pintado iguana que se desli- 
za perezosamente á la caída del crepúsculo, sobre la arena 
humedecida con el reflujo de las olas; ó bien levanta su 
verdinegra espalda cubierta de hervorosa espuma, y bulle y 
salta, se revuelve y ondea, se esconde y reaparece, como 
un inmenso cetáceo que hiende los mares llevando clavado 
el harpon, que cuanto mas pugna por lanzar de sí mas se 
hunde en sus entrañas, y al fin arroja su masa inerte y en- 
sangrentada sobre los flancos del atrevido bajel que vuela 
en pos de ella, ensordeciendo el espacio con sus cánticos de 
victoria. 

Desde las doce de la mañana, inmensa muchedumbre 
afluía de todas partes, atraida por las famosas carreras quo 


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150 


CARAMüRÚ. 


debían verificarse allí á las cuatro de la tarde. Los dos 
propietarios mas ricos y considerados de la provincia, entre 
quiénes existía una antigua rivalidad, habían señalado 
aquel dia para correr sus corceles. La crecida suma que se 
atravesaba, el nombre de los dueños de los caballos, la mul- 
titud de personas que tomaba parte á favor de cada uno, las 
apuestas parciales, la circunstancia de ignorarse aun cuál 
era el parejero que el señor de Abreu pensaba oponer al 
renombrado 'Atahualpa, vencedor en todos los años anterio- 
res, y sobre todo, ciertos misteriosos rumores que circula- 
ban relativos á una conspiración tramada por los patriotas, 
habían dado á las presentes carreras una celebridad inaudi- 
ta, una celebridad americana, ya que no europea. 

Desde los mas remotos confines de la Banda Oriental, 
lo mismo que de las provincias del Brasil y de la república 
argentina, fronterizas á las nuestras, los gauchos, los estan- 
cieros (1), y hasta indolentes habitantes de las ciudades, 
aficionados en estremo á esta clase de diversiones, habían 
acudido en tropel á malgastar allí alegremente, como es 
costumbre en América, siempre que hay ocasión, su tiempo 
y su dinero. 

Ademas de los doscientos mil patacones de los dos 
capitalistas, se calculaban á esa hora en un millón de pesos 
fuertes las apuestas de los particulares. 

Magnífico era el golpe de vista que ofrecía la estensa 
llanura,’ cuajada de gentes de todas edades, sexos y condi- 
ciones. Cuadro encantador que, trasladado al lienzo, mien- 
tras lo iluminaba los tibios resplandores del sol de la tarde. 


TIJ Propietarios de la Campaña. 


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CARAMURÚ. 


151 


reflejaría una de las faces mas bellas y poéticas de la vida 
de nuestros campos. Variados y caprichosos trajes, 'indó- 
mitos bridones, adornados con régia esplendidéz ó con sal- 
vaje pompa .... 

Los ricos chamales de seda, los graciosos sombreros de 
jipi-japa , salpicados de raras y preciosas flores, cuyo her- 
moso colorido no igualaba a su fragancia; las lujosas vestas 
de grana y terciopelo; los bordados ponchos con flamante 
botonadura de filigrana, que descendía en triples hileras 
desde la garganta al pecho; los puñales, incrustados de 
brillante pedrería, se confundían con el grosero lienzo, con 
la raída bayeta, con las remendadas chupas, con los abolla- 
dos sombreros y grasicntos cuchillos de los peones y gauchos 
pobres. Los briosos corceles, ostentando con marcial or- 
gullo las argentadas estrellas y cadenillas, que, eslabonadas 
y pendientes en el centro de un sol de oro, esmaltado de 
rubíes, envolvían su cabeza como una red de nácar, y 
sujetaban el freno y las riendas, también de plata, hacían 
resaltar mas el humilde arreo de los que por toda gala 
llevaban el lazo arrollado sobre la grupa de su caballo, y la 
frente y los encuentros de éste ceñidos por una banda de 
lucientes plumas 

Crecía la muchedumbre por instantes; do quier que se 
volviesen los ojos la veían agolparse en distintas direcciones, 
unida y compacta como un mar de centauros. La tierra 
desaparecía bajo sus huellas, y el murmullo, las voces, los 
gritos, las carcajadas, de los ginetes, el movimiento, el 
galope y los relinchos de los cabalaos, formaban un ruido 
sordo y prolongado, que, vibrando á la distancia, imitaba el 
confuso rumor que precede á la erupción de los volcanes. 


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152 


CARAMÜRÚ. 


k 

Eran ya las tres y media. 

Lejano redoble de tambores, agudo son de clarines y 
cornetas, vinieron á distraer por un momento la impacien- 
cia de los circunstantes. 

Mil hombres de las tres armas avanzaron divididos en 
columnas de á cien, y se situaron á lo largo de la llanura en 
las posiciones mas ventajosas. 

Aquella tropa era toda la que había en el departamen- 
to, y el comandante general, temiendo la intentona de que 
hemos hablado antes, había dispuesto que se reuniese allí 
antes de empezar las carreras, con el objeto de intimidar á 
los revolucionarios, ó castigar su audacia si se atrevían á 
/levantar el estandarte de la rebelión. 

A poco aparecieron Suarez y Abreu; pero solo el pri- 
mero traía su caballo; el segundo, con una agitación que 
en vano procuraba ocultar, sacaba continuamente el reloj 
maldiciendo interiormente su mala estrella, y figurándose 
que el gaucho le jugaba una pesada burla. Sus amigos, 
pensativos y cabizbajos, le seguían, preguntándole á cada 
paso si vendría ó no. Faltaban dos minutos para las cua- 
tro, y Amaro no parecía. 

Su rival se frotaba las manos de gozo, arrojándole 
sarcásticas miradas que se clavaban como punzantes flechas 
en el corazón de Abreu. 

Ya se disponía este á dar órden que ensillasen el corcel 
que montaba, que era el mismo con el que pensó primero 
sostener el desafío, cuando lejana vocería, estrepitosos bra- 
vos y palmadas le hicieron volver la cabeza, y divisó á 
Amaro que se encaminaba hácia él, seguido de la muche- 
dumbre, la cual, viéndole venir en pelo, echado el sombrero 


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CARAMURÚ. 


153 


sobre la frente, y cubierto el rostro, á escepcion de los ojos, 
con un pañuelo de seda, adivinó que era el corredor, el úni- 
co á quién aguardaban para empezar las carreras. 

Los gauchos se agolpaban en torno suyo, y mil escla- 
maciones volaban de boca en boca ponderando la bella 
planta del corcel que montaba; los circunstantes se desha- 
cían en elogios, y los competidores de Abreu le miraban 
acercarse llenos de desconfianza y sobresalto. 

La gallarda presencia de Dayman y su color panga- 
ré (1), muy estimado y acaso el primero, en opinión de 
los inteligentes, hacían formar de él, al primer golpe de 
vista, la idea mas ventajosa. Luego su pequeña cabeza, su 
cuello largo y enarcado, sus delgadas piernas, sus anchos 
encuentros, su escaso vientre, su descarnada grupa, el 
fuego que brillaba en sus ojos inteligentes, que al galopar 
se revolvían chispeando en sus grandes órbitas como dos 
esferas de hierro candente, pretendiendo dejar atrás á su 
propia sombra, calidad característica de los buenos pareje- 
ros, su poblada cola, la manera como erguía las orejas mo- 
viéndolas en dirección opuesta, la arrogancia con que 
apoyaba el casco en la tierra, tascaba el freno y sucudía sus 
ondeantes crines, que casi barrían el suelo, su impetuosidad 
y empeño en adelantarse á los demas todo, todo indica- 

ba que aquel caballo, dotado de una estraordinaria ligereza, 
había sido adiestrado á la carrera en el desierto, sin haber 
encontrado todavía quién le venciera y humillara su altivéz. 

-Podemos empezar, si os place, Sr. Suarez, dijo el 
comerciante con una satisfacción que contrastaba con su 
anterior despecho y mal humor. 

[1J Blunca la mitad de cara, y el resto del cuerpo colorado. 


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154 


CARAMURÚ. 


—Cuando gustéis, Sr. de Abreu, contestó aquel con 
frialdad. 

— Cancha (1), ccmcha, señores, gritaron los jueces nom- 
brados para presidir las carreras y dirimir cualquier disputa 
que pudiera tener lugar. 

Los espectadores, al oír la frase sacramental con que 
generalmente empiezan estas diversiones, se abrieron á 
derecha é izquierda, repitiendo: / Cancha , cancha! palabra 
que, pronunciada por mil voces distintas, producía en la 
apiñada muchedumbre el mismo efecto que la férrea quilla 
de un bergantín, que vuela dividiendo las movibles aguas 
del mar, acariciado por las brisas nocturnas. 

En menos de diez minutos se formó una larga calle de 
cincuenta varas de ancho y una legua de largo. Los jueces 
hicieron cuatro rayas en el suelo con intérvalos de cien 
pasos entre cada una: los corredores de Atahualpay Daiman 
se colocaron en la primera, y á una señal suya comenzaron 
los barcos , que consisten en lo que vamos á referir. 

Primero marcharon ambos ginetes paso á paso hasta la 
segunda raya, y volvieron atrás; luego al trote hasta la ter- 
cera, y retrocedieron igualmente; después al galope hasta la 
cuarta, tornando á colocarse á la primera, procurando siem- 
pre cada uno detener el ímpetu de su caballo, á fin de inspi- 
rar confianza ó su adversario. 

Enseguida galoparon cuatró ó cinco veces desde la 
primera hasta la segunda, tercera y cuarta línea sucesiva- 
mente, y cuando los que presidían la carrera, viendo que 
pisaban juntos la última raya, gritaron ¡ahora! respondieron 


[ 1J Dejad libre el paso: despejad. 


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CARAMURÚ. 


155 


los jinetes ¡ahora! y se lanzaron á toda brida seguidos de los 
jueces y de la multitud, que se replegaba tras ellos á medi- 
da que pasaban por delante de ella devorando el espacio, 
cual fugitivos planetas atraídos por el sol en medio del vacío. 

Largo trecho galoparon juntos, y la victoria se mantu- 
vo indecisa. Los dos parejeros eran escelentes, y se temía, 
no sin razón, que á un tiempo pisasen la meta. 

Inclinados ambos jinetes sobre su cuello, anhelantes les 
palmoteaban frenéticos y les hablaban con voz que domi- 
naba el tumulto ocasionado por el tropel inmenso que los 
seguía, sin hacer uso del látigo que reservaban para el 
último trance. 

Daiman y Atahualpa, bañados en sudor, arrojando 
por sus abiertas narices una columna de humo, y mirándose 
con ira, redoblaban su esfuerzo á cada palabra de sus amos, 
cuyas largas cabelleras, confundiéndose con sus crines, 
ondeaban como serpientes amenazadoras que se enroscaban 
silvando sobre sus cabezas. 

Por una ilusión óptica muy fácil de comprender en la 
rapidez de su carrera, en medio del torbellino de polvo y la 
nube vaporosa que los envolvía, los rayos del sol quebrán- 
dose y repercutiéndose velozmente, les prestaban á cada 
momento nueva forma y colorido. La imaginación, asal- 
tada de un vértigo fantástico, ora creía verá la distancia 
dos fenómenos luminosos, dos de esas sombras colosales que 
al caer la tarde suele divisar con espanto el viajero que 
ignora su casa, en las cimas de la alta cordillera: ya dos 
enormes moles de granito bajando por el rápido declive de 
una montaña al fondo de un valle; tan pronto dos jigan- 
tescos cóndores, batiendo sus anchas alas y cerniendo su 


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156 


CARAMURÚ. 


raudo vuelo al confin de la llanura, como dos toros salvajes 
que salen del bosque con atronador mugido llevando enci- 
ma dos tigres feroces, cuyas aceradas uñas les desgarraban 
la piel, clavada la boca en su cuello hecho trizas por sus 
afilados dientes.... 

No faltaban ya mas que seis cuadras para llegar á la 
meta; la ansiedad y la espectacion iban en aumento. Un 
silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el pausado 
galopar de los caballos, se sucede á la animada conversa- 
ción de los circunstantes. Nadie habla, nadie pregunta 
nada, nadie levanta la voz ofreciendo juego: todos miran, 
todos suspensos y ansiosos, como si se tratase del mas grave 
é importante asunto, aguardan, latiéndoles el corazón, á 
que se decida el triunfo. 

De repente Daiman pasa á su contrario, y un grito, 
semejante al estampido de un trueno, retumba de un estre" 
mo a otro; Atahualpa, furioso, le alcanza y le pasa á su 
vez: habla el gaucho á su corcel, y este le deja de nuevo 
atras; torna Atahualpa á alcanzarle, y torna Daiman á ade- 
lantársele. El corredor del primero apela entonces al últi- 
mo recurso; se incorpora, sus talones espolean los flancos 
del vencido, revuelve el brazo á un lado y á otro cruzándole 
con el látigo las ancas y el vientre. El noble corcel, indig- 
nado, levanta la cabeza, tiembla de coraje, da un bufido, 
y, por vez postrera, alcanza á su rival. 

Amaro imita el ejenplo de su competidor, y cierra 
piernas á su caballo sin castigarle. % 

Daiman al sentirse aguijoneado eriza la crin, irgue las 
orejas, tiende el cuello, alza la frente arrojando llamas por 
los ojos, la inclina hiriéndose los encuentros con la barbada 


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CAUAMUHÚ. 


157 


del freno, y mas veloz que una bala al escaparse del tubo 
inflamado que la contiene, hiende los aires, porque sus piés 
no tocan la tierra. 

Atáhualpa hace un último esfuerzo, se agita, alarga 
sus crispados miembros, aspira el aire con ardientes reso- 
plidos, sigue con la vista empapada en lágrimas las huellas 
de su vencedor; pero ¡hay! ¡en vano! ... .en eb mismo mo- 
mento que este pisa la meta triunfante, cae recentado él á 
cincuenta pasos, arrojando un rio de sangre por la boca y 
las ventanas de la nariz. 

Un coro de aplausos y vivas atruena la llanura; Dai- 
man, victorioso, es aclamado hasta por sus mismos enemi- 
gos, y Amaro, olvidándose en medio de la embriaguez del 
triunfo de que aun no era tiempo de descubrirse, pues fal- 
taba mas de una hora para anochecer, momento convenido 
para dar el golpe cuando empezasen las tropas á desfilar; 
cediendo á la costumbre, se sacó el sombrero y el pañuelo 
que le ocultaba el rostro para saludar á la multitud. 

Quiso su mala estrella que entre los espectadores mas 
inmediatos hubiesen varios brasileros del departamento de 
Tacuarembó, que le conocían muy bien por haber sido pri- 
sioneros suyos, los cuales apenas le vieron comenzaron á 
gritar, huyendo como si hubiesen visto al diablo; 

— ¡Caramurú! ¡Caramurúl 

Un escuadrón de tiradores de caballería se adelantó al 
paraje de donde salían aquellos gritos alarmantes. 

Amaro hizo una señal para que permaneciesen quietos 
á algunos gauchos que se hallaban á su lado iniciados en la 
rebelión por el Cambueta , volvió tranquilamente su caballo, 
y enderezó el rumbo hácia el barranco, en cuyas profundi- 


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158 


CAUAMURÚ. 


dades corría el Uruguay, único paraje que, defendido por 
la propia naturaleza, no estaba guardado por las tropas 
enemigas. 

Los tiradores corrieron tras él, y su gefe le gritó que 
se detuviese, si no quería que le mandase hacer fuego. 

El gaucho, con aquella sonrisa irónica que tan bien 
cuadraba á su fisonomía varonil, volvió la cabeza sin dete- 
nerse, y se golpeó la boca, manifestándole así el caso que 
hacía de sus amenazas. 

El gefe mandó hacer fuego: doscientos tiradores, en 
pelotones de á cincuenta descargaron sus tercerolas contra 
el fugitivo por dos veces á menos de cuarenta pasos. 

El, siempre á escape, cada vez que oia gritar ¡fuego! 
daba una vuelta por debajo de la barriga del caballo, con 
la destreza admirable de los indios Guaycurús, de quienes 
liabia aprendido esta evolución, y tan pronto como escu- 
chaba silbar las balas se incorporaba en su potro y conti- 
nuaba impávido en su carrera. 

Los brasileros y los espectadores juzgaban que aquella 
resistencia era un solo capricho del célebre guerrillero, que 
prefería morir á rendirse. Suponían que viéndose obligado 
á costear el barranco, é imposibilitado de traspasar el cor- 
don de soldados que guarnecía la llanura, al fin, de un mo- 
do ú otro, muerto ó vivo, caería en sus manos. 

Pero con gran sorpresa suya, con espanto y asombro 
de todos, amigos y enemigos. Amaro al llegar cerca del 
barranco, sonriéndose, hechó el halda del poncho sobre los 
ojos de Daiman, le cerró piernas y se precipitó con él al rio 
desde una altura de cuarenta piés. 

Cuando llegaron los tiradores y la curiosa muchedum- 


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CAltAMüRli. 


159 


bre, creyendo encontrar solo un cadáver flotando sobre las 
aguas, el indómito gaucho, prendido con una mano de las 
crines de su parejero, y nadando con la otra, llevado por la 
corriente, próximo á tocar la orilla opuesta, se golpeaba 
otra vez ?a boca, gritando á los brasileros por despedida: 

— ¡Ya nos veremos las caras! 

Semejante rasgo de audacia dejó á todos inmóviles y 
petrificados, y cuando los soldados, á la voz del gete, volvían 
á cargar sus tercerolas, ya él salvaba la márgen del rio y 
galopaba hácia la selva, de donde salían á galope sus audaces 
montoneros, alarmados por las descargas y pensando que 
por alguna fatal casualidad se había empezado la lucha antes 
de la hora convenida. 


23 


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XIV. 


La montonera. 

La pequeña hueste de Amaro reunida ya á su jefe, equi- 
pada y provista de armas en aquellos dias, avanzaba lenta- 
mente en órden de batalla, silenciosa, imponente, resuelta 
como los trescientos compañeros de Leónidas, á morir pe- 
leando. El sol, próximo á hundirse en el ocaso, hacía brillar 
la desnuda hoja de sus corvos sables y la fulmínea punta de 
sus lanzas con siniestros resplandores. 

La confianza y decisión con que marchaban á una muer- 
te, al parecer inevitable, despertaba en sus enemigos un 
sentimiento muy parecido al miedo, hijo tal vez de la admira- 
ción que les infundía á su pesar, aquel arrojo sobrehumano. 

El nombre de Caramurú, sin embargo, bastaba para 
esparcir el terror en sus filas, como el caballo del Cid para 
poner en vergonzosa fuga á los infieles. 

La multitud, previendo lo que iba á suceder, se había 
dispersado mas rápida que una bandada de palomas á la 
aproximación de un milano. < 

Entre los fugitivos iban D. Cárlos y D. Nereo: el conde, 
arrastrado al principio por las oleadas de los que huían, 


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CARAMUMl. 


102 

valiente y pundonoroso militar, apenas se vió libre volvió 
al campo, sin querer oír los ruegos de su hermano y de su 
futuro suegro, que le suplicaban se viniese con ellos á la 
ciudad, puesto que estaba desarmado; y no tenía responsa- 
bilidad ni mando en las tropas reunidas allí, las que, por 
otra parte, siendo muy superiores en número, y la mayor 
parte veteranas, no podrían menos de arrollar á los insur- 
gentes. 

— Os engañáis, respondió él meneando la cabeza, Ca- 
ramurú está á su frente; ese bandido, ese demonio acostum- 
brado á batir mil soldados nuestros con cien montoneros 
suyos. Y ademas, ¿eréis que solo con ellos tendremos que 
pelear?.. ¡Mirad! por la parte opuesta, detenidos en el 
confin de la llanura, cerca de mil rebeldes se disponen á 
secundarlos. La cosa es mas séria de lo que pensáis, 
amigos mios. Mi deber me llama allí; adiós. 

Y espoleó y soltó la brida á su caballo, perdiéndose 
muy pronto de vista. 

Sobrábale razón á I). Alvaro: ochocientos gauchos, 
peones y esclavos, divididos en cuatro grup s, aguardaban 
la señal de acometer. Unos sacaban los trabucos y sables 
que llevaban ocultos, los primeros bajo el poncho, y los 
segundos bajo las caronas (1), otros esgrimían sus largos 
facones (2), y el mayor número blandía sus formidables bolas 
y doblaba el lazo , haciendo silbar por encima de su cabeza 
la pesada argolla de hierro que sirve de contrapeso para 
lanzarle hasta á cincuenta varas de distancia. Todo anun- 


{ I] Mandiles de cuero que se ponen bajo el recada, montura especial que 
usa la gente de campo. 


(2) Cuchillos de tres cuartas de largo. 


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CAHAMUKÚ. 


163 


ciaba que la lucha iba A ser encarnizada, y que los brasile- 
ros, en caso de vencer, comprarían muy cara su victoria. 

El comandante general, Confiado en sus mil soldados 
y en la ventaja de su artillería é infantería, resolvió espe- 
rarlos á pié firme, y dispuso que se replegasen sus batallo- 
nes y dejasen aproximarse á los rebeldes á tiro de. cañón. 
El apóstata oriental, el traidor D. Ricardo Floridan ignora- 
ba con quién se las había, y juzgaba tan seguro el triunfo, 
que solo temía que sus contrarios no se atreviesen á atacar- 
le. Quería que no se le escapase ni uno solo. 

— ¡Viva la patria! gritó Amaro volviéndose á los su- 
yos:— ¡Viva la patria! gritaron estos; — ¡Patria y libertad! 
contestaron á su frente sus amigos, y en el mismo instante, 
los montoneros y sus aliados, se lanzaron á toda brida sobre 
las huestes brasileras. 

Una detonación espantosa ensordeció la llanura: cuatro 
cánones preñados de metralla y quinientos fusiles estallaron 
á la vez, esparciendo la muerte y la desolación entre las filas 
de los patriotas. 

Terrible fué aquel momento; una tercera parte de los 
valientes mordió el polvo: una nube de negro humo los 
envolvió, como un ancho sudario el inmenso cadáver de un 
jigante, y un coro desgarrador de ayes, lamentos é impre- 
caciones resonó tristemente como el himno fúnebre que 
anunciára su derrota. 

¡Viva la patria! tornó Amaro á repetir sin detenerse, 
con voz tremenda, que dominaba el fragor de los cañones 
y los lamentos de los moribundos: — ¡Viva la patria! contes- 
taron sus esforzados compañeros, siguiendo sus huellas: — 
i Patria y libertad! volvieron á gritar sus aliados, ya encima 


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164 


caramurú. 


de los invasores; y unos y otros cayeron simultáneamente 
sobre las cuadros enemigos, rompiendo la tripe muralla de 
bayonetas que les cerraba el paso. 

Entonees se trabó un desesperado combate á arma 
blanca, en el que cada patriota tenía que pelear contra diez 
realistas, y en el que, á pesar de su valentía, era de temer 
que al fin cediesen agobiados por el número. 

Los portugueses huían, es verdad; pero á su retaguar- 
dia otros batallones venían en su apoyo, y mientras los 
rebeldes se volvían y los desbarataban, los fugitivos se reha- 
cían y los esperaban de nuevo con las armas preparadas. 
La única ventaja que llevaban los orientales era que la 
caballería enemiga, como de costumbre, había huido cobar- 
demente á los primeros choques, y abandonada la infantería, 
rota y dispersa varias veces, vagaba aquí y allí, sin poder 
reunirse en una sola columna, como sus gefes anhelaban. 
La rapidez y arrojo de los montoneros, el espanto que in- 
fundía Amaro apenas se aproximaba, hacía abortar sus 
mejores maniobras é inutilizaban toda su estratégia y sus 
esfuerzos. 

Cabalgaba el intrépido gaucho sobre un arrogante po- 
tro, negro como las negras sombras que envolvían el caos 
antes que Dios separase la luz de las tinieblas, veloz como 
el pampero cuando el invierno desata sus álas, y blandía en 
su mano una poderosa lanza, cabo de ébano, que remata- 
ba en dos medias lunas. Se había sacado el poncho, empa- 
pado en agua al precipitarse en el rio : tenía descubierta la 
cabeza; el sombrero flotaba sobre sus robustas espaldas, su- 
jeto á la garganta por el barbijo (1); descendía, hasta besar 

(1] Cordon ó cinta de seda. 


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CARAMUIUl. 


165 


los hombros, su cabellera húmeda, destrenzada en lácias 
guedejas; el entusiasmo bélico, la sed de venganza, el estri- 
dor de los sables, la vista de la sangre, el ambiente de la 
pólvora contraían sus lábios, coloreaban sus mejillas, cris- 
paban sus músculos, erizaban sus bigotes, y comunicaban 
á sus negras pupilas no sé qué eléctricas vibraciones, qué 
efluvios de luz, que producían en la muchedumbre el efecto 
de los magnetizadores en las personas sujetas á su influen- 
cia. Parecían dos soles rojizos, que giraban como estrellas 
artificiales, despidiendo un millar de chispas centelleantes. 

Así, ceñido de una aureola de fuego, mas terrible que 
el apóstol Santiago combatiendo contra los musulmanes, 
revolvíase sobre el caballo, llevando la muerte donde fijaba 
sus ojos; la muerte, sí, porque el rayo de su mirada no. era 
mas ligero que la punta de su lanza. El pensamiento y la 
acción se sucedían en él con tal velocidad, que era imposible 
distinguir si el primero engendraba á la segunda, ó si este 
era engendrado por aquella. 

Empero ya el sol había desaparecido, y muy pronto el 
crepúsculo iba á estender su gasa de sombras por el Oc- 
cidente. Era preciso, pues, antes que llegase la noche ar- 
rollar á todo trance á los que se conservaban en el campo 
para que se declarase una derrota general en el pequeño 
ejército enemigo, Amaro habia jurado clavar esa noche el 
estandarte azul y blanco en las trincheras de Paysandú, y 
cubierto de gloria devolver á Lia á su padre, ó perecer en la 
demanda. Su suerte estaba echada vencer ó morir. 

Detuvo su corcel un momento; paseó la vista por la lla- 
nura para cerciorarse del estado en que se encontraban tan- 
to los suyos como los enemigos, indagó si les venían refuer- 


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166 


CAHAMURÚ. 


zos de alguna parte, y cuando ya se preparaba á volver 
sobre ellos, notó por casualidad en el horizonte lejano, 
encima de una montana, un bulto blanco, la forma vaga y 
misteriosa de una mujer, Miróla, sintiendo acrecer su es- 
fuerzo al contemplarla, su anhelo de triunfar ó sucumbir. 

¡Ah! la voz secreta de su corazón, que nunca le enga- 
ñaba, le decía que aquella mujer era Lia; Lia, que habia 
salido del bosque contraviniendo sus órdenes, y después de 
haber rogado á sus guardianes que le acompañasen hasta la 
cumbre del monte, tales cosas le3 dijo que les obligó á aver- 
gonzarse de su inacción y á volar en apoyo de sus compa. 
ñeros, esponiéndose al enojo y acaso á la venganza de su 
gefe. 

Su amante la había dejado custodiada por diez hom- 
bres, los cuales debían, si la suerte le era adversa, acompa- 
ñarle al otro dia hasta cerca de Paysandú, y entregarla al 
vaquvano para que la pusiese en manos de su padre; pero 
ella, á las primeras descargas, con un valor admirable en 
sus pocos años y en su sexo, mandó á los gauchos que la 
llevasen á alguna de las montañas inmediatas que domina- 
ban la llanura, y estos, que solo tenían órden de no separar- 
se de ella, pero no de oponerse á su voluntad, obedecieron. 

Llegaron á la cumbre en los momentos en que, recha- 
zados los auxiliares de Amaro, huían en desórden ante un 
batallón realista capitaneado por el conde, los únicos que 
sostenian dignamente el honor de las armas brasilera». 

— ¡Ay! Huyen los nuestros, dijo Lia acongojada, al- 
zando las manos al cielo: ¡todo se ha perdido! 

— Todavía no; ¡ya se reharán! contestó uno de los que 
la acompañaban con la sombría calma peculiar de los gau- 


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JAic Jluteil ¡nv.-lih Teodomiro Real ) Prado editor. JJbpAN JMfUIft'N-í 

¡Oh! ¡E-l cielo le protege! replico' Lia trocando sus lagriñSSF 
de pesar en otras de gozo 


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CARAMURÚ. 


167 


chos cuando están muy afectados; y, ademas, mirad á la 

izquierda allí. . . . cerca de la artillería. . . . ved como 

corren los intrusos. ... 

—Sí; ¡aquel es Amaro! gritó la jóven, trémula de gozo 
y de temor; ya rompe el segundo cuadro, y llega al pié de 
los cañones enemigos. . . . ¡Dios mió! .... ¡Protégele! .... 
Ya no lo veo ha caído del caballo, ¡ay! ... . 

— Señorita, no os asustéis: no ha nacido todavía el 
hombre que ha de matar á Caramurú. 

— Al mismo tiempo que le apuntaban, le he visto caer; 
contestó ella sollozando. 

— ¡ Já! ¡ Já! ¡ Já! .... ¿Caer él? Habrá dado alguna 
vuelta por debajo del vientre del caballo; y si no, miradlo. . 

En efecto, Amaro disipada la nube de humo y fuego 
que le envolvió algunos segundos, lanceaba en aquel ins- 
tantp á los artilleros al pié de los cañones, y se iba apode- 
rando de ellos con la mayor facilidad. 

¡Oh! ¡El cielo le .proteje! replicó Lia trocando sus lá- 
grimas de pesar en otras de gozo. ¡Dios-da fortaleza á su 
brazo, y corona con el triunfo su heróico esfuerzo! 

Súbita idea, hija del entusiasmo que le inspiraba su 
amante, coloreó su frente de marfil; un rayo de amor pátrio 
levantó su nevado seno, y condensándose en sus negras 
pupilas, se escapó de sus lábios virginales llevando la con- 
vicción de su deber y el ánsia de la gloria al corazón de los 
que la rodeaban. 

— Amigos mios, les dijo, para nada os necesito; dejad- 
me sola, id allí, allí donde caen vuestros hermanos despeda- 
zados por la metralla. 

Los gauchos se miraron unos á otros manifestando in- 

24 


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168 CARAMURÚ. 

voluntariamente su pesar de verse detenidos allí. Lia con- 
tinuó: 

— ¡No os avergonzáis de presenciar el combate en vez 
de participar de él! ¡Ah! ¡Si yo fuese hombre! ; . . . 

— ¡Por la virgen del Pilar, señorita! esclamó el que ha- 
cia de gefe; tenemos órden espresa de no abandonaros. Nos 
vá en ello la vida. . . . mas que la vida. . . . el aprecio de 
Caramurú. . . . 

— Os juro que nada sabrá, y si lo sabe, ¿crees que me 
negaría vuestro perdón pidiéndoselo yo? 

Los gauchos volvieron á mirarse unos á otros vacilando. 

—No hay que perder tiempo, replicó Lia tomando un 
aire de reina ofendida que la sentaba perfectamente; ¡e% 
marchad; yo os lo mando! 

— No puede ser, señorita, contestó el sargento iwfQt* 
turbable. 

— ¡Eh! añadió la jóven con escarnio, sabiéndoos «te 
era el único medio de hacer que saltasen por tocólos con- 
sideraciones, y se fuesen al enemigo como fiera4$¡$g^6 míos 
cobardes; teneis miedo, y andais buscando pretestos para 
disculpar vuestra flojedad! ¡Miserables! ¡No teneis una 
gota de sangre oriental en las venas! .... 

— Eso no, ¡voto al diablo! gritó el sargento dirijiéndose 
á sus nuevé compañeros; ¿quién quiere seguirme? ¿Quién 
quiere venirse conmigo á hacerse matar de puro gusto, para 
que esta niña se retracte de sus crueles palabras?. . . . 

— ¡Yo, yo! respondieron á una voz todos los gauchos. 

— Es preciso que alguien se quede. 

— No necesito á nadie, repitió Lia dándoles las gracias 
y animándolos con una mirada capaz de levantar de su tum- 



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CARAMURÚ. 


169 


ba á un cadáver; id, amigos mios, y cubrios de gloria con 
vuestros hermanos, ó caed á su lado. Vencidos ó vencedo- 
res, aquí me encontrareis rogando por vosotros. 

Y no bien se perdieron en el declive de la montaña, la 
encantadora virgen cayó de hinojos y levantó las manos al 
cielo orando por la salvación de su pátria. Viva imágen de 
su quebranto y de sus esperanzas, idealización sublime del 
sangriento drama que á sus piés se representaba, ella simbo- 
lizaba el lóbrego presente y el espléndido porvenir de Amé - 
rica, triste é incierto ahora, pero en el futuro rico de ventura 
como una promesa de Dios. 

¡Y qué bella, qué hechicera, qué divina estaba sobre la 
alta cumbre, vestida de blanco, elevando de rodillas sus 
plegarias al Todo-poderoso, entre las dudosas sombras del 
crepúsculo y la múltiple cuanto pavorosa armonía que se 
remontaba de la llanura cargada con las almas de los muer- 
tos! ¡Cuánto recojimiento en su semblante! ¡Cuánta ternu- 
ra en su mirada! ¡Cuánta espresion en su actitud seráfica! . . 
Era imposible, sí, era imposible que Dios desoyese su ruego. 
El ángel de la victoria, compadecido de su dolor, debía po- 
sarse sobre las banderas que ella siguiese con la vista. . . . 

Amaro penetró serpeando como una centella por en- 
medio de los batallones enemigos; la consternación y el 
espanto se apoderaron de los brasileros; ya no le esperaban; 
huían desde lejos al verle venir, y no los ojos, los gemidos 
de los que caían derribados por su temible lanza, les indi- 
caban su dirección. 

En breve la derrota se hizo general: la carnicería fué 
espantosa: no se dió cuartel por espacio de tres horas. 

D. Ricardo Floridan, el marido de doña Eugénia, y el 


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170 


CARAMURÚ. 


conde, cayeron prisioneros, y debieron el no ser muertos á 
la aparición de Amaro, que llegó cuando los tendían en el 
suelo para degollarlos. 

El primer rayo de la luna que brilló en el cielo á media 
noche, encontró clavada en las trincheras de Paisandú la 
bandera blanca con el sol de oro y las siete fajas azules, y á 
dos leguas de allí trescientos cadáveres tendidos en la lla- 
nura. ¡Magnífico festín para los buitres y caranchos que en 
muchos dias cruzaron en numerosas bandadas desde una á 
otra ribera del Uruguay, anunciando la catástrofe á los que 
todavía la ignoraban! 



XV. 


; Todo por ella ! 

Mientras los realistas huían dispersos, acuchillados por 
los patriotas, Lia bajó de la montaña acompañada solamen- 
te de cuatro de sus guardianes; los demas, fieles á su pa- 
labra, habían muerto heróicamente con el sargento á su 
cabeza. 

Cerca de las puertas de Paysandú encontraron al va- 
queano, y se dirigieron juntos, según las intrucciones de 
Amaro, á la comandancia general. 

Casi al mismo tiempo entraba aquel por la parte opues- 
ta con el conde y Floridan„ que desarmados y silenciosos 
marchaban á retaguardia, seguidos de otros gefes y oficiales 
prisioneros. 

Tanto el conde como su amigo estaban persuadidos 
que .el gaucho, al salvarlos de los puñales de sus montone- 
ros, había querido únicamente dilatar su muerte para 
gozarse luego en su suplicio, y dar á sus plebeyos secua- 
ces el dulce espectáculo de ver morir en el cadalso á la 
primera autoridad de la provincia y á uno de los primeros 
títulos del imperio. 


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172 


CARA MU RÚ. 


Delirio era imaginar que les perdonase, atendida su 
Índole feroz y el espíritu sanguinario de que hacía alarde, 
según la voz general y los heohos que se le atribuían con 
razón ó sin ella. 

Sin embargo, existía un eslabón misterioso entre el 
caudillo patriota y el aristócrata realista, un secreto, secreto 
terrible, ignorado de Amaro, que, descubierto por el conde, 
desarmaría su brazo, á menos de ser un mónstruo ó una 
fiera. 

Empero mediaban tales circunstancias, era tan ver- 
gonzosa la revelación para el segundo, que sin duda prefe- 
riría la muerte á desplegar los lábios. Su orgullo y su 
aleve conducta con el gaucho, aunque desconocida de este, 
le prohibían hablar. Estaba resuelto á morir con la arro- 
gancia y serenidad propias de un hombre de su ilustre 
linaje : lo contrario le parecía rebajarse demasiado, descen- 
der acaso inútilmente basta el último escalón del envileci- 
miento. 

En cuanto á Floridan, su situación era aun peor ; por 
ningún concepto podía esperar piedad de Amaro : su cali- 
dad de apóstata le ponía fuera, de la ley.. El montonero 
era inflexible con los que, traicionando á su pátria, en vez 
de romper las cadenas que la oprimían, ayudaban á sus 
opresores á forjarlas. No había ejemplo de que hubiese 
perdonado á un solo traidor. Los odiaba mas que i los.bra- 
sileros, si cabe. 

¡Oh! Si el desgraciado comandante hubiese sabido 
que su sobrina era amada con delirio por aquel hombre ter- 
rible, cuya voluntad de bronce se quebrantaba ante una 
mirada suya, cuyos deseos eran leyes paré él antes que los 


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CAIiAMUKÚ. 


173 


espresase, la esperanza habría vertido sobre un corazón 
despedazado, sobre su frente devorada por la fiebre, el bál- 
samo adormeciente de sus ilusiones; un rayo de salvación 
hubiera disipado la negra noche que le circundaba, y su 
alma, sacudiendo su mortal congoja, habría confiado en la 
bondad divina. 

Amaro entró en Paysandú á las once de la noche* en 
medio de los vivas y aclamaciones de toda la población, que 
se regocijaba, como era natural, por el triunfo de sus com- 
patriotas. Los brasileros trataban al pais como pais con- 
quistado, y eran odiados en todas partes. 

El vencedor se encaminó á la casa donde le esperaba 
Lia; mandó llamar á su padre, y al propio tiempo dió órden 
para que trajesen ¿ su presencia al comandante general y 
al conde. 

Cuando estos llegaron, Lia se retiró á una pieza inme- 
diata, no sin exigir antes á Amaro que los perdonaría. 

El gaucho nada respondió : había resuelto ser impla- 
cable. 

Los dos prisioneros se presentaron : Flor idan, abatido 
y trémulo como un reo en la presencia de su juez; el 
conde, con aire arrogante, erguida la gabeza, despreciativo 
y hasta insolente. 

— Señores, les dijo Amaro: si teneis algo que enco- 
mendarme para vuestras familias, podéis hacerlo, porque 
mañana á las doce vais á ser fusilados con todos los indivi- 
duos del ejército Brasilero, de teniente para arriba, que 
hayan caído prisioneros. 

Floridan se estremeció, quiso hablar, y no pudo; la 
voz se le anudó en la garganta, . y pálido, azorado, con el 


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174 


CABAMUKÚ. 


frió del miedo , tiritando (1), fijó sus espantados ojos en su 
inexorable enemigo, demandándole piedad. 

El conde, por el contrario, se sonrió con desden, y 
lanzó al gaucho una mirada que acabó de exasperarle. 

'—Sí ; es preciso hacer un escarmiento, continuó Ama- 
ro : vosotros nos habéis puesto fuera de la ley ; fusiláis 
hasta á los soldados: yo, mas noble, mas generoso, me 
contento con la cabeza de los gefes. Vamos, ¿no teneis 
nada quo decirme? 

—Nada, contestó D. Alvaro con arrogancia; nada, 
sino que éres un asesino infame, un cobarde, que libras á 
tus enemigos de morir en el campo de batalla para gozarte 
luego en su agonía. 

— ¡Miserable! gritó el gaucho temblando de cólera, tú 
no sabes el sacrificio que hago al entregarte á la muerte 
tanto á tí como á ese apóstata, á ese vil renegado, baldón 
del suelo que le vió nacer. Había pensado perdonarte para 
tener el gusto de arrancarte yo mismo la vida peleando 
frente á frente; motivos muy poderosos me obligaban á ello; 
¡tu hermano, á quién debo algunos favores; el Sr. de Niser, 
á quién estimo como á su padre; una mujer por cuyos ca- 
prichos mas insignificantes sacrificaría mi existencia, mi 
reputación, mi gloria! .... ¡Todos me pedirán de rodillas 
que te perdone, y no te perdonaré, no! ¡Porque si te per- 
dono á tí, tendré que perdonar á ese traidor, y con ese á 
los demas, y yo antes que todo soy justo; la voz de mi con- 
ciencia, el inquebrantable juramento que he hecho de ven- 
gar á mis compañeros de Tacuarembó inmolados atrozmente 


f 1 J García de Quevedo. 




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CAHAMURÚ. 


175 


por vosotros, me obligan á arrastraros al cadalso contra mi 
voluntad, á labrar con vuestra muerte mi eterna desgracia! 

— Pues entonces, ¿por qué, por qué no dejasteis que 
nos degollasen? replicó el conde. 

— ¿Qué sé y ó? Cedi á un impulso involuntario, á un 
sentimiento de hidalguía del que muchas veces he tenido 
que arrepentirme. 

D. Alvaro tornó á sonreírse con menosprecio, mirán- 
dole de arriba abajo y volviéndose de espaldas desdeñosa- 
mente, como si tuviese á menos seguir la conversación 
con él. 

El gaucho, lastimado en su amor propio, herido en lo 
mas vivo por el desprecio de aquel hombre, ó quién abomi- 
naba desde que sabía que era el esposo futuro de Lia, le- 
vantó la mano para lavar su agravio con una bofetada; pero 
volviéndose de pronto D. Alvaro, esquivó el golpe, le cogió 
la muñeca, le devolvió en el rostro el golpe que le asestaba, 
y le rechazó con violencia. 

Amaro perdió la cabeza, desnudó el puñal, y le hubiera 
muerto allí sin remedio, á no haberse abierto una de las 
puertas que comunicaba á las habitaciones interiores, y 
prese ntádose Lia, acompañada de su padre y de D. Nereo. 

Los tres se interpusieron entre ellos. 

Amaro, al verlos, pasando por una brusca transición 
de la mas grande ira ó una afectada tranquilidad, se contu- 
vo: cualquiera diría que se avergonzaba de su arrebato con 
un hombre desarmado: dirijióse lentamente á la mesa, tomó 
una campanilla de plata, y la sacudió con mano convulsa é 
insegura. 

No reflexionaba; estaba loco; la ira embargaba sus 

25 


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176 


CARAMURÚ. 


potencias. Era la primera vez que un hombre se atrevía á 
ponerle las manos en la cara. ¡A él! ¡A Caramurú! .... 
¡Al valiente ante quién temblaban los mas valientes! 

Al áspero son que despedía la campanilla, agitada con 
frenesí, un capitán y varios soldados que habían traído á los 
prisioneros acudieron presurosos. 

— ¡Llevad á esos dos hombres, y fusiladlos en el acto! . . 
gritó Amaro, lívido de coraje, y dando diente con diente. 

D. Nereo se precipitó para implorar el perdón de su 
hermano descubriendo su secreto; pero éste, que adivinó su 
intención, le cogió por el cuello, le atrajo á sí, y le dijo al 
oído: 

— Te ahogo entre mis manos si le revelas lo que debe 
siempre ignorar. 

Tan acostumbrado estaba el comerciante á las menores 
insinuaciones de D* Alvaro, que se resignó llorando á verle 
morir, cuando estaba convencido que le bastaría pronunciar 
una palabra para salvarle. Con todo, prometiéndole no 
tocar aquel punto, procuró recibir el mismo resultado por 
otros medios. 

Lia y D. Cárlos se habían arrojado á los piés del ofen- 
dido, que los rechazaba sin querer oirlos. Don Nereo cayó 
también de rodillas, y uniendo sus súplicas á las de aquellos, 
añadió: 

•-¡Te daré un millón, dos, mi fortuna entera, si le 
perdonas! .... 

— Todo el oro del mundo no sería bastante para lavar 
la afrenta que me ha hecho, contestó Amaro, volviendo la 
cabeza, ya medio enternecido por los ruegos y las lágrimas 
de Lia. 


> 

' «V* 

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CA1UMURÚ. 


.177 


— Perdónale, decía ella abrazando sus rodillas; perdó- 
nale en nombre de nuestro amor. 

-¡Dios del cielo! esclamó D. Alvaro al escuchar las 
últimas palabras de la joven, y al notar el efecto que produ- 
cían en el implacable y feroz gaucho; ¡con que ese misera- 
ble es tu amante! ¡Con que ese villano ha sido el que te 
ha robado de la Estáncia! .... 

— ¡Llevadlos! gritó Amaro segunda vez, enconada la 
herida de su ultraje por el rudo apóstrofe del despechado 
amante. 

— ¡Sí, menguado! Ahora comprendo tu conducta, dijo 

el conde encaminándose á la puerta; en vez de buscarme 
lealmente como un hombre de honor, prefieres deshacerte 
de mí, confiando á tus viles sayones la venganza que debie- 
ras tomar por tu mano. ¡Ah, cobarde; te conozco! Me te- 
mes, y por eso me asesinas Ahora siento morir, porque 

al ódio que te profeso hace mucho tiempo se une la desespe- 
ración de saber que éres mi rival ¡Ah! ¡El infierno te 

ha puesto en mi camino! .... 

— ¿Lo oyes, Lia? esclamó el gaucho entre irresoluto y 
furioso, ¡y tú quieres que perdone á ese hombre! ¡No, ja- 
más! Llevadlos, repito. 

— ¿Y dónde se ha de hacer la ejecución?. . . . preg-untó 
el oficial. 

— Fuera del pueblo, á espaldas del cementerio. 

Entonces Floridan, que hasta aquel momento había 
permanecido apoyado contra la pared aterrado é inmóvil, al 
sentir que le empujaban para llevarle al suplicio, volvió de 
su enagenacion, y con un grito desgarrador tendió los bra- 
zos á Lia, diciéndole: 


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178 


CAUAMUKÚ. 


— ¡Al menos pídele por mí, que soy tu tio, y nada le lie 
hecho! 

Los soldados le arrastraron junto con D. Alvaro, á 
pesar de sus esfuerzos, y D. Nereo salió también acompa- 
ñando á su hermano. Lia se desmayó en brazos de su 
padre, que lloraba como una criatura. 

Al contemplar tan doloroso cuadro, el gaucho cruzó los 
brazos, y dejó caer la cabeza sobre el pecho como un hom- 
bre desesperado: un pensamiento magnánimo, digno de él, 
reluchaba con sus agravios, y el deseo de obedecer á los 
nobles impulsos de su alma, hidalga y generosa. * Tres ve- 
ces se encaminó á la puerta, y tres veces retrocedió por 

último, quedóse clavado en el umbral, y después de algunos 
instantes de indecisión y angustia, se dijo: ¡ Todo por ella ! 
y corrió en busca de los prisioneros. 

Alcanzólos fuera ya de la ciudad: llamó aparte al conde, 
habló con él dos palabras, dió sus instrucciones al oficial que 
mandaba el piquete, y se volvió á la comandancia general. 

Lia había vuelto de su desmayo, y lloraba amargamen- 
te: nunca se imaginó que su amante fuera tan cruel. 

Por eso al verle entrar, pálido y demudado, impreso 
todavía en sus facciones el sello de la terrible lucha que 
acababa de sostener consigo mismo, apartó la vista de él 
con horror, y suplicó á D. Cárlos que se la llevase de allí. 

El buen anciano, sin poder dominar su profunda pena, 
le echó en cara su barbárie. 

— ¡Insensato! le dijo; has abierto un abismo insupera- 
ble entre tí y ella. Nunca consentiré que dé su mano al 
verdugo de su familia. D. Ricardo es su tio, y vínculos muy 
estrechos de parentesco nos unen con el conde. 


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CAUAMUUt'l. 179 

Amaro le escuchaba resignado sin mover los lábios. 
Diríase que reconociendo la gravedad de su culpa y ar- 
repentido de ella, imploraba misericordia. 

Y asi se pasó media hora; Lia, y su padre lamentándose 
y abrumándole con sus justas quejas, y él inmóvil parado 
delante de ellos, oyendo cuanto le decían, sin responder á 
nada. 

Lejana descarga retumbó á lo lejos... la frente de 
Amaro se dilató con melancólica alegría cual si se viese li- 
bre del grave peso que le prensaba el corazón. , 

— ¡Ay! esclamó Lia, arrojándose á los brazos de su 
padre bañada en llanto; ¡ya han muerto! 

— ¡Ya han muerto! repitió dolorosamente el anciano: 
gózate en tu obra, Amaro. 

— ¡Se han salvado! contestó pausadamente el gaucho. 

— ¿De veras? preguntaron á la vez el padre y la hija 
dominados por el tono solemne con que él se espresaba. 

— Sí, continuó el generoso caudillo animándose por 
grados, y considera, Lia, cuánto te amo, cuánta es la ce- 
guedad de mi pasión, cuando por tí quebranto mi juramen- 
to de ser inexorable con los traidores; me espongo á perder 
el prestigio que gozo entre mis parciales, perdono á ese 
hombre, que m3 ha inferido, no ya como enemigo, sino 
como rival, el ultraje mas grande que se puede hacer á otro 
hombre; y por último, mañana dejaré ir en libertad á todos 

los prisioneros que estaban condenados á morir ¿Estás 

contenta?. . . . 

Era imposible dudar de lo que Amaro decía; sus mi- 
radas, su ademan, su acento, llevaban la convicción al 
ánimo mas incrédulo. Lia, en un arranque de ciego entu- 


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180 


CARAMURÚ. 


siasmó, le abrió sus brazos y le estrechó contra su pecho. 
Ella conocía á su amante, y valoraba el esfuerzo sobrehu- 
mano que debió haber hecho para sobreponerse a las suges- 
tiones de su amor propio; tan cruelmente pisoteado. 

—-Pero esos tiros .... dijo D. Cárlos, ¿ qué significan? 

— Significan que Floridan y D. Alvaro, disfrazados de 
chasques , que llevan la noticia del gran triunfo obtenido 
por nuestras armas, han pasado ya por én medio de mis 
soldados que rodean el pueblo, y se encuentran libres y 
montados en dos de mis mejores caballos, galopando con 
dirección á Montevideo. 

El anciano abrazó á su futuro yerno pidiéndole perdón 
por sus inmerecidas recriminaciones, y D. Nereo, que 
entró poco después y se arrojó igualmente en sus brazos, 
prodigándole las mas vivas espresiones de gratitud, les 
contó detenidamente el hecho, con otros pormenores que 
la rapidéz de nuestra narración no nos permite esplanar 
aquí. Séanos, pues, lícito aplazar los que lo merezcan 
para el siguiente capítulo, en el que esplicaremos varias 
cosas que en este apénas hemos enunciado, en gracia del 
buen efecto. 


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Venganza de nn gancho. 


Amaro había resuelto, según se espresaba, hacer un 
escarmiento con los gefes prisioneros: su amor, mas enér- 
gico que su voluntad, sofocó la esplosion de su venganza. 
A todos los perdonó sinceramente, menos á D. Alvaro, 
porque era imposible, aunque lo desease. Hombres de su 
temple no reciben una bofetada y se quedan con ella. Hay 
agravios que solo con sangre se lavan. 

En medio del rencor y justa indignación que le oca- 
sionára el ultraje del conde, no podía menos de conocer 
que era un valiente ; y esto, junto con sus sarcasmos y la 
mortificación de que creyesen los demas que le mataba 
porque le tenía miedo, contribuyó no poco á que cediese al 
fin á los nobles impulsos de su corazón y á los fervorosos 
ruegos de las personas que mas amaba en el mundo : Lía 
y su padre. 

D. Alvaro había dicho que se deshacía vimente de él, 
porque era un cobarde, incapaz de eligirle por sí mismo la 
satisfacción que estaba pronto á darle ; y Amaro, vuelto de 
su momentánea alucinación, comprendió que para vengar 


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182 CARAMUKÚ. 

su ofensa cual caballero, aquel era el camino y no otro : un 
duelo á muerte. 

Tan pronto como esta idea surgió en su cabeza, salió, 
montó á caballo, y voló en busca de ellos. 

Ya hemos indicado que afortunadamente logró alcan- 
zarlos fuera del pueblo, á pocos pasos del lugar donde debía 
verificarse la ejecución. 

— ¡ Deteneos ! les gritó desde lejos, no bien los divisó ; 

¡ deteneos ! 

Soldados y prisioneros volvieron el rostro con igual 
sorpresa: habían conocido la terrible voz de Caramurú. 

Aproximóse este a galope, bajó de su alazan, y toman- 
do al conde de un brazo, se alejó con él á bastante dis- 
tancia para que no le oyesen los demás. 

—¿Sois hombre de honor?. . . . 

— Dudo que me lo preguntéis, contestó D. Alvaro con 
altanería, pruebas teneis de que nadie, ni aun prisionero, 
me insulta impunemente. 

--¿Aceptareis un duelo á muerte? 

— ¡Con el maycH* placer! 

—En ese caso .... os dejaré ir en libertad. 

—Pensé que nos batiríamos ahora mismo, repuso el 
conde. 

— Ahora no puede ser, conviene que el mas impenetra- 
ble secreto envuelva nuestro desafío. 

—Entonces murmuró el Sr. de Itapeby perplejo. 

— Os iréis á Montevideo dentro de seis meses, el 

3 del próximo Octubre á la tarde saldréis como de paseo, y 
os dirigiréis solo al Pantanoso: yo allí os espero ... en los 
médanos. 


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CARAMURÚ. 


183 


—¿Las armas? 

— Escogedlas vos. 

— Me es indiferente; pero para un duelo á muerte estoy 
por las pistolas. 

— Sean las pistolas, respondió el gaucho lentamente; 
mas como son armas traidoras, y yo apenas las sé manejar, 
tiraremos lo mas cerca posible. 

A todo estoy dispuesto, replicó D. Alvaro afectando la 
mas completa indiferencia para ocultar mejor el disgusto 
que le ocasionaba aquella proposición; ¡á todo! siempre, 
cuándo y del modo que gustéis. 

— Escuso advertiros, continuó Amaro, que esto debe 
quedar entre nosotros dos, y que no se necesitan padrinos, 
médicos, ni. • . . 

— ¡Oh, descuidad! .... comprendo: sé de lo que se trata 
y también tengo yo mis motivos para ocultar este lance; 
por otra parte 

— Hemos concluido, esclamó el gaucho, sin dejarle 
terminar la frase; id con Dios, señor conde; disfrazaos de 
chasque con vuestro amigo, y estos mismos soldados os 
acompañarán hasta que salgáis del rádio que vigilan mis 
montoneros. 

—Una palabra, una sola palabra, esclamó D. Alvaro 
deteniéndole por el halda del poncho; decidme: ¿Lia está 
inocente? 

— ¿Y lo dudáis, por ventura? ¿Lo dudáis? repitió in- 
dignado su rival, á quién aquella pregunta estemporánea le 
producía el efecto de un dardo envenenado. 

— Creía. . . . pues. . . . juzgaba . . . 


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184 


CARAMURÚ. 


— ¡Eli! continuó Amaro en el mismo tono; yo no podía 
deshonrar á la que va á ser mi esposa. 

— ¿Tu esposa? 

— ¡Si, mi esposa!. . . . 

— Hace mucho tiempo que su madre tiene concertado 
el enlace entre su hija y yo. 

— ¡No importa! 

— Su padre me ha empeñado solemnemente su palabra 
de honor. 

— ¡No importa! 

— Ella misma, sin que nadie la obligase, me ha dicho 
que me amaba, y accedido muy gustosa á aceptar mi mano 
y mi nombre. 

— ¡Mientes! replicó el gaucho ya exasperado. 

— Un miserable como tú no puede ser esposo de Lia 
Niser, contestó el conde, vertiendo por sus encendidos ojos 
la hiel de la envidia y de los* celos que le abrasaban el alma. 

—Yo romperé el odioso compromiso que la liga á tí, 
arrancándote la vida, añadió Amaro con voz seca y breve. 

— ¡Eso lo veremos! gritó D. Alvaro. 

— ¡Silencio, imbécil! murmuró aquel poniéndole la 
mano en la boca ; no es preciso que otros se enteren de lo 
que tratamos. . . . 

El conde ahogó en su garganta el torrente de insultos 
que brotaban de su corazón, despedazado por todas las 
furias del infierno. 

Amaro dió las órdenes oportunas á su gente, y sus 
instrucciones se ejecutaron a! pié de la letra \Floridan y el 
conde llegaron á Montevideo sanos y salvos, sin que nadie 
les molestase en el camino. 


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A 



CARAMURÚ. 


185 


Cuatro dias después, D. Nereo, so pretesto de arre- 
glar algunos asuntos de grande importancia con un ban- 
quero que acababa de quebrar, partió á la capital en 
compañía de dona Petra. 

Había presenciado la escena entre I 03 dos amantes, y 
adivinado por las últimas palabras de su hermano las con- 
diciones bajo las cuales su rival le concedía la libertad. 
Deber suyo era impedir aquel duelo sacrilego, si no abier- 
tamente, valiéndose de otros medios ocultos que surtiesen 
el mismo efecto. 

Antes de partir entregó los cien mil patacones de la 
apuesta á Amaro, que mandó distribuirlos entre su gente, 
sin reservar ni un peso para él. Desinteresado y generoso 
proceder que aumentó su popularidad y disipó el general 
disgusto y descontento de sus feroces montoneros, á con- 
secuencia del perdón otorgado á los oficiales Brasileros, y 
sobre todo al comandante D. Ricardo F loridan y al conde 
de Itapeby. 

D. Cárlos y su hija, por razones de conveniencia, se 
retiraron á una Estancia que poseia el primero en los con- 
fines de la República, cerca de Ituzaingó, paraje célebre 
por la gran batalla que se dió en él, el 20 de Febrero 
de 1827. 

Con las prósperas noticias que corrían, el anciano es- 
peraba que de un momento á otro se viesen los invasores 
obligados á abandonar el pais ; y halagado por esta espe- 
ranza, deseoso de dar tiempo á la maledicencia y á la ca- 
lumnia para que se cansasen de despedazar la reputación 
de Lia, y también á fin de no verse en el duro caso, muy 
amargo para él, que era en estremo pacífico y prudente, de 


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186 


CARAMUHÚ. 


tener una esplicacion con el conde, esponiéndose á su 
venganza si le desairaba, D. Cárlos resolvió encerrarse en 
su Estancia y aguardar en ella el desenlace de los sucesos. 

Amaro iba á verlos frecuentemente, y se pasaba las 
horas muertas al lado de su adorada y del viejo juriscon- 
sulto, foqando castillos en el aire para cuando llegase el 
suspirado dia de su felicidad. Y si su volcánica pasión 
hubiera sido susceptible de aumento, sin duda creciera 

con las continuas pruebas de amor que se prodigaban 

* 

ambos. 

Todos los domingos en la tarde Lia salía á recibirle al 
camino con un ramo de flores silvestres, que había cogido 
en el campo para él, y él le daba en cambio alguna precio- 
sa avecilla, prisionera con no pocos afanes por sus mon- 
toneros en el fondo de los bosques: inclinábase sobre el 
cuello del caballo, y al ponerla en sus manos estampaba un 
púdico beso en la casta frente de la hermosa. D. Cárlos se 
sonreía; invitábale á dar un paseo por los alrededores, y él, 
que no deseaba otra cosa, % descendia de su cabalgadura, y 
ofreciendo el brazo á Lia, se encaminaban juntos por la 
márgen del cercano rio. Contábanse lo que habían hecho 
en toda la semana, y sin dejar meter baza al pobre viejo, 
hablaban y hablaban sobre el mismo tema, sobre lo que 
hablan siempre los enamorados, desde que se reunían hasta 
que se separaban, prometiendo verse el domingo siguiente. 

Amaro galopaba treinta ó cuarenta leguas sin descan- 
sar, esponiéndose á caer prisionero ó á ser muerto, solo 
por tener el placer de pasar dos horas á su lado, y aunque 
aseguraba siempre que estaba acampado por alli cerca, Lia, 
mejor informada, le reconvenía amistosamente, y le robaba 


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CARAMURÚ. 


187 


que no se espusiese tan á menudo ni fuese tan imprudente 
y temerario: exigíale formal promesa de no volver en algún 
tiempo^ él le prometía cuanto deseaba, y al cabo de siete ú 
ocho dias se presentaba como de costumbre. 

Así se pasaron seis meses, seis meses de envidiable 
ventura, dos meses de un sueño divino, en que su alma, 
desprendida de los lazos terrenales por la violencia de su 
pasión, se nutría tan solo con la pura llama de su amor, é 
inundando sus corazones de esa misteriosa voluptuosidad, 
de esa secreta espansion de esos transportes ideales que no 
necesitan de los sentidos para producirse, les revelaba la 
felicidad perfecta, eterna, sin noches, sin límites ni hori- 
zontes, que Dios guarda á sus escogidos en el paraiso, y 
gustaban de antemano sus inefables delicias. . . . 

Alguna vez, sin embargo, el recuerdo del conde venia 
á anublar el plácido cielo de sus esperanzas. Lia temblaba 
por su padre, y Amaro se acordaba con recelo que podía 
matarle en el duelo á muerte que tenia tratado. Proba- 
blemente aquella era la primer ocasión que se le había 
ocurrido tal idea; porque él, acaso mejor que D. Juan 
Tenorio, estaba habilitado para decir : 

“A quien quise provoqué, 
con quien quiso me batí, 
y nunca me imaginé 
que pudo matarme á mí 
aquel i qnien yo maté.” 

Pero la felicidad enerva hasta los corazones mas intré- 
pidos. Se teme perder el bien que nos ha costado mucho 

trabajo alcanzar. ¿Cómo no amar la vida? ¡Era tan 

dichoso al presente y esperaba tanto del porvenir! ¿Cómo 


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188 


CABAMURÚ. 


no desconfiar de la negra estrella que le perseguía desde la 
cuna?.... ¡Ay! ¡Tal vez en el momento que llevase á los 
lábios la copa de su ventura ; tal vez el plomo de su rival la 
despedazaría- entre sus manos cortando el hilo de su exis- 
tencia ! 

Este doloroso pensamiento no dejaba de preocuparle á 
medida que se acercaba el plazo fatal : mas no por eso tem- 
bló, ni dudó de su valor, ni pensó jamás en rehuir el com- 
bate ó dilatarlo. 

Resuelto á matar al conde ó á ser muerto por él, pre- 
sentóse en los médanos del Pantanoso en el dia y hora con- 
venidos; un hombre le aguardaba desde por la mañana con 
una carta de D. Alvaro. 

Grande fué la sorpresa del gaucho cuando leyó la si- 
guiente misiva, techada en Rio-Janeiro. 

«Amaro: A los pocos dias de estar en Montevideo el 
gobernador me envió aquí con pliegos para S. M. Creí 
evacuar mi cometido y volver antes de los seis meses; pero 
el emperador, sordo á mis ruegos, me ha prohibido espesa- 
mente que salga de Rio-Janeiro, donde me detiene para 
confiarme, según dice, el mando de algunas de las fuerzas 
que se están organizando en Rio-Grande y que deben en 
la próxima primavera reforzar á las tropas que tenemos en 
esa provincia, pues, como no ignoráis, vamos á declarar 
la guerra á Buenos Aires antes que ella nos la declare. 

«Yo espero de vuestra lealtad que no atribuiréis á nin- 
gún motivo innoble mi involuntaria falta; y también espero 
que en cualquier tiempo y ocasión, donde quiera que nos 
encontremos, aunque hayan trascurrido cincuenta anos, rea- 
lizaremos nuestro desafío como conviene á gentes de honor; 


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CARAMURÚ. 


189 


es decir, en la forma y modo que teníamos concertado. 

«No hay remedio: es preciso que uno de los dos baje á 
la tumba: los dos amamos á Lia, y uno solo ha de poseerla. 

«El conde de Itapeby.» 

Amaro se atusó el bigote, guardó la carta, volvió gru- 
pas á su caballo, y se alejó tranquilamente, sin querer 
interrogar al emisario: pensaba escribir al conde. 

Creemos escusado advertir que todo había sido una 
intriga de D. Nereo, quién, valido de la amistad que le 
unia al conde de la Laguna, gobernador de Montevideo, 
consiguió que enviase á su hermano á la corte, á pesar de 
sus protestas, y hasta de la resistencia que él opuso, y allí, 
por medio de su influencia y relaciones con los ministros de 
D. Pedro, y especialmente con Francisco Gómez da Silva, 
alias Chalaza , favorito del monarca á la sazón, logró que 
aquel le detuviese con el pretesto que hemos dicho. D. 
Alvaro estaba desesperado. 

Siempre con la esperanza de obtener de un dia para 
otro el consentimiento del emperador, se trascurrieron tres 
años, en los cuales el Brasil en mal hoja declaró la guerra á 
Buenos Aires. 

En mar y tierra las armas imperiales se vieron humi- 
lladas, tan humilladas, que hoy todavía tiembla el imperio 
delante de Rosas, sin atreverse á recoger el guante que le 
ha arrojado mil veces á la cara, recordando aquella época 
desastrosa. 

Don Pedro de Braganza, no obstante, hombre de 
corazón y de mente elevada, antes de abandonar la joya 
mas hermosa de su corona, la disputada provincia cispla- 


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190 


CARAMURÚ. 


tina( 1), reclamada por Buenos Aires como parte integrante 
del antiguo vireinato,y por él como su frontera natural en el 
Plata, hizo un postrer esfuerzo, formó un numeroso ejército 
en la frontera, y no pudiendo marchar el mismo á su frente, 
como anhelaba, confió el mando al marques de Barbacena, 
uno de sus cortesanos en quién mas confianza tenía. El 
conde obtuvo por fin permiso de incorporarse al ejército. 

El general argentino D. Cárlos María de Alvear man- 
daba las fuerzas patriotas, y Amaro, con sus montoneros, 
un escuadrón de lanceros alemanes y dos batallones de 
infantería formaba en el ala izquierda. 

Los dos ejércitos se avistaron en la misma provincia de 
Rio-Grande, y después de muchas marchas y contramar- 
chas por parte del general enemigo, cuyo objeto aun se 
ignora, se detuvo una noche en los campos de Ituzaingó, 
en una situación bastante ventajosa, con ánimo de presen- 
tar al dia siguiente la batalla, y Alvear, que adivinó su in- 
tención, aceptó el reto. 

Colocados casi á tiro de cañón, patriotas y realistas se 
veían desde sus campamentos al fuego cercano de sus res- 
pectivos vivaques, y s unos y otros aguardaban con impa- 
ciencia los primeros vislumbres de la alborada para caer 
sobre sus contrarios y anonadarlos ó ser anonadados por 
ellos. El entusiasmo y el deseo de combatir era igual en 
ambos; pero en cuanto á táctica y disciplina, las tropas 
brasileñas, veteranas en gran parte, eran muy superiores 
á las nuestras. 

Esa misma noche, cerca de la diez, recibió Amaro por 

fl] Nombre coa que bautizaron los intrusos ¿ la Banda Oriental al incor- 
pora la al imperio en 1823. 


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CABAMUBÚ. 


191 

medio de un desertor del campo enemigo un billete del 
Gande, que no contenía mas qoe estas breves palabras: 

•Dentro de una hora os espero 4 la Entrada del hosque 
que se estiende á espaldas da vuestra línea: iré solo, y sin 
mas compañeros que mis pistolas» 

El gaucho requirió al punto las suyas, montó 4 caba- 
llo seguido de unos cuarenta jinetes, dió un largo rodeo 
como si anduviese recorriendo el campo, y por último, or- 
denando á los suyos que continuasen patrullando y se reti- 
rasen cuando oyesen dos ó mas tiros, se internó solo en el 
bosque. 

Al propio tiempo llegaba el conde por la parte opuesta, 
disfrazado de gaucho. 

Era una clara noche de primavera; la luna de febrero 
vertía su luz diáfana y trasparente sobre el estrecho recin- 
to donde se habían detenido D. Alvaro y su rival, y su 
amarillo fulgor reflejábase de lleno en el rostro de ambos 
combatientes. El hacha de los leñadores había derribado 
los árboles que crecían al rededor, formando un anfiteatro 
de veinte varas de largo y pocas menos de ancho. 

Los dos se saludaron con Maldad inclinando levemente 
la cabeza. 

—Nos colocaremos á veinte pasos y tiraremos avanzan- 
do, dijo el conde amartillando sus pistolas. 

—A veinte pasos es mucha distancia, contestó Amaro 
preparando las suyas. 

—A diez. 

—No: ha de ser cogidos de la mano. 

—¡Eso es un asesinato estúpido! esclamó D. Alvaro 
con viveza. 

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192 


CABAMUBÚ. 


— Caballero, respondió el gaucho contemplándole fija- 
mente y con reconcentrada ferocidad, como si quisiera leer 
eu su interior; caballero: ¿teneis miedo de morir? 

— ¡Miedo no! pero me parece una locura y una necedad 
suicidarnos de ese modo: con uno de los dos que deje de 
existir, sobra. 

— ¡En buen hora! echemos suertes, y al que le toque 
tirará primero, á quemaropa, se entiende. 

D. Alvaro se pasó la mano por la frente, y clavó la vis- 
ta en el suelo, dudando si admitiría; mas esta indecisión no 
duró dos minutos; avergonzado de su debilidad, levantó con 
arrogancia la cabeza, y esclamó precipitadamente: 

— ¡Acepto! 

— En ese caso hacedme el gusto de retiraros á alguna 
distancia; yo me volveré de espaldas para no veros: sacad 
una moneda ó un objeto cualquiera; escondedlo en una 
mano, y dadme á escoger. Si acierto, tiraré yo; sí no, os 
tocará á vos matarme. 

— ¡Sea! murmuró el conde con voz agitada. 

— ¿Está ya?. . . . preguntó el gaucho con su impasibi- 
lidad habitual, viendo que tardaba en realizar la operación 
mencionada mas de lo que parecía regular. 

—Escoged, replicó D. Alvaro, presentándole las dos 
manos cerradas. 

Amaro golpeó la izquierda con el cañón de su pistola. 

Exhaló el conde un grito de feróz alegría, y abriendo 
ambas palmas le mostró una pieza de plata en la derecha. 

— ¡Encomiéndate á Dios, desgraciado! añadió sin poder 
ocultar su gozo! ¡Vas á espiar tus crímenes; llegó tu últi- 
ma hora! 


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CARAMURÚ. 


193 


— Dadme la mano, Sr. D. Alvaro, y ved bien cómo me 
despacháis, porque todavía no estoy muerto, contestó el 
gaucho con una sonrisa infernal, sacándose el poncho y des- 
abrochándose la chaqueta, el chaleco y hasta la camisa, para 
que viese que no llevaba ningún resguardo debajo de ella. 

En seguida tendióle la siniestra mano, que apretó por 
un movimiento nervioso la de su rival, é invocó en su mente 
el nombre de Lia. 

El conde apoyó la boca de su arma sobre la piel, encima 
del corazón del gaucho, y gozándose de antemano en su 
triunfo, con el pretesto de informarse caritativamente si 
tenía algo que encomendar á su cuidado, se detuvo para 
examinar e! efecto que le ocasionaba la idea de su pró- 
ximo fin. 

Pero aunque Amaro debía sufrir horriblemente, su 
fisonomía era una máscara de bronce que nada dejaba en- 
trever. Latía su corazón con fuerza ; pero no temblaba su 
mano : contraíanse los músculos de su frente ; pero no va- 
cilaban sus piernas : le zumbaban los oídos ; pero sus ojos 
de águila, clavados en los del conde, fijos y sin pestañear, 
lejos de traducir el miedo, revelaban la ira del valiente á 
quien llevan á la muerte maniatado 

D. Alvaro no pudo menos de admirarse de su sangre 
fría y serenidad. El verdugo, favorecido por la fortuna, 
estaba mas conmovido que su víctima. 

— ¿Tiráis ó nó? le preguntó Amaro ya impaciente. 

El conde apretó el gatillo, crugió la llave sobre la 
cazoleta, se incendió la pólvora, mas. . . . ¡no salió el tiro ! 

— ¡Ahora á mí! gritó el gaucho apretándole la mano 
que tenía cogida con la suya. 


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104 


CAKAMUBÚ. 


El noblé Conde, acometido de súbito espanto, inclinó 
el cuerpo hácia atras, y procuró desasirse de aquella férrea 
y vigorosa mano que le tenía enclavado allí como la po- 
tente garra de un espíritu maléfico. 

Aquel Vértigo, aquel estupor, aquella impresión de 
terror involuntario, pasó como un meteoro ; apenas Vuelto 
en sí, D. Alvaro se quedó inmóvil, inclinó la frente, y dijo 
con voz vibrante de indignación y despecho : 

— ¡Matadme!!! 

Amaro á su vez apoyó el caSon de su pistola en el 
pecho de su adversario. 

El conde, por osas esfuerzos que bacía para disimular 
su angustia, temblaba de los piésúlos cabellos; anchas 
gotas de sudor le bañaban las fases ; los ojos querían esca- 
pársele de las Órbitas; se comprimían sus dedos; le flaquea- 
ban las rodillas, y su respiración desigual y convulsiva 
traicionaba el espanto escondido en su pecho. 

El gaucho levantó pooo á poco el arma homicida, 
moviéndola cabeza con una amarga sonrisa de desprecie, 
descargó su pistola en el tronco de una palmera inmediata. 

— ¡Podéis marcharos, Sr. Itapeby, le dijo, señalán- 
dole el camino del campamento, 4 menos que queráis 
recomenzar el combate, añadió con ironía. 

¡D. Alvaro procuraba en vano reanimarse : había con- 
fiado mas en su valor : él no era ciertamente cobarda,; do 
había -demostrado en cien campos de batalla y eu otros 
lances de honor ; .pero en aquella ocasión perdió toda su 
energía, 'lúa noche, k soledad, las estriñas condiciones 
impuestas por Amaro, y las circunstancias que mediaban 
en aquel duelo singular, le intimidaron desde -un principio. 


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CJ&AMU&Ú. 


195 


Protegido j engañado por la suerte, no estaba preparado 
para morir cuando sus armas le traicionaron. Con todo, 
en medio de su turbación, todavía tuvo bastante pundonor 
para exigir á su enemigo que le tirase. 

— Yo no mato á un hombre que está medio muerto, fué 
la respuesta del valiente guerrillero, además, detesto esas 
armas de que os valéis vosotros los de la ciudad. No puedo, 
no, asesinar á nadie ¿ sangre fría. Para que yo mate á un 
hambre necesito luchar -con él cuerpo á cuerpo, enardecerme 
Gon Jos golpes que dé y con los que reciba, perder la cabe- 
za, en una palabra, y no reflexionar. En uno de esos 
instantes mataría á mi pro.pio hermano ó á mi padre, si los 
tuviera; pero me desdeñe, me avergonzaría de ensañarme 
con el que inerme me entrega su vida, aunque fuese mi 
mayor y mas odiado enemigo, oomo lo sois vos, señor 
conde.. . . 

Aquí se detuvo Amaro, esperando que le respondiese, 
pronto á ofrecer otro duelo á arma blanca <¿ su rival si veía 
en él indicios de prestarse -dignamente A sus deseos* pero 
se equivocó : en todo pensaba A- Alvaro menos en volver A 
batirse. 

— ¡Oid! continuó el gefe de los montoneros, despues-de 
una pausa no muy corta; puesto que ahora no os place cum- 
plirme vuestra palabra, mañana ó pasado se dará una batalla, 
batalla campal que debe decidir los destinos de este país: 
pues bien; si queréis lavar la mancha que ha caído hoy 
sobre vuestro honor, buscadme en medio de la pelea, que 
yo también os buscaré para pediros cuenta otra vez del 
agravio que me hicisteis en Paysandú. Adiós Sr. de Ita- 
peby; hasta mañana. 


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CARAMURÚ. 


Anonadado el conde por tanta generosidad, no supo 
qué responder. Su ódio y admiración eran iguales: tenta- 
do estuvo de llamar al noble gaucho, estrecharlo en sus 
brazos y descubrirle su secreto; pero entonces, entonces 
sería preciso renunciar á Lia, y este sacrificio era superior á 
sus fuerzas. ¡También él la amaba con delirio! 

— ¿Qué hacer?. . . . Nada: ¡que me mate ó matarle! .... 
esclamó.pasado su primer impulso; me avergüenzo de deber- 
le dos veces la vida. Dios ha colocado entre nosotros un 
abismo con el amor de esa mujer, abismo que no puede 
llenarse sino con la sangre de uno de los dos. El ha podido 
deshacerse de mí en dos ocasiones distintas, y no lo ha 
hecho. . . ¿Será la voz de la naturaleza quién le habla?. . . 
¡No! le ciega su vanidad.... ¡Insensato! Mañana se arre- 
pentirá de su nécia hidalguía . . 

Y costeando el bosque, se encaminó paso ápaso al 
campamento, devorando ¿ solas sú vergüenza y desespera- 
ción. Por fortuna nadie presenció aquel nuevo oprobio 
grabado en su corazón con letras de fuego. El, tan orgu- 
lloso y audáz, habia temblado delante de Caramurú, que le 
perdonó por no degradarse matando d un hombre medio 
muerto , según se esplicaba en su rudo lenguaje Solo el 
conde comprendía todo el sarcasmo, toda la ignominia en- 
vuelta en estas palabras. La venganza magnánima del 
gaucho sobrepujaba al ultraje que él le había inferido. 


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La batalla de Itazaingd 


AI espirar el año de 1825, el Brasil se había visto obli- 
gado A declarar la guerra á Buenos-Aires, que si no prote- 
gía abiertamente A los rebeldes, permitía que se equipasen 
de armas* y se organizasen en sus fronteras y hasta en la 
misma capital. Las justas quejas y reclamaciones del gabi- 
nete imperial eran desatendidas; las notas se cruzaban sin 
resultado alguno; y después de la batalla de Sarandí, ga- 
nada por los patriotas A las órdenes de los generales Rivera 
y Lavalleja, D. Pedro emperador constitucional y defensor 
perpétuo del Brasil , resolvió confiar A la suerte de las armas 
lo que no podía alcanzar por las negociaciones diplomAticas. 

La lucha intestina que entónces* devoraba A las pro- 
vincias de la Confederación, no permitió A Buenos- Aires 
prestar A los orientales todo el apoyo que era necesario para 
inclinar la balanza A su favor, y la lucha continuó con for-- 
tuna vAria hasta principios de 1827. 

En esa época, como acabamos de indicar en el ante- 
rior capítulo, D. Pedro, cansado de una guerra que parecía 
interminable, que diezmaba al Brasil y empobrecía su era- 


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CAEAMUHÚ. 


rio, determinó trasladarse en persona al teatro de los suce- 
sos y ponerse él mismo al frente del numeroso ejército que 
se estaba organizando en la provincia de Rio-Grande. 

Sérias complicaciones en Rio Janeiro le obligaron á 
volver á la corte y á confiar el mando de sus tropas al mar- 
ques de Barbacena, sugeto que gozaba de una alta repu- 
tación de consumado militar, sin haberla conquistado en 
ningún campo de batalla. 

La noticia de la llegada de D. Pedro á la frontera, pro- 
dujo en Buenos Aires la mas viva sensación; el presidente 
de la república dirigió una proclama á todos sus habitantes 
invitándoles á unirse contra el usurpador; incorporándose 
al ejército que pasó en seguida á la Banda Oriental; el mar- 
ques por su parte, al tomar el mando de las tropas imperia- 
les, espidió otra proclama asaz jactanciosa, prometiéndoles 
que en breves dias la bandera del imperio tremolaría victo- 
riosa en la capital de la Confederación Argentina. 

Confiaba tanto el marques en la victoria, que no 
quiso aguardar un refuerzo de dos mil hombres que venían 
en su apoyo A las órdenes de Bentos Manoel, caudillo que 
después se ha hecho célebre, proclamando la república en 
Rio-Grande y sosteniendo él solo la guerra por catorce años 
con dos ó tres mil insurgentes, contra todas las fuerzas reu- 
nidas de las demas provincias del imperio, que á veces as- 
cendieron hasta veinte mil hombres. 

Preciso es confesar, no obstante, que sus tropas eran 
escelentes, y que tal vez habrían justificado su orgullosa 
predicción dirigidas por otros gefes y combatiendo con otros 
hombres que no estuviesen animados del santo amor de la 
independencia. 


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C Dogle 


CÁUAMUItÚ. 


199 


Al dia siguiente del que tuvo lugar el desafío entre el 
conde y Amaro, se libró la batalla. En la situación en que 
estaban colocados ambos ejércitos, queriendo uno de ellos, 
era casi imposible esquivarla. El retirarse equivalía á una 
derrota. 

En el primer ímpetu, los realistas arrollaron á los pa- 
triotas; y aunque se ha dicho que Alvear retrocedió caute- 
losamente para desalojarlos de las ventajosas posiciones que 
ocupaban, lo cierto es que rompieron su línea, envolvieron 
á los nuestros, y los persiguieron largo espacio, ocasionán- 
doles pérdidas muy considerables. 

Por fortuna la caballería pudo rehacerse al pié de una 
colina, y los atacó por el frente y por los flancos; desbandá- 
ronse los primeros escuadrones enemigos, remolinearon, 
volvieron grupas, y fueron á caer sobre su propia infantería. 
Replegóse la nuestra merqed á este movimiento, y después 
de un desesperado combate, que duró seis horas, la victoria 
se declaró á favor de los patriotas. 

Entre tanto Amaro y el conde se buscaban con igual 
impaciencia y deseo de lavar su común afrenta. Sobre todo 
el segundo, que anhelaba borrar la nota de cobarde que 
había caído sobre su honor. 

La casualidad, el destino, ó mas bien la mano oculta de 
la Providencia, los separaba. Por dos ocasiones se divisa- 
ron desde lejos, y llamándose por sus nombres, cerraron 
espuelas á sus corceles, blandiendo el uno su formidable 
lanza, cabo de ébano, y el otro su bien templada hoja de 
Toledo: un tropel de fugitivos se interpuso entre ellos, y la 
lanfta del gaucho, creyendo herir á su rival, se clavó en el 
pecho de un teniente lusitano, y la espada del conde cayó 


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200 


CARAMUBÚ. 


sobre un morrión de uno de sus propios soldados, partiéndo- 
le el cráneo. Luego el tumulto y la confusión, el polvo 
que levantaban los caballos, la negra atmósfera, producida 
por la pólvora incendiada, estendían enrededor un azulado 
velo, que se desvanecía y condensaba en lívidas y sangrien- 
tas ráfagas al estallar de nuevo los cañones y fusiles. Los 
combatientes no se veían á cuatro pasos de distancia. 

— ¡D. Alvaro! gritaba Amaro con tronador acento, 
abriéndose camino por entre la apretada muchedumbre con 
la punta de su lanza, que destilaba sangre hasta la cuja. 

— ¡Caramurú! repetía el conde sin oírle, empinándose 
furioso sobre el arzón de la silla, atropellando y acuchillando 
cuanto intentaba detenerle. ♦ . . 

¡Empeño inútil! .... Su voz se perdia en medio del 
bramido del cañón, el choque de los sables, el estrépito de 
las balas, y de los gritos; imprecaciones y lamentos que 
víctimas y verdugos arrojaban en la palestra, y cuando se 
disipaba por un instante la espesa humareda que los en- 
volvía, ya no se encontraban. 

El arrojo y valentía del conde en la ocasión presente 
contrastaban con su anterior debilidad. Nadie al verle im- 
pávido y audaz precipitarse ciegamente en lo mas récio de 
la batalla, y desafiar una y mil veces la muerte, allí donde 
el peligro era mas inminente, nadie hubiera creído que 
aquel mismo hombre la noche antes había temblado coma 
un niño al sentir sobre su pecho el cañón de una pistola. 
Pero tal es la condición humana y tan efímeros la mayor 
parte de las veces los fundamentos del valor. ¡Cuántos que 
pasan por valientes se baten y sucumben como unos héroe» 
cegados por las impresiones del momento, tiemblan y re- 


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CAHAMURÚ. 


20i 


troceden ante una muerte tranquila, segura, inevitable! 

Lo que mas afligía á D. Alvaro era que su rival le cre- 
yese capaz de esquivar el duelo y huir de él; capaz de te- 
merle allí como le había temido en el bosque. A esta idea 
bramaba de coraje, y hubiera dado con gusto su alma á 
Satanás á trueque de encontrarle. 

Por satisfacer este deseo que le resecaba las entrañas, 
desde los primeros choques se había separado del batallón 
que mandaba, roto deshecho largo tiempo hacía. Y era tal 
su ceguedad, estaba tan dispuesto á cumplir su palabra, que 
cuando presenció la completa derrota de los suyos, en vez 
de ponerse en salvo, se bajó tranquilamente del caballo, 
cogió el sombrero y el poncho de un patriota muerto, se 
los puso, y fué á colocarse en la senda del camino por don- 
de necesariamente tenía que pasar Amaro persiguiendo á 
los fugitivos. 

Sus cálculos le salieron exactos; á poco apareció el in- 
trépido gaucho, seguido á bastante distancia de algunos 
montoneros; al parecer, galopaba tras un gefe realista, ¿ 
quien sin duda equivocaba con él. * 

Apenas se convenció el conde que el que avanzaba era 
Amaro y no otro, lanzó su caballo á escape, y le llamó por 
su nombre, gritándole: 

— ¡Caramurú, aquí estoy! . . . 

Renunciamos á pintar el transporte de salvaje alegría 
que bañó el semblante del vengativo gaucho: la pantera 
que herida de muerte por el cazador consigue abrazarle, 
hundirle sus garras en el pecho, y ensañarse en su cadáver 
antes de espirar, no ruge con tanto gozo como Amaro al 
divisar al conde. 


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202 CARAMÜRll. 

Recogida al punto debajo del brazo, doblóse silbando 
la poderosa lanza en su robusta mano, y enhiesto el cue- 
llo, apretados los dientes, entreabiertos los lábios, fija y 
centelleante la mirada, apresurando la rápida carrera de su 
bridón cual si temiera que se le escapara de nuevo su ad- 
versario, fuese derecho á él, cual imantada saeta despedida 
con violencia y atraída al mismo tiempo por un blanco de 
acero. 

Con idéntico brío, con igual ímpetu y satisfacción ar- 
rancó el conde hacia su odiado rival. 

No era mucha la distancia que los dividía, y sus caba- 
llos volaban; pero en su anhelo por llegar A las manos, se 
figuraban que había una legua de por medio, y que sus 
alazanes, rendidos de fatiga, no acertaban ya á galopar. 

Por último se encontraron: Amaro revolvió el brazo 
atrás, y su lanza, describiendo un doble círculo, corrió cer- 
tera entre sus dedos, recta al corazón de su enemigo. 

El conde, que era un escelente tirador de toda clase de 
armas, la rechazó con su espada, y casi casi se la arranca de 
laa manos. Vuelve Amaro á acometerle otra vez, y vuelve 
él á desviar los golpes que le dirige. Ataca D. Alvaro, y 
con tal velocidad y destreza, que apenas puede aquel defen- 
derse con la lanza: arrójala enfurecido, y empuña el sable. 

Chócanse, rebotan, martillean y crugen los aceros en 
sus potentes diestras: los dos combaten con encarnizamianto 
ciegos de ira, sedientos de venganza, mas no consiguen 
herirse. 

De repente da el conde nn grito, inclina lentamente la 
cabeza sobre el cuello del caballo, estiende el brazo, suelta 
la espada, vacila, pierde los estribos, y cae al suelo. 


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CARAMURÚ. 


203 


Ancho raudal de sangre se escapa de su pecho; una 
traidora lanza lo ha traspasado por detrás de parte á parte. 

Amaro indaga con la vista quién ha sido el aleve que 
se ha atrevido á herirle cuando combatía cuerpo á cuerpo 
con él; el hierro ensangrentado de uno de sus montoneros 
le revela al culpable; vase á él, y le tiende á sus piés de una 
cuchillada, 

El desgraciado creyó hacer un servicio importante á su 
gefe librándole de un enemigo que tan bien se defendía y 
atacaba. 

En seguida se desmonta, examina la herida y mueve 
la cabeza dolorosamente. ¡La lanza que le ha traspasado 
estaba envenenada! 

El conde no ha perdido el conocimiento, y Amaro trata 
de disculparse de aquel accidente imprevisto. 

— No es necesario que os justifiquéis, le contesta: todo 
lo comprendo 

Acuden algunos soldados; el caudillo patriota les confia 
al conde, y corre á buscar á uno de los cirujanos del ejército: 
vuelve con él, y hecha la primera cura, ordena que lleven 
al herido á la casa mas próxima que se encuentre. 

D. Alvaro le da las gracias con una melancólica son- 
risa, que equivale á decir: ¡ya es inútil! le tiende la mano, 
pronuncia el nombre de D. Cárlos Niser, y ruega con voz 
apagada que le conduzcan á su estancia, que dista muy 
poco del lugar de la batalla. D. Cárlos es su pariente inme- 
diato, y antes de morir quiere arreglar sus asuntos, y nom- 
brarle albacea de sus cuantiosos bienes. 

Amaro vacila, porque teme que se le atribuya aquella 
muerte, y se disculpa con pretestos triviales. 


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204 


CARAMUBÚ. 


El conde adivina su pensamiento, y haciendo un 
grande esfuerzo para hablar, le tranquiliza diciéndole: 

— Os he visto castigar á mi matador; y os conozco bas- 
tante para no atribuiros semejante vileza.... Es la mano 
de Dios quien me hiere: nada sabrá Lia. 

El generoso gaucho, al ver aquel cambio inesperado, 
y no sabiendo á qué atribuirlo, se siente también enterne- 
cido, y olvida sus agravios. No es ya su antiguo rival; es 
solo un moribundo quien le implora. Sería una crueldad 
y una infamia oponerse á sus últimos deseos. En conse- 
cuencia, manda colocar al herido en una camilla, y le 
acompaña en persona hasta cerca de la Estancia; vuélvese 
al campamento y cumpliendo sus postreras instruciones, 
espide un chasque á D. Nereo para que en el acto se ponga 
en marcha, por si aun llega á tiempo de recoger el último 
suspiro de su infeliz hermano. . . . 

La necesidad de enumerar, aunque sea íncidentalmen- 
te, los acontecimientos políticos de alguna importancia, es- 
labonados con los personajes de nuestra historia, aconteci- 
mientos que pueden considerarse como el fondo del cuadro 
que bosquejamos, como la peana donde descansan sus prin- 
cipales figuras, nos obligan á consignar aquí, en pocas pala- 
bras, los resultados de esa gran batalla que decidió una 
lucha de doce años, y abrió una nueva era para la jóven 
república Oriental. 

A consecuencia de ella, D. Pedro desesperado de triun- 
far, y cediendo después de una porfiada resistencia á las 
bases presentadas por lord Ponsomby, ministro píen ipoten-; 
ciario de S. M. B., consintió que sus miniferos, en qpiásé' 
con los de Buenos Aires, firmasen en Rió-Janeiro el 27. 


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CARAMURÚ. 


205 


Agosto de 1822, bajo la mediación de la Gran-Bretaña, la 
célebre convención preliminar de paz, que hoy Rosas hace 
valer como uno de sus títulos para intervenir en nuestros 
asuntos domésticos. 

Ahora solo cumple á nuestro objeto decir que por los 
artículos primero, segundo y tercero, tanto el Brasil como 
Buenos- Aires, renunciaron solemnemente a todas sus preten- 
siones de dominio y soberanía sobre el pais disputado, «á 
fin de que se constituyera en estado libre é independiente de 
toda y cualquiera nación, bajo la forma de gobierno que 
juzgase mas conveniente á sus intereses, necesidades y re- 
cursos, obligándose ambas altas partes contratantes á de- 
fender su independencia é integridad, por el tiempo y en 
el modo que se ajustase en el tratado definitivo de paz. » 

Así recompenzó Dios la fé, la constancia y heroicidad 
de sus dignos hijos. El 4 de Octubre del mismo año fueron 
cangeadas en Montevideo las ratificaciones de ese pacto de 
honor y justicia, que habían alcanzado nuestros padres, 
merced á su indomable arrojo. ¡En aquel dia de impere- 
cedera gloria, la mas hermosa estrella de las muchas que 
ostentaba el estandarte imperial, pálida y sin brillo en- 
tre ellas, arrancada por la punta de sus lanzas, inundó 
el horizonte con sus rayos, y las eclipsó á todas, conver- 
tida en sol esplendoroso! 



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■ i ■ t m ,t m n 

r m m rm. 4 


XVIII. 

Revelaciones. 

Han pasado ocho dias desde que espiró en los campos de 
Ituzaingó el poder brasileño en la ribera izquierda del Plata. 

En una espaciosa alcoba alumbrada por la ténue luz 
de una lámpara cubierta con una pantalla verde, sobre un 
lecho de agonía, yace un hombre como de cuarenta años, 
luchando con los últimos parasismos de la muerte. 

Una fiebre devorante hace latir las arterias de sus 
sienes y comunica un movimiento convulsivo 4 todos sus 
miembros; su respiración á intérvalos es penosa y apagada; 
á intérvalos estertórea y ronca; su pecho se levanta apresu- 
rado; el aire que penetra en él sale convertido en fuego de 
sus pulmones abrasados; sus ojos brillantes se dilatan ó 
comprimen según la intensidad del dolor; ha perdido el 
habla, pero á veces la recobra, y entonces pronuncia, ó 
mejor dicho, articula palabras vagas, oscuras, incoherentes, 
sin sentido alguno. 

Acaso una chispa de inteligencia, por instantes, viene 

como un relámpago á arrojar un destello de luz sobre el • 

eaoa desús ideas. ¡En vano!.... apenas intenta coordi- 

29 


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208 


CARAMURÚ. 


mirlas, el delirio con mas fuerza se apodera de su desmaya- 
do pensamiento. 

No es el terror de su próximo fin lo que le abruma, no: 
son los fantasmas de su imag-inacion que no le dejan un 
momento de reposo; y solo cuando la enervación física ó 
moral llega á su colmo, un letargo momentáneo, efecto de 
los dos principios de vida y muerte que se disputan su per- 
sona, paralizando todas sus facultades sensitivas é intelec- 
tuales, da tréguas á sus crueles padecimientos. 

¡Triste resultado de una vida criminal! 

Cerca de la cama, cruzados los brazos, fijos los ojos en 
el enfermo, con aire meditabundo y preocupado* dos médicos 
le observan. En su mirada impasible, en sus cejas leve- 
mente arqueadas, en la espresion desdeñosa de sus lábios, 
se puede leer sin mucho trabajo la ninguna esperanza que 
tienen de salvarle. 

Al borde del lecho, mirando alternativamente á los 
médicos y al moribundo, se ven dos jóvenes que de muy 
distinto modo manifiestan el dolor que les causa su pérdida* 

El primero, dotado de una fisonomía afable, delicada y 
melancólica, ha tomado una de sus manos, y la besa de- 
lirante arrasados los ojos de lágrimas. 

Este es D. Nereo Abreu de Itapeby, su* hermano le- 
gítimo. 

El segundo, de aspecto varonil y severo, en sus faccio- 
nes pronunciadas, largos cabellos, luenga barba y formas 
atléticas, revela al indómito habitante de los campo», al 
intrépido gaucho criado en medio de los peligros y de los 
combates, al caudillo de los bosques, acostumbrado á domi- 
nar y á vencer en todas partes. Negra nube de tristeza 


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CAHAMUüÚ. 


209 


empaña ahora su altivo semblante, y vuelve á menudo la ca- 
beza como si no quisiera dejar traslucir la compasión que le 
inspira su enemigo. 

Este es Amaro, el aventurero cuya familia y apellido 
se ignoran y á quién los intrusos llamaban Caramurú , es 
decir, Satanás. 

A poca distancia, sentada sobre un sofá, aquella ange- 
lical muger, bella como la esperanza, graciosa como la pri- 
mera imágen de amor que cruza por la frente de un adoles- 
cente, á quién vimos en el capítulo primero tímida y rubo- 
rosa asomar su infantil cabeza al través de los barrotes de su 
ventana, llorando cubre ahora su rostro con un pañuelo. 

Esta es Lia, la prometida esposa de D. Alvaro* 

Detrás de los médicos, en actitud anhelosa, con mani- 
fiestas señales de dolor profundo, un venerable anciano 
contempla al enfermo. Ardientes lágrimas ruedan hilo á 
hilo por sus pálidas mejillas. 

Este es D. Cárlos Niser, pariente inmediato del mo- 
ribundo. 

Durante algunos minutos todos permanecieron en si- 
lencio. Ninguno tenía fuerzas para hablar: al fin uno de 
los doctores, despuqs de haber pulsado al enfermo, murmu- 
rando entre dientes algunas palabras, que equivalían á un 
no hay esperanza , se dirigió á la pieza inmediata. 

Lia, Amaro, D. Nereo, Niser, se echaron una mirada 
imposible de pintar 

El médico volvió con una redomita de cristal, donde 
había un licor negro, y derramando algunas gotas en una 
cuchara de plata, con gran dificultad consiguió introducir- 
las en la boca del paciente. 


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210 


CAKAMÜRÚ. 


A poco rato pareció este reanimarse, é hizo algunos 
movimientos. 

De repente su rostro se animó con un vivo encarnado, 
abrió los ojos, y con voz lánguida y apagada murmuró: 

— ¡Nereo, Amaro! 

— ¡Hermano mió! ¡Señor! contestaron ellos acer- 

cándose mas á la cabecera del lecho. 

— Silencio, dijeron los médicos; silencio: cualquiera 
emoción demasiado fuerte le matará. 

Los jóvenes enmudecieron; pero el enfermo, presa de 
su delirio, animado de súbita energía, incorpórese veloz- 
mente en el lecho, y gritó abriéndole sus brazos al gaucho: 

— Amaro, perdóname; ¡tú éres mi hermano! 

Volviéronse todos atónitos cual si dudasen de lo que 
oian, interrogando á D. Nereo con la vista, y su sorpresa se 
aumentó al notar que este afirmaba con la cabeza lo que 
decía el moribundo. 

— Mi padre, continuó D. Alvaro, en un viaje que hizo 
á este pais en 1798, ya casado, sedujo á una jóven de una 
de las familias mas distinguidas de Paysandú, á una her- 
mana del que era no há mucho comandante general de 
aquel departamento .... 

— ¡Luisa Floridan! esclamó D. Cárlos, ¡infeliz! He ahí 
la causa de su misteriosa desaparición. 

—Su orgulloso hermano la confinó á la misma Estan- 
cia de donde fué robada Lia; allí dió á luz un niño y murió 
de dolor y vergüenza á los pocos dias, dejando escrita una 
carta para mi padre. 

Dos lágrimas de fuego surcaron lentamente el rostro 
del gaucho. Nunca había conocido á su infortunada madre. 


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CAHAMURÚ. 


211 


D. Alvaro se detuvo un momento como para coordinar 
sus ideas, suplicáronle los médicos que aplazase sus revela- 
ciones para otra ocasión; pero él se sonrió con amargura, 
y los rechazó, diciéndoles: 

— Dejadme en paz, ¡imbéciles! conozco que mi última 
hora se acerca, y antes de morir qniero espiar el mal que 
he hecho. Cogió una mano al gaucho que le escuchaba 
atónito, y continuó de esta manera: 

—En aquella Estancia viviste, Amaro, confundido con 
los hijos de los peones, hasta que un antiguo y fiel criado 
de mi padre te robó de ella y te llevo á una de nuestras 
posesiones, sita en la provincia de Rio-Grande: entonces 
tenias tú seis años, y pudo conocerte por una cruz que te 
había hecho tu madre en el brazo izquierdo, con el zumo 
indeleble de esas raíces con que los indios se tiñen el 
cuerpo. 

—Sí, aquí está, repitió Amaro volviendo la manga de 
su vesta, y mostrando á los circunstantes sorprendidos 
aquella señal misteriosa; sí, miradla: aquí está. 

—Diez años después, mi padre cayó gravemente enfer- 
mo, hizo su testamento, y en sus últimos instantes nos lla- 
mó á Nereo y á mí, y nos dijo: 

— «Vosotros dos sois únicamente mis hijos legítimos; 
pero tengo otro, á quien no he querido ver nunca. Engañé 
á su madre como un vil con palabra de casamiento, y he 
sido causa de su muerte. En estas largas noches de angus- 
tia y agonía, los remordimientos se han despertado en mi 
alma punzantes y de votadores, y no he podido menos de 
reconocerle como hijo, y dejarle toda la parte de fortuna de 
que las leyes me permiten disponer. Juradme que acata- 


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212 CAKAMURÚ. 

reis mi última voluntad, y os conduciréis con él ccSfiílfet^ 
daderos hermanos • * 

Aquí D. Alvaro inclinó la frente agobiado por el peso 
de sus propios remordimientos; su situación era idéntica á 
la del autor de sus dias. 

- Nosotros, añadió con voz lenta y agitada, nosotros 
se lo prometimos solemnemente; pero *ay! apenas cerró 
sus ojos á la luz, la vil codicia se apoderó de mi alma; 
arrojé el testamento al fueg’O, y amenacé á mi hermano, 
tímido y déb;l, y acostumbrado desde su niñez á plegarse 
á todos mis caprichos, que le mataría en el momento que 
llegase á descubrir nuestro secreto ... ' 

— ¡Por piedad, calla, calla! esclamó D. Nereo, ponién- 
dole la mano sobre los lábios. 

— No es esto todo, repuso el conde exaltándose á me- 
dida que hablaba, y dejando traslucir el desquicio completo 
de su razón; cuatro asesinos partieron á Rio-Grande para 
matarte, Amaro; junto con el antiguo y fiel servidor de mi 
padre. Por fortuna no estabas allí, y solo este sucumbió. 

Un grito de horror se escapó de la boca de todos los 
circunstantes. El conde mismo, horrorizado de su crimen, 
escondió la cabeza entre las manos. 

— Perdónale, Amaro, dijo D. Nereo echándose á sus 
piés; ¡perdónale! .... Si él te ha robado nombre y fortuna; 
si ha atentado contra tu vida; si te ha perseguido luego, yo 
he velado por tí secretamente, hasta que te perdí de vista 
hace algunos años. 

— ¡Dios mió! ¡Dios mió! murmuró el conde, esti- 
rándose y revolviéndose en el mullido lecho; ¡ me abrasa 
las entrañas el veneno del hierro que rae ha herido ! 


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CARAMURÚ. 213 

¡ Dadme agua, agua ! ¡ Que me muero de sed ! 

Y era espantosa su agonía. 

El recuerdo de su vida pasada, la idea tremenda de la 
eternidad, la memoria de su padre moribundo y de su fiel 
servidor cayendo acribillado á balazos, sin querer descubrir 
el paradero de Amaro, le hacían entrever mil espectros y 
visiones horrorosas que le amenazaban con látigos de fuego. 

—¡Salvadme! ¡Salvadme! . . . .decía: ahí están. . . . 

ahí .... junto á mi ¿no los veis?. . . . ¡Ah! 

Y con el cabello erizado, la frente cubierta de un sudor 
frió, los ojos desencajados, entreabierta la boca y agitando 
las manos alrededor de su cabeza, como para alejar los fan- 
tasmas que lo perseguían, exhalaba ahullidos de desespera- 
ción, imprecaciones y blasfemias que hacían estremecer de 
horror á la cándida cuanto afligida Lia , que se acercaba ma- 
quinalmente á su padre, y le arrastraba del brazo para que 
se la llevase fuera. 

Es preciso haber visto morir á un hombre desesperado 
para formarse idea de esta escena horrorosa. . . . 

De pronto quedóse inmóvil; un ¡ay! estertóreo se esca- 
pó de su pecho; sus dientes rechinaron como si una lima 
pasára por entre ellos; su mirada fija, fulgurante, se clavó 
en la pobre niña que le contemplaba aterrada orando en voz 
baja por su salvación: al encontrarse sus miradas, el conde 
cerró los ojo9, y dando un fuerte sacudimiento, sus miem- 
bros se dilataron estraordinariamente. 

Todos creyeron que había muerto; pero no había 
muerto, no; era que Dios se compadecía del desgraciado, y 
el ángel de su guarda cernía su vuelo sobre él, atraído por 
las plegarias de la virgen pura é inocente. 


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•¿14 


CA.RAMURÚ. 


El sincero arrepentimiento del conde colmó la medida 
de la eterna justicia; disipáronse poco á poco sus atroces 
dolores; y la razón volvió á su mente estraviada. Así la 
bondad inmensa del Señor de cielos y tierra castiga en un 
minuto siglos de estravíos. 


Dulcísimas preces, pronunciadas mas que con los lábios 
con el alma, sucediéronse á sus desesperados tormentos: 
inefable quietud inundó todo su ser, y la luz de la espe- 
ranza, la radiación del espíritu divino que descendía sobre 
su frente, rodearon al moribundo con una aureola de celeste 
beatitud 

Incorpórose por vez última en su lecho: llamó á Lia y 
á Amaro, y uniendo sus diestras, les dijo con ese acentcr 
solemne, lleno de unción y magestad, éco del alma que sole^ 
vibra en los que ya no pertenecen al mundo: 

— Sed felices, y Dios bendiga vuestra unión, Amar 
hazla muy dichosa: Lia, quiérele mucho. . . . Toda mi for 
na es vuestra ... . Asi lo dispongo en mi testamento..*’ 
Hermano mió, Lia, ¿me perdonáis ahora?. . . . 

— ¡Sí, contestó Amaro sin permitirle terminar la 
y estrechándole con trasporte entre sus brazos; si, herma 
mió; sí, y vive para coronar nuestra felicidad! .... 

Hubiérase dicho que solo aguardaba este perdón; 
moribundo para romper el débil lazo que le ligaba á la ti 
ra; tendió á Lia la siniestra mano; estrechó con la diestra, 
de Amaro, inclinó el cuello sobre su hombro, y en el misino 
momento en que el sol tocaba en su ocaso, la tarde del 28 de 
Febrero de 1827 volaba ante el tribunal de Dios el alma del 
que fué en el mundo D. Alvaro María de Abreu, noveno 
conde de Itapeby. 


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CARAMURU 


í lie Jufeil/mv: li». Teotfomíro fteal y Prado editor. 

Sed felices, y Dios bendiga vuestra unión. 


Jjh'jSAN JKAÍ\ÍIN " N r 1. 


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XIX. 


Epílogo. 

Amaro, reconocido como hijo del conde de Itapeby y 
nombrado por el gobierno provisorio general efectivo en 
recompensa de sus eminentes servicios, pasó á la capital, y 
se unió á Lia seis meses después. .... 

No intentaremos profanar su ventura queriendo des- 
cribirla. Dichosos cuanto es posible serlo en este misera- 
ble globo sublunar, diremos únicamente que si la felicidad 
existe, ellos la encontraron en la tierra sin duda. 

Rodeado del prestigio y consideración que da la gloria 
legítimamente conquistada; respetado, querido y admirado 
de sus conciudadanos, amado de una mujer jóven, bella, de 
talento, y dueño de una fortuna pingüe, ¿qué mas podía 
pedirle á Dios?. . . .Sí en eso no consiste la felicidad, es sin 
disputa á todo lo que nos es dado aspirar razonablemente. 

Por nuestra parte, deseamos á nuestras lectoras un 
marido tan apasionado, tan noble y tan digno de ser queri- 
do como Amaro, y á nuestros lectores una compañera tan 
bella, tan pura come Lia, y no añadimos tan rica, porque 
eso se sobreentiende, viviendo en un siglo tan presAiee y 
calculador como el nuestro. 

30 


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216 


CABAMURÚ. 


En cambio de estos buenos deseos, al deciros adiós, 
caros leyentes, solo nos atrevemos á pediros una buena 
dósis de indulgencia para todo lo que no os haya agradado 
en el curso de nuestra historia. Si en esta ocasión no he- 
mos acertado á complaceros dignamente, tal vez en otra lo 
alcanzaremos. Por eso el autor confía en vuestra benevo- 
lencia. 


FIN. 


NOTA.— La calificación de histórica dada en el título & esta novela, es pura- 
mente nuestra; pues no se encuentra en el ejemplar que nos ha servido para la 
reimpresión. A pedido del autor, hacemos esta advertencia. 

Tetdtiair# Real j Pradt. 


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HICE DE CiRAMUil 


Pajina. 

Carta de D. Rafael María Baralt v 

Juicio crítico por D. Francisco Orgaz vii 

Advertencia * XV u 

Capítulo I o . El rapto 1 

“ 2 o . Puñaladas 11 

44 3 o . Cien mil patacones 23 

“ 4 o . Lia Niser .' 37 

“ 5°. El Yacaré 51 

44 6 o . Amor virgen 63 

44 7 o . La guarida de Amaro 77 

44 8 o . El Tubichá 89 

“ 9 o . Añang.... 99 

44 10°. Vértigo 111 

44 11°. El cambueta 123 

44 12°. Protector y protegido 137 

44 13°. Las carreras 149 

44 14°. La montonera 161 

44 15°. Todo por ella 171 

44 16°. Venganza de un gaucho 181 

44 17°. La batalla de Ituzaingó 197 

44 18°. Revelaciones 207 

44 19°. Epílogo 215 


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PLANTILLA 

Para la colocación de las láminas. 

Pájina. 

Lámina I a . Portada iii 

“ 2 a . Partió á galope hácia el monte cercano 

y á poco se perdió entre su lóbrego 

ramaje 9 

“ 3 a . ¡Me ha'muerto! ¡Voto al! fueron las 

únicas palabras que pronunció al 

caer sin vida 18 

“ 4 a . El gefe de los montoneros por única 

respuesta se atusó el bigote 100 

“ 5 a , Dormía la encantadora jóven con la 

calma de la virtud y el abandonó 

de la inocencia 115 

“ 6 a . ¡Oh! ¡El cielo le proteje! replicó Lia 

trocando sus lágrimas de pesar en 

otras de gozo 167 

“ 7 a . Sed felices, y Dios bendiga vuestra 

unión 214 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 



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y VIDA POS UN CAPRICHO 


I. 

Virgen y mártir. 

Las tropas del invicto emperador habían entrado vence- 
doras en la ciudad eterna: la bandera de Castilla flameaba 
en los torreónos de Sant- Angelo. Roma habíji visto á una 
soldadesca desenfrenada profanar su sagrado recinto. 

Gefes y soldados, en medio de la embriaguéz de la vic- 
toria, procuraban descansar de las duras fatigas del com- 
bate en brazos de las bellas hijas deí Lacio. Al estruendo 
del cañón, á los gemidos de los moribundos, habíanse su- 
cedido las dulces trovas y las tiernas pláticas de amor al 
rayo de la luna. 

La apuesta juventud castellana, ávida de placeres, y 
aletargada por el plácido cielo, por la atmósfera tibia y 
embalsamada de la voluptuosa Italia, se adormía al arrullo 
de sus caricias, y entrelazaba los mirtos y las rosas á la 
guirnalda de laureles que ceñía su altiva frente. 

Desdeñando las conquistas vulgares, únicamente los 
obstáculos, los peligros, las dificultades que había que ven- 
cer conmovían su imaginación y enardecían su pecho. Ella 
levantaba su pensamiento á la altura de su espada. 


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4 


LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


La proverbial galantería española, su espíritu caba- 
lleresco y apasionado, encontraban ancho campo para 
desarrollarse en la antigua ciudad de los Césares, reina 
destronada tendida sobre el manto de sus pasadas glorias, y 
condenada siglos hace á sofocar sus lágrimas y lamentos 
entre los brindis de una eterna orgía, y á dejarse arrebatar 
la flor de su pureza, tan pronto, por los salvajes hijos del 
Norte, como por sus propios hermanos. 

Algunos de los principales jóvenes de los tercios espa- 
ñoles, los mas gallardos, los mas valientes y enamorados, 
habían hecho una apuesta, propia de cabezas no maduras 
aun por el hielo de los años, y que revelaba la escesiva 
confianza que tenían en sus personas y en sus medios 
de seducción. 

Había entonces en Roma una muger, célebre por su 
belleza, por los rumores que circulaban acerca de ella, y 
sobre todo, por su carácter escéntrico y original. Gemma 
diPórtici, hija de un conde napolitano, cuyo preclaro origen 
corría parejas con su colosal fortuna, y que se había fugado 
de la casa paterna á la edad de diez y ocho años para seguir 
á un capitán de húsares, del que se separó al dia siguiente 
sin querer aceptar su mano. 

Refugióse encasa de una tia suya que estaba enemista- 
da con su padre, y allí permaneció oculta cuatro meses, y 
mas tiempo hubiera permanecido, á no acontecerle una 
desgracia que decidió de su porvenir. 

Ella, temiendo la cólera del autor de sus dias, había 
hecho correr la voz, y todos creían que había pasado ¿ Fran- 
cia con su raptor, el cual desapareció, obligado á ausentarse 
de Italia, donde era í&cil le alcanzase la venganza de la po- 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


5 


derosa familia de Gemma; y el conde, al saber la locura de 
su hija, cayó enfermo, y murió al cabo de cuatro meses. 

Tanto era su cariño á Gemma, que no pudo resolverse 
á maldecirla ni á desheredarla, como la había amenazado 
en varias cartas que le escribió, exhortándola á que volviese 
á su lado, prometiendo perdonarla y unirla al hombre que 
amaba, por humilde y despreciable que fuese. 

Desgraciadamente estas cartas no llegaron á manos 
de su hija; si las hubiera recibido, al punto habría volado á 
sus brazos. 

Dueña de una fortuna inmensa, menos grande que su 
hermosura, se dirigió á Nápoles, hizo entender á su tutor 
que estaba casada, y una vez arreglados sus asuntos, deter- 
minó irse á otra ciudad donde no la conociesen. 

¡Empeño inútil! escogió á Roma, y cuando llegó, 

llegó precedida de la fama que siempre produce todo lo que 
preocupa fuertemente la atención pública, sea bueno ó malo. 
Se instaló en un magnífico palacio, y abrió sus salones á 
todos los que quisieron frecuentarlos. 

Jóven, rica y hermosa, al punto se granjeó las simpa- 
tías de todos: su supuesto desliz era un nuevo cebo para la 
multitud, y como es de suponer, numerosos adoradores 
acudieron en tropel á ofrecerle sus desinteresados respetos. 

Gemma los recibía con la sonrisa en los lábios: dejaba 
que la enamorasen, hasta que se mostraban demasiado exi- 
gentes ó importunos. Entonces los desengañaba con la 
mejor gracia del mundo. 

— Amigo mió, les decía: os habéis equivocado. No soy 
lo que pensáis. 

Sí insistía el interesado, le contestaba estas palabras 


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6 


LA VIDA POR UN CAPRICHO . 


solemnes, sacramentales, que no dejaban lugar ¿apelación, 
y convencían hasta á los mas rehacios é incrédulos: 

— |Es imposible; de todo punto imposible! 

Ni el talento, ni la fortuna, ni la posición social, ni la 
elevada alcurnia, ni las prendas físicas ó morales de sus 
amantes, pesaban nada en la balanza de sus juicios. Estra- 
vagante como no lo ha sido jamás mujer alguna, daba 
márgen á cada momento con sus fantasías á que la opinión 
le atribuyese muchas faltas que no existían sino en apa- 
riencia. Deciase que unas veces amaba por sentimiento; 
otras por satisfacer una necesidad de su fogosa naturaleza, 
no pocas por vanidad, y la mayor parte por un capricho 
efímero que se desvanecía tan pronto como tocaba la rea- 
lidad. 

Difícil sería comprender, añadían, y mas que difícil 
todavía, imposible, esplicar por causas naturales el verda- 
dero motivo que la decidía de año en año, el anniversario de 
su primer deliz, á convertirse en cortesana. 

Y siguiendo la murmuración su tejido de fábulas, re- 
petía que era imposible esplicarlo, porque su conducta luego 
era realmente incomprensible. El nuevo amante, el mortal 
venturoso por veinte y cuatro horas, perdía al dia siguiente 
todos sus derechos; era equiparado con los demas, y ni 
ruegos, ni protestas ni lágrimas, podían cambiar la incon- 
trastable voluntad de Gemina. 

Pero la verdad era que nadie hasta entonces había 
conseguido nada de ella, á pesar que ninguno creía en su 
virtud. Cada cual imaginaba que alguno de sus rivales 
era el favorecido, y como nunca faltan fátuos que se alaben 
y nécios que conviertan en realidad sus deseos burlados. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


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la pobre Gemma, sin merecerlo, tenía la reputación de una 
Mesalina. Era, en una palabra, virgen y mártir . ... de la 
maledicencia. 

Porque en su grosero materialismo, con los anteceden- 
tes que mediaban, no podían concebir los hombres, cómo 
aquella muger, iniciada ya en los misterios del amor, tan 
jóven, tan bella, tan apasionada á veces, se mostraba tan 
indiferente á la felicidad, tan cruel con los que la adoraban 
con todas las fuerzos de su alma, y se resignaba tranquila- 
mente á pasar los años mas halagüeños de su vida en la 
soledad y el tédio, y á ver marchitarse su belleza y sus 
ilusiones sin beber en la áurea copa que la brindaba el 
placer, colmada hasta los bordes de fácil ventura. 

Cada uno en particular, y todos en general, se perdían 
en conjeturas, y ninguno acertaba con la razón de sus des- 
denes. Gemma era un enigma, un ge roglífico mudo, que 
nedie alcanza á descifrar por mas que mire y torne á mirar, 
volviéndolos de abajo á arriba, de derecha á izquierda, de 
un lado y otro, los misteriosos caractéres trazados en él. 

Y sin embargo, la razón era muy sencilla, tan sencilla, 
que de puro sencilla se escapaba á la lógica y al raciocinio 
común. La hermosa napolitana había amado con delirio al 
hombre, origen de su desgracia, y sufrido el mas acerbo 
desengaño que puede sufrir una mujer sensible, bella y 
amante. El infame anhelaba solo sus riquezas, y su finjido 
cariño había sido únicamente un vil cálculo. Era ademas 
villano en sus sentimientos, brutal é insoportable en su 
trato. Ella lo conoció en una larga conversación que tu- 
vieron la misma noche de su fuga, y llena de indignación, 
avergonzada de haber mancillado su nombre y acibarado 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


los dias de su padre por un hombre semejante, se alejó al 
punto de él. 

Entonces juró no casarse jamás ni amar A ningún 
hombre, y para no caer algún dia en la tentación de que- 
brantar su juramento, se propuso adoptar el sistema que 
hemos indicado. 

Perdida ya en el concepto del mundo, quiso al mismo 
tiempo que se rehabilitaba á sus propios ojos envilecerse 
mas y mas A los de aquellos que pudiesen hacerla variar de 
resolución: quiso marcar su frente con un sello perdurable de 
infamia y sacrificar en aras de su reposo y de su indepen- 
dencia la incierta felicidad que acaso le guardaba aun la 
Providencia: quiso, para llevar adelante su propósito y no 
desmayar en él; para avivar las llagas mal cicatrizadas de 
su pecho, quiso imponerse el duro suplicio de escuchar 
diariamente las impertinencias de los nécios, y las lisonje- 
ras espresiones de los discretos, y desengañarlos no bien 
pretendían ver realizadas sus locas esperanzas; y si se 
empeñaban en perseguirla, cerrarles sus puertas, arrojarlos 
lejos de sí, como se arroja un libro que nos ha distraido un 
rato, y apénas satisfecha la curiosidad, nos cansa, nos pesa 
haber malgastado el tiempo en su lectura. 

Tal proceder no era hijo de su mal corazón: el fondo de 
Gemma era escelente, y por eso temía cobrarle cariño, ceder 
insensiblemente á su piedad, si dejaba que alguno tomase 
el mas leve predominio sobre sus ideas y sentimientos. 

A fuerza de pensar en esto, llegó con el tiempo A ser en 
ella una especie de monomonía. Oculta enagenacion men- 
tal, secreta afección del alma que no se revelaba por signos 
esteriores, y que no obstante existía latente en su espíritu. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


9 


como la atracción en el imán, como el fuego en la pólvora, 
como los sonidos en las cuerdas de un instrumento musical. 

Ahora bien; los jóvenes de que hicimos mención al 
comenzar nuestra historia, habían apostado una crecida 
suma á quién conquistaba primero el amor y obtenía una 
cita de aquella beldad tan celebrada, de la que se contaban 
cosas tan singulares, y á quién la voz general designaba 
como una cortesana, conviniendo todos en que era la muger 
mas rara y original que existía debajo de las estrellas .... 

¿No teneis curiosidad, queridísimas lectoras, de saber 
el resultado de esta apuesta? Francamente: ¿no os agrada- 
ría, caros lectores, averiguar si hubo alguno que la obligó 
á mudar de propósito?. . . . 

Si queréis salir de dudas, seguidme hasta los primeros 
párrafos del capítulo segundo. 



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II. 


¿El 6 yo? 

Daban las doce de la noche en el reloj del Vaticano, y 
en un elegante gabinete de un palacio á orillas del Tíber 
se veía á una mujer silenciosa y meditabunda sentaba en 
una otomana y envuelta en una capa de pieles. 

La ténue luz de una bugía, cubierta con una pantalla 
azul, y colocada encima de una consola inmediata, argen- 
taba las líneas artísticas de su bellísima fisonomía, que re- 
saltaban puras y graciosas entre el claro-oscuro producido 
por la sombra de sus negros cabellos que caían en mil per- 
fumados rizos sobre su seno alabastrino, orlando su rostro 
encantador como una guirnalda de azabache. 

Reclinado el brazo sobre un estremo de la consola, apo- 
yada la sien en la palma de la mano, la mirada distraída 
vagando de la alfombra á las sillas, de las sillas á las pare- 
des, de las paredes á los cuadros, de los cuadros al techo, y 
del techo á la superficie de la mesa, donde había un libro 
abierto, que probablemente leía poco antes, parecía aguar- 
dar á alguien entregada & penosas reflexiones é impacien- 
tarse á medida que pasaba el tiempo 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


El ángel de la tentación no es mas bello que aquella 
mujer meditando en aquella actitud y en aquel solitario 
retrete, á la incierta luz de aquella lámpara desmayada, que 
pudorosa minoraba su brillo, cual si desease prestar auda- 
cia á dos tímidos amantes para consumar su ventura. 

La hermosa en tanto, mas inquieta cada vez, tornaba 
á pasear sus miradas en tomo de sí .... De repente; herida 
de un pensamiento doloroso, quedó inmóvil, con los ojos 
clavados en la alfombra. 

Repentino fulgor animaba sus brillantes pupilas; algu- 
na imperceptible arruga resbalaba en su tersa frente; sus 
Jábios de coral se entreabrían á intérvalos y dejaban esca- 
par un leve suspiro; veíase subir la sangre por las azules 
venas de su cútis trasparente, y agolparse en los graciosos 
hoyuelos de sus mejillas sonrosadas. 

Entonces un sentimiento de orgullo y despecho comu- 
nicaba á sus grandes ojos negros, altivos y avasalladores en 
su estado normal, una indefinible espresion de enojo y ter- 
nura, de amor y de melancolía; estremecíase el arco per- 
fecto de sus cejas de ébano, y corría una ardiente lágrima 
al través de sus largos párpados. < . . . 

— ¡No viene! murmuró con amargura, viendo que 
había trascurrido mas de media hora desde que sonaron las 
doce campanadas en el Vaticano; ¡no viene! ¡Sin duda me 
desprecia! ¡Oh! ¡Esto es atroz! 

Y no pudiendo contener ya por mas tiempo su im- 
paciencia, tomó una campanilla de plata, y la sacudió 
con ira. 

Una viejezuela apareció en el umbral. 

— ¿Qué queréis, señora? dijo, echando una signifíca- 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


13 


tiva mirada alrededor, como para esplicarse la causa del 
enojo de su ama. 

— ¿Qué he de querer? contestó Gemma precipitada- 
, mente, ¿no lo adivinas?. . . . 

—¡Ah! ... comprendo ¿no ha venido el capi- 

tán? 

— ¡No! no ha venido, Bettina, repuso la condesa, hi- 
riendo el suelo con el pié, apoyando el codo sobre la consola, 
y la barba en el estremo de la mano cerrada. 

— Es singular, añadió la vieja con asombro: puede ser 
que algún lance imprevisto, alguna ocurrencia muy grave 
le haya impedido venir. 

— ¿Tú lo crees así? 

— Sería una insensatez atribuirlo á otra causa. No es 
posible que tan gentil caballero os hiciera un desprecio, 
mucho mas ignorando vuestras verdaderas intenciones. 
Tal vez. . .. 

— ¿Qué? preguntó Gemma con ansiedad. 

— Tal vez su criado no le haya entregado vuestro 
billete. 

— En efecto bien puede ser... esclamó la bella 

ofendida titubeando; pero de todos modos, yo necesito salir 
de dudas al instante: sufro horriblemente: corre, anda á su 
casa, y procura hablar con su criado. Por fortuna vive 
bien cerca de aquí. 

— Pero, señora, ¡ved que es mas de media noche! 

— Mejor; todavía no habrá vuelto. Aficionado como 
es al juego, acostumbra retirarse muy tarde. 

— Pero, señora, considerad. . . . replicó la vieja, que 
tenía miedo de atravesar las calles á aquella hora. 


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LA. VIDA POR ÜN CAPRICHO. 


— Yo lo quiero, Bettina, dijo la condesa con altivez* 
No repliques; haz lo que te mando. 

La vieja salió refunfuñando, y su ama, presa de mil 
sentimientos encontrados, volvió á sentarse en la otomana.» 

No habían trascurrido veinte minutos, cuando el suave 
crugido de un resorte que servía para abrir una puerta 
secreta incrustada en el fondo del gabinete vibró agrada- 
blemente en el corazón de la hermosa; llenándola de turba- 
ción y alegría, y haciéndola arrepentirse de su precipi- 
tación. 

Un embozado, cubierto el rostro con un antifaz, se 
adelantó hasta ella. 

— Perdonad, señora, si no he venido antes, dijo incli- 
nándose y quitándose el sombrero. 

—¡Dios mió! esclamó la condesa azorada, al escuchar 
su acento, é incorporándose velozmente, como el enfermo 
que en el ardor de la fiebre cree ver un fantasma sentado en 
el borde de su lecho; ¡Dios mió, esta voz no es la suya! . . . 

El desconocido la contemplaba en silencio con los bra- 
zos cruzados; sus ojos despedían llamas al través de las dos 
cóncavas hendiduras de su negro antifaz. 

— ¿Quién sois caballero, y con qué derecho, cómo y por 
qué os habéis atrevido á entrar de esa manera en mi casa?., 
preguntó Gemina trémula de sorpresa é indignación. 

— ¡Vos misma me habéis citado, vos misma! repitió él 
sacando un billete, leyendo el sobre en voz alta y mostrándo- 
selo á la que lo había escrito. 

El billete contenía lo que á continuación copiamos: 

«Puesto que mañana os vais de Roma, deseo hablaros 
esta noche. A las doce os aguardo: podéis entrar por la 


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LA VIDA POR UN CAPHICHO. 


15 


puerta falsa del jardín, que estará cerrada solo con el pes- 
tillo. Al pié del pabellón de la derecha, en un ángulo, cer- 
ca de la glorieta, hallareis otra pepueña puerta que se abre 
f apretando el clavo tercero de la primera fila contando desde 
abajo; subid una escalera de caracol que encontrareis, y al 
remate de ella buscad en la pared un resorte, y empujadle 
para adentro con fuerza. 

«Os ruego que vengáis con el rostro cubierto: sentiría 
que os conociese alguno de los muchos que suelen rondar 
mi palacio. Adiós. ¿Faltareis? . . . , i 

— ¡Maldición! esclamó Gemma: me he equivocado. 

— Lo que quiere decir, replicó irónicamente el desco- 
nocido, que escribisteis dos cartas ála vez, y pusisteis un 
sobre por otro. 

i 

Gemma le miró furiosa, y nada contestó. 

— Eso mismo me figuré yo, continuó él impasible; la 
cita no era para mí; pero como he hecho una apuesta, como 
os amo, y hasta ahora solo he recibido desdenes y desprecios 
en pago de mi sincera pasión, resolví venir, no ya como un 
amante sumiso, sino como un «creedor inexorable cansado 
de esperar. He aguardado desde el anochecer hasta ahora 
á ese rival afortunado, á quien no conozco, y á quien detes- 
to sin conocerle, para tener el gusto de matarle antes de 
presentarme á vuestros ojos, en el caso no muy factible que 
os hubiéreis apercibido de vuestro engaño y variado la ho- 
ra. Por fortuna suya no ha aparecido . 

¿Y /jué pretendéis? ¿Qué exigís de mí? preguntó la 
condesa con la arrogancia de una reina ultrajada. 

— Conseguir de grado ó por fuerza lo que me he pro- 
puesto. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


—Caballero, retiraos, si no queréis que llame á mis 
criados, y os haga arrojar por un balcón. 

— Sé mui bien que nada os importa el escándalo. Ahora 
después de lo que he visto, creo cuanto malo se dice de vos. 

— Creedlo y dejadme en paz; nada me importa. 

— Por lo mismo ya no estoy obligado á guardaros con- 
sideración alguna. ¡Mirad, habéis de ser mía esta noche, 
ú os asesino! 

— ¡Cobarde! gritó la condesa abalanzándose ála puer- 
ta con ánimo de huir; pero el aleve la cogió de un brazo, y 
la arrojó bruscamente al medio del aposento; desnudó la 
espada, se acercó á ella, y se la puso al pecho, diciéndole 
con voz ahogada y amenazadora: 

— ¡O él, ó yo! 

Gemma cerró los ojos, dió un grito, y cayó desmayada 
sobre el respaldo de la otomana. 

Al mismo tiempo crugió el resorte de la puerta secreta. 

Un nuevo personaje, el amante verdadero, asomó en 
el oscuro hueco, y se lanzó espada en mano á castigar al 
vil que tan traidoramente abusaba de su fuerza con una 
débil mujer. 

También traía cubierto el rostro con su antifaz, y su 
traje indicaba, como el del primero, que pertenecía á la 
clase militar. 

— Quién quiera que seáis, le dijo, sois un mal caballero, 
un villano, un infame; yo debería atravesaros con mi espa- 
da de parte á parte sin deciros una palabra, pero no quiero 
mataros á traición. ¡En guardia, miserable! .... 

— jEn guardia! repitió su rival, ciego de cólera, apre- 
tando el puño de su acero. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


17 


— ¡Caballeros, por Diós, por la Virgen bendita, por 
todos los santos del cielo, idos á otra parte á dirimir vuestra 
disputa! Ved el compromiso en que vais á poner á mi 
ama. Si alguno de vosotros muere, ¡santo Dios! ¡Qué será 
de nosotros! dijoBettina, que había venido con el último, 
llorando, interponiéndose entre ellos y rogándoles con voz, 
gestos y ademanes que no se batiesen allí. 

— ¡Tienes razón, dijo el primer enmascarado, sal- 
gamos! 

— Si; salgamos, y alejémonos cuanto sea posible del 
palacio, contestó su adversario, después de decir al oido 
cuatro palabras á la vieja. 

— Los dos bajaron juntos la escalera de caracol, y sa- 
lieron á la calle por la misma puerta por donde habían 
entrado. 

Marcharon un buen rato en silencio, se metieron en ima 
de las callejuelas mas solitarias, y siempre callados, desen- 
vainaron sus tizonas. 

4 

Al chocarlas, bajó la punta de la suya el que entró pri- 
mero en el gabinete, y asaltado, quién sabe si de temor ó 
curiosidad, dijo á su enemigo: 

— Caballero, nos descubriremos el rostro si gustáis. 

— Lo siento en el alma; pero no me place. 

— ¿Por qué? 

— Porqué si sois amigo mió, como sospecho, me costa- 
ría trabajo mataros, y deseo y pienso mataros. 

-r— ¿Tanto amaís a esa muger? 

— Los cielos son testigos que no la amo, y que lo que 
siento por ella es solo un capricho; pero un capricho por el 
cual daría con gusto mi vida sin vacilar. 


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IX 


LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


— ¡La vida por un capricho! . .murmuró el desconocido 
con desden; ¡y por una cortesana! 

— Prescindiendo de eso, respondió el pundonoroso joven, 
resentido de la dura calificación de su contrario, y de si es 
ó no digna de ser tratada como lo exige, si no su conducta 
ni elevada cuna, su calidad de mujer, le habéis inferido un 
ultraje tan grande, que toda vuestra sangre no bastaría á 
lavarlo. Vamos, en guardia, que perdemos el tiempo. 

— Ella os aguarda, ¿no es verdad? 

—Sí. 

— A muerte, gritó el celoso y despreciado amante. 

— A muerte replicó su rival. 

Las espadas se cruzaron. A poco resonó un ¡ay! histé- 
rico, profundo, desgarrador. 

Gemma estaba vengada: la esptada de su amante se 
hundió hasta la empuñadura en el pecho del que la había 
ofendido, y este cayó, al parecer, cadáver. 

El vencedor se alejó de allí % sin querer verle la cara, 
temiendo encontrarse con alguno de sus amigos, y voló al 
palacio de la condesa, que había vuelto de su desmayo y 
supo con pena el resultado del duelo. 

Quiso dar esplicaciones á su amante y él la rogó que 
guardase su secreto, pues nada quería saber tocante á aquel 
hombre. Estaba en la falsa creencia de que era uno de sus 
mejores amigos. 


Estos puntos significan muchas cosas que la rapidéz de 
nuestro relato no nos permite detenemos á examinar. La 
imaginación, Vesprit de nuestros lectores suplirá nuestra 
involuntaria omisión .... 



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LA VIDA PÓU ÜN CAPRICHO. 


19 


— ¿Y si te hubiera muerto? decía ella á su jó ven amig*o 
al amanecer del siguiente dia; sabes que hubieras pagado 
bien caro tus impertinencias; tú, que dices que solo me amas 
por capricho, y á quien yo por esa circunstancia, por esa 
franqueza que me encanta, he llegado á amar con frenesí 
con locura, como solo he amado una vez en mi vida. 

— ¡Anjel mió! contestó el feliz amante contemplándola 
embelezado con el embelezo con que contempla á una mu- 
jer hermosa y querida después de toda una noche de ában- 
dono y amor, el que tiene motivos para creerse realmente 
dichoso: ¡alma de mi alma! ¡Hay caprichos que valen la 
pena de que le sacrifiquemos nuestra existencia! 

Obligado á salir de Roma con su tercio, se fingió enfer- 
mo, y dilató algunos dias su viage; hasta que faltándole ya 
todos los pretestos, partió á España enamorado locamente 
de Gemma, y lo que es mas increíble, Gemma, ciega por 
él, dispuesta, habiendo quebrantado ya su juramento, á 
darle su mano y sus riquezas, oferta que él no quizo aceptar. 

Idólatra del honor, noble y desinteresado hasta el esce- 
so, á pesar de su veraz cariño, no le cegaba tanto la pasión 
para resolverse á unirse con una mujer mancillada por el 
mundo, y que al fin, como había dicho su rival, á los ojos 
de todos no era otra cosa que una cortesana de alta gerar- 
quía. Luego él no tenía un maravedí, y ella era millona- 
ria. Todos atribuirían su enlace á un mezquino y vergon- 
zoso cálculo. 

En vano Gemma procuró desde la primera noche justi- 
ficarse, y le juró que él era el único por quien lo había 
olvidado todo; en vano descorrió á sii vista el misterioso 
velo de su existencia: en vano le confesó que ella también 


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20 


LA VIDA POP. ÜN CAPRICHO. 


había tenido el capricho de entregarse á él como un medio 
de curarse de su loco amor, convencida, como estaba, de 
que la tendría en el mismo concepto que los demas; pero 
que luego aquel amor fatal, en vez de apagarse con la ruda 
prueba á que lo sujetaba, había crecido y tomado proporcio- 
nes colosales. ¡Cuanto mas le conocía, mas le idolatraba! 

El, sin dejar de creerla en parte, la compadecía, y tra- 
taba de persuadirla de que no pensaba como los demas; por 
eso ella se aventuró á ofrecerle su mano, advirtiéndole que 
si no quería aceptarla y la amaba, le seguiría como su man- 
ceba hasta el fin del mundo. 

Muchos y violentos esfuerzos tuvo que hacer el capitán 
para no ceder á la irresistible mágia de sus palabras, á la 
vehemencia del amor que también se había despertado en 
su pecho después de poseerla y sondear el abismo de pasión 
que escondía el alma de aquella mujer, tan digna de ser 
amada y al mismo tiempo tan infeliz; pero las sugestiones 
de su orgullo, la vergüenza de ser el ludríbio de sus amigos 
y el desdoro de su familia, le prestaron fuerzas para resistir, 
y prometiendo volver y complacerla, alejarse de ella para 
siempre, como el único medio de evitar su perdición. 

Gremma, creyendo sincera su promesa, le abrazó llo- 
rando de gozo, y el dia de su partida, al darle su retrato 
guarnecido de brillantes, le rogó que le llevase siempre 
consigo, como un talismán que le recordase á cada instante 
su acendrado amor, 

Pero pasó un mes, nn año, dos, tres. ... y el capitán 
no volvió, ni la infortunada amante supo donde se encon- 
traba, hasta que la inmensidad del Océano los dividía, pay! 
para no volverse á encontrar en la tierra. 




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III. 

Telada bajo el trópico. 

El I o . de Setiembre de 1535 salía de la barra de San- 
lúcar, con los primeros albores de la mañana, la mas lucida 
armada que hasta entonces surcára el Océano para la con- 
quista de las Indias. Catorce buques la componían, y lle- 
vaba cerca de tres mil combatientes; entre ellos hermanos 
y deudos de los primeros títulos de Castilla, gentiles-hom- 
bres, mayorazgos, comendadores de San Juan y Santiago, 
esforzados campeones, célebres en las guerras de Flan des 
y de Italia y otros muchos hidalgos de cuenta. 

Aquella magnífica espedicion, que no costaba un real 
al erario, iba á la conquista del rey blanco ó plateado , nom- 
bre que ideó la fantasía de Gaboto de vuelta de su malhada- 
do viaje al argentino rio, descubierto por Solís en 1515. 

D. Pedro de Mendoza, mayorazgo de Guadix, gentil- 
hombre de la real casa, caballero principal; que, según va- 
rios historiadores, había militado en Italia y enriquecídose 
en el saqueo de Roma, y según otros, adquirido considera- 
ción é influencia merced á doña María de Mendoza, parien- 
ta suya, casada con D. Francisco de los Cobos, habiendo 


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22 


LA VIDA POU UN CAPKICH0. 


obtenido del emperador el nombramiento de adelantado del 
Rio de la Plata y el título de marques después que lo pobla- 
se, proyectó conquistarlo, reunido con otros particulares 
que á la fama de las pasmosas nuevas, ó mejor dicho, men- 
tiras que derramaba astutamente el piloto mayor del reino, 
el veneciano Sebastian Gaboto, acudieron en tropel á ofre- 
cerle con sus personas cuanto poseían «teniendo á gran 
dicha, según la espresiva frase de un cronista, ser admitidos 
á esta empresa desgraciada como ninguna. » 

Ningún contratiempo esperimentaron hasta las islas 
Canarias, donde el adelantado pasó revista á su galana tro- 
pa, quedando muy satisfecho, no solo de su buen porte, 
disciplina y entusiasmo, sí nó también del brillante estado 
en que se encontraba respecto á vestuarios, armas y mu- 
niciones. 

Partieron cuatro semanas después, y el viento, próspe- 
ro hasta entonces, empezó á mostrárseles contrario: cerca 
de la línea equinocia!, una deshecha tempestad dividió á la 
armada, si bien con fortuna, porque ningún buque se filé á 
pique. 

Adelantando su rumbo hácia el Mediodía, sucediéron- 
se á los vientos desencadenados las calmas del trópico, mas' 
terribles acaso. 

La armada, inmóvil en medio del Atlántico, parecía 
detenida allí por la invisible mano de algún génio maléfico. 
El aura mas leve no rizaba la faz dormida del líquido ele- 
mento, unido y lustroso como una gran plancha de bruñido 
acero: no se movían las azuladas aguas ni lamían con do- 
liente murmullo los costados de los rápidos bajeles: flojas y 
fin brío las pardas lonas, caían á lo largo de los mástiles 


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LA. VIDA POR UN CAPRICHO. 


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como un velo que ocultase su vergüenza é indignación .... 

Calma eterna, glacial, desesperante, abrumadora; cal- 
ma imágen del reposo de la tumbal, estendia sus pavorosas 
álas sobre la vasta estension del Océano. 

El alba vertía sus inciertos vislumbres sobre el ancho 
círculo que en alta mar rodea siempre á los navegantes; 
trepaba el sol por Jos lejanos horizontes sacudiendo su 
cabellera de fuego; la tarde, confundiendo la luz con la 
sombra, comenzaba á desplegar por Occidente su claro- 
oscuro manto, y eclipsando el fulgor de las estrellas, el 
astro del amor y del misterio, la antorcha de la inspiración, 
levantábase velozmente del seno de las olas, cual púdica 

virgen que huye pálida y ruborosa del lecho nupcial y 

nunca, nunca la brisa implorada con tanto afan por los via- 
jeros escuchaba sus férvidas plegarias. En vano, en vano 
la invocaban con las tintas vagorosas de la aiirora, con los 
brillantes resplandores del rey del dia, con los fugitivos 
destellos del crepúsculo, con los trémulos rayos de la luna. . 
¡siempre en vano! .... 

Calma eterna, glacial, desesperante, abrumadora, ten- 
día sus pavorosas álas sobre la vasta estension del Océano . . 

Y era una plácida noche del mes de Octubre, y en la 
cubierta del navio del adelantado se veían hasta cuarenta 
caballeros que habían acudido de sus respectivos buques, y 
se entretenían, para matar el tiempo, en echar planes para 
cuando llegasen á la tierra de promisión, y en contarse 
mútuamente las proezas y las aventuras de que habían sido 
actores ó testigos en media Europa, siguiendo las victorio- 
sas banderas del potente nieto de Isabel. 

D. Pedro de Mendoza, indiferente á su conversación, á 


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LA VIDA POH UX CAPRICHO. 


sus carcajadas y á las chanzas con que recíprocamente se 
reían unos de otros, se paseaba por el puente de popa á proa 
con las manos detrás de # la espalda, torvo el gesto y ocu- 
pada la mente por ambiciosas ideas. 

— Señores, decía el capitán Martínez de Irak con un 
acento que traicionaba su origen vizcaíno: el alguacil mayor 
aquí presente, como mayordomo de D. Pedro, ya puede ir 
preparando los talegos para recoger el metálico que á estas 
horas están acopiando los indios para nosotros. 

Juan de Oyólas, que era el interpelado, á esta indi- 
recta, que se refería al anhelo con que siempre estaba 
hablando de las inmensas riquezas que iban á adquirir, 
contestó: 

— Y vos, preparaos á divertiros en grande: dicen que 
en el pais donde vamos las indias son muy guapas: podréis 
por lo tanto hacer vuestro agosto; ¡oh, sátiro! 

— En efecto, replicó sonriéndose Irala, cuya lascivia 
había llegado á ser proverbial, pues en el Paraguay tuvo 
hijos de siete mujeres á la vez; en efecto, soy mas aficionado 
á las hijas de Eva que al dinero. Tendré un serrallo, si 
me lo permiten. 

— ¡Bah! dijo el contador Juan de Cáceres; eso es muy 
fácil: nuestro buen amigo D. Nuñez de Silva nombrado por 
S. M. alcaide de la primera fortaleza que se levante, se en- 
cargará de disponeros un local á propósito. . . .apenas sus 
atencipnes se lo permitan. 

Todos, á escepciou del futuro alcaide, soltaron una 
estrepitosa carcajada, lo cual, notado por su amigo D. 
Francisco de Mendoza, ilustre sugeto, que había sido ma- 
yordomo del emperador Maximiliano y pasaba á América. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


25 


por una desgracia que le aconteció en España, dijo á sus 
compañeros: 

— Ea: hablemos de otra cosa. Nuñez se ha picado .... 

— No tal, replicó este; pero hay ciertas bromas 

—Sí, continuó el sarjento mayor de la armada, D. Luis 
de Rojas y Sandoval; si, hablemos de otra cosa. 

— Que cada uno cuente, añadió D. Cárlos de Guevara, 
factor de S. M., la aventura mas curiosa.que le haya pasado 
en su vida. 

— ¡Bien, ¡Bravo! repitieron todos. 

— ¿Callando los nombres, por supuesto? 

— Es claro. 

—¿Quién ha de empezar? 

—Eso no se pregunta, dijo el tesorero (íarci-Venegas; 
¿quién ha de hablar el primero?. ... El mas bizarro ; el 
mas cumplido galan; el mas feliz con las damas, según 
voz general; el nunca bien ponderado capitán D. Juan de 
Osorio. 

— No admito, señores; hable otro, porqu,e á mi nada 
me ha acontecido que digno de contar sea, respondió el va- 
liente capitán con aquella afabilidad y modestia que le 
conquistaban el aprecio de cuantos le trataban. 

Y volviéndose al que estaba á su lado, añadió: 

— Manrique, hacedme el obsequio de empezar vos. 

Negóse Manrique, é igualmente el capitán flamenco 
Simón Jacques de Ranura, Bartolomé de Bracamonte, D. 
Luis Perez de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesu% 
y otros muchos á quienes se propuso. 

— Pues, señor, ya que nadie quiere tomar la palabra, 
hablaré yo, dijo Bernardo Centurión, cuatralvo de las gale- 


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LA VIDA POIt UN CAPRICHO. 


25 

ras del príncipe Andrea Doria, y célebre por su manía de 
foijar á cada paso cuentos y mentiras qne nadie creía. 

Calle el genovés trapalón, repuso gravemente D. Cár- 
los Dubrin, hermano de leche del emperador. 

Y dirigiéndose á Osorio, añadió : 

— Vamos, señor maestre de campo del adelantado; no 
hay que hacerse de pencas: todos os lo pedimos. 

— En fin, ya que Vds. se 'empeñan, voy á contarles, 
no la aventura mas rara, pero sí la que mas me ha preocu- 
pado en toda mi vida. 

Y comenzó de esta manera: 

— Estando yo en una ciudad de Italia, cuyo nombre 
no es del caso mencionar, frecuentaba la casa de una dama, 
á quién sin amar decididamente, profesaba un verdadero 
cariño .... 

—¿Platónico? preguntó el capitán Martínez de Irala. 

— Platónico, contestó el maestre de campo; porque, á 
la verdad, era tan rara y original en sus ideas, estaba ro- 
deada de un círculo tan brillante de adoradores, que jamás 
imaginé, á pesar de lo que se murmuraba de ella, poder 
conseguir otra cosa. 

— ¡Si hubiera estado yo en vuestro lugar! replicó Irala 
interrumpiéndole : 

— La estuve visitando por espacio de cuatro meses, y 
en una ocasión, no sé como, la dije que no la amaba, pero 
que por pasar veinte minutos á su lado daría con gusto mi 
vida. 

—¡Diablo, diablo! repitió D. Luis de Rojas y Sandoval. 
la mujer mas hermosa no vale la vida de un hombre. 

— Óaprichos, amigo mió; yo siempre he sido así. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


27 


— Adelante, y no interrumpir al narrador, dijeron al- 
gunos, impacientes porque les llegase su turno. 

— Nunca mas volví á decirle una palabra, si bien la 
veía con frecuencia, y figuraos cual sería mi sorpresa cuan- 
do una noche, la víspera del dia en que pensaba alejarme de 
aquella ciudad, supe que me había escrito esa misma tarde 
un billete, que no llegó á mi poder, dándome una cite. 

— Eso es magnífico, novelesco, sublime, esclamó Gar- 
ci-Venegas, frotándose las manos de gozo. 

— Una maldita casualidad hizo que ella escribiese dos 
cartas á la vez, una para mí, y otra para uno de sus tertu- 
lianos, que la amaba como un loco, y al poner el sobre, 
distraída tomó una por otra. 

—¿De modo, que el billete para vos fué á parar á manos 
del otro, y el del otro á las vuestras? 

— Justamente; y lo mas original es que ninguno supo 
el nombre de su rival. El que yo recibí decía simplemente: 

«Amigo mió: os devuelvo el libro que tuvisteis la bon- 
dad de prestarme; mil gracias. » 

— ¡Vaya un lance! repitieron en coro los circunstan- 
tes, soltando una carcajada tan estruendosa y espontánea, 
acompañada de tales esc! amaciones, que D. Pedro, no obs 
tante la preocupación de su espíritu, entró en curiosidad, se 
acercó á ellos, detuvo sus pasos á poca distancia, se apoyó 
contra la mura del navio, y prestó el oído fingiendo con- 
templar el mar. 

— Yo, continuó Osorio, participando involuntariamen- 
te de la hilaridad general, juzgué que sería alguna chanza 
suya, y me fui esa noche, como solía, á una casa de juego, 

donde asistía todas las noches. Mi buena estrella quiso 

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LA YIDA POR ÜN CAPRICHO. 


que perdiese cuanto dinero llevaba, y al encaminarme á mi 
morada en busca de algún refuerzo, me encontré en el 
camino con la dueña de mi bella, que me enteró del quid- 
pro-quo. 

D. Pedro, sin atinar á esplicarse la causa, frunció el 
ceño, y echó una mirada oblicua y furiosa al narrador; sin 
duda este había puesto la mano inadvertidamente sobre 
alguna llaga oculta de su pecho. 

— Obligué á la dueña, sin dejarla concluir, á que me 
siguiese. Cediendo á sus ruegos, me cubrí el rostro con el 
antifaz, que entonces llevaba por precaución: llegamos á la 
casa, entramos por el jardín; subimos por una estrecha es- 
calera de caracol. . . , 

El adelantado respiró con fuerza, volvióse de frente, y 
clavó sus airados ojos en su maestre de campo, con la fero- 
cidad del tigre cuando se prepara á despedazar su presa. 

— Subimos por una estrecha escalera de caracol; oí 
voces como de un hombre y una mujer que disputaban 
acaloradamente; la vieja tocó un resorte, y me encontré en 
un sobérbio pabellón, alhojado con régia magnificencia. . . . 

— Eso parece un cuento árabe, esclamó el capitán Sa- 
ladar, que profesaba á D. Juan un rencor miserable, hijo 
de la envidia, y tanto mas dañoso, cuanto se ocultaba bajo 
la capa de la amistad. 

— Por favor, no interrumpir, señor, dijo D. Francisco 
de Mendoza; la aventura es á la verdad sorprendente, y 
merece que la escuchemos con atención. 

— Al abrirse la puerta un espectáculo que me sublevó 
se presentó á mis ojos. Una mujer yacía desmayada en 
una otomana, y un hombre enmascarado como yo la tenía 


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LA VIDA POR UN r CAPRICHO. 


29 


cojida por la garganta, preguntándole con voz ronca y 
amenazadora: 

— ¿El ó yo? 

— ¡Ira de Dios! gritó D. Pedro descargando una pa 
tada en la cubierta, rechinatado los dientes y apretando los 
puños. 

— ¿Qué es eso, señor? esclamaron los circunstantes, 
rodeándole con visibles señales de respeto. 

— ¡Nada, no es nada! contestó él procurando inútil- 
mente disfrazar su profunda emoción. ¡Estoy desesperado. 
Se pasan los dias y las noches sin adelantar una línea. Si 
continúa la calma, pronto se agotarán el agua y las esca- 
sas provisiones que nos restan. 

— Señor, murmuraron respetuosamente algunos de sus 
compañeros: confiemos en la bondad divina que no nos 
desamparará. 

—¡Oh! replicó D. Pedro juntando las manos y dirijien- 
do su anhelosa mirada á la rutilante constelación del Crucero 
que fulguraba encima de sus cabezas. ¡Oh, daría mi alma 
á Satanás, porque llegásemos de una vez al término de 
nuestro viaje! 

Sin duda el infierno oyó su ruego : una ráfaga sonora 
sacudió con un ruido seco, vibrante y prolongado , las 
arrugadas lonas ; crugieron cual metálicas barras los cables 
y las járcias; la igual superficie del Océano comenzó á 
agitarse con suaves ondulaciones, semejante al seno de 
una virgen fatigada por los rápidos giros de un wals 
precipitado; y los bergantines, roto el encanto que los 
tenía enclavados allí, parecían estenderse, morder las aguas 
con la férrea proa y afanarse por huir, balanceándose á 


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LA VIBA POR UN CAPRICHO. 


un lado y á otro, como las copas de los altísimos cedros 
de Astoria sacudidas por el soplo de la tormenta. 

— ¡La brisa! ¡La brisa! gritaron con demente alborozo 
en los catorce buques á la vez, pilotos y marineros, gefes 
y soldados: ¡la brisa! ¡la brisa! ¡Dios sea loado! ¡Viva 
Espafia ! 

El mar pareció responder con un bramido de alegría 
á esta jigante esclamacion, y la luna dilatar su disco para 
iluminar el gozo pintado en todos los semblantes. 

Los que pertenecían á los demas buques se lanzaron 
á sus chalupas locos de contento, y nadie se acordó de la 
interrumpida historia. 

En medio del tumulto, acercóse el adelantado ¿ su 
hermano D. Diego de Mendoza, almirante de la annada, 
y le dijo á media voz : 

—¿Cuál es la tierra mas cercana? 

— Rio Janeiro. 

—Pues endereza el rombo á Rio Janeiro. 

—¡Hermano! esclamé D. Diego sorpendido, ¿qué sú- 
bita resolución puede hacerte variar lo que teníais dis- 
puesto ? 

—¡Silencio! A Rio Janeiro, y no hables una palabra 

mas. 

T comenzó á pasearse otra vez por el puente con loa 
brazos detrás de la espalda, maquinando algún proyecto 
siniestro. 

A poco, al pasar por delante de so maestre de eampo 
que hablaba con Sandoval, le tocé en el hombro, y le dijo 
afectuosamente: 

—Alegría, capitán : pronto conseguiremos lo que an- 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


31 


helamos: con este viento, en breve divisarémos las playas 
indianas. ¡ Voto á Cribas ! No hay' plazo que no se 
cumpla 

— ¡Ni deuda que no se pague! repuso Osorio con la 
misma jovialidad con que se espresaba su gefe. No olvidéis 
que en un momento de mal humor habéis ofrecido vuestra 
alma á Lucifer. 

El adelantado se sonrió con una sonrisa diabólica, y se 
alejó murmurando : 

—¡Si tú das tu vida por un capricho, yo doy mi' alma 
por una venganza! 


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IV. 


lia mano de Dios. 

Tras tantos afanes y penurias, la armada avistó por fin 
las playas del Brasil, y saludó con un grito de admiración á 
su famoso Jigante deitado , sobérbio coloso formado por las 
cordilleras de montañas que rodean la pintoresca ciudad de 
Rio-Janeiro, y que visto en el mar desde cierta altura, pa- 
rece en efecto un hombre de proporciones jigantescas ten- 
dido sobre las rocas contemplando el cielo. 

Saltaron en tierra con la alegría que solo esperimentan 
y pueden apreciar los que no la han pisado en algunas se- 
manas, cuando no meses, mirando siempre agua y cielo, 
cielo y agua. 

D. Pedro, en los cortos dias que mediaron desde la no- 
che de la velada hasta su arribo á las costas del Brasil, se 
habla mostrado mas cariñoso y afable con Osorio que de 
costumbre; y este estaba muy contento de las distinciones y 
aprecio de su gefe. 

Sus relaciones databan de muy poco tiempo: á pesar de 
haber estado en Italia en la misma época, no se conocían 
antes de la espedicion. Osorio se le había presentado como 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


otros muchos, sin mas recomendación que su fama de va- 
liente y su deseo de pasar á América á probar fortuna, y 
prendado él de su actividad, inteligencia, amable trato, y 
demas cualidades que le recomendaban, cediendo sin ad- 
vertirlo, al influjo que siempre ejercen los hombres verda- 
deramente superiores, donde quiera que están y en cual- 
quier situación que la suerte los coloque, le nombró su 
maestre de campo, y le hizo depositario de sus esperanzas, 
aspiraciones y futuros planes. 

No sabemos todavía, aunque lo sospechamos, qué pode- 
roso motivo le obligó desde aquella noche maldecida á arre- 
pentirse de la amistad y protección que le dispensára. Ni 
por qué, tendiéndole una alevosa celada, se fingió enfermo 
y nombró su teniente; es decir, le encargó del mando á fin 
de tener un prestesto plausible que disculpase el crimen 
que meditaba. 

Una mañana paseábase Osorio por la playa acompaña- 
do de su amigo el factor D. Cárlos de Guevara: sin tener 
motivo en la apariencia para estar triste, su aspecto, era 
grave y melancólico. Algún negro presentimiento vertía 
su hiel gota á gota en su noble corazón. 

Estrañábalo D. Cárlos, y le preguntaba la causa; I), 
Juan se sonreía tristemente, y paseaba sus miradas dis- 
traídas por las ligeras ondas que venían á morir á sus 
piés. 

— Como esa espuma es nuestra vida, esclamó: el menor 
soplo basta para disiparla. 

Guevara le contemplaba asombrado, y creía percibir 
algo de fatídico y lúgubre en su acento. 

— No sé por qué, continuó aquel, siento hoy el corazón 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


35 


oprimido; no creo en agüeros ni vaticinios, y no obstante, 
juraría que alguna grande desgracia me amenaza. 

—¿Pero qué teneis, os sentís malo? 

— Mi enfermedad no es del cuerpo, respondió el capi- 
tán; me duele el alma. 

En esto divisaron á cuatro caballeros (1) que se dirijían 
á su encuentro con paso acelerado. 

Entre ellos venían dos hombres, cuya vista sola afectó 
dolorosamente á Osorio, porque no ignoraba el rencor y la 
baja envidia que nutrían contra él . 

Los primeros eran Juan Salazar, y Lázaro Salazar y 
Medrano, deudos inmediatos; y los otros dos Jorge Lujan y 
el alguacil mayor, Juan de Oyólas. 

— V . sea preso, Sr . Juan de Osorio (2) le dijo el último, 
intentando ponerle la mano encima. 

El valiente capitán retrocedió un paso, y desnudó su 
espada. 

— Téngase V ., replicó Oyólas; que el señor gobernador 
manda que vaya preso . 

Osorio echó una espresiva y dolorosa mirada á su ami- 
go, y reflexionando un instante, confiado en su inocencia, 
y juzgando que acreditaría con su resistencia las calumnias 
de sus enemigos, le entregó su espada con la serenidad del 
justo y la altivez del valiente que nada teme. 

— Hágase lo que su señoría manda , contestó; que yo estoy 
presto á obedecerle . 

Lleváronle hácia la tienda de Mendoza, cercada de 

[1] Los historiadores varían en el nombre de dos de ellos: seguimos á 
Schmidel, que, como testigo presencial, debió esiar mejor informado. 

[2] Las palabras en bastardilla están textuales eu la Argentina de Rui- 
Diaz de Gnzman. 

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LA VIDA POU UN CAPRICHO. 


gente armada; adelantóse, y entró el alguacil mayor, é 
inclinándose delante de él, le dijo: 

— Ya, señor , está preso: ¿qué manda F. S. que se haga*? 

— ¡Hagan lo que han de hacer/ contestó el implacable D. 
Pedro, indicando con la mano el golpe de un puñal. 

Dos minutos después, el esforzado capitán caía acribi- 
llado de heridas, y su cadáver sangriento, colocado encima 
de un respostero, á la vista de todo el campo con un rótulo 
que decía: por traidor y alevoso , escitaba la compasión y 
las lágrimas de la multitud. 

D. Pedro de Mendoza, con la satisfacción del chacal 
cuando el olor de la tierra recientemente removida le in- 
dica que hay un cadáver debajo de ella, se acercó á mirarle, 
y soltó esta calumniosa imprecación: 

— ¡Este hombre tiene su merecido, que su sobérbia y arro- 
gancia le han traido d este estado! 

No obstante, la opinión pública protestaba en silencio 
contra aquel torpe asesinato. En vano un pregón aleve, 
á son de cajas y clarines, anunció que Osorio había muerto 
porque intentó rebelarse contra su autoridad y alzarse con 
el mando, y que otro tanto le sucedería al que tomase su 
defensa ó hablase á su favor. Todos, á escepcion de los 
culpables, lloraron á tan bizarro y cumplido caballero* todos 
reprobaron la conducta del adelantado, y aunque el verda- 
dero motivo quedó oculto en las tinieblas, no por eso deja- 
ron de atribuirlo á una ruin é innoble venganza, hija de 
ha envidia y de la cobardía (1). Todos los historiadores del 

(1) Salazar, qne con otros se ha juntado, 

A Juan de Osorio dan de puñaladas; 

? nvidia y cobardía lo han causado 
or ser las obras de él tan señaladas. 

Barco-Centenera — F'oema de la conquista del Rio de la Plata — Canto JFT . 


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LA. VIDA POR UN CAPRICHO. 


37 


Rio do la Plata desde Schmidel hasta Funes están contestes 
en este punto. 

Al desnudar el cádaver para darle sepultura á presencia 
de Salazar, le encontraron sobre el corazón un medallón de 
oro guarnecido de brillantes, y sujeto al cuello por una 
cadena de pelo. 

Era el retrato de Gemina salpicado de sangre y tala- 
drado por el puñal de Medrano, el primero que se hundió en 
el pecho de su infeliz amante. 

Salazar, que tenia órden de apoderarse de todos los 
papeles y efectos que pertenecían al difunto, incluyó el re- 
trato en ellos. D. Pedro, á pesar de estar tan desfigurado, 
lo reconoció al punto, y lo guardó con satánico gozo para 
coronar con él su venganza. 

Imposibilitado de remitirlo en el acto por persona de 
toda su confianza, temeroso de despertar alguna sospecha, 
y conceptuando oportuno dejar trascurrir algún tiempo, 
esperó con calma una coyuntura favorable, que no tardó en 
presentarse. 

Algunos meses después de la llegada al argentino Rio, 
estando acampados en Corpus Christi (1), llamó á dos solda- 
dos de su devoción que habían militado bajo sus órdenes en 
Italia, y dándoles el retrato y una suma de dinero, hizo que 
le pidiesen permiso para ir á esplorar la tierra, y partiesen 
á cumplir sus instrucciones (2). 

f 1J Fuerte fundado por Gaboto en el Paraná. 

[2J Se ofrecieron dos soldados á D. Pedro de Mendoza de irá ver y des- 
cubrir aquella tierra, y traer razón de ella. £1 cual, deseando satisfacerse, con- 
descendió con su pctiaion, y salidos al efecto, nunca mas volvieron, ni se supo qué 
se hicieron; aunque algunos han dicho que, atravesando la tierra, y cortando la 
cordillera general, salieron al Perú y se fueron já Castilla. Rui-Diaz , Lib. 1. 
cap. XII. 


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LA. VIDA POR UN CAPRICHO. 


Gemma, entre tanto, presa de su malhadado amor, 
de aquel amor sublime que había iluminado su vida como 
un meteoro celeste, sepultándola luego en las tinieblas 
del desengaño, se agostaba dia por dia, semejante áuna 
flor arrancada de su tallo. Víctima de la calumnia, había 
escuchado con indiferencia las murmuraciones del mundo; 
pero el olvido, la ingratitud, el desprecio del único hombre 
á quien había sacrificado su virtud, la hirió en el corazón. 
¡El también había creído que era una impura cortesana! 

El delirio y la fiebre de su pasión absorbieron la sávia 
de su belleza y de su juventud. Ante la ardiente llama de 
sus recuerdos, la encantadora condesa se fué apagando 
lentamente como el lucero del alba á los primeros rayos 
del sol. 

Una tarde se presentaron en su palacio dos peregrinos 
que venían de España; pusieron en sus manos un pliego 
lacrado con las armas de D. Pedro de Mendoza, y sin 
aguardar respuesta, desaparecieron. 

Antes de abrirlo, un fetal presentimiento prensó su 
corazón é hizo asomar dos lágrimas á sus áridas pupilas, 
secas á fuerza de llorar. Sabía que D. Juan había partido 
á América con el adelantado. 

Rasgó el sello con mano trémula, y encontró su imájen 
rota y ensangrentada, y estas breves líneas, que aunque no 
venían firmadas, traicionaban al vil que las había escrito. 

«Habíamos hecho una apuesta entre varios amigos 
para conquistar vuestro cariño, y yo, señora, cometí la 
insensatez de enamorarme de vos como un loco. Una 
noche el destino os arrojó entre mis brazos, y vuestro 
amante vino á arrancaros de ellos. Luchamos, y su acero 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


39 


me atravesó un costado ; pero por fortuna, la herida no 
fué mortal ; antes de un mes estaba restablecido. Luego 
me ví precisado á salir de Roma ; mas recordareis que 
pasé á visitaros la víspera de mi partida, y que solo os dije 
estas palabras : vuestro amante me ba repetido que jugaba 
su vida por un capricho, y yo os juro que daré mi eternidad 
por una venganza. ¿Me comprendéis? 

«Ahí os envío vuestro retrato : por el estado en qüe se 
encuentra podréis adivinar la suerte que ba cabido á su 
dueño.» 

Aquel fué el golpe de gracia para la desventurada 
Gemma : llevó con avidez el retrato á sus lábios, y cayó 
en tierra exánime como herida de un rayo. 

Tan infausta nueva la anonadó de repente ; su alma 
idólatra no pudo resistir tamaño dolor, y el débil resorte 
de su existencia estalló como una hebra de seda ya gastada 
al choque de su quebranto . . . 

Empero aquel doble crimen no podía quedar impune : 
Dios consiente, pero no para siempre. 

¡Impenetrables juicios del Altísimo! Todos los que 
directa ó indirectamente contribuyeron á él tuvieron un 
fin desastroso. 

D. Diego de Mendoza, hermano del adelantado, en los 
primeros combates que sostuvieron los españoles con los 
indígenas, cayó del caballo herido de un golpe de bola (1) 
en el pecho, y fué degollado por los querandies (2). D. 
Jorge Lujan tuvo la misma muerte, legando su nombre 


[1] Arma de los indios adoptada hoy por la gente de la campaña. 

[2] Schmidel —Viage al rio de fo Piala. Cap. VIII. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


al rio en cuyas orillas sucumbió (1); el capitán Salaz&r 
murió de miseria, 


dejando muchos hijos 

Con pleitos y demandas y litijios [2.J 


Su pariente Salazar y Medrano fué encontrado cosido 
á puñaladas en su cama, sin que se pudiese averiguar, por 
mas diligencias que se practicaron, quienes habían sido los 
asesinos (3). Oyólas, de vuelta de un viaje que emprendió 
desde el puerto de la Candelaria, en el Paraguay, con el 
objeto de descubir el camino del Perú, cuando lo había con- 
seguido y tomaba cargado de oro y plata, espiró A manos 
de los traidores payaguds , con todos sus soldados, escapándo- 
se solo un indio chañé que le acompañaba (4), y finalmente, 
D. Pedro de Mendoza, el principal culpable, el protagonista 
de este sangriento drama, postrado por una enfermedad 
vergonzosa (5), defraudado en sus esperanzas, arruinado 
y odiado de todos, se embarcó para España, y habiendo en 
la travesía comido, forzado por el hambre, de una perra que 
llevaba, la cual estaba salida, se puso y murió tan desespe- 
rado, que parecía que rabiaba , según la ingénua frase del 
autor de la Argentina en prosa. 


(!) Rui-Diaa. Lib. I. cap XI. 

f 2] Barco.— Canto IfL 

(8) Rui-Diaa. Lib. 1, cap. XIII. 

[4] Guevara. — Hist. del Paraguay, etc. Lib. II, cap. IV* 

( 5 ) D. Pedro en este tiempo hubo enfermado 

del morbo que de Galia tiene nombre. 

Barco. -Canto IV. 


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LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


41 


No en vano dice Bureo, que 

Irritado 

Con tonta cobardía y gran malicia. 

Comenzó á castigar Dios el armada 
Con un gran flagelo y cruda espada. 

Que la sangre de Abel el inocente 
Clamando está ante Dios omnipotente. 

El rayo de su ira cayó de lleno sobre aquella malhada- 
da espedicion. Las flechas envenenadas de los infieles, el 
clima y el hambre mas espantosa, la diezmaron sin piedad. 
En breve espacio quedó reducida A doscientos hombres 
solamente, y empezó á esperimentar tal miseria, que, según 
nos refiere un testigo y partícipe de estas calamidades, era 
tanta la necesidad y hambre que pasaban, que era cosa espan- 
tosa , y que algunos de verse tan hambrientos les aconteció 
comer carne humana , y así se vido que fazta dos hombres que 
fizieron justicia, se comieron de la cintura pa abajo ( 1 ). 

JEn fin, la conquista del rio de la Plata ofrece en aquel 
período el cuadro mas desolador que podría concebir la 
imaginación del poeta mas fantástico y lúgubre. Acaso en 
otra ocasión, amados leyentes, os le presentemos en todo su 
relieve, en otro episodio consagrado esclusivamente A bos- 
quejar la faz histórica de aquella época. 

Ahora, levantemos al cielo los ojos, fatigados de con- 
templar horrores, y cubramos esas tristes imágenes con el 
manto venerable de tres siglos. Víctimas y verdugos 


(1) Caila ó informe de Francisco Villallo, fecho en la Asunción capital 
del Paraguay, en 1556. Se halla en loa último» tomos de la colección inédita de! 
Sr. Mtifu. 7 , existente en la biblioteca de la Academia de la Historia. 


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42 


LA VIDA POR UN CAPRICHO. 


bajaron á la tumba; ya no existen; ya no queda ni el 
polvo de sus huesos ¡Paz á su memoria ! 

Vosotros, los que abrigáis un corazón sensible, los 
que teneis un alma que, como un metal sonoro, vibra á 
todas las impresiones que vienen á herirla ; si alguna vez 
el demonio de la tentación cierne sus alas sobre vosotros, 
acordaos de Gemma y del capitán Osorio, y consagrad una 
lágrima y un recuerdo á la hermosa entre las hermosas, al 
valiente entre los valientes, que gustosos sacrificaron su 

VIDA POR UN CAPRICHO 


FIN. 


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INDICE DE LJ \\M POR UN CAPRICHO 


Pójina. 


Capítulo 

1». 

Virgen y mártir 

a 

2®. 

¿El ó yo? 

ii 

3®. 

Velada bajo el trópico, 

n 

4®. 

La mano de Dios 


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FARSA ¥ CONTRA-FARSA. 



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Buenos Aires, Febrero 16 de 1858. 


Sr. Z). Heraclio C. Fajardo. 


Tiempo hace, mi querido Fajardo, que deseaba pagarle 
una pequeña deuda de gratitud y afecto. La voz primera 
que me saludó en la prensa Monte videana, al regresar de 
Europa después de nueve años de ausencia, fué la de Vd. 
y me es grato, muy grato hoy, en que se digna pedirme 
mi humilde cooperación para el ESTIMULO, remitirle la 
adjunta novelita que tenía empezada y he terminado espe- 
samente para su Semanario. 

Le ruego, pues, que acepte su dedicatoria y con ella 
la espresion sincera del aprecio y cariño que le profesa, 

Su leal amigo y compatriota 

A. MagabiSos Cervantes. 


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FARSA I CONTRA-FARSA 


I. 

300 , 000 ....!!! 

Hace un hermoso día de verano; dan las diez de Ja 
mañana del 15 de Junio de 1.851, ynos encontramos en un 
elegante gabinete, ocupado por tres jóvenes que sostienen 
una viva discusión. Dos de ellos hablan acaloradamente, y 
el tercero los escucha en silencio con aire preocupado y 
meditabundo. 

El gabinete está situado en el pi 30 principal de una 
magnifica casa déla calle de Atocha. Los muebles que lo de- 
coran, los armarios llenos de gmesosy pequeños volúmenes, 
unos nuevecitos, y otros de color, dudosa y problemático, 
varios instrumentos esparcidos sobre una mesa de caoba, y 
muy especialmente dos enormes cajas, una de ellas entrea- 
bierta, dejando ver una multitud de pequeños frascos ó bo- 
tes de cristal llenos de globulillos blancos, negros, amarillos, 
jaspeados, rojos, demuestran que aquella es la habitación de 
un discípulo de Esculapio, homeópata y doctor por aña- 
didura. « 

En efecto, un Doctor, uno de los. médicos que con mas 
lustre sostienen en Madrid) las doctrinas de Hanneman y á 


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PAUSA T CONTRA-FARSA. 


quién llamaremos D. Eugenio Daelza, es el que permanece 
silencioso, mientras sus dos amigos Plácido y Manuel, exa- 
minando y releyendo un billete que tienen en la mano, con- 
tinúan perorando de este modo: 

— Oh! lo que es la cartita, decía Plácido, puede arder 
en un candil; cuanto mas la leo mas insolente y estúpida la 
encuentro. 

— Pero, Señor, replicaba Manuel, ¿cómo D. Facundo 
Valletriste, ese suicida en ciernes, ese poeta no compren- 
dido, ese nuevo Biron Blassé, ese hombre de mundo, en fin, 
filósofo consumado á los veinticincaaños, que en nada en- 
cuentra placer ni distracción y que cuenta por millares las 
conquistas, según dice, comete semejante necedad y se 
muestra tan amartelado, tan cándido y severamente nécio 
con una mujer cuya mano rechazó antes sin conocerla?. . . 
¿Qué dices á esto, Daelza? 

— Verdaderamente no sé que pensar, contestó el mé- 
dico; tengo para mi que esa carta no es escrita por él. 

— Lo mismo habia yo pensado; pero la confesión es- 
presa de Virginia . . . .replicó Plácido titubeando. 

— ¡Enmarañado está el asunto! añadió el tercer inter- 
locutor; y lo peor es que urge tomar una resolución defi- 
nitiva. 

—No debemos de ningún modo acceder á los deseos 
del vengativo hermano. 

—Por qué? preguntó el médico con indiferencia. 

— Porque ya sabéis la ferocidad del uno y la manía del 

otro. 

— Temeis que D. Silvestre, afuer de espadachín con- 
sumado, mate de una estocada al presunto suicida? 


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FABSA Y CONTBA-FARSA. 


7 


— ‘Eso es lo mas probable. 

— A juzgar por las apariencias 

—Pues qué! no eréis en la valentía del uno y en el 
esplín del otro? esclamaron los dos jóvenes, sin permi- 

tirle concluir la frase empezada. 

Los jóvenes insistieron en sus fundados temores. 

El médico se cruzó de brazos y dejó escapar un ligero 
silvido que equivalía á una negativa. 

— Los hombres que hablan mucho, les dijo él, valen 
por lo general muy poco. Nadie se alaba de las cualidades 
que posee. Ese es el mejor barómetro para justipreciar á 
cada uno. Por regla general; todos nos sentimos inclina- 
dos ó vanagloriarnos de las dotes que carecemos. Nadie 
habla mas de honradez que los picaros; nadie invoca tanto 
á la Patria como los mismos que la envilecen y saquean; 
nadie es mas quisquilloso que los débiles; nadie tiene me- 
nos deseos de morir que el que anda diciendo á todos que 
va á matarse. 

—Y sin embargo, muy amenudo los picaros se conducen 
como hombres honrados; los titulados patriotas prestan á 
la nación servicios importantes; los débiles se baten como 
el mas valiente; y los que no tienen ganas de morir, se 
arrojan al canal ó se levantan la tapa de los sesos. 

Sí, repuso el médico con irónica frialdad, por orgullo, 
por amor propio, por egoísmo, por compromiso, y siempre 
por miedo á algo; unas veces álas leyes, otras á la socie- 
dad, otras al ridículo ó al desprecio. 

— ¿Y juzgáis que Tremedal y Valletriste se encuentren 
en ese caso? 

— Me sobran motivos para creerlo: el primero es un 

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8 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


í&tuo insoportable. Parece que anda siempre á caza de 
lances: en todo encuentra una alusión personal, una falta 
de respeto, un insulto. Basta mirarle al soslayo para que 
se crea ofendido. Siempre tiene en los lábios la palabra 
satisfacción y desafio. Se permite con los demas las bro- 
mas mas groseras y pesadas, y apenas se le dirige la menor 
indirecta se hincha como un herizo, y provoca un verdade- 
ro agravio con sus insolencias. Por desgracia, la mayor 
parte de los hombres se dejan intimidar por un jesto impo- 
nente ó una palabra enérgica, y en los momentos críticos 
se olvidan que el hierro se rompe con otro hierro mejor 
templado, ó lo que viene á ser lo mismo, que el descaro se 
vence con la audacia, la desvergüenza con el cinismo y el 
arrojo con la temeridad. 

— No obstante, algún motivo muy poderoso debe exis- 
tir cuando todos respetan, ó al menos toleran los continuos 
desmanes é inpertinencias de Tremedal. 

— En los lances de honor, siempre hay que contar con 
el miedo (natural en el que se bate por primera vez) con la 
torpeza ó cobardía proverbial del contraria. Ademas, nues- 
tro hombre sabe manejar perfectamente toda dase de ar- 
mas, y tiene una táctica especial para no hacer blanco de 
sus tiros, sino á los que no se encuentran en el caso de lu- 
char con él de igual á igual. 

— Entonces,— dijo Manuel, íntimo amigo de Daelza, 
pero que no conocía al sujeto de quien se hablaba; entonces 
es un villano que abusa de su superioridad en el sable, en 
el florete y la pistola. 

— No, no es un villano, es solamente la fersa del punr 
donor y la valentía; como el otro es la farsa del génio no 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


9 


comprendido, del jóven viejo antes de tiempo y del hombre 
superior que no acierta á vivir en nuestra corrompida at- 
mósfera, — menos corrompida que él! Entrambos son tipos 
que abundan mucho en nuestra época. Los duelos y el 
esplín han llegado á ser hoy una enfermedad de moda: están 
á la órden del dia. 

— ¡Siempre sarcástico y burlón!.... hasta con tus 
amigos! 

—Digo lo que siento y creo no equivocarme; los conoz- 
co á los dos desde la infancia; y sino decidme, ¿hay motivo 
para desafiar á muerte á un hombre solo porque escribe una 
carta del género tonto, suponiendo que la carta sea suya, 
á una hermana nuestra? 

— Según y conforme. 

— Contestadme categóricamente. 

— Este es un caso escepcional. La hermana del Fie- 
rabrás andaluz ha sido antes despreciada por el Werther 
valenciano. 

— No hay tal desprecio; los padres habían arreglado 
esa boda allá en Granada, dejando siempre al arbitrio de sus 
hijos el realizarla ó no. Valletriste, atacado ya de su fatal 
manía, no tuvo por conveniente aceptar. Desengañado del 
mundo, había resuelto no casarse nunca y así se lo escribió 
á sus padres, quienes con gran sentimiento se lo participa- 
ron á los de la novia. 

— ¿E insistís en que eso no es un desprecio?. . . . 

— ¿Dónde está el desprecio? contestó negativamente á 
una proposición que se le hacía, y nada mas. Estaba en 
su derecho. 

— La niña era pobre y él inmensamente rico. 


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FARSA Y CONTBA-FABSA. 


— Pero la niña aguardaba una cuantiosa herencia de 
una tia suya. 

— Que ya ha muerto, y ha dejado á su sobrina la mi- 
seria de seis millones, reales vellón ó sean trescientos mil 
duros, añadió Plácido. 

—Ignoraba esa circunstancia, de la cual me alegro 
infinitamente contestó el médico. 

— De todos modos fué un nécio, repuso Manuel. 

— Ya lo creo! .... la niña es lindísima. . . . tiene unos 
ojos divinos, una boca que parece un pimpollo, un talle 
que envidiaría la Cerito en sus mejores tiempos, un piece- 
sito y una sal y una gracia andaluza, capaces de trastornar 
el juicio al mismo San Antonio, aun después de haber 
salido victorioso de las mil tentaciones á que 'le sujetó el 
espíritu maligno en una sola noehe. 

—Y hoy para dar realce á tan peregrino conjunto, 
prosiguió Plácido exhalando un profundo suspiro, — la re- 
comiendan, la ensalzan, la poetizan, la divinizan y santi- 
fican los seis millones del pico. 

¡Trescientos mil duros! repitió Manuel relamiéndose 
los lábios de puro gusto; — he ahí unas sublimes, seráficas 
palabras, capaces de levantar á un muerto de su tumba en 
los calamitosos tiempos que atravesamos; trescientos mil 

duros! Vamos Valletriste estaba looo, borracho ó dado 

á perros el dia que cometió la insensatez de no aceptar con 
los ojos cerrados los seis consabidos .... quiero decir, mujer 
tan recomendable. 

— Entonces esa fortuna era solo una esperanza, menos 
que una esperanza; porque la tia no contaba mas que 
treinta y dos años y pensaba volverse á casar este invierno, 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


11 


cuando una repentina pulmonía se la llevó en veinte y 
cuatro horas al otro inundo. 

— Requiescat in pace I murmuró el Doctor. 


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II. 


Similia Simílibus. 

Dejamos en el capítulo I á nuestros interlocutores, en- 
tonando un De pro fundís á la memoria de la tia de Virginia, 
á quién tan oportunamente se le antojó morirse; y como 
nos importa muy poco la discusión en la parte que á la 
finada se refiere, desde que no somos sus herederos, ni le- 
gatarios siquiera, volveremos á reanudar el diálogo única- 
mente en lo que tiene relación con los principales persona- 
jes de esta verídica historia. 

— Yo creo añadió Plácido, y ahora con doble motivo, 
que la pobreza de Virginia debió influir mucho en la reso- 
lución de D. Facundo: al menos la familia de la niña lo 
cree así. 

—Pues tú y la familia se apresuró Daelza á contestarle, 
piensan muy mal. Entre las varias y buenas cualidades 
que posee Valletriste, y por las cuales se le quiere á pesar 
de sus muchos defectos, resalta la generosidad y el desinte- 
rés. Justamente entonces empezaba á sentirse atacado de 
su maldito esplín, y se acostaba todos los dias y veía salirse 
sol, esperando que el siguiente sería el último de su vida, 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


según me confesó mas tarde. En una situación de ánimo 
semejante, natural era que lo viese todo al través del negro 
velo de su melancolía. Luego, como se estravió el retrato 
de ella, y como tampoco su familia insistió en este enlace; 
como ella hace apenas dos meses que se encuentra en Ma- 
drid, y él no hace uno que regresó de su último viaje á 
Francia, no pudo volverla á ver ni valorar el tesoro que 
perdía. Yo la conocí en una escursion que hice á Granada 
el verano pasado, y quedé prendado de su gracia y hermo- 
sura. Varias veces he hablado á Valletriste sobre el parti- 
cular, porque estoy íntimamente persuadido que esa jóven 
le curaría de su ridículo esplín; pero no ha querido oirme y 
me ha obligado á variar de conversación, en cuanto he toca- 
do este punto. Creo que la detesta cordialmente. 

— ¿Sabrá que D. Silvestre ha hablado mal de en él va- 
rias ocasiones por el supuesto desprecio que hizo á su her- 
mana?. . . . 

— No puede ser otro el motivo de su aversión á su ex- 
prometida, causa inocente de las hablillas y murmuraciones 
del matón. 

— Por eso es temible un lance entre los dos, y es pre- 
ciso evitarlo á todo trance. 

— Repito que no. 

—Mira lo que haces Daelza! 

— Yo tengo un medio que lo conciliará todo y espero 
surta el efecto apetecido. 

— ¿Cual es? 

— El principio que sirve de base á nuestra doctrina. 

— ¿El Similia Simílibusf preguntó Plácido con aire 
de burla. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


15 


— El Similia Similibus, respondió el médico impasible. 

—Tradúcelo en lenguaje vulgar, despeja esa incógnita, 
porque de lo contrario nos quedaremos tan enterados como 
del logogrifo con que pretende pagar el Sr. Bravo Muri- 
11o (1) no sé cuantos millones de deudas propias y agenas, 
sin recargar el presupuesto. 

—Un clavo saca otro clavo, repuso el homeópata son- 
riéndose. Juzgas que D. Facundo desea de buena fé verse 
libre del peso de la existencia? 

— Por qué no?. . . . Eso se ve todos los dias. 

— Pues estás en un grande error. El que quiere 
matarse lo hace y no lo dice. El que sufre tanto, se muere 
de dolor y no se mata. Porque por otra parte, ¿qué moti- 
vos tiene él para desear la muerte? Jóven, rico, en una 
envidiable posición social. . . . 

— Talvez algún secreto pesar algún motivo que 

nosotros ignoramos. . . . 

— Bien podría ser; pero como lo ignoro, persisto en 
creer lo que os he dicho antes. 

— ¿Pues cual es el origen de su prefunda melancolía? 

Una gran dósis de bilis, el abuso de los placeres, su 
carácter escéntrico, las detestables ideas en que está imbui- 
do, sus pretensiones de ser lo que no puede, y el aislamien- 
to voluntario en que vive. 

Los dos jóvenes miraron al Doctor con incredulidad, y 
sin negar del todo la exactitud de su diagnóstico, trataron 
de probarle que podían existir mil causas secretas, insigni- 
ficantes para los demas, pero de grande importancia para 


fl] Célebre Ministro de Hacienda. 

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% 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


el infeliz atacado de esa manía, cuando eran bastante po- 
derosos para arrastrarle al suicidio. 

— Yo le habría curado — continuó el médico— si él hu- 
biese querido seguir mis instrucciones. Muchas veces he 
pensado en los medios de salvarle contra su voluntad, porque 
si persiste en su ruin obcecación, al fin acabará por morirse 
de veras; pero todos mis propósitos fracasaban ante su 
tenacidad y el temor de que descubriese la burla, é hiciese 
por un compromiso de amor propio lo que no ha hecho 
hasta aquí. Hoy una feliz casualidad me pone en el caso 
de realizar una esperiencia que ha mucho tiempo deseo, y 
Dios mediante espero llevarla á cabo y conseguir un doble 
objeto, ó como dice el vulgo, matar de un tiro dos pájaros. 

—¿Dos nada menos? 

— O tres! — por lo pronto caerán en la red el suicida en 
ciernes y el nuevo D. Quijote desfacedor de entuertos y 
agravios imaginarios. Talvez el golpe alcanze de rechazo 
al amante oculto, causa de todo este imbroglio. 

—Mira, no eches la cuenta sin la huéspeda. 

—Allá veremos. . . . todo lo mas que puede suceder, es 
que de tramoyistas y meros espectadores, nos convirtamos 
en actores. .. .Ya os he dado á los dos mis instrucciones. • . . 
solo os recomiendo el secreto. 

— ¡Buen secreto! si no nos has dicho una palabra. 

—Me refiero á las personas que figuran en esta farsa y 
en la contra-farsa que voy á preparar. 

— Dínos siquiera algo de tupian. 

—Nada: Similia Simílibus. 

— Vete al demonio con tu homeopatía! 

— Ea, marchaos ... los momentos son preciosos — Tú 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


17 


Plácido, díle á D. Silvestre Tremedal lo que hemos conve- 
nido. Yo acepto de antemano toda la responsabilidad de 
lo que suceda — En cuanto á vos, Santélices, pronto nos 
veremos. 

— ¿Dónde? 

— En casa de Valle triste. 

— Adiós. 

— ¡Adiós! 

Salieron los jóvenes, y el médico después de dar 
tres ó cuatro paseos por el gabinete, como si necesitase 
asegurarse en su resolución y combinar mejor sus ideas, 
impaciente hirió el suelo con el pié, esclamando: 

— Los dos están locos, y es preciso curarlos! 

En seguida se acercó á la mesa, tomó una de las cajas 
de que ya hemos hablado, y sacó (jos botecitos de cristal. 

Una idea súbita cruzó al mismo tiempo por su fiso- 
nomía grave é inteligente, y lanzando una mirada oblicua 
á los botes que tenía en la mano, quedóse inmóvil, presa de 
encontrados sentimientos. 

— ¿Y si el remedio es peor que la enfermedad? — se dijo 
vacilando y casi arrepentido de su primer impulso; — ¿sí por 
evitar un peligro incierto, abro un precipicio á sus piés y los 
espongo á una muerte segura?. . . . 

Daelza pareció reflexionar, é instintivamente volvió á 
colocar en su puesto los pomitos de cristal. 

Poco duró su incertidumbre; la convicción del triunfo 
tornó á brillar en su mirada sarcástica y fría . . . tendió a 
mano con un gesto desdeñoso, y los dos frasquitos, rechaza- 
dos antes, fueron á parar al bolsillo superior de su frac, 
envueltos en medio pliego de papel. 


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18 


FABSA Y CONTBA-FARSA. 


¿Sería efecto su resolución de esa insensibilidad propia 
de los médicos cuando se trata de hacer algún esperimento 
in ánima vile‘? ó sería hija de la imposibilidad en que se 
encontraba de retroceder, una vez comprometido con sus 
amigos á llevar á cabo aquella aventura, y cuando ya Plá- 
cido habría empezado á dar cumplimiento á sus órdenes, 
hablando á D. Silvestre en el sentido que él le indicára? 

No me es posible, lectores mios, satisfacer vuestra 
curiosidad. ... en este capítulo. Solo os diré que el Doctor 
requirió su chapeo, cogió su bastón y bajó resueltamente la 
escalera, tarareando: 

— Similia, sirmlia , simüibus, simü . . . . 

Como el dia está tan hermoso, y se dirije, según parece, 
hácia la Puerta del sol, donde también nosotros vamos, le 
acompañaremos si gustáis, y por el camino os daré algunas 
esplicaciones acerca de su anterior conferencia; esplicacio- 
nes que por fuerza tendrán que ser breves, casi infinitisimar 
les, vista la rapidéz con que marcha el Doctor y la necesidad 
de guardar una prudente reserva tratándose de asuntos que 
no son nuestros. El novelista que procede de otro modo, 
se espone á que los sucesos le desmientan, compromete á 
sus personajes, y lo que es peor, se compromete á si mismo, 
porque ¿quién diablos ha de seguirle hasta el fin de su obra, 
si desde las primeras pájinas descubre su secreto? Nadie 
lee lo que está cansado de saber. 


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III. 


Enigma. 

Enigma es para mí todo cuanto existe debajo del Sol , 
sin esceptuar los mosquitos, los callos, las deudas, los dolores 
de muelas, las narices descomunales, las lechuzas, los rato- 
nes y otras mil perversas alimañas, irracionales ó raciona- 
les, cuya razón de ser, francamente no comprendo, á menos 
que no sea para recordarnos á cada paso que proscriptos 
de otro mundo mejor (6 peor) andamos prófugos y errantes 
haciendo méritos y servicios por este terráqueo globo sub- 
lunar, llamado con razón valle de lágrimas y espinas ! 

Poco, muy poco ingénio se necesita para comprender 
la íntima relación que existe entre dichos fenómenos y los 
hechos que acabo de apuntar, pero si no la adviertes, oh 
lector benévolo y profundo! te confieso ingénuamente que 
á mi me sucede lo propio al menos en este instante. 

Procuraré coordinar mis ideas y ponerte en camino de 
que me entiendas. 

Puesto que salimos con el Doctor, después de termina- 
do el diálogo que has leído en el anterior capítulo, cúmple- 
me ahora referirte en este, cómo y por qué se entabló. 


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20 


FAUSA Y CONTRA-FARSA. 


Esa mañana se encontraba el homeópata en su gabi- 
nete, en compañía deD. Manuel Santélices, jóven amigo 
suyo empleado en uno de los ministerios de la corte, que 
había venido á consultarle sobre las virtudes medicinales 
de los baños mas célebres de la península, con objeto de 
escoger el que creyese mas oportuno. Padecía de una 
afección al pecho, que empezaba á desarrollarse con sín- 
tomas alarmantes, y habiéndole asegurado varias personas 
que se restablecería solamente con los referidos baños, que- 
ría que el Doctor le indicase el mas adecuado á su comple- 
xión y al carácter de su enfermedad. 

D. Eugenio le aconsejó que se fuese á los de Carratra- 
ca, en la provincia de Málaga, y mientras le hacía una 
prolija enumeración de todas sus virtudes, se presentó D. 
Plácido Gándara, á quién profesaba el médico grande apre- 
cio y amistad, y á quien el jóven empleado ya conocía por 
haberle visto en alguna de las reuniones que los dos fre- 
cuentaban . 

Plácido no era gran madrugador, pues generalmente 
se acostaba á las tres ó las cuatro de la mañana ; y su visita 
á aquella hora intempestiva hizo desconfiar al Doctor que 
tendría alguna cosa reservada que comunicarle. En con- 
secuencia, insinuó á Santélices que pasase á la pieza inme- 
diata, pero Plácido le evitó esta molestia diciéndole con 
la franqueza y cordialidad que le eran peculiares: 

— No se vaya Vd., siendo amigo de Daelza, lo es 
también mió: ademas, ya nos conocemos. Puede Vd. 
escuchar nuestra conversación y tal vez ayudarnos á arre- 
glar el detestable asunto que me trae aquí. 

En seguida les refirió que su amigo D. Silvestre ha- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


21 


bía sorprendido una carta dirijida á su hermana, en la 
que se le proponía un rapto y un matrimonio secreto, y 
se le prodigaban á él los epítetos de tirano, avaro, egoísta 
y otras lindezas por el estilo. 

Esta carta, según aparecía de su firma y de la con- 
fesión espresa de la parte interesada, la hechicera Virgi- 
nia, estaba escrita por D. Facundo Valletriste, antiguo 
prometido esposo de la hermana de D. Silvestre. 

Y D. Silvestre, que como saben ya nuestros lectores, 
le conservaba grande rencor y ódio por el desprecio de 
marras, se puso hecho un tigre con el descubrimiento, 
imaginándose que Valletriste trataba únicamente de sedu- 
cir ó burlarse de su hermana, en justa venganza de las 
voces que él había propalado acerca de su persona ; y opinó 
que solo un duelo á muerte podía lavar tamaña afrenta. 

Dominado por esta idea diabólica, pasó á ver á Plácido 
su íntimo amigo, y con el cuerpo del delito en la mano, se 
lo hizo leer dos veces y le exigió en nombre de su honor y 
antigua amistad, que fuese inmediatamente á desafiar á D. 
Facundo de su parte, y arreglase todo con el mayor sigilo, 
de manera que pudiesen batirse á muerte esa misma tarde 
si era posible. 

Plácido se perdía en congeturas ; aunque los hechos 
se encadenaban de tal modo para condenar á Valletriste, 
costábale mucho trabajo creer en su completa culpabilidad. 
Había algo en aquella carta, que abogaba en favor suyo : 
era casi imposible que él la hubiese escrito. Aquella des- 
cabellada misiva, según la justa observación de Daelza, 
parecía mas bien obra de algún imberbe polluelo, que se 
daba los aires de un D Juan Tenorio, y aspiraba con una 


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22 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


audacia y una insolencia dignas de un sobérbio vapuleo, á 
ocupar por algunos dias la atención de la corte y de los 
periódicos con el ruido de su aventura. Eso opinaba el 
médico, Santélices se adhería á su dictámen, y el mismo 
Plácido, al oirle, cedía á la fuerza de sus argumentos; pero 
la confesión espresa de la niña, y la seguridad con que D. 
Silvestre afirmaba que la tal carta había sido escrita por el 
presunto suicida, los llenaba al propio tiempo de confusión. 
Allí se ocultaba un misterio, un enigma que era preciso 
descifrar, y después de haber puesto en tortura su imagina- 
ción convinieron los tres, en que sus suposiciones podían 
ser mas ó menos verosímiles, pero, que estaban muy lejos 
de ser infalibles ; y á fuerza de intentar cada uno que pre- 
valeciese la suya, acabaron por no entenderse. Es sabido 
que de la discusión brota la luz. 

Plácido admitía la hipótesis de que Valletriste, podía 
ser el autor de la carta, fundándose en que era un estrava- 
gante capaz de todo. En algunos de sus frecuentes acce- 
sos de melancolía con ribetes de locura, dijo, se le habrá 
ocurrido distraerse con Virginia. ¿Me preguntareis con 

qué objeto? No lo sé á fé mia! pero quizá la opinión de 

Tremedal es mas acertada de lo que juzgamos. Todo se 
concibe en un hombre ansioso de venganza y poseído de 
ideas tan singulares como D. Facundo. 

Santélices se inclinaba á creer que la carta había sido 
escrita por algún enemigo de este último ó de D. Silvestre, 
con el piadoso objeto de reirse á sus espensas, de irritarlos 
y obligarlos á batirse, ó solamente de ponerlos en ridículo. 

El médico perseveró en su primer idea, y á pesar de 

la$ protestas de Plácido que pretendía conocer á fondo á 

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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


23 


Virginia, demostró por una série de inducciones y deduc- 
ciones, que convencerían al pirroniano mas incrédulo, que 
algún amante secreto andaba en la danza, y que este 
amante, que necesariamente debía ser un pollo, se veía 
correspondido y estaba en connivencia con la niña. 

En vano Gándara le manifestó que asistía diariamente 
á su casa y que nunca había visto allí de visita á ningún 
pollo ni gallo. 

En vano le recordó que ifo hacía mas que dos meses 
que la inocente paloma se encontraba en Madrid. 

En vano trajo á colación sus diez y seis años, su can- 
dor é inesperiencia. 

En vano le hizo presente que profesaba á su feroz 
hermano, un respetuoso cariño bastante parecido al miedo, 
para atreverse á engañarle de ese modo. 

Daelza no se dió por vencido. 

La fuerza de su convicción le dominaba á pesar suyo y 
sin poder esplicarse la causa, rechazaba con la terquedad 
del escéptico, las pruebas mas concluyentes y perentorias. 

En este punto, como en el relativo al duelo, veía ó 
creía ver la verdad y compadecía sinceramente la obseca- 
cion de sus amigos. 

Su convencimiento era tanto mas fuerte y espontáneo, 
cuanto no dimanaba del raciocinio, sino de la conciencia; 
no de hechos materiales que caían bajo el dominio de los 
sentidos, sino de esa inspiración súbita, de esa voz íntima 
y profética que se levanta á veces del fondo del alma, 
cuando los ojos y los oídos se niegan á ver y á escuchar lo 
que ven y escuchan, porque en las mismas cosas y sonidos 
ven y escuchan lo que no existe para los demas. Por eso, 


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24 


FARSA Y CONTRA-FARSA . 


aunque Plácido y Suntélices, á falta de otras razones mas 
poderosas, le arguyesen con la lógica inflexible de los 
hechos, él aceptando los hechos, los interpretaba á su 
manera y las consecuencias que deducía eran diametral- 
mente opuestas á las de sus dos amigos. Por eso, aunque 
tuviese un momento de indecisión al encontrarse solo, 
considerando las mil contingencias ¿ que están espuestos 
todos los cálculos y combinaciones humanas, le bastó re- 
concentrarse dentro de sí mimo, y consultar á su corazón, 
para decidirse y perseverar en su propósito con doble fé y 
ahinco. 

Daelza, pues, que juzgaba haber planteado la cuestión 
en su verdadero terreno, lo arregló todo & medida de su 
deseo. Su reputación de honrado y filantrópico y el ieai 
afecto que profesaba á Valletristre, desvanecía cualquier 
sospecha injuriosa á sus nobles sentimientos y loables in- 
tenciones. Los dos jóvenes cedieron, sin advertirlo, al 
ascendiente que ejercía el Doctor sobre cuantos le conocían 
y trataban, por «u saber, por su profundo conocimiento del 
corazón humano y la inquebrantable firmeza de su carác- 
ter, y se comprometieron á seguir al pié de la letra sus 
instrucciones. 

Una vez conformes, el médico parapetándose en una 
prudente reserva, y sin descubrirle sus baterías, ó sea los 
resortes de que pensaba valerse, formuló su plan de batalla 
en estos términos : 

Existe una carta y hay un duelo pendiente. La carta ha 
sido escrita por un amante desconocido^ El duelo ha sido 
provocado sin fundamento. Es preciso que' este se realice 
y 'que se descubra el amante anónimo, autor de la epístola. 


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FARSA. Y CONTRA-FARSA. 


Plácido interrogará á Virginia sobre el particular, 
Santélices con pretesto de despedirse de Valletriste irá á su 
casa, de modo que le encuentre yo allí cuando me presente. 
El primero se encarga del matón. 

El segundo del pollo, si fuese necesario y el negocio 
se formalizase, 

Y yo del monomaniaco. 

Ahora escuchad vuestra consigna. 

f 


De esa manera, y aceptando la responsabilidad de lo 
que sucediese, logró el Doctor que Plácido y Santélices se 
prestasen á ser instrumentos ciegos de su soberana vo- 
luntad. 

Si aquel era ó no el medio mas seguro de aclarar el 
misterio de la carta y de zanjar satisfactoriamente el lance 
de honor á que ella daba origen, lo sabrán los que tenga 
la calma indispensable pará ir leyendo, sin impacientarse, 
lo que aun falta de esta novelita, que será muy corta, pues 
solo tiene primera, segunda, tercera, cuarta y quinta parte, 
constando cada parte de ocho á diez tomos, según es moda 
y práctica corriente en los novelistas de allende el Pirineo. 
Lo bueno debe imitarse. 

Si alguno de los suscritores, asustado con las dimensio- 
nes eleisseguicas (1) de este fugáz ensayo, renuncia al gusto 
de leerlo, considerando que la vida es corta para tamaña 
empresa, y sin embargo, desea saber como termina, me 
tomaré la libertad de rogarle que pasee sus ojos por las dos 

(1) Eleisaegui es el nombre de un famoso gigante guipuzcuano que se en* 
contraba en Madrid en 1852. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


séries de puntos suspensivos colocados mas arriba. Allí 
está la esplicacion del enigma, palabra que he puesto por 
via de reclamo para cautivar la atención del lector, en el 
frontis de este capítulo. Descífrelos, y ha leído toda la 
novela. 

Por supuesto que no faltará quién presuma que pre- 
tendo escaparme por la tangente, y tome á burla esta fran- 
ca y esplícita declaración; ¿pero qué persona medio decente, 
(que haya leído el Collar d *la reina) ignora hoy que con 
ayuda del magnetismo, se realizan ese y otros fenómenos 
mas incomprensibles aun? 

Si mis lectores me abandonan, calificando de embolis- 
mo al sonambulismo, seguro estoy que algunas de mis 
lectoras, aunque no sea mas que por curiosicjfid, tal vez se 
aventuren, dormidas ó despiertas, á lanzar su fantasía por 
los espacios imaginarios. 

Y ellas vencerán, dormidas ó despiertas, con magne- 
tismo ó sin él, porque son todas un misterio, un logogrifo, 
un enigma insoluble, desde la punta del pié hasta la raiz de 
los cabellos ; y es sabido que un lobo no muerde á otro. 
El diamante se labra con el diamante. 

Les ruego únicamente que sean generosas, y que en 
la embriaguéz del triunfo no abusen de la victoria, divul- 
gando mi secreto. 


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IV. 

¡Hastiado! 

Al llegar á la puerta del Sol, D. Eugenio internóse por 
la calle del Cofre á visitar á uno de sus clientes que se hallaba 
de bastante peligro; mientras su amigo, D. Manuel Santé- 
lices, que llegaba al mismo punto, por la calle de Carretas, 
subió por la de la Montera, se detuvo en una casa inmediata 
á la red de San Luis, subió la escalera, llamó al piso princi- 
pal, y un criado de aspecto venerable vino á abrirle. 

— Hola, Lupian! le dijo D. Manuel poniéndole afec- 
tuosamente la mano sobre el hombro; y tu amo? 

— Todavía duerme. 

— ¡A la una del día! . . . .¿Se acostó tarde? 

— No señor, pero como dice que no cierra los ojos en 
toda la noche .... 

— Necesitaba verle. 

— Pues le avisaré . 

— Sí, conmigo no habla la consigna. Vamos. 

El jóven seguido del criAdo atravesó varias piezas y 
se detuvo en la puerta del dormitorio, riéndose interiora- 
mente de la indecisión que manifestaba aquel. 


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28 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


— Señorito! murmuró el anciano servidor sin atreverse 
á pasar el umbral. 

— Qué quieres? contestóle su amo con voz estentórea; 
¿no te he dicho que por ningún pretesto ni motivo me des- 
piertes cuando esté durmiendo? 

— El Sr. Santélices desea hablaros .... 

—Ah! es Manuel. . . .que pase adelante. 

Abrió el criado unos de los balcones, corrió las cortinas 
á las vidrieras, entró el jóven y después de estrechar cor- 
dialmente la mano de su amigo, tomó una silla y sentóse 
al pié de la cama. 

Aprovecharemos el instante en que la luz penetra de 
lleno en el aposento, para sacar, aunque sea al daguerro- 
tipo, el retrato de D. Facundo Valletriste. 

Es D. Facundo uno de esos jóvenes de la alta socie- 
dad madrileña, gastados prematuramente por los escesos 
y placeres. Apenas tenía veinte y cinco años y sin embar- 
go su fisonomía representaba cuarenta. Un círculo lívido 
amortiguaba el resplandor de su mirada, que en otro tiem- 
po debió ser enérgica y espresiva. Sus rasgados ojos, de 
color indefinible, carecían de esta atmósfera magnética y 
brillante que baña las pupilas de las personas jóvenes que 
gozan de buena salud, y muy especialmente las del bello 
sexo. Cuando se sonreía, su sonrisa causaba una sensación 
penosa; porque no solo dejaba ver mas de una hendidura 
en sus pálidas encías, por la falta de algunos dientes y 
muelas, sino que también dibujaba profundos surcos en su 
rostro nervioso y seco. Diríase que los músculos y tendo- 
nes maxilares habían perdido su primitiva elasticidad, á 
fuerza de estar en continua tensión y rigidez. 


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FAJES A. Y CONTBA.-FAESA. 


29 


El aspecto enfermizo de aquel jóven, viejo en su ju- 
ventud, hacía daño al corazón. Pródiga y liberal la natu- 
raleza le había dotado de una estatura atlética y de una 
complexión privilejiada; pero los escesos, como un virus 
déletereo, gastaron prematuramente sus poderosos resortes. 

Por la postración de su cuerpo se adivinaba la de su 
alma: Dios ha unido tan estrechamente el espíritu con la 
materia, que siempre que esta se vé afectada, siente aquel 
el golpe de rechazo. Siempre el malestar moral vá acompa- 
ñado de alguna grave perturbación en la economía animal. 

La degradación ó el embotamiento perpétuo ó mo- 
mentáneo de las facultades intelectuales, no reconoce otro 
origen que la falta de armonía ó la debilidad de los órganos 
sensitivos. 

Toda sobreescitacion demasiado violenta acaba por 
afectar el sistema nervioso, y después de un período mas 
ó menos largo, nos conduce á la atonía, á la estupidéz 6 
¿ la demencia,— puentes por donde nos lleva á atravesar el 
piélago insondable de la muerte. 

Valletriste se encontraba en el primero de estos tres 
casos; todo indicaba en él, mas que el embrutecimiento del 
idiota ó la fébril energía del demente, el cansancio, la fuer- 
za de inercia, el marasmo fisico-moral del que sucumbe, 
no porque lo desee, sino porque falta algo á las condiciones 
de su existencia. El león númida, la serpiente del Indo y 
el cóndor americano, que tomados pequeños y criados lejos 
de las selvas, se acostumbran á la servidumbre y van per- 
diendo sus hábitos, sus instintos, su agilidad, su hermosura 
y tamaño hasta degradarse completamente, ofrecen una 
imájen bastante exacta de lo que los pasa á los hombres 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


entregados desde niños 4 sus malas pasiones. Y si conside- 
ráis 4 esos mismos animales prisioneros en sus jaulas, débiles 
y raquíticos, no podréis menos de conocer que se mueren 
porque les falta la inmensidad del desierto, el aire cálido, 
aromado y vivificante de sus bosques y montañas, el agua 
bullente y cristalina de sus cañaverales, rios y quebradas, 
y la presa acechada, perseguida y cogida con mil afanes. . . 

Así el hombre á quien el abuso de los placeres le quita 
la libertad de desearlos, preso entre las redes de sus pro- 
pios vicios, empieza 4 sentir un vacío que nada alcanza á 
llenar. Semejante 4 una lámpará privada de combustible, 
se va consumiendo lentamente. El fastidio le persigue, 
y para libertarse de él, se encenaga mas y mas en el loda- 
zal en que se encuentra; pero ¡ay! en vano. Encerrado en 
un círculo de hierro que no tiene mas salida que la virtud 
ó la muerte ; sus ojos se embotan en el mezquino horizonte 
de la realidad, sin que ninguna brisa consoladora venga 
4 refrescar su abrasada sien, sin que ninguna aspiración 
legítima ensanche su pecho y levante su 4nimo abatido, 
sin que ningún ensueño de felicidad cubra de flores el 4rido 
yermo de su vida. La realidad es la roca Tarpeya de los que 
la proclaman como su Dios, y en cuerpo y alma se entregan 
á ella como Fausto 4 Mefistófeles. La realidad es la tumba 
de la esperanza, y quién acierta 4 vivir en la tierra sin espe- 
ranzas, sin móvil, sin norte, sin deseos de ninguna especie? 

¡Dichosos los que en la mitad de esa pendiente fatal 
logran detenerse, y volviendo sobre sí luchan brazo 4 brazo 
con su 4ngel malo hasta que lo vencen, y redimen con 
su energía y perseverancia su juventud marchita, su per- 
dida ventura y sus muertas ilusiones! 


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FARSA Y GONTR A-FARSA. 


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— Y bien, dijo Manuel á su amigo, dando así principio 
á la conversación; — ¿cómo habéis pasado la noche? 

—Mal, muy mal. 

— Ya se vé! no queréis seguir los consejos de vuestro 
médico. ... os obstináis en que no estáis enfermo. 

— Mi enfermedad no es del cuerpo sino del alma,— 
contestó el jóven con displicencia,— y el alma, mi amigo, 
no se cura'con yerbas medicinales. 

— Daelza afirma de la manera mas formal, repitió 
Manuel acentuando las palabras,— que estáis gravemente 
enfermo de las dos cosas. 

— Estoy hastiado y nada mas, repuso Valletriste con 
acritud. Los médicos no coñiprenden lo que está fuera del 
alcance de su ciencia y todo lo atribuyen al estado de los 
humores. La vida me abruma y cada dia me parece mas 
insoportable. Hé ahí el secreto de mi supuesta dolencia. 

El tono áspero y desdeñoso con que se espresaba D. 
Facundo, no era el mas apropósito para atraerse una res- 
puesta benévola, mucho mas de un hombre que hada alar- 
de de franqueza como Santélices y que iba dispuesto á 
exacerbarle á fin de traerle al terreno que deseaba. 

—¡Hastiado! esclamó con una sonrisa irónica que hirió 
en lo mas vivo la susceptibilidad de su interlocutor; — ¡has- 
tiado! ¿y de qué? 

— De todo de la sociedad, de mis queridas, de mis 

-amigos, de mi médico y hasta de mí. 

— Gracias por la parte que le toca á nuestro pobre 
Doctor. 

—Soy franco y no sé disfrazar la verdad : sus enfadosos 

sermones, y el empeño que pone en contrariarme siempre 

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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


que le hablo de esto, me van ya exasperando, y si no fuera 
por. . . . 

— El cariño que le profesaba vuestro difunto padre, y 
los servicios que en su última enfermedad tuvo la satis- 
facción de prestarle en cambio de lo mucho que hizo 
por él le cerraríais vuestras puertas?. ... 

— Vos lo habéis dicho. . . . respondió el jóven con cierto 
empacho. 

Santélices empujó con desden el lábio inferior hácia 
adelante y movió la cabeza como compadecido de la obce- 
cación del irritado mancebo. 

— Daelza tiene el penoso, pero imprescindible deber 
de aconsejaros y apartaros dé la peligrosa senda en que 
os vé, añadió Manuel con acento grave y pausado ; —bien 
sabéis lo que le encargó vuestro padre al morir. El se 
cerró los ojos mientras vos malgastabais alegremente vues- 
tra juventud y dinero en la capital de Francia. Eugenio, 
le dijo, aunque ya me has pagado con usura lo que he 
hecho por tí facilitándote los medios de concluir tu carrera, 
yo te pido que veles por mi hijo, y puesto que eres algunos 
años mayor que él, te ruego, te suplico que le sirvas de 
segundo padre. Se lo prometió en aquel momento solem- 
ne, y Daelza no es hombre que falte nunca á su palabra- 

— Por eso le tolero, que sinó. . . . 

Rumor de cercanos pasos anunció que alguno se apro- 
ximaba. 

— Silencio! dijo Manuel, alguien viene y hasta me 
parece que he oido la voz del Doctor. 

En efecto él era el que entraba. 


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V. 


Una apuesta. 

El médico saludó cordialmente á los dos jóvenes, y dió 
gracias á Santélices de su exactitud con una inteligente y 
rápida sonrisa. El objeto de Daelza al hacerle comparecer 
en casa de Valletriste, no era otro que comprometer á este 
mas y mas teniendo un testigo de la conversación que iba 
á entablar con él. 

— Aseguraría, esclamó, dirigiéndose á Manuel, que mi 
enfermo no hacía de mi las mejores ausencias, 

— ¡Bah! contestó Manuel — es tan dulce el placer de la 
murmuración! 

Daelza entre sério y risueño miró fijamente al jóven 
misántropo, y con un acento cariñoso que contrastaba con 
su aire adusto, estendió la mano para tomarle el pulso, 
añadiendo: 

— Creed que no teneis en todo Madrid un amigo 
como yo. 

— ¡Mi amigo! repitió el enfermo desdeñosamente. 

— Si vuestro amigo, vuestro mas sincero y leal amigo. 

— ¡La pretensión no deja de ser original! 


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34 


FABSA Y CONTRA-FARSA . 


— ¿Por ventura dudáis de mi amistad? 

— Me asisten muy poderosas razones. 

— Deseo, exijo que me las digáis. 

— Las sabéis mejor que yo. 

Daelza se llevó la mano á la frente como queriendo 
recordar los pretendidos motivos de queja que podía tener 
D. Facundo para dudar de su amistad: finjió recapacitar 
por espacio de cinco ó seis minutos, y por último se alzó 
de hombros y dijo con el acento de la convicción y la 
verdad: 

—Estoy íntimamente persuadido que he hecho por vos 
cuanto puede hacer el mejor amigo, es decir, cuanto estaba 
en mi mano. 

Sonrióse el jóven, pero con una de aquellas sonrisas 
amargas y burlonas que tan toal efecto producían, y en vez 
de contestarle se limitó á dirigirle las siguientes indirectas. 

— En las grandes ocasiones se prueban los amigos ¿no 
es cierto? — preguntó volviendo el rostro hácia donde estaba 
Santélices. 

— ¿Quién lo duda? respondió este. 

— Y el amigo que sabe lo que significa ese sagrado 
nombre, no tiene mayor placer que servir al que llama su 
> amigo? 

— Es muy cierto. 

— ¿Creeis que el verdadero amigo sacrificaría con gusto 
su fortuna, su vida y hasta su honra en áras de la amistad? 

—En los tiempos primitivos: hoy no se realiza seme- 
jante fenómeno. 

—Pues bien, sin necesidad de llevar la abnegación 
hasta ese estremo confiando en esa amistad de que tanto 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


35 


blasona, yo he acudido al Dr. tres ó cuatro veces desespe- 
rado, pidiéndole un favor casi insignificante, y me lo ha 
negado, mas todavía, no me ha comprendido , y casi, casi se 
ha burlado de mí. 

El casi está demas pensó D. Eujenio; pero lejos de 
manifestarlo, inclinó el cuerpo hácia atras con un gesto de 
sororesa, como si no hubiese estado preparado para aquel 
brusco ataque, que él mismo había provocado. 

—Me pedíais un veneno* contestóle fríamente y no he 
debido ceder á vuestro culpable capricho. 

— Y sin embargo, yo sufría y sufro horriblemente. 

— Hay puñales, sables, pistolas. . . .murmuró el médico 
con aire zumbón. 

— Profeso un horror instintivo á las armas blancas y de 
fuego. se apresuró á decir el paciente. 

— >Los fósforos, los cordeles, el humo del carbón. . . . 

— Me da náuseas solo el pensarlo. 

—El canal es grande, espacioso, profundo 

— Hay mucho fango, se hincha uno como un corcho, 
sobrenada, y dentro y fuera se vé espuesto á las miradas 
del público. Ademas, es un medio muy esplotado, y por 
lo vulgar, me indigna. 

—Los malecones de palacio spn bastante altos, conti- 
nuó el implacable burlón. 

— Sí, pero debe uno desfigurarse horriblemente al caer 
y estrellarse contra las piedras, y corre el riesgo de sobre- 
vivir á su caída, como le ha sucedido cinco ó seis veces á 
cierto vecino de esta corte, que se ha tirado á la calle desde 
los balcones de su casa. (1) 

[1] Histórico. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA 


— Entonces. . . . ¿qué diablos queréis? 

— Ya os lo he dicho .... un veneno, activo, pronto, 
eficaz, que no me haga padecer, que me mate, si es posible, 
cuando menos lo espere ... La idea de la muerte no me 
asusta; me he familiarizado con ella; pero decae mi valor 
ante el suplicio de una lenta y prolongada agonía. 

— Ercilla dice; 

« Que ningún mal hay grande, si es postrero , » y yo aña- 
do, prosiguió el Doctor — que el que quiere el fin quiere los 
medios, y el que acepta las premisas acepta las conse- 
cuencias. 

— Es una debilidad, lo sé, replicó el jóven con aspecto 
abatido; pero ese temor, es lo único que hasta ahora me ha 
hecho desistir de mi criminal propósito .... os lo confieso, 
el arma homicida se me ha caído de las manos mas de una 
vez, no ante la perspectiva de la muerte, sino de los pade- 
cimientos consiguientes ó ella: pero acaso no esté lejos el 
dia en que la tortura moral me preste valor para sobrepo- 
nerme á tan pueriles aprensiones! 

Al oir estas palabras, Daelza, vuelto á su primitiva idea 
de que ya se iba olvidando en el calor de la discusión, y 
abandonando el tono festivo con que le hablára hasta aquel 
instante, respondió á su amigo: 

— Vamos, dejaos de niñerías, sujetaos al régimen que 
os señale, y os apuesto lo que gustéis á que antes de un mes 
estáis radicalmente curado de vuestro maldito esplín. 

Necesariamente el médico deseaba irritarle, porque 
aquella afectuosa insinuación, lejos de encontrar en el pa- 
ciente la benévola acogida que merecía, le produjo el efecto, 
no de un dardo envenenado, esa metáfora es muy débil para 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


37 


espresar lo que sintió, le produjo el efecto de la mordedura 
de un perro atacado de hidrofóbia. 

— ¡Con mil de á caballo! gritó incorporándose en el 
lecho, ¿cómo queréis que os diga que estoy sano, completa- 
mente sano, y que no tengo nada, absolutamente nada? 

— Mas que fastidio de la vida, hastío del mundo, repuso 
el Doctor volviendo á sonreírse irónicamente; — ya se vé, esa 
es una enfermedad incurable! 

El enfermo nada contestó: la ira y el despecho le anu- 
daban las palabras en la garganta. 

— Ea! hablemos como dos personas formales por la 
última vez, replicó D. Eugenio con marcada intención y 
hagamos una apuesta. 

Tampoco respondió nada Valletriste: probablemente 
estaba dispuesto á seguir al pié de la letra el adagio vulgar, 
que nos manda tener cerrado los oídos á lo que no quere- 
mos ó no nos acomoda oir. 

— Si yo logro convenceros, prosiguió el médido, vos 
os pondréis bajo mis órdenes, y si no lo consigo, yo seré el 
que obedezca y vos quién mande. 

— ¿De veras? .... preguntó el enfermo inundado el 
rostro de súbita alegría. 

— De veras, repitió el médico ; desde nuestra última 
entrevista no pienso en otra cosa. Anhelo probaros á todo 
trance que soy realmente vuestro mejor amigo : pero antes 
de abandonaros á vuestro destino, quiero profundizar el 
origen del mal que os aqueja, quiero examinar una á una 
las llagas de vuestro corazón, y si las juzgo incurables, si 
lográis convencerme, vengo dispuesto á acceder al punto á 
vuestro deseo. 




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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


—Hablad pues. 

— ¿Aceptáis? 

- Acepto. 

El jóven se incorporó de nuevo en el lecho, anhelante 
y suspenso de los lábios de su amigo. 

Parecíale imposible que Daelza conociéndole á fondo 
le hiciera formalmente una proposición semejante, y casi 
seguro del triunfo, y saboreando de antemano el dulce 
placer de la venganza, puesto que si no le convencía, como 
era mas que probable, empeñado él en no dejarse conven- 
cer, su antagonista se vería obligado á declararse venci- 
do, á reconocer la injusticia de su conducta y la inutili- 
dad de sus sermones y á entregarle el veneno tantas veces 
pedido y .negado. YaUetriste le provocaba con sus orgullo*- 
sas miradas, y no bastando estas, le instaba de viva voz á 
que rompiese su estudiado silencio. 

El Doctor hizo una seña de inteligencia á Santélices, y 
este que estaba ya de mas, se puso en pié y tomó su sombrero 

— No os vayais, le dijo D. Facundo, sois de los ínti- 
mos y para vos no tengo yo secretos. 

^-Gracias, contestó Manuel; pero he venido solo á 
despedirme, porque salgo mañana para los baños de Carra- 
traca, y no he querido irme sin apretaros antes la mano. 
A mi regreso Daelza me contará lo que ocurra. 

— No olvidéis, añadió el médico, la singular apuesta 
que hemos hecho el señor y yo. 

— Espero que el resultado corresponda á la magnitud 
del propósito — Adiós! 

— Adiós! 

— Adiós! 


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VI. 


Anverso y Reverso. 

Apenas se quedaron solos Daelza y Valletriste, el mé- 
dico se revistió de toda la gravedad de que era capaz: arras- 
tró su silla basta el borde de la cama, y le habló en estos 
términos: 

— Jó ven, rico, en una envidiable posición social, ¿qué 
motivos teneis para odiar la vida? 

— La pérdida de todas mis ilusiones, el desencauto de 
una sociedad que no me comprende, la convicción de que 
no existe la felicidad en la tierra, y que el reposo de la tum- 
ba es preferible á las brillantes miserias de 4a vida. 

—¿No es mas que eso? 

— Nada mas. 

— ¿No teneis algún otro motivo secreto? 

El jóven miró fijamente á su interlocutor, como si hu- 
biese querido penetrar con aquella mirada hasta el fondo de 
su alma, y después, de una ligera pausa, contestóle seca- 
mente: No. 

La poca resolución con que lo dijo y el tiempo que 

tardóen pronunciarlo, escitaron las sospechas del médico. 

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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


D. Facundo tenía, ademas de los que no ocultaba, otro 
motivo secreto, tal vez innoble, que se avergonzaba de 
confesar. ¿Cuál podía ser? 

El doctor con toda su perspicacia no acertaba á adi- 
vinarlo. Presentía vagamente su existencia, pero en la 
imposibilidad de obtener una confesión franca y esplícita 
de parte del interesado, creyó oportuno esperar á que él 
mismo se traicionase en el calor de la polémica, con alguna 
palabra ó indicación que le pusiese en camino de averiguar 
la verdad. 

— Luego, según eso, le dijo refiriéndose á su anterior 
respuesta— ¿no creeip en el amor, en la virtud, en los dulces 
afectos del hogar doméstipp, en los nobles sentimientos que 
emanan fiel coraron, -flores divinas que perfuman el san- 
tuario de la conciencia, y cuyo bendecido aroma ensan"- 
cha pl alma en la próspera fortuna y la vigoriza en la 
adversa prestándole doble aliento para sufrir cofi resigna’ - 
cien cristiana las injusticias fie la suerte? 

—No, no creo en ñafia, bes hombros son malos; las 
mugares peores. 

Los amigos y la virtnfi son el Fénis fie loa bien-aven- 
turados (vulgo, tontos,) entes fabulosos qne no píistpn sino 
en nuestra imaginación. 

Los dulces afectos fiel hogar doméstico estriban en tan 
frágiles cimientos, que basta la mas pequeña nubepilla, 
para que de ligeros y suaves lazos, pe conviertan en casta- 
ñas insoportables. 

Los padres con la vejez se vuelven uraños, enfb4opq§ 
y atrabiliarios ; los hijos pos pagan con la mas negra ingra- 
titud los cuidados de su infancia y los* sacrificios de su e fin- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


41 


cacion i los hermanos y parientes se arrogan el derecho de 
imponernos sus caprichos, de publicar nuestros defectos y 
deshonrar nuestro apellido con sus necedades 6 malas ac- 
ciones; las esposas, mansas corderas durante los primeros 
meses 6 dias del matrimonio, se transforman luego en har- 
pías, en tigres, en demonios coronados, que también nos 
coronan * . < . de espinas y otras yerbas . ... 

Finalmente* esos hidalgos sentimientos á los que dais 
tanta importancia, en último resultado se reducen, en 
hombres y mujeres, á una cuestión de temperamento, de 
eg’oismo 6 de conveniencia, y nada mas. Practican el 
bien por que no pueden 6 temen hacer el mal. Facilitad- 
les el medio de que lo realizen impunemente* ponedlos en 
el caso y quitadles todo temor acerca de sus consecuencias, 
y Veremos como se conducen . . . 

El hombre es todo egoísmo, orgullo y miseria, y la 
müger vanidad, capricho 1 y envidia. Entrambos son dos 
bellas éstátuas, dos lindísimas urnas vaciadas en un metal 
preciosa, pero llenas dé una materia despreciable, peor que 
el fango. Brillante es la superficie, pera cuán negro y 
y asqueroso el fondo! Si queréis saber lo que contiene, id 
y levantad la tapa de una tumba cuando la corrupción 
haya empezado 1 á apoderarse de los fríos restos en ella de- 
positados. El Cadáver entonces no es mas que el reflejo 
pálido del ser á quien sirvió de vestidura en la mundanal 
comparsa ; y tal vez y sin tal vez, la podredumbre que 
exhala y los gusanos que le roen no son tan inmundos ni 
repugnantes como las bastardas pasiones, los malos deseos 
y viles torpezas que en vida n.lbergó sü eorázon : pasiones, 
deseos y torpezas que no bien rompen el frágil vaso que 


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FARSA. Y CONTRA-FARSA. 


las contenía, parecen reanimarse y bullir debajo de aquel 
puñado de fétida escoria, convertido en barro animado, que 
al fin se devora á sí mismo, no teniendo ya á quién devorar! 

El médico escuchó impasible aquel trozo de elocuen- 
cia romántico-diabólica, no sin admirarse del calor y ener- 
gía con que se espresaba el jóven filosofastro. 

—En efecto, respondióle, raciocinando como vos lo 
hacéis, no puede darse cosa mas mala que la sociedad. 
Erijís los casos particulares en sistema y tomáis las escep- 
ciones por la regla general. 

— Es que la regla general para mi, son las que vos 
llamáis escepciones : indudablemente los males, y los malos 
están en mayoría. 

— No lo creo yo así, y aun cuando así fuese, la vida, tal 
como es, todavía tiene bastantes atractivos, bastantes dulzu- 
ras y placeres para que la consideremos como un beneficio 
de la Providencia. No es culpa suya si nosotros convertimos 
la triaca en veneno, si nos mostramos sordos á los consejos 
de la razón, si cegamos con nuestras propias manos la fuente 
del bien y trocamos en cieno sus límpidos raudales. 

— Quimeras!. . . ilusiones para engañar á los bobos!. . . 
replicó Valletriste con desden ; no habéis leído la famosa 
composición de mi ilustre amigo el insigne y gran poeta 
oriental. ... (la modestia me impide trazar aquí mi propio 
nombre) titulada Habla el Jerez ? . . . 

El cruel y prosaico homeópata movió secamente la 
cabeza y frunció los lábios con un gesto avinagrado, como 
quien se ofende de tan descomunal elogio, creyendo, como 
el que estas líneas escribe, que ni la tal composición era 
famosa, ni el autor ilustre, ni insigne y gran poeta. 


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FARSA Y CONTRA- FARSA. 


43 


Pero D. Facundo imperturbable, desde que se trataba 
de un amigo suyo, cuya importancia y supuesta fema le 
convenía poner en los cuernos de la luna para dar peso á 
sus palabras y usurpar él mismo fama é importancia, puesto 
que en literatura como en todo, es exactísimo el refrán : 
*peíname tú, y yo te haré d jopo ;» D. Facundo desenten- 
diéndose de la espresiva mueca de su médico, tosió, escupió 
y clavando los ojos en el cielo. . . . raso, con tono inspirado 
y trágico recitó las siguientes estrofas : 

Todo cansa en la vida! todo al cabo 

El alma llena de mortal hastío, 

Y tras un velo de color sombrío 

Se oculta la mas fúlgida ilusión. 

Sí, todo cansa! . . de la dicha humana 

Hasta la flor mas bella y peregrina, 

Tiene oculta en sus hojas una espina 

Que al fin hiere y desgarra el corazón 

Ay! todo es farsa, decepción, mentira! 

Todo es engaño, vanidad, locura! 

Todo tiene una gota de amargura 

Y en sí lleva un gusano roedor! 

La copa del placer, no bien exhausta, 

Sin apagar la sed, el lábio quema, 

Y refleja en su fondo el anatema 

Que lanzó á nuestra estirpe el Hacedor! 

Maldición! Maldición! .... el mundo impío 

— Basta! basta!. . . . esclamó D. Eugenio perdiendo ya 
la paciencia : eso lo habré leído con distintas palabras unas 


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FARSA Y COTfTRA -FARSA . 


doscientas veces nada mas. Dejemos los vefrsos y volvamos 
á la prosa. 

¿Habíais del amof ¿y cuáles han sido vuestros 

amores?,. - , Por qué en Vea de buscar la felicidad al lado 
de una esposa, jóven, bella, amante y amada, habéis mal- 
gastado estérilmente vuestra juventud en seducir á las 
«gemas, ó en comprar á peso de oro los favores de envile- 
cidas cortesanas? 

Os burláis del cariño paternal, y sin embargo os attfe- 
vereis á negar el escesivo amor de vuestros padres que no 
tuvieron jamás otro anhelo que satisfacer todas vuestras 
fantasías y caprichos á trueque de veros feliz? El autor 
de vuestros dias murió dándoos su bendición, y vuestra 
anciana y virtuosa madre, desde el modesto retiro á que 
voluntariamente se ha condenado, solo porque viváis con 
mas libertad y esplendidéz en la corte, no os sigue dando 
continuas pruebas de su entrañable y puro afecto? No 
trabaja en estos momentos para asegurar vuestra elección 
de diputado? 

Una melancólica espresion de tristeza se difundió en 
el rostro del jóven : era tan vehemente y sincero el cariño 
que su madre le profesaba, que al pensar en él no podía 
menos de sentirse profundamente afectado. Daelza había 
herido aquella cuerda escondida de su pecho y notado con 
satisfacción alguna lágrima furtiva que comprimida al 
nacer, pugnaba por escaparse de sus párpados y abrillan- 
taba las órbitas secas de sus ojos áridos y enrojecidos por 
la fiebre. 

— Pretendéis que solo desprecio os inspiran la virtud, 
la gloria y los nobles sentimientos del corázoú humano, y 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 45 

no obstante, cediendo al torpente de la época habéis aspira- 
do 4 conquistar un laurel de los que ciñen la frente de 
Zorrilla y Esproneeda. Esto, como era natural, os ha pro- 
ducido amargos desengaños, porque francamente, carecéis 
del talento necesario para descollar donde tantos ingenios 
muy superiores á vos apenas obtienen una mirada de be- 
nevolencia. Habéis llegado 4 Madrid infatuado con los 
fuciles triunfos conseguidos en una obscura capital de pro- 
vincia, y dándoos los aires de un génio, habéis querido 
sostener aquí vuestra alta reputación de poeta, aquí donde 
los literatos, buenos y malos, perdonan todo menos las pre- 
tensiones ; aquí donde se burlan y tratan con él mas so- 
berano desden al que sin tener título alguno que justifique 
su audacia, se atreve 4 traspasar el círculo de hierro que 
ellos forman entre sí, reclaman un puesto 4 su lado y los 
trata de igual 4 igual. Esto no se le perdonan al prin- 
cipio ni 4 los qne tienen un mérito verdadero, cuanto mas 
á inteligencias problemáticas, 6 4 medianías despreciables. 

D. Facundo hacía violentos esfuerzos para contener- 
se : la tempestad bramaba sordamente dentro de su cora- 
ron; y el médico con encubierta alegría observaba sus 
rápidos progresos, 

— Habéis lastimado el orgullo de este, herido la sus- 
ceptibilidad de aquel, despertado la envidia de algunos 
imbéciles, y habéis concluido por enajenaros el aprecio y 
las simpatías de todos ó de casi todos, Los habéis hon- 
rado con vuestra amistad sin que ellos os concediesen la 
suya, y luego habéis considerado como una traición 4 esa 
amistad su retraimiento, sus burlas é invectivas. Hé ahí 
vuesiros amigos! 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


Las heridas del amor propio son mas sensibles que 
las ocasionadas por el hierro ó el fuego. Valletriste no pudo 
sufrir por mas tiempo el rudo exámen anatómico del Doc- 
tor, que con bárbara destreza se complacía en profundizar 
con su escalpelo las llagas mas secretas y recónditas de 
su pecho. 

— Y bien,— esclamó, dividiendo en un abceso de ira el 
encáje de la sábana que tenía cojido; ¿qué significa todo 

eso? Acabad. . . . pronto! no os escucharé un minuto 

mas. . . . decid vuestra última palabra. 

—Mi última pnlabra, replicó Daelza levantándose, se 
reduce á proponeros que os caséis á la mayor brevedad. Es 
el único remedio que tiene vuestro mal. 

Una estruendosa carcajada retumbó en el aposento. 

—¡Casarme! ... y con quién? 

— Con vuestra antigua prometida. 

— ¿Con Virginia? 

—Sí. 

— Esa boda es ya imposible! 

— Ved que su hermano .... 

— Sé que está muy resentido conmigo, pero nada me 
importa. Así se lo acabo de decir á Santélices que me 
vino con la misma música. 

— Ah! sabéis. . . . 

— Sé que estoy libre de todo compromiso con su fami- 
lis, y esto me basta. Ahora, si sois caballero, cumplidme 
vuestra palabra. 

—Decididamente ¿lo queréis? 

—Lo exijo: he ganado la apuesta. 

Daelza fingió vacilar, hasta que cediendo á las vivas 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


47 


instancias de D. Facundo, sacó los dos botes que llevaba 
de prevención, echó algunos globulillos en dos papeles 
distintos y después de haberlos numerado, con mano tré- 
mula se los entregó, diciéndole : 

— Veo que vuestra enfermedad no tiene cura y os 
abandono á vuestro destino ... venía preparado para esta 
entrevista. . . . Aquí teneis el veneno que tantas veces me 
habéis pedido; pero como podría acontecer que en el mo- 
mento solemne os arrepintieseis de vuestra resolución, os 
doy también un contraveneno: lo conoceréis por el nú- 
mero 2 con que está rotulado. 

— Y este veneno. . . .¿es activo?. . . . preguntó el jóven, 
apoderándose con avidéz de los dos papelitos ; — obra ins- 
tantáneamente? 

— No: tarda dos horas en producir su efecto. La 
combustión interior. . . . 

Valletriste hizo un gesto de sorpresa tan cómico que 
por poco da en tierra con la gravedad del Doctor. La risa 
le retozaba en los lábios y tuvo que volver los ojos á otra 
parte para no estallar. 

—Obra por combustión, es decir, por incendio ! se 
decía el jóven con una candidéz, verdaderamente compro- 
metedora para el discípulo de Hanneman. 

— Cuando menos lo espereis, sin que precedan dolores 
ni ningún otro síntoma alarmante, sentiréis una ligera 
evolución en el esófago ; arrojareis una pequeña llamarada 

por la boca ó por los conductos nasales, auditivos ect. y 

plaf! estallareis como un cohete á la congreve. 

El jóven se pasó la mano por la frente y contempló los 
papeles con ojos despavoridos. 

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FARSA Y CONTRA-FARSA 


— Creis ahora en mi amistad? añadió el médico ten- 
diéndole la mano en ademan de retirarse. 

— Sí! respondió el desventurado suicida, oprimiendo 
débilmente aquella mano que hubiese querido convertir 
en polvo. 

— Mis enfermos me llaman .... adiós, si me necesitáis 
para algo contad conmigo. 

— Desearía veros esta tarde .... pienso escribir una 
carta á mi madre que os entregaré para que se la enviéis, 
y esta noche .... será la última de mi vida! 

— Ah! no me lo digáis! repitió el homeópata volviendo 
la cabeza como horrorizado. 

Y salió enjugándose las lágrimas. 

D. Facundo desdobló los papelitos, y se puso á exa- 
minar su contenido con una escrupulosidad digna del mas 
severo alquimista. Luego volvió á doblarlos con mucho 
cuidado, los colocó sobre un velador inmediato, saltó de 
la cama y comenzó á vestirse apresuradamente. 


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VII. 


Una letra pagadera á la vista. 

No habían transcurrido quince minutos desde la salida 
del Doctor, cuando Lupían volvió á presentarse de nuevo, 
anunciando la llegada de otra persona. 

—¿Quién es? le preguntó su amo. 

El viejo se alzó de hombros y murmuró entre dientes: 

—No le conozco. 

— ¿Te ha dicho su nombre? 

— No señor. 

— ¿Le has indicado que no estaba visible? 

— Sí señor, pero ha insistido, y 

—¿Y qué? 

— No he podido menos de obedecerle. 

— Lupian, eres un béstia! 

— Sin duda algún asunto de grande importancia que 
no admite dilación 

— Sí, algún importuno, algún imbécil provinciano que 
trae cartas de recomendación, y le falta tiempo para venir 
á incomodarme; contestó Valletriste, acercándose al espejo 
y componiéndose el cabello y la corbata; esa gente se figu~ 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


ra que en la corte no tiene uno otra cosa que hacer, que 
servirlas de Mecenas ó Ciceroni. 

Lupian movió la cabeza como dando á entender á su 
amo que se equivocaba. 

-Pues entonces, prosiguió este, ¿será alguno de mi» 
acreedores? 

Lupian, no atreviéndose á contradecirle de palabra, 
se contentó con mover otra vez la cabeza. 

— ¿Algún escritorzuelo que viene á dedicarme alguna 
de sus perversas producciones, á fin de que le haga algún 
regalo y le pague los gastos de impresión? Pues está fresco! 
No seré yo el que dé márgen para que la España ú otro 
cualquier periódico, repitan que la esplotacion de un tonto, 
por otro mas tonto aun , sería un bellísimo argumento para una 
pieza en un acto. ¡Que se vaya con la música á otra parte! 

Por tercera vez la blanca cabeza del anciano se balan- 
ceó á derecha é izquierda, á guisa de diputado que en la 
imposibilidad de contestar á su adversario, desaprueba con 
sus gestos y ademanes lo que va diciendo. 

La paciencia de Valletriste no era grande, y los movi- 
mientos acompasados y el laconismo de su viejo mayordo- 
mo, que desempeñaba á la vez las funciones de ayuda de 
cámara, le sacaban de quicio con harta frecuencia. D. Fa- 
cundo, fiel á su nombre, hablaba hasta por los codos, y 
Lupian, ora por costumbre, ora por su avanzada edad, ora 
por espíritu de contradicción, nunca hablaba mas que lo 
estrictamente indispensable. Esto dió origen á que su amo 
le bautizase en una ocasión con el epíteto de logogrifo y 
palabra que furioso le arrojaba al rostro cada vez que se 
reproducía una escena semejante, y que tenía la maravillo- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


51 


sa virtud de convertirle en el hombre mas espansivo y 
locuaz del mundo. 

El pobre viejo ignoraba el significado de aquella pala- 
bra fatídica y no podía oírla sin estremecerse. Se imagi- 
naba que debía ser una cosa muy mala cuando su amo 
se incomodaba tanto al decírsela. 

D. Facundo irritado ya con sus tres evoluciones occi- 
pitales, pronunció la palabra tremenda, y el buen Lupian 
aterrado y confundido, se apresuró á contestarle : 

— Lo que es ese caballero por que es un caballero, 

debe ser duque, capitán general ó ministro, según se es- 
presa. Su lenguaje y sus maneras imponen. No me pa- 
rece recomendado, poeta ni acreedor. . . .En vez de men- 
digar protección cualquiera diría quo se encuentra en el 
caso de otorgarla. Tanta arrogancia hay en su porte, en 
su acento, y sobre todo en sus miradas. ¡Qué miradas! 
Dios mió! se asemejan á las de un gato furioso! 

—¿Quién diablos, será ese hombre?. ... se dijo Valle- 
triste con recelosa inquietud. 

— Le he hecho pasar á la sala y os aguarda, añadió 
Lupian; y de seguro no se marchará sin veros. 

Encaminósé D. Facundo al sitio donde le esperaba el 
desconocido, y al entrar, no sin gran sorpresa notó que 
permanecía sentado y con el sombrero puesto. 

Detúvose un instante en el umbral con toda intención 
y viendo que no se movía, tosió como para anunciarle su 
llegada. v 

El agreste ciudadano no se dió por aludido, y continuó 
sentado y con el sombrero puesto, hasta que Valletriste 
distaba dos ó tres pasos de su asiento. 


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FARSA. Y CONTRA-FARSA. 


~)2 

Entonces se sacó el sombrero y lo arrojó sobre el sofá 
sin levantarse. 

El dueño de la casa, sorprendido por tan inusitado 
proceder, fijó sus ojos llenos de asombro en el insolente y 
articuló con voz enronquecida por la indignación :— ¡ Ca- 
ballero! 

— Servidor de Vd., respondió secamente el intruso. 

Y los dos se miraron de hito en hito como dos sabuesos 
prontos á precipitarse ei uno sobre el otro. 

El desconocido se paso en pié : su actitud y la es- 
presion de su semblante nada bueno auguraban. Valle- 
triste retrocedió maquinalmente, sintiendo que su indigna- 
ción y su ira se desvanecían para dar lugar á sentimientos 
mas pacíficos, á medida que el incógnito se adelantaba 
hácia él. 

¿Quién era aquel hombre? ¿qué quería? por qué cla- 
vaba sus ojos en los suyos con tal ánsia y reconcentrada 
cólera?. . . . 

D. Facundo tenía una idea confusa de haber visto en 
otra ocasión aquella cara, animada de la misma espresion 
siniestra y amenazadora ; pero no recordaba el menor inci- 
dente que justificase su estraño capricho de venir á pro- 
vocarle, sin razón ni motivo, á su propia casa. 

A fuer de historiadores, imparciales debemos declarar 
que el poeta no comprendido, empezaba á sentir una 
cosa vaga é indefinible, que si no era miedo, se le pa- 
recía mucho. 

„ Y sin embargo, aparte de la mirada del desconocido 
que en efecto era terrible é imponente, como dijo Lupian, 
y del enorme v retorcido bigote que cubría el lábio supe- 


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FARSA T CONTRA-FARSA. 


53 


rior de su boca, nada había en él digno de inspirar otra 
cosa que compasión á un atleta como D. Facundo. 

Representaba la misma edad que tenía este ; pero su 
pequeña estatura y sus formas diminutas estaban muy le- 
jos de revelar la misma fuerza y virilidad; y si bien es 
cierto que el valor nada tiene que ver con el tamaño de 
las personas, habiéndose observado que los hombres peque- 
ños, son en general mas valientes que los de talla gigan- 
tesca, el aire de suficiencia de nuestro héroe, sus modales 
groseros, el tono afectado de su voz y la destreza con que 
abría desmesuradamente y giraba sus grandes ojos negros, 
que tenían el brillo de los de la serpiente y la ferocidad de 
los de la hiena, cual si quisiese ejercer en los que miraba la 
fascinación que se atribuye á estos animales, deponían desde 
luego en contra suya. 

Ningún hombre de corazón se vale de semejantes me- 
dios para intimidar á sus adversarios : ningún hombre que 
tiene la conciencia de su valor, exagera ó abusa á cada paso 
de las ventajas que debe á la naturaleza ó al arte. Tal vez 
existen latentes en su espíritu sin que él mismo conozca su 
estension, hasta que las situaciones en que se encuentra las 
ponen de relieve; como la electricidad al rayo, la inspiración 
al génio, los obstáculos vencidos al poder que los quebranta. 

Desgraciadamente D. Facundo, que no era ningún 
Aquiles, se había dejado sorprender por la audacia y la 
pantomima de aquel farsante, y en vez de votarle á empe- 
llones de su casa como merecía, le preguntó muy cortes- 
mente quien era y que se le ofrecía. 

El interrogado sacó una cartita y la puso en sus ma- 
nos, dicíéndole : 


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54 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


— Vengo únicamente á presentaros esta letra pagadera 
á la vista. 

Al saber que era un acreedor el que le hablaba, reco- 
bró Valletriste su altanería habitual, y sin rogarle que to- 
mase asiento, cojió bruscamente la carta y la abrió buscan- 
do la letra que suponía dentro. 

No encontrando documento alguno que acreditase la 
deuda, pasó á enterarse del contenido de la epístola, y 
figuraos cual sería su sorpresa cuando leyó lo que sigue : 

«¡Idolo mió ! 

Puesto que me amas, puesto que yo soy para tí el 
universo entero como tú lo éres para mí, accede, Sol de 
mi vida! á mis deseos. Corona mi ardiente y acendrado 
amor con una prueba digna de él. Nada te importe la 
sociedad, nada las murmuraciones de la calumnia y de la 
envidia. El mundo doblará al finia rodilla ante tu belleza 
y si el presente es ingrato, el porvenir cubrirá de flores el 
camino que juntos cruzaremos para no separarnos ni en 
las puertas de la muerte! .... Creedme, luz de mis ojos! 
huye conmigo de la tiranía de ese hermano, á quien tanto 
temes, de ese hermano que no merece el nombre de tal, 
porque es un déspota, un avaro, y solo desea que perma- 
nezcas siempre bajo su dominio, á fin de no entregar á tu 
marido la fortuna que te pertenece. Ya sabes los podero- 
sos motivos que me asisten para creer que nunca consen- 
tirá en nuestra unión. ¡Miserable! le desprecio tanto como 

él me aborrece! Un rapto y un matrimonio secreto es 

lo que te propongo para obviar á todos los inconvenientes 
que se opongan á nuestra ventura. Cuando la bendición 
de un sacerdote me conceda con tu ansiada posesión, los 


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FABSA Y CONTRA-FARSA. 


55 


derechos de un esposo, tu hermano, de grado ó por fuerza, 
tendrá que sujetarse á lo que determinen los Tribunales. 
Resuélvete, pues, alma de ini alma! y vive segura de que 
nunca tendrás porque arrepentirte de tu noble abnegación 
y de la confianza que en mí deposites. Vive segura de 
que te haré feliz, muy feliz, que mi mayor placer será com- 
placerte en todo y para todo, y que ni en la tumba se apa- 
gará el amor volcánico, inestinguible, inmenso que siento 
por tí! Tuyo hasta la muerte . 

F. Valletriste. 

— Y bien, caballero, que significa esto? dijo D. 

Facundo, volviéndose á su supuesto deudor, que con los 
brazos cruzados esperaba, no una pregunta, sino una 
respuesta. 

— ¿No lo adivináis? 

—No ; por vida mia! .... Hablasteis de una letra. . . . 

—Sí, de una letra pagadera á la vista, pero no con 
oro sinó con sangre! 

Juzguen nuestros lectores de la sorpresa de D. Facun- 
do en realidad ella fué tal, que no acertando nosotros 

á describirla dignamente, cerraremos aquí el capítulo, 
dejándole algunos minutos para que se reponga y no vaya 
á cometer algún desatino. 

La caridad ordena dar tréguas al que se asusta, á fin 
de que salga del mal paso en que se encuentra como Dios 
le ayude, aunque á veces no es Dios sino el espíritu ma- 
ligno quien anuda y desata las mas graves peripecias de 
la comedia humana. 


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VIII. 


Vn millón de bofetones. 

Mudo silencio siguióse á la escena que acabamos de 
referir. 

El hombrecillo continoaba mirando á D. Facundo con 
ojos centelleantes y encrespados bigotes, en los cuales sin 
düda estribaba su fuerza, como la de Sansón en su ca- 
bellera. 

El futuro suicida, aterrado volvió atras la cabeza, cre- 
yendo que fie las había con un loco. El desconocido hizo 
un movimiento para arrebatarle la carta, y se imaginó que 
iba ¿ sacar un puñal. 

—¡Asesino! balbuceó dando un lijero salto hácia atras. 

La insolencia de su adversario aumentaba en razón 
directa del cuadrado de la distancia que el pobre D. Fa- 
cundo pretendía interponer entre ambos, cada vez mas 
convencido del lamentable estado de enagenacion mental 
en que se encontraba aquel. 

— Por los clavos de Jesu-Cristo, no os escapareis! es- 
clamó el primero asegurándole de un brazo. Mal que os 
pese me habéis de escuchar. 


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FARSA Y eONTBA-FABSA. 


Empalideció Valletriste y procuró desasirse de las gar- 
ras de aquel energúmeno; pero sus músculos y sus nérvios, 
dolorosamente contraidos, se negaron á obedecer ¿ su 

A 

voluntad. 

Parecía imposible que la débil mano del insolente que 
de tal modo le provocaba, hubiese podido resistir á una sola 
presión de su robusto brazo ; y con todo, filé bastante pode- 
rosa para detenerle allí, fijo é inmóvil, — como un verdugo A 
su víctima pronta á escapársele entre las convulsiones de la 
agonía, — en el mismo lugar y en la misma postura en que 
le sorprendiera. 

El desdichado misántropo cedía en aquel momento á la 
influencia moral que desde un principio habían ejercido 
sobre su alma, los groseros modales, las palabras anfiboló- 
gicas y el rostro amenazador de aquel hombre estravagante. 
Sin el mas leve antecedente que le esplicára su conducta, 
sobrábanle motivos para suponerle privado de razón, y 
cualquiera en su lugar habría opinado del mismo modo. 

El hombrecillo le tenía cojido y le oprimía fuertemente 
el brazo con la siniestra mano, mientras le enseñaba con la 
otra el maldito billete, que él en su endiablado lenguage 
llamaba letra de cambio pagadera á la vista, no con oro 
sino con sangre. 

Al través de sus largas pestañas chispeaban sus gran- 
des ojos, como dos esferas de pepernal girando sobre una 
hoja de acero, y á cada vibración uníase y desplegábase en 
una curva serpeadora el áspero entrecejo de su espaciosa 
frente, sombreada por alguna guedeja perdida de sus negros 
y relucientes cabellos; é hinchada la nariz, herizado el 
bigote, notábase que sus lábios entreabiertos daban paso 


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FARSA Y GONTBA-FARSA. 


59 


con dificultad al vahoso aliento que, apresurado, se esca- 
paba de sus pulmones, convertido en hálito de fuego. 

D. Facundo observaba con ansiedad creciente todos 
sus movimientos, sin atreverse á llamar á sus criados ni 
decirle que se equivocaba, temiendo aumentar su irritación. 
Es sabido que no hay cosa peor que contradecir á los locos. 

-¿No os llamáis D. Facundo Valletriste? le dijo por 
fin el incógnito. 

-Sí. 

— Me comprendéis ahora? 

—No. 

— ¡Cobarde! gritó el energúmeno sacudiéndole del 
brazo y empujándole con desprecio, como para despertarle 
del paroxismo ó terror pánico en que parecía sumerjido: — 
¿retrocedéis ante las consecuencias de vuestra villana ac- 
ción?. . . .Sabed que yo soy D. Silvestre Tremedal, el her- 
mano de Virginia, y que vengo á exigiros el desagravio de 
la doble injuria que nos haheis hecho. Qué! ¿no os basta- 
ba haber rehusado su mano? quisisteis, imbécil! añadir la 
burla al insulto, la infamia al desprecio?. . . . Habéis inten- 
tado seducirla sin acordaros que yo estaba aquí para pedi- 
ros estrecha cuenta de vuestro ruin proceder! 

El viajero que en las cuestas volcánicas de los Andes, 
oye de pronto un rugido sordo, parecido al fragor de una 
catarata subterránea, y antes que pueda cerciorarse de 
donde proviene, siente vacilar la tierra bajo su planta y vé 
entreabrirse con el estruendq de cien cañones que estalla- 
sen á la vez, alguna montaña vecina, y asomar en su cús- 
pide una columna de humo y fuego que baja con la veloci- 
dad del rayo por el estrecho sendero donde él se encuentra, 


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60 


FAB9& Y CONTKA-FABSA. 


no se queda mas sorprendido y atónito que Valletriste, al 
oír las palabras de D. Silvestre, al saber quién era y el 
objeto de su visita. 

Ya no vió en él un loco : cayó de sus ojos la venda que 
los cubría, esplicóse fácilmente su lenguaje procáz y la 
causa de su violento enojo, y disculpando casi sus arre- 
batos, en vista de la falsa creencia en que estaba, se apre- 
suró á darle algunas francas esplicaciones por las cuales 
viniese en conocimiento de que él no era el autor de la 
carta ó letra, y que por lo tanto fuese á cobrársela al que la 
había girado. 

— Los dos somos victimas de alguna intriga maquiavé- 
lica, le dijo con un metal de voz que pretendía ser grave 
y firme ; pero que no pasaba de muy respetuoso. 

El espadachín se atusó el bigote, y abrió y cerró los 
ojos sin contestarle. 

— Algún mal intencionado, algún vil ha abusado de 
vuestra credulidad. 

D. Silvestre apretó los lábios y ejecutó una segunda 
evolución visnal poniendo en blanco los ojos y frunciendo 
ademas la boca de una manera ad-hoc, característica, espe- 
cialísima, original suya, y que no nos atrevemos á descri- 
bir, por temor de asustar ó nuestros lectores. 

— Hay muchos pillos en Madrid, prosiguió el desven- 
turado D. Facundo, muchos nécios é intrigantes que no 
tienen mayor placer que enemistar á sus amigos y á los 
que no lo son con chismes y enredos propios de muger- 
cillas de mala vida, para reirse luego á sus espensas. 

— Eh! basta de farsa. Señor mió! esclamó D. Silvestre 
estallando; el mal intencionado, el nécio, el intrigante, el 


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• FARSA Y QONTHA-FABSA. 


61 


vil y el pillo eois vos. No en vano, aje habían dicho que 
negaríais vuestra indigna y torpe acción. No importa! 
nos batiremos, y nos batiremos á muerte! 

— Permitidme 

— Ni una palabra! Dentro de una hora os enviaré á 
mi padrino D. Plácido Gándara: aquí teneis las señas de 
mi casa. 

D. Facundo tomó la tarjeta que el hermano de Vir- 
ginia le ofrecía ; pero ya por que estuviese resuelto á suici- 
darse esa misma noche, como manifestó al médico, ó bien 
porque recordase la conocida destreza del matón en toda 
clase de armas, respondióle animado de súbita energía: 

—Ese duelo. ... es insensato, y-, ... no debo aceptarlo. 

— ¿Por qué? 

—En primer lugar, porque no me place, y en segundo, 
porque no he sido yo quién ha escrito esa carta. Infor- 
maos mejor, y si después de esclarecida la verdad, persistís 
todavía en vuestro capricho, estoy resuelto á daros la sa- 
tisfacción que gustéis. 

Esta sencilla respuesta que nada tenía de indecorosa, 
puesto que no rehusaba el combate sino que lo aplazaba, 
parecióle al quisquilloso duelista, una evasiva indigna de 
un hombre de honor, después de los insultos que intencio- 
nalmente le había prodigado. Gándara, por insinuación 
de Daelza, le había asegurado que Valletriste no se batiría, 
y prevenido ya contra él, atribuía á miedo lo que quizá 
no era mas que eaceso de prudencia. 

—En suma, le preguntó, rehusáis batiros? 

— Sí, hasta que no se descubra el verdadero autor de 
la carta. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


—Sois un cobarde! replicó Tremedal, haciendo ademan 
de arrojarle el billete 4 la cara. 

—Caballero! 

—Un villano! 

— D. Silvestre! 

— Un miserable! 

Valletriste lanzó una mirada 4 su alrededor, como para 
asegurarse de que nadie los veía ni escuchaba, y con una 
entereza y dignidad que contrastaban con su anterior 
mansedumbre, señaló la puerta 4 su adversario diciéndole 
por despedida : 

— Basta ya! no pongáis mas 4 prueba mi paciencia y 
marchaos cuanto antes, si no queréis que llame 4 mis cria- 
dos y os haga arrojar por un balcón. 

¡Nunca tal dijera! Tremedal se abalanzó traidoramen- 
te 4 él, como un pequeño perro de presa al vigoroso novillo, 
que le reventaría solo con ponerle encima uno de sus piés, 
y le descargó en el rostro la mas ruda y sonora bofet&da de 
que se conserva tradición en los siglos pasados y presentes. 

Sorprendido Valletriste por tan feroz é inesperado ar- 
gumento, y temiendo otro ú otros por vía de comentario ó 
apéndice, inclinóse maquinalmente 4 un lado, le flaquearon 
las piernas, buscó un punto de apoyo, yfué 4 caer de bruces 
contra uno de los bordes del sof4. 

El agresor tomó velozmente el sombrero y salió de la 
sala mas que de prisa, no sin mirar dos ó tres veces 4 
retaguardia; y 4 pesar de la hazaña que acababa de hacer y 
de su pretendido arrojo, no respiró tranquilo hasta que se 
encontró en la calle. 

La sorpresa, mas que el golpe, dejó 4 Valletriste in- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


63 


móvil por espacio de algunos instantes; pero no bien obró 
la refleccion, avergonzado de haber sufrido tamaño ultraje, 
sin ahogar á aquel arlequín entre sus manos, levantóse 
furioso y corrió á la puerta de la escalera. 

Al levantar el pestillo, Lupian le detuvo haciéndole re- 
parar en su traje matinal: D. Facundo recordó que el aleve 
ya estaría en la calle, retrocedió y se precipitó al balcón con 
ánimo de llamarle si le veía. 

Por su desgracia ó fortuna, no alcanzó á divisarle entre 
el tropel de gente que á todas horas cruza por la calle de la 
Montera. Cuando abrió el balcón, D. Silvestre trasponía 
esta calle y entraba en la del Caballero de Gracia. 

— Pues bien — se dijo el agraviado — baldón por baldón! 
él ha venido á ultrajarme á mi propia casa, iré yo á la suya 
y le pagaré con la misma moneda. El me ha dado un bo- 
fetón, yo le daré diez, cien, mil, un millón de bofetones!!! . . 

D. Facundo requirió la taijeta que le diera Tremedal, 
y enterado de las señas de su casa, sostituyó á la bata un 
elegante frac, y sin pérdida de tiempo lanzóse á la calle tras 
las huellas de su enemigo. 


I 


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IX. 


Virginia. 

En tanto que el agraviado se dirige á casa de D. Sil- 
vestre, trazaremos el retrato de Virginia acentuando algu- 
nos perfiles que nos darán á conocer mejor su carácter y 
sentimientos. 

Apenas cuenta nuestra heroína diez y seis abriles; la 
edad de los sueños poéticos, de las emociones castas y de 
los delirios celestiales. La edad de los ángeles! 

No es muy elevada su estatura; pero la esbeltez de sus 
formas, la nobleza de su porte, la elegancia de su aéreo 
talle comunican á toda su persona ese aire distinguido é 
imponente, que en algunas mugeres es el signo infalible de 
una verdadera superioridad. 

Y Virginia, sin embargo, no es orgullosa; tan buena 
como hermosa, se atrae sin pretenderlo las simpatías y los 
homenajes de todos: sus amigas la quieren sin envidia, y 
los hombres cuando pasa delante de ellos se paran, y vuel- 
ven el rostro para contemplarla. 

Hermana de los ángeles trazados por Rubens, brilla en 
sus negros y rasgados ojos no sé qué indescribible espresion 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


de altivez y mansedumbre; y cuando sus pupilas, redondas 
y brillantes, se clavan fijamente en alguno, un ligero estre- 
mecimiento involuntario como el choque de una chispa 
eléctrica, sacude todas las fibras del corazón, y el alma se 
dilata de placer como si bajase del cielo y la iluminase un 
rayo desprendido de la corona de los serafines! 

El pimpollo de los valles de Jericó, que, apenas entre- 
abierto por el aura de la mañana, vierte á raudales el aroma 
que esconde en su seno, no es mas lozano, mas fresco y 
purpurino que su pequeña y rosada boca. 

Ardientes suspiros no han apagado todavía el carmín 
encendido de sus lábios, cuya encantadora sonrisa dibuja un 
hoyuelo en sus tersas megillas y deja entreveer su dentadu- 
ra de marfil como una doble ilera de perlas. 

Griega la nariz, despejada la frente, ancho y túrgido el 
pecho. . . . doquiera que la vista se dirige, admira nuevas 
perfecciones. 

Ora caiga en flotantes rizos su negra cabellera alrede- 
dor de su seno alabastrino, velado con tal primor que ocul- 
tando sus encantos los hace resaltar mas; ora recojido en 
trenzas el cabello, corone su alba frente como una guirnalda 
de azabache. 

Todo en ella encanta y seduce. . . . hasta su pequeño 
pié, que asoma entre la revuelta falda, prestando álas al 
deseo y á la imaginación: 

Que allá penetra en la belleza interna 
Tras la pulida descubierta pierna; flj 

como su leve y torneada mano, que convida á ser estrecha- 

[1] Espronceda. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


67 


da con delirio y á estampar en ella tímida y respetuosamente 
los lábios en señal de vasallage. 

Y buena, cariñosa, complaciente, capaz de inspirar y 
sentir una de esas grandes pasiones que transformarían la 
tierra en un Edén, si el Edén pudiese existir en el mundo, 
Virginia revela al pintor y al poeta el tipo acabado de sus 
mas sublimes idealizaciones. 

Basta contemplarla, aunque sea un momento, para 
admirarla. 

Basta conversar cou ella una noche para consagrarla 
un recuerdo eterno. 

Basta hablarla de amor, de artes, de poesía, dí senti- 
mientos hidalgos y generosos, para despertar la celeste 
mágia de sus hechiceros ojos, el dulcísimo éco de su voz de 
ángel; y al verla y oírla delirar llena de entusiasmo por 
todo lo grande, noble y bello, basta una palabra, un ade- 
man, una mirada suya para caer á sus plantas y ceder al 
irresistible impulso de adorarla como á una criatura de ori- 
gen superior! 

Con estos antecedentes, comprenderá el lector sin mu- 
cha dificultad la profunda y rápida impresión que tan pe- 
regrino conjunto debía causar á nuestro protagonista. 

Quiso su buena estrella que el feroz hermano no se en- 
contrase en casa cuando él se presentó. 

Recibióle Virginia, y al momento los dos á la primera 
ojeada, se reconocieron. 

, — Vos, señorita, sereis la hermana de D. Silvestre, 
preguntóle con aire que pretendía ser adusto y no era mas 
que humilde. Sus ojos traicionaban la admiración que á 
su despecho la angélica belleza de Virginia le inspiraba. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA 


68 

Ella se limitó á inclinar la cabeza en señal de asenti- 
miento y ofreció con la mano una silla á Vallestriste. 

— Puesto señorita, que sois Virginia, prosiguió él, ten- 
dréis la bondad de esplicarme .... 

— El quid-'pi'o-quo que bar motivado la cólera de Sil- 
vestre? 

— Justamente, y en verdad nadie creería al veros que 
pndiéseis haberlo ocasionado. 

Virginia bajó la frente teñida de púdicos sonrojos, y 
una lágrima, mal comprimida, corrió á lo largo de sus 
megillas. 

— No me condenéis sin oirme, esclamó, tal vez os pa- 
rezca muy culpable, pero cuando sepáis. . . . 

D. Facundo desarmado tanto por su candor y el timbre 
conmovido de su voz, como por las lágrimas que enturbia- 
ban el claro resplandor de su mirada, se apresuró á decirla 
con creciente interes: 

— Virginia, perdonadme, si os ofendí ha sido sin que- 
rer Habladme con franqueza, con ingenuidad, como 

me hablabais hace diez años, — lo recordáis? — bajo los 
álamos de la quinta de mi madre. . . . 

— Entonces señor os quería yo como á un hermano. 

— La fatalidad me alejó de vos, y mi ángel malo me 
inspiró luego la idea de rechazar vuestra mano. Vuestra 
familia, y muy particularmente vuestro hermano, atribuye- 
ron mi repulsa á la codicia. 

— Yo sin embargo — añadió Virginia con un acento de 
verdad que no dejaba lugar á dudas; — yo que creía conoce- 
ros á fondo por las cartas que escribíais á vuestra madre que 
ella me enseñaba porque me quería y me quiere como á una 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


69 


hija; yo que á fuerza de hablar de vos con esa escelente se- 
ñora, me había formado una idea muy distinta de vuestras 
cualidades personales, os hice desde luego la justicia que 
merecíais. 

D. Facundo la escuchaba admirado, y en su sorpresa 
apenas se atrevía á dar crédito á lo que oía. 

— Lejos de atribuir á un vil cálculo vuestro proceder — 
continuóla encantadora niña,— pensé que no habiéndome 
visto en tantos años, os habríais olvidado de mi, y quizá otra 
muger mas dichosa. . . . 

— Todas me han engañado! 

—Y no obstante, si he de hablaros con franqueza, os 
confesaré que sentí en el alma vuestra repulsa.*. . . 

— ¿De veras?. . . . 

— Si; vos habíais llegado á inspirarme un sentimiento 
que no se definir; pero que no me habría hecho retroceder 
ante ningún sacrificie en aquella época por veros feliz. . . . 

La hermana de D. Silvestre pronunció las palabras en 
aquella época con una intención que no escapó á la saga- 
cidad de su ex-prometido. 

— De modo qne ahora. . . .dijo este sin atreverse á con- 
cluir la frase. 

— Al ver la tristeza, — prosiguió Virginia como si no le 
hubiese comprendido, — el desaliento, el precoz desencanto 
y la falta de creencias que traslucían en todas vuestras car- 
tas, yo me imaginaba ¡pobre de mí! que á fuerza de amor 
y abnegación, lograría talvez reconciliaros con la existen- 
cia y con el mundo. Consagraré mi vida entera á su feli*- 
cidad, me decía, y si consigo que vuelvan á vibrar todas 
las cuerdas nobles de su pecho, él á su vez me querrá entra- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


fiablemente. . . .Mi vanidad de mujer encontraba algo de 
divino y providencial en arrancaros del fango del vicio, y 
conquistaros á la virtud, á la dicha, al porvenir de vuestra 
familia y de vuestra patria! 

El futuro suicida no volvía de su sorpresa; cada pala- 
bra de Viijinia descorría ante sus ojos nuevos horizontes de 
un cielo preparado para él, y en el que él no quiso entrar 
acompañado por ella, prefiriendo hundirse solo en el abismo 
de las eternas tinieblas. 

— Ah! Virginia sois un ángel, esclamó visiblemente 
conmovido; — nadie me ha hablado como vos hasta ahora. . . 
y solo ahora comprendo mi torpeza y el tesoro que he 
perdido! 

— Justamente un afio después de vuestra repulsa, mu- 
rió mi madre y á poco mi madrina, legándome toda su 
fortuna. 

— Y quedateis por consiguiente bajo la tutela de vues- 
tro hermano? 

— Que me trajo á Madrid hace tres meses. Nos insta- 
lamos en esta casa, que, como habréis notado, tiene dos 
compartimientos en cada piso. En el de la derecha, que es 
casa de huéspedes, vive un caballero, que 

— Se atrevió á enemoraros? 

— Siempre que salía al balcón. 

— ¡Atrevido! 

— Muy atrevido, en efecto, porque conociéndome ape- 
nas, me escribió á los pocos dias, manifestándome que me 
había visto en el Retiro y locamente enamorado de mí, el 
amor le había inspirado el ardid de mudarse á esta casa 
con un nombre supuesto. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


71 


— Habrá tuno! 

— Figuraos cual sería mi sorpresa cuando reconocí 
vuestra letra y vuestra firma al pié de su carta! 

— Es posible?.... 

— Llena de alegría, aunque algo recelosa de su con- 
ducta singular y también porqué estrafíaba su fisonomía, 
aunque no tenía yo siete años cuando nos separamos, come- 
tí la debilidad de contestarle; y los pormenores que me dió 
luego, tan exactos y minuciosos, acabaron de alucinarme. 
Insistió en que ocultaba su verdadero nombre para librarse 
de la saña de mi hermano. 

— Y cómo descubristeis el engaño? 

—Por una carta en que se atrevía á proponerme un 
rapto y una boda secreta; carta que Silvestre, no sé como, 
sorprendió ayer cuando me la traía la criada; y Gándara 
que acaba de irse no hace mucho, me ha dado nuevos infor- 
mes cuya exactitud confirma ahora vuestra presencia. Ape- 
nas os vi, os reconocí; lo que no me sucedió con vuestro 
amigo, porque necesariamente ese farsante debe ser muy 
amigo vuestro. 

—Decidme— esclamó Valletriste después de recapacitar 
un momento,— cual es el nombre con que aquí le conocen? 

— Augusto Riolirios. 

— Voy á verle. 

— Es inútil — dijo Virginia tocando el cordon de una 
campanilla; — vendrá aquí. Deseo confundirle y que escu- 
chéis nuestra conversación. 

Presentóse una camarera, á quién la bella resentida dió 
la órden de decir al Sr. Riolirios que se presentase en el 
momento. 

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72 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


El feliz amante, que hacía largo tiempo que estaba en 
acecho, acudió presuroso creyendo que se trataba de llevar 
á efecto el rapto, y Virginia sintiendo que se aproximaba, 
ordenó á Valletriste se ocultase en la pieza inmediata, y á la 
criada que se pusiese de atalaya en el balcón é hiciera la 
señal convenida apenas divisase al espantable D. Silvestre, 
terror do mundo é do inferno I 


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X. 


Vn caballero de industria. 

Si las mugeres sospechasen solamente el efecto que 
produce la promesa de una cita en los hombres nerviosos é 
impresionables ; si pudiesen valorar la turbación y congoja 
que se apodera de los infelices, al acercarse á ellas, hasta 
el punto que á veces, sea por vergüenza 'ó miedo, no acier- 
tan á balbucear una palabra, teniendo acaso los pobres 
que valerse de las manos. . . . para apoyarse en la pared y 
no caerse; estamos seguros que no querrían ocasionar á 
sus amantes tan gran disgusto, ni esponerse ellas á un 
conflicto ó casus belli (rompimiento de hostilidades) con 
menoscabo de los tratados preexistentes y á despecho de 
su antes dulcísima entente cor diale. 

Es muy peligroso jugar con fuego , como lo saben pre- 
fectamente las que hayan participado de las emociones que 
despierta (la preciosa zarzuela que lleva ese título;) y como 
la ocasión hace al ladrón, está mandado que entre santa 
y santo haya una pared de cal y canto .... 

Pascal afirma que el hombre no es ángel ni béstia, 
sinó las dos cosas á la vez, y que su principal desgracia 


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74 


FARSA T CONTRA-FARSA. 


consiste en que cuando quiere remedar ai ángel, desciende 
y se confunde con la béstia. Así traducimos su famosa 
frase : quand’il veut faire l'ange, il fait la béte. 

No de otra manera el pretendido D. Augusto Riolirios-, 
se presentó á los ojos de Virginia, anhelante, radioso» mudo 
por la satisfacción que le rebosaba en el alma. 

Lástima que al traspasar el umbral, la realidad amarga 
le hiciese descender mas que á galope del fúlgido cielo de 
sus ilusiones! 

Virginia le apostrofó duramente tratándole de femen- 
tido y de usurpador de un nombre que no le pertenecía. 
Le acusó de haber abusado como un vil de su inesperiencia 
y del antiguo afecto que sabía profesaba ella al verdadero 
Valletriste. 

—Me habéis engañado como á una criatura,— añadió— 
y prescindiendo de vuestra aleve conducta y de vuestra 
última injuriosa proposición, la benevolencia con que os 
escuchaba ha empezado á cambiarse en desprecio. Al pres- 
taros oídos y mostrarme dispuesta á corresponder á vuestro 
amor, creía que hablaba con Valletriste, y por lo tanto no 
siendo vos ese caballero todo ha concluido entre nosotros. 

Al pronto, el titulado Riolirios, como diría Rosas, sufrió 
en silencio con aire imbécil y alelado, aquella descarga de 
agravios que producía el efecto de un violento granizo en 
su volcánico cerebro ; pero recobrado un tanto de su prime- 
ra impresión, protestó enérgicamente que algún vil le ha- 
bría calumniado, algún miserable comprado por el oro de 
D. Silvestre. Trató de patentizarle, que aquello era una 
farsa indigna, puesto que él tenía pruebas irrefragables 
para evidenciar su identidad ; y por último, cerró su vehe- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


75 


mente filípica hiriendo el suelo con el pié y manifestando el 
péfear de que no se encontrase allí presente el infame autor 
de la calumnia para confundirle, anonadarle, aplastarle 
como á un insecto venenoso! 

Así se espresaba el calabaceado amante, de espaldas al 
gabinete donde estaba oculto su homónimo, quien sin duda 
cansado ya de tanto cinismo y audacia, salió rápidamente 
de su escondite y le descargó un fiero golpe en el hombro, 
diciéndole con voz trémula de ira é indignación : 

— ¡Guevara!!! 

— ¡Valletriste!!! contestó el interpelado sin poderse 
contener; pero apercibiéndose al punto de su torpeza, 
añadió precipitadamente como dominado de súbita cólera. 

—¿Quién sois caballero? No os conozco á fé mia! 

— Eso ahora lo veremos, replicó D. Facundo; señorita, 
tened la bondad de dejarnos solos cinco minutos. 

Virginia obedeció, pero al pasar al lado de Valletriste 
le dijo á media voz : 

— Despreciadle y no os vayais á comprometer. ... os 
lo suplico. ... Ya está desenmascarado. 

La joven salió por una puerta y volvióse á escuchar 
por otra. — Su curiosidad, como es natural estaba escitada 
hasta el último punto ; ademas que muy poca cosa se ne- 
cesita para despertar la curiosidad de la gente que gasta 
faldas, según dicen malas lenguas. 

Valletriste cruzó los brazos y midiendo de arriba abajo 
al impostor con una mirada sardónica, le dijo con un me- 
tal de voz en que vibraban á la vez la amargura, el desden, 
la rabia y el encono largo tiempo comprimidos : 

—Fingir que no me conocéis!. . . . Ese solo rasgo re- 


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76 


FARSA X CONTRA-FARSA. 


vela vuestro carácter señor Guevara. ... No me conocéis, 

eh? A mí, que os encontré en París hundido en la mas 

proftmda miseria y os tendí una mano salvadora! A mí, 
que os franqueé mi casa y mi mesa, honrándoos con el 
título de mi secretario! A mí, á quién habéis traicionado. . . 

Valletriste se detuvo, paseó en derredor sus ojos como 
para cerciorarse de que nadie le escuchaba, y con voz tan 
débil que apenas pudo percibirla Virginia, repitió : 

—A mí, á quién habéis traicionado robándome el resto 
de mi fortuna! 

—Las jugadas de bolsa— contestó Guevara, no sin que 
el carmín de la vergüenza le subiera al rostro,— fueron 
legales, y no es culpa mia si no os favorecióla suerte. 

— Mentís! replicó el impetuoso jóven estallando, men- 
tís! .... ¿Creís que ignoro vuestros sucios manejos?. . . . 
Estabais de acuerdo con otro pillo aquién luego engañas- 
teis también. . . . Tal para cual! .... Me habéis estafado en 
regla, y no puedo quejarme ante ningún Tribunal. . . . 

— Vos me autorizasteis para jugar en vuestro nom- 
bre.... 

— Y lo habéis hecho tan bien que me habéis dejado 
por puertas, enriqueciéndoos á costa mia! 

— Rechazo semejante calumnia y os exijo una satis- 
facción. 

— La tendréis cumplida, vive Dios! Entretanto sabed 
que estoy arruinado, completamente arruinado ; que en la 
próxima semana, vencen las letras que firmé en París, v le- 
tras que obran aquí en poder de la casa de Weisveller y 
compañía. Sabed que no pudiendo pagarlas no me queda 
otro recurso para salvarme de la ignominia que me aguar- 


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Á 



FARSA Y CONTRA-FARSA. 


77 


da, que morir como hombre honrado — Nadie duda del que 
se levanta la tapa de los sesos por salvar su honor! 

—Todavía os quedan algunas valiosas posesiones. . . . 

— Lo que me queda no alcanza á cubrir ni la mitad 
de mis deudas. 

— Una fortuna tan grande! .... 

— Muy grande era, pero la disipación, el juego, los 
caprichos de mis queridas, han reducido en menos de tres 
años á la cuarta parte la pingüe herencia que me legó mi 
padre al morir. 

—En verdad, se decía el estafador hablando mental- 
mente consigo mismo, y muy impresionado por las pala- 
bras de su víctima, — no creía que estuviese tan mal; 
tornándose mas y mas pensativo á medida que Valletriste 
continuaba desarrollando el cuadro de su ruina. 

— Vuestra traición fué el último golpe, la última gota 
de hiel que ha acabado de llenar el cáliz de mi sufrimien- 
to!. . . . Enervado por los placeres y acostumbrado á ellos, 
no tengo valor para luchar brazo á brazo con mi destino 
adverso, y crearme de nuevo una fortuna ó una posición 
social á fuerza de trabajo y perseverancia. La fatalidad me 

cierra todas las puertas ... ya ni diputado puedo ser! 

Mi madre me escribió que se necesitaba dinero, mucho 
dinero! para asegurar mi elección, y yo no lo tengo, ni me 
atrevo á pedirle, temiendo que se descubra mas pronto mi 
ruina! Estoy perdido! .... perdido para siempre! 

Algún pensamiento generoso cruzó por la mente de 
Guevara, porque sus ojos se humedecieron, y se reflejó en 
su fisonomía la lucha sorda de encontrados sentimientos. 

— Si vos queréis, yo puedo salvaros, le dijo con cierta 


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78 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


desconfianza, hija sin duda de la segunda intención que 
envolvían sus palabras. 

D. Facundo le contempló fijamente añadiendo con 
acento breve y pausado : 

— Salvarme! y de qué manera? 

— Pagando en el acto parte de vuestras deudas, y ob- 
teniendo una moratoria de vuestros acreedores por el resto. 

— Luego, teneis dinero? 

— Tengo amigos, y basta. 

— Esplicadme ese milagro, dijo Valletriste con aire de 
incredulidad. 

—Amo á Virginia. 

—A ella ó á su dote?. . . . 

—Ambas cosas. La casualidad la trajo á vivir cerca 
de mí. Recordareis que en los frecuentes paseos que solía- 
mos dar por los Campos Elíseos, en París, me habíais 
referido todos los pormenores de vuestra infancia y de 
vuestro proyectado enlace ; y yo que conozco la ventaja de 
las primeras impresiones y la propensión invencible de 
las mujeres á todo lo estraordinario y novelesco, me pro- 
puse enamorarla valiéndome de vuestro nombre, y como 
os es notoria mi gran facilidad para imitar toda clase de 
letra. .... 

— El resultado sobrepujó á vuestras esperanzas?. . . . 

— Tanto que ya estaba á punto de lograr mi deseo, 
reservándome descubrirla mi estratajema después que estu- 
viésemos casados ; pero no sé como ha descubierto ella la 
verdad antes de tiempo, y su naciente amor se ha cambiado 
«en odio. 

Burlona sonrisa comunicó un ligero temblor imper- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


79 


ceptible A los descoloridos lAbios del primitivo amante de 
Virginia. 

— Francamente, dijo A su rival, no veo qué relación 
haya entre eso y mia deudas. 

Conoció Guevara que había llegado el instante crítico 
de descubrir sin disfraz su pensamiento, y se apresuró A 
contestarle : 

—A grandes favores, grandes sacrificios. . . . 

— Veamos. . . . 

— El todo por el todo. 

— Esplicaos. 

— Declarad delante de Virginia que yo soy el verda- 
dero Valletriste, y que habéis obrado de acuerdo con D. 
Silvestre para perderme en su concepto, y yo, mediante 
una hipoteca sobre vuestras fincas me comprometo A pagar 
la mitad de vuestras deudas en el acto y la otra mitad 
cuando me case. Entonces romperé la escritura y queda- 
reis libre. 

Renunciamos A pintar el efecto ipue esta villana pro- 
posición hizo en D. Facundo quien logró contenerse no 
sin un violento esfuerzo. Decididamente Guevara ponía A 
prueba su paciencia. 

— Caballero, si es que tal dictado os corresponde, le dijo 
con el mas soberano desprecio, — solo me queda ya un nom- 
bre, esclusivo y sin mancha, y ese nombre, orgullo de mis 
gloriosos ascendientes, puro é inmaculado bajarA conmigo 
A la tumba! Prefiero la pobreza, la miseria, la misma 
muerte A cometer una villanía! Este último ultraje no 
quedarA impune. .. .os lo aseguro. Recojo el guante que 
antes me habéis arrojado al rostro! 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


La vehemencia de este apóstrofo desconcertó ¿ Gueva- 
ra; pero estaba ya muy comprometido para poder retroceder. 

— Me duele en el alma, contestó; no obstante, sí persis- 
tís en vuestro propósito, yo me aferró en el mió. SeQalad 
dia, hora, sitio y armas. 

— Mañana, á las ocho de la mañana, en las afueras de 
la puerta de Santa Bárbara, con pistola, á .veinte pasos 
avanzando. 

— Está bien! 

— Espero que no faltareis, máxime cuando nuestro 
duelo no ha de ser una de esas farsas cuotidianas, hoy tan 
en voga, que se reducen á disparar cuatro tiros al aire, el 
irse luego á comer juntos á la fonda los combatientes y sus 
padrinos. No! uno de los dos ha de quedar en el campo. 

— Pretendéis asustarme?*. . , . 

— Os lo prevengo para que obréis en consecuencia. 

— Sé loque el honor me ordena y no os quejareis 
de mi. 

— El honor! esclamó Valletriste dolorosamente, el ho- 
nor! .... Crees que por que yo os mate, ó porque vos me 
matéis, recobraré yo mi fortuna ó tendréis vos razón?. . . . 
Yo me quedaré arruinado y vos coronareis vuestra infame 
acción con un homicidio ó un asesinato, según vuestra des- 
treza ó sangre fria. 

— Entonces, respondió Guevara en tono de pesar y de 
reproche, — por qué habéis aceptado mi reto? 

— Porque hay ocasiones en que no le queda otro re- 
curso á un hombre honrado y pundonoroso. Cuando las 
leyes son ineficaces y no pueden alcanzar al criminal; sino 
la razón, el natural deseo de venganza, la propia defensa, 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


81 


el ludibrio que nos espera, el atentado de que somos vícti- 
mas, nos autorizan para apelar al juicio de Dios. 

Siento haberos puesto en ese duro trance, y si mis 
proposiciones son la causa, las retiro. 

Valletriste le señaló la puerta y le volvió la espalda 
diciéndole: 

— Hasta mañana. 

Guevara resignado se alzó de hombros y contestó la- 
cónicamente volviéndole á su vez la espalda: 

— A las ocho! 


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XI. 


Estrangulación homeopática. 

Al levantar D. Facundo la cabeza, encontró á su lado 
á Virginia, que escondida tras de la puerta del gabinete 
había oído toda la conversación. 

Las primeras palabras que ella pronunció fueron una 
queja, en la que se traslucía el temor de que sucumbiese en 
el desafio; y Valletriste lejos de disipar ese temor, insistió 
en que no podía declinarlo y hasta lo veía con placer puesto * 
que se encontraba completamente arruinado. 

—¿No es mas que eso? dijo Virginia con viveza: oh 
amigo mió! yo soy rica, muy rica! y consideraríame feliz, 
si me permitieseis demostraros con algo mas que buenos de- 
seos, el vivo interes que me inspira vuestra desgracia. 

— Jamas! Vuestra fortuna desaparecería en el abismo 
de mis deudas! 

— Y que importa si era para salvaros?. . . . 

— Criatura noble y generosa! esclamó el desdichado 
jóven enternecido y con las lágrimas en los ojos; qué es- 
píritu infernal me cegaba cuando rechazó, tu mano?. ... tú 
hubieras sido mi ángel salvador, tú hubieras abierto mis 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


ojos á la luz, mi pecho á la esperanza, mí alma á la virtud! 

^-Todavía es tiempo, Valletriste. 

— No! ahora un océano nos divide, replicó él soltando 
su mano con ira. 

— No os entiendo. . . . 

— Vuestro hermano. . . . 

— Mejor informado os devolverá su amistad. 

— Ya es tarde. . . .me ha inferido un ultraje que solo 
con sangre se borra! 

— De modo qué con este son Üos desafios, dos? pregun- 
tó Virginia llena de ansiedad. 

— Dos. .. .repitió dolorosamente el ofendido. 

Indudablemente á no hallarse tan preocupado por las 
negras ideas que le dominaban, D. Facundo se habría 
apercibido de la rápida oscilación con que se ensanchaba y 
deprimía el blanco , seno, de Virginia, cuyas graciosas ondu- 
laciones marcaba, como un barómetro, el semi-drculo de 
dos nacientes globos que se dibujaban tentadores al través 
del corpiño de seda que los envolvía. 

La pobre niña no pudiendo hacerle desistir del duelo 
con Guevara, trató al menos de persuadirle que no debía 
batirse con su hermano, cuya destreza en toda clase de ar- 
mas era notoria. • 

Don Silvestre en efecto gozaba la reputación dé ser uno 
de los primeros tiradores de sable, pistola y florete, de modo 
que ni aun elijiendo el arma su adversario, tenía, según ella, 
probabilidades de vencer. — Ademas, estaba cierta de que 
examinando con calma la cuestión, cualquiera que fuese, se 
le encontraría con el raciosinio mejor solución, que lá de 
horadarse el cráneo con una onza de plomo, ú abrirse el 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


85 


esófago de una cuchillada. — La hermosa é inofensiva cria- 
tura, no podía comprender el despotismo de esa bárbara ley 
social, que á menudo ordena á los hombres quitarse la vida 
hasta por cosas insignificantes. Ignoraba que cuanto mas 
trivial es el motivo, tanto mayores son la saña ó necedad de 
los contendientes y las exigencias de el buen tono. 

Por desgracia en el presente caso fallaban las reglas 
comunes, y la naturaleza de la ofensa, probablemente di- 
vulgada ya por D. Silvestre, exijía un pronto y ejemplar 
castigo. Allá en su foro interno podía el agraviado perdonar 
al ofensor; pero la sociedad mas severa y vengativa que él, 
no perdonaría al buen cristiano que habiendo recibido una 
bofetada en la megilla izquierda, presentase la derecha. 

Dominado por estas consideraciones, D. Facundo cuya 
tristeza contrastaba con la energía de su resolución, se 
limitó á decir resueltamente á su bella catequizadora. 

— Creedme. . . .este duelo tiene que llevarse á cabo y 
yo sería un inferné si retrocediese. 

— Por que? 

— Por que sin él, es imposible toda reconciliación entre 
nosotros. 

—De manera que si él vence, será mi hermano el 
asesino del amigo de mi infencia, del hijo de mi generosa, 
protectora. . .y si por el contrario la suerte os favorece, me 
veré forzada á aborreceros como verdugo de mi sangre! .... 

Al hablar así, Virginia lloraba y un ligero estreme- 
cimiento nervioso comunicaba á su brazo estendido, el terror 
que se había apoderado de su alma. 

Contemplábala embelesado D. Facundo. . . .talvez con 
mas placer del que la situación consentía. 


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86 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


¿Admiraba aquel tesoro de sensibilidad y ternura? 

¿Sospechaba que un sentimiento mas dulce que la 
piedad, revivía, como el fuego entre cenizas, en el puro 
corazón de Virginia? 

¿Sentía él latir su pecho con el encanto misterioso é in- 
definible de un nuevo amor que nos asalta y nos subyuga de 
improviso, insinuándose hasta el fondo del alma y abriendo 
á la mas yerta y aletargada fantasía un oasis de placeres, 
de voluptuosidades, de venturas terrestres y divinas? 

Quién sabe! . . . . Valletriste al fin era hombre, y Vir- 
ginia tan hermosa, tan interesante, que bien podían admi- 
tirse estas y otras hipótesis mas aventuradas aun. 

El la contemplaba en silencio, y al contemplarla un 
noble y generoso pensamiento germinaba en su cabeza. 
Pensaba batirse y defenderse; pero de ningún modo atentar 
á los dias de D. Silvestre, lo que equivalía á aceptar la 
muerte de antemano. 

Virginia como si leyese al través de su frente, le dijo 
eon voz tiernísima y juntando las manos en ademan de 
súplica: 

— Por vez última, os ruego que desistáis de tal própo- 
sito, amigo mió! 

—Virginia! Virginia! .... contestó el jóven haciendo 
un violento esfuerzo; pedidme la vida, pero no que deje 
creer al miserable que se ha aprovechado de un momento 
de descuido para darme una bofetada, que soy digno de tal 
afrenta! 

Avergonzado Valletriste, cubrióse el rostro con las 
manos, y Virginia imitando su acción, dejóse caer en una 
butaca esclamando: 


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FARSA Y CONTRA-FARSA.. 


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—Una bofetada, ah! 

En el mismo momento, por una de esas singulares 
coincidencias tan comunes en el trato diario, cuando se 
nos aparece derrepente como endriago ó fantasma, alguna 
visita inoportuna y fastidiosa, abrióse la puerta de la sala y 
una criada anunció con la entonación y la prosoptopeya 
peculiar de los gallegos, al Dr. homeópata D. Eugenio 
Daelza. 

El futuro suicida sobresaltado volvió la cabeza apre- 
suradamente, y se encaminó á la puerta como aturdido por 
el ininteligible sonsonete de la gallega; pero al encontrarse 
con D. Eugenio, dejó traslucir en su fisonomía el temor de 
que hubiera oido las últimas palabras de Virginia. 

El médico le sacó de dudas, diciéndole á media voz: 

— Sé el motivoque os ha traído aquí. . . .Lupian me lo 
ha contado todo y por eso he venido. 

— Infame viejo! murmuró entre dientes D. Facundo. 

Daelza saludó á Virginia, que se puso en pié con áni- 
mo de retirarse para ocultar su dolor, y también porque la 
doncella, saliendo del balcón la previno que su hermano 
se acercaba. 

El Dr. le ofreció la mano para acompañarla, y ya en 
el umbral, ella le dijo despacio, pero de modo que Valletris- 
te pudiese oirla: 

— Por lo quemas améis en el mundo, Dr., impedid 
que ese duelo insensato se realice. 

Prometióselo Daelza con los lábios, haciendo las debi- 
das restricciones mentales; y si la desconsolada niña hubie- 
se podido penetrar en su corazón, de seguro que le habria 
maldecido. El cruel homeópata se bañaba en agua de 


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88 


FABSA Y CONTBA-FABSA. 

rosas, al ver el sesgo antiflogístico que iba tomando la 
cuestión. 

— Asi me gusta! . . . fibra! . . . .esclamó volviendo hácia 
donde estaba D. Facúndo, que triste y abatido había vuelto 
á hundirse en sus tenebrosas cavilaciones; fibra! ... ya no 
necesitáis acudir á las dósis infinitisimales. . . .La casualidad 
os favorece mas allá de vuestros deseos, . . .ya teneis quién 
os refrende, gratis et amore, el pasaporte para el otro mun- 
do Buen viaje! 

— De buena gana te mandaría yo en mi lugar. . . .pen- 
só en sus adentros el paciente. 

— La cosa es séria, eh?. . . .preguntó el inflexible bur- 
lón cada vez mas risueño. 

—Muy séria! . . , .replicó el amigo no comprendido de- 
jando traslucir su despecho y el mal humor. 

D. Eujenio era para él una especie de pájaro de mal 
agüero, que siempre en las situaciones mas críticas y com- 
prometedoras, se le aparecía paja agobiarle con sus sermo- 
nes y sus sarcasmos. 

— En ese caso — prosiguió solemnemente el módico, la 
circunstancia de ser vuestro mas antiguo amigo, me cons- 
tituye ipso fado, desde este momento en vuestro padrino. 
Tomo á mi cargo el pronto y satisfactorio arreglo de este 
asunto. 

Con mil amores habría declinado el pobre í). Facundo 
el honor que se le hacía; pero temiendo que se atribuyese i, 
miedo, y mas que todo, recelando las pullas envenenadas 
de su Esculapio, aceptó y se apresuró á darle las gracias 
con el placer del infeliz recluta que asiste por primera vea 
al fuego y á quién su gefe en un asalto, por cariño sin duda. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


89 


envía en comisión justamente al mismo paraje donde debe 
reventar una mina, ó llueva la metralla como gragea. 

— Allons , enfantsde la patrie, 

Lejour de gloire est arrivé . . . . 

Tarareó el médico cada vez mas entusiasmado* coraggio 
é avantil si caéis en la contienda, no faltará algún inspira- 
do poeta melenudo, compinche vuestro, que os cante en 
versos dignos de Homero: Gloria y prez al valiente que supo 
morir en su puesto sin pestañear! y eterno loor al ínclito 
amigo que le empujó á la senda y le abrió las puertas de 
la inmortalidad! Si, caro amigo, si: 

Sean eternos los lámbeles 
Que supimos conquistar! 

El aludido agitó las mandíbulas y se rascó prosaica-, 
mente la nariz clavando la vista en .el techo, con un gesto 
desdeñoso que equivalía á una renuncia esplícita de la 
gloria que se le brindaba y á la sublime compensación de 
ser inmortalizado (ó hundido en el purgatorio) por un cen- 
tenar de versos mas ó menos ramplones. El bardo no com- 
prendido hacía completa justicia al estro poético de sus 
apolíneos (y no poUmos como escriben algunos) amigos, y 
como él, sin falsa modestia, (cómo le sucede á cada hijo de 
vecino) se consideraba un Goethe ó un Calderón á su lado, 
era natural que viese con cierto estoicismo filosófico las 
armonías que pudiesen aquellos consagrar á su memoria. 

—Supongo que no habrá transacción posible? añadió 
Daelza frotándose las manos de gusto. 

Miróle el interpelado como el recluta de que hablamos 
mas arriba miraría á su gefe, al ir haciendo gambetas por 
el aire. 


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FARSA T CONTRA-FARSA. 


—Os autorizo, contestó con mal disfrazada ira, para 
que propongáis y aceptéis las condiciones que mejor os 
parezca. .. .Solo se muere una vez en la vida. Tengo 
ademas otro desafio 

Entonces le refirió la superchería de Guevara. 

Se hallaba en lo mejor de su relato, cuando Daelza 
prestó el oído y apuntó con la mano hácia la escalera. 

— Ya está aquí mi hombre, dijo, grtlcias á Dios! 

Y antes que D. Facundo pudiese reanudar el hilo de 
su interrumpido discurso, la puerta giró sobre sus goznes 
y dió paso á la grave, imponente y terrífica figura del 
insigne y nunca bien ponderado D. Silvestre Tremedal, 
Centellas, Rayos, Trompeta y Cabeza de chancho. 

En honor de la verdad, debemos declarar que los cua- 
tro últimos apelativos no le pertenecían, sino por habérselos 
aplicado algunos imbéciles, que temblaban ante el brillo 
de su tizona, mas terrible que la del Cid, según vociferaba 
el mismo interesado á cuantos tenían la paciencia de oírlo. 

Entró como quién entra en su casa. . . .con aire resuel- 
to y desenfadado, mirando por encima del hombro á los que 
allí estaban. 

Al verle sintió Valletriste agitarse en sus entrañas el 
veneno de la venganza: la huella que dejáran los dedos del 
matón en sus megillas, parecía reanimarse y brotar por sus 
ojos convertida en ascuas de fuego. 

El recuerdo de Virginia lo contuvo: en dos horas sus 
ideas habían sufrido una modificación completa, y en obse- 
quio á ella, había formado el noble propósito de caer sin 
vida á los pies de su ofensor antes que tocarle con la punta 
de su espada. Quería defenderse; pero no matar. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


91 


Sin embargo, tanto para justificar su visita como para 
perderle de vista cuanto antes, le dirijió la palabra en -estos 
términos: 

— Venía á pagaros con la misma moneda el ultraje que 
me habéis hecho en mí casa. Consideraciones que no es del 
caso especificar ahora, me obligan á desistir de mi propósito. 
Mi amigo el Dr. D. Eugenio Daelza se entenderá con vos. 

—Perfectamente, respondió Tremedal acariciándose el 
bigote; os dejo la elección de las armas. 

— Me es indiferente. . . .debo advertiros que mañana á 
las ocho tengo otro desafio .... 

— Si? preguntó el espadachín con aire de mofa. 

—Con el aleve que ha usurpado mi nombre. . . .en fin, 
es inútil que entre ahora en mas pormenores. — Buenas 
tardes! 

Saltó el jóven acompañado de Daelza que volvió en 
seguida, y D. Silvestre con la impertinencia que le era 
característica, dijo á este último: 

—Podréis darme, caballero, algunas esplicaciones so- 
bre esta nueva farsa? 

— Pues no! señor mió! si á eso he venido, contestó él 
médico dirijiéndose á la puerta y dando dos vueltas á la 
llave. 

—Qué significa esto? esclamó el valiente badulaque, 
entre sorprendido y asustado por el brusco exórdio de sus 
contrincantes y las precauciones que tomaba. 

— No me habéis pedido esplicaciones? — añadió el Dr. 
arrastrándole hácia el sofá y haciéndole sentar de un en- 
vión; — pues vais á oírlas. 

El hombrecillo quiso levantarse; pero mas rápido ei 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


homeópata le echó mano al pescuezo amagando estran- 
gularle. 

— Quieto! le dijo, quieto! ó no respondo de vuestra 
traquiartería! 

Entonces, oh lectores mios, hizo D. Silvestre un gesto 
tan feroz, se le herizó el bigote de una manera tan insólita 
y coruscante, que yo al figurármelo no mas, me quedo 
boqui-abierto y suelto aquí la pluma horripilado. . . . 

— Qué cara! Dios mió, qué cara !. . . .cuesta mantener 
siempre viva y creciente la curiosidad del lector. . . .hasta 
ceder al capricho de estrangular á un personage tan impor- 
tante! . . . .Veré si puedo sacarlo en el próximo capítulo, de 
esa violenta y nada agradable posición. 


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XII. 


JLa horma de su zapato. 

En los grandes caminos hay ladrones que solo roban, 
y ladrones que roban y matan á la vez, como eqt el 
océano de las letras, piratas que uñatean, y piratas mas 
feroces, que no se contentan con uñatear, sino que ademas 
abren eterna sepultura al despojado. 

Es evidente que el plagio hecho por un hombre de 
talento, despoja de su gloria á un autor obscuro, y para fin 
de fiesta,' le relega á perpétuo olvido lo que equivale á ase- 
sinarle moralmente. 

¿Pretendía hacer otro tanto el médico homeópata con 
el insigne D. Silvestre, en la farsa que vamos narrando? 

¿Cuál era su objeto al abandonarse al capricho de 
oprimirle mas que suavemente los conductos de la laringe, 
de la laringe! ese órgano precioso de la voz, que sirve para 
dar paso al aire que respiramos, como saben ó ignoran 
nuestros lectores? • . . 

¿Por ventura el Doctor había estudiado su curso de 
anatomía en las madrigueras de Sierra Morena, para en- 
tregarse sin mas ni mas al placer de acariciar con sus 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


uñas (á falta de cuchillo,) el cerviguillo de sus opositores? 

Las repetuosas y nada francas relaciones sociales que 
existían entre él y D. Silvestre, le autorizaban acaso para 
tan insólito abuso de confianza? 

Las espansiones del cariño tienen sus límites, y á na- 
die es permitido, al entablar una discusión grave, enterne- 
cerse hasta el punto de aferrarse á la garganta de su ad 
latere ó vis á vis , como arrebatado-por el entusiasmo, ó ven- 
cido por el esceso de la emoción. 

No mil veces, no! ...ni Daelza deseaba atajar para 
siempre el resuello al perdona-vidas, ni tenía e¿ menor em- 
peño en proporcionarse alguna lonja de su tostado pellejo, 
ni qfcraba bajo la salvagurdia de la amistad, que todo lo 
autoriza y disculpa, ya que el título de amigo suele impo- 
ner esas y otras carga # mas insoportables aun ¿ los desdi- 
chados mártires de la amistad. 

El atroz discípulo de Hannémam, quería simplemente 
probar al intrépido duelista, desde el principio de la confe- 
rencia, que había encontrado la horma de su zapato . 

Para eso había imitado sus modales, sus gestos, sus 
arrebatos de gitano, que levanta ó baja la voz, según le 
contestan temblando ó á gritos, y por consiguiente, los gol- 
pes traicioneros y ex -abrupto (k lo bruto) cuando se cree 
seguro de la impunidad. 

Con tanta maestría había remedado D. Eugenio á su 
modelo, que en realidad, le sobrepujó y le dejó tamañito 
bajo la impresión de su inmensa superioridad, como el 
pirata literario, que roba y mata, al pobre y obscuro autor 
de que' hablamos mas arriba. 

Así fué que al soltarle, temiendo una reacción, é iflai- 


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■ * 



FARSA T CONTRA-FARSA. 


95 


tando siempre sus malas mañas, le clavó fijamente los ojos, 
como el domador de fieras á un lobo medio magnetizado, y 
que pretende en vano substraerse á la influencia que le 
convierte en payaso y hazme-reir de los espectadores. 

—Señor Doctor! .... no comprendo este proceder, por 
vida mia! esclamó D. Silvestre, alejándose instintivamente 
del estrangulador: la broma me parece muy pesada. 

— He sido un poco "brusco, eh?. .. .contestó Daelza; 
pero caballero, habéis cometido antes una tropelía incali- 
ficable con mi amigo D. Facundo, y he debido entablar el 
diálogo en Ir, misma forma. Simllia similíbus . . . . 

Tremedal se mordió los lábios, diciéndose interior- 
mente: 

— Me revienta este hombre, y quisiera poder ahogarle 
entre mis manos y echarle á mis perros de presa, ó mandarle 
tirar al redondel para que le recojiese un toro de JaramaU! 

Mejor sería, añadió en voz alta y con bastante mesura, 
que saltásemos por encima de los preliminares. 

— Está bien, ¿os convenís en pedir perdón al Sr. Va- 
lletriste. 

El hermano de Virginia contempló al médico con aire 
imbécil y turulato; pero con ira, con la ira del idiota que 
desea y no se atreve á ser insolente. Por último hizo un 
movimiento negativo con la cabeza. 

— Prevalido de vuestra destreza en el manejo de las 
armas, y de la notoria cobardía de la mayor parte de los 
hombres, insultáis á quien os parece conveniente. 

— Yo hago lo que se me antoja! replicó D. Silvestre, 
rompiendo su silencio y retirándose cuanto era posible al 
estremo opuesto del sofá. % 

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96 


FARSA. Y CONTRA-FARSA. 


— Os advierto que me escuchéis con paciencia: á mí 
no me imponen vuestros floretes ni vuestras pistolas. . . .mí 
génio es tan fosfórico tan terrible, tan feroz, ó mas que el 
vuestro, y en un momento de exasperación sería capaz, sí, 
seria capaz de haceros echar aquí mismo los bofes por la 
boca ¿ puntapiés y á bofetadas t 

Académica era la actitud de Daelza, sublime la ten- 
sión de su cuello enarcado y su brazo estendido, como el de 
la estátua de Espartaco, al despedir á los líctores romanos, 
amenazando á la señora del mundo con sus cien mil escla- 
vos sublevados. 

El guapetón se encomendó & las benditas almas del 
purgatorio, cuyas dulzuras saboreaba ya de antemano. 

— Sois un baladrón y nada mas, Sr. D. Tremendo, 
tan largo en palabras como escaso en obras, audaz con los 
débiles, y villano y rastrero con los fuertes. Uno de esos 
fantasmones que inspiran pavor á las gentes hasta que un 
hombre de corazón los derriba de un punta pié y los apalea 
con los mismos zancos con que asustaban á los que creen 
en duendes y aparecidos. 

El despecho hacía tragar saliva á D. Silvestre, pero no 
se atrevió á replicar. Daelza ejercía sobre su espíritu la 
misma fascinación que él ejerciera sobre D. Facundo. No 
obstante, balbuceó entre dientes como un perro amedran- 
tado, que gruñe en un rincón. 

—Mi paciencia se va agotando! .... 

—No se agotará tan pronto, contestó el médico, ase- 
gurándole de un brazo con aspecto siniestro; estamos solos, 
nadie nos escucha, y sois bastante maula para no conduci- 
ros aquí como en público. Entre cuatro paredes, donde 


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, FARSA T CONTRA-FARSA. 


97 


falta teatro y espectadores á la vanidad, á el amor propio 
herido y á esa ridicula manía de fijar la atención de los 
demas, que aqueja á los valientes como vos D. Tremendo, 
dos héroes del puff y de la farsa se encojen y se humillan 
como ratones ante el gato marrullero, que ha sabido bus- 
carles la vuelta, ó sea ganarles el agujero de su guarida. 

Tantos y tan sangrientos agravios exasperaron al fin 
al asendereado D. Silvestre, y sobreponiéndose por un 
instante al terror pánico que le embargaba, se atrevió á 
formular virilmente esta protesta. 

— Acabad de una vez, oooo! .... 

— O qué?. . . .preguntó Daelza esperando alguna ame- 
naza proporcionada á la grandeza de sus insultos, y prepa- 
rándose ya para rebatirla con argumentos ad kominem , es 
decir, con la punta de su bota. 

Tremedal le miró al soslayo, y adivinando quizá las 
perversas intenciones del homeópata, que había jurado 
vengar dignamente h su amigo se rascó la oreja como un 
mico enfurecido á quien azotan, y contestó humildemente: 

— O me marcho. 

Al oír esta cómica respuesta, sintió Daelza un violento 
escozor de risa que le retozaba por todo el cuerpo; sin em- 
bargo, á fuer de buen actor, para no comprometer el éxito 
de la comedia que representaba, apretó las mandíbulas y 
los lábios. . . .mas ay! el aliento comprimido, naturalmente 
buscó salida por otro lado, y su honesto propósito, su noble 
intención, fracasaron completamente Miserias humanas? 

Hubo fracaso, si, lo confesamos con las lágrimas en los 
ojos, y el pañuelo en las narices. Se entiende, que las 
lágrimas son arrancadas por la risa, y el uso del pañuelo 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


se esplica por la terquedad de de la grippe dominante en el 
invierno, época, en la cual escribimos esta novela hisórica 
mas verídica que muchas historias novelescas. 

No tenemos la culpa de estar agripados , y mucho menos 
de que, en vez de una estruendosa y franca carcajada, se 
abriese paso, no sabemos que discorde y traidor murmullo, 
llenando el aire de notas tan inarmónicas como la voz da 
falsete de un tercero en discordia. 

D. Silvestre que no esperaba que un nuevo interlocu- 
tor tomase la palabra, sin pedirla siquiera préviamente, di- 
un brinco zig-zag sobre-cojido de espanto. 

¡Tan enérgico y retumbante fué el estornudo! 

En su turbación la primer idea que se le ocurrió, era 
que su contrincante traía á prevención armas de fuego 
ocultas; pero en breve la calidad del humo le hizo rectificar 
su juicio erróneo. 

Iba D. Silvestre á interpelarle furioso, cuando el mé- 
dico mas vivo, le ganó de mano, y estrujándole contra el 
borde del sofá! le gritó: 

— Esto ya pasa de castaño oscuro! hasta aquí 

podían llegar las bromas, señor mió!.... Le juro por la 
desollacion de San Bartolomé, que ese ultraje tendrá un 
castigo ejemplar y tremendol .... 

Rayos y centellas! venirme á mi, que abomino los ins- 
trumentos de viento con semejante música! ... .He de man- 
dar fabricar un violin, sirviéndome de /cuerdas vuestras 
tripas, y de empuñadura del arco vuestro hueso sacro! .... 

D. Silvestre aterrado, quiso formular algunas escusas 
tartamudeando; le pareció que la razón del Doctor corría 
parejas con sus dósis infinitisimales. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


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—Silencio! vil insecto, ahulló el ofensor ofendido, des- 
cargándole un fiero manotón en la nuca, silencio!. ... El 
vejámen inaudito que me has hecho sufrir, exije que uno de 
los dos desaparezca del mapa terráqueo! No^ batiremos, 
si, nos batiremos como dos hienas, como dos serpientes de 
cascabel, como dos demonios escapados de los profundos 
infiernos!!! 

— Vamos, está loco y de remate, se dijo D. Silvestre 
pidiendo fervorosamente á Dios, realizase algún milagro 
en su favor, pues no veía medio de escapar á las garras de 
aquel energúmeno. 

—Pero es preciso igualar las condiciones del combate, 
y como la lucha ha de ser á muerte, nos ligaremos pié con 
pié y pelearemos á macana, y á chuza! ... .Si señor! .... 
con macanas claveteadas y chuzas envenenadas! 

D. Silvestre empezó á tiritar y á dar diente con diente, 
mientras su implacable enemigo le contemplaba moviendo 
los brazos como un telégrafo, y haciendo espantosos visajes. 

— Responded, le dijo al cabo de algunos minutos, y 
no abuséis de mi escesiva bondad.— Temblad si me acomete 
uno de los abcesos epilépticos á que estoy sujeto. Me dá 
por morder y . . . 

— Santa Bárbara!. .. .esclamó Tremedal, si padecerá 
de hidrofobia! y tendiéndole las manos juntas en ade- 

man de pedir misericordia, casi lagrimeando, le rogó por 
todos los santos de la corte celestial que se aplacase, que él 
nada le había hecho, que si alguno tenía motivos para 
quejarse era él, y en fin, que el duelo que le proponía era 
injusto y descabellado á todas luces. 

— Bien está: admito vuestras escusas, dijo el médico 


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100 


FARSA T CONTRA-FARSA . 


pero se entiende qne me concedéis te mano de Virginia. . . 

— Un tiro por la boca! iba á responder D. Silvestre; > 
pero se contuvo, y fingiendo gran sorpresa aSadió: os 
chanceáis? Ni ella os ha tratado ni os ama bastante para 

©SO • • • • 

— Eso no es cuenta vuestra, ni tampoco saber si pido 
su mano para mí ó para otro. 

— Lo siento mucho, pero no puede ser.... está com- 
prometida. 

—No mintáis .... porque me sacareis de mi manse- 
dumbre habitual! 

—Os repito que es la pura verdad. 

—Cobarde y embustero?. ... basta, ni una palabra 
mas! . . . .mañana á las ocho asistiréis conmigo al desafio de 
Valletriste con vuestro vecino Guevara; y luego, á las diez 
de la noche, os espero en casa de D. Facundo. . . allí arre- 
glaré definitivamente las condiciones del combate con él y 
conmigo. Cuidado con faltar, D. Silvestre, porque mi ven- 
ganza será espantosa! No digo mas! 

D. Eujenio se caló el sombrero, abrió la puerta y salió 
con la gravedad de un mandarín chinesco. 

Siguióle con la vista el imtrépito batallador, inmóvil y 
sin atreverse á salir del rincón donde estaba acurrucado, 
pero cuando le creyó lejos, avalanzóse gallardamente hasta 
el umbral de la puerta, y con el puño cerrado apostrofé 
á su sombra en estos términos: 

—Mal rayo te confunda á tí y á tu homeopatía!. . . . 
ojalá que tus enfermos te comuniquen la fiebre amarilla,, el 
mal de San Lázaro, la tisis, el escorbuto y la tiña!.... 
ojalá .... 



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FARSA. T CONTRA-FARSA. 


101 


No pudo concluir, porque se presentó Virginia, que 
venía á darle algunas espiraciones, á pedirle perdón por el 
mal rato que involuntariamente le ocasionaba, y á interce- 
der por Valletriste, descubriéndole la miserable intriga de 
Guevara. 

Bella é interesante como una Magdalena arrepentida, 
la encantadora niña se arrojó á las plantas de su hermano, 
trémulo y palpitante el seno, húmedos los ojos, crispadas 
las manos por la vehemencia de su dolor. 

La vista de una muger que sufre, y mas si es hermosa, 
conmueve y sensibiliza; pero esta regla no habla probable- 
mente con los hermanos que acaban de ser víctimas de un 
esceso de ternura de parte de algún furioso monomaniaco. 

D. Silvestre sintió un secreto impulso de alegría al 
verla, porque asi tenía en quien descargar su ira y vengar- 
se estrepitosamente de los insultos que se había visto forza- 
do á devorar en silencio. 

—Satánica criatura! mujer maldita! reptil infame! — 
gritó girando los ojos y parpadeando como una foca mal 
herida que el reflujo ha dejado en seco sobre un peñasco, 
espuesta á los rayos del sol;— Vívora venenosa que yo ca- 
lenté á mi seno, para que me lo desgarrases con tu agui- 
jón emponzoñado! . . .quítate de mí presencia, sí no quie- 
res que te estrelle contra la pared ó te aplaste como á un 
gusano! 

Nunca Virginia le había visto tan furioso, y como na- 
da hay mas cobarde que una mala conciencia, quiero decir, 
como la convicción de haber delinquido; la reina de los 
salones, la estrella de Andalucía, el imán, la sílfide y la 
diosa, como la apellidaban sus admiradores, asustada por 


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102 


FARSA Y CONTRA -FARSA. 


loa gritos de su amable hermano, tuvo por conveniente 
levantarse mas que de prisa y tomar el paso largo, luego 
el trote y en seguida el galope hasta refugiarse en sus 
habitaciones, é interponer entre ella y D. Silvestre la 
puerta de su alcoba á guisa de barricada. 

El terror do mundo é do inferno á falta de personas 
continuó insultando á los cuadros colgados en las paredes, 
y paseándose de un estremo á otro del salón repitiendo de 
cuando en cuando como el portugués famélico y celoso, 
obligado á partir con un abominable castegao su mesa y 
su lecho; 

Si nao bufo reventó III 


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XIII. 


La imaginación y la realidad. 

¿Quién en su vida no ha pasado muchas veces lo que 
se llama una mala nockel 

¿Quién desvelado, inquieto, sin poder cerrar los ojos, 
no ha sentido las mil impresiones que entonces nos'asaltan? 

Imágenes y recuerdos singulares se agolpan á la 

mente* .. á veces se figura uno que no está solo se 

imagina que alguien le mira; un ser indefinible que se le 
acerca le habla al oído, le pone la mano sobre el pecho, ó 
cruza los brazos y le contempla con aire amenazador y 
sombrío. 

La sangre congelada refluye al corazón con violencia, 
y un estrafio escalofrío se desparrama por el cuerpo. 

Para rechazar las penosas ideas que nos dominan, 

evocamos entonces otros pensamientos mas gratos; pero 

poseídos ya de algo que pertenece al mundo sobre-natural, 

nos sorprendemos á cada paso haciendo reflecc-iones mas 

negras que la noche, ó entablando con nosotros mismos 

sin abrir los lábios, pavoroso diálogo, nada lisonjero, que 

en vez de ayudarnos á conciliar el sueño, nos obliga á 

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m 


FARSA T CONTRA-FARSA. 


incorporarnos súbito en el lecho, oprimiéndonos las sienes 
como si al tocarlas el génio del insomnio con sus garras de 
bronce candente nos las hubiese despedazado! .... 

Tal era la situación de Valletriste, la noche que prece- 
dió á los dos desafíos pendientes. 

La proximidad del peligro, la multitud de sucesos 
y emociones porque había pasado en veinte y cuatro horas y 
y mas que todo la agitación, de su espíritu avasallaban su 
voluntad. Quería dormir, y el sueño rebelde huía de sus 
párpados, la fiebre abrasaba su frente, y á las horribles 
diabólicas, sucedíanse apacibles ideas, ensueños virgina- 
les, embriagadoras y dulcísimas imágenes de amor y feli- 
cidad. Giraban en tropel al rededor de su lecho, mos- 
trándole agrupadas como en un panorama fantástico, todas 
las venturas y delicias del mundo que iba á dejar. 

La sangre hervía en sus venas; dilatábase su pecho co- 
mo abrumado por un esceso de vida que apenas podía con- 
tener, entreabríanse sus lábios para aspirar con ánsia el 
aire que le rodeaba- sus ojos, vagando indecisos, ávidos de 
luz y movimiento, se clavaban fijamente en algunos puntos 
brillantes que le parecía ver jirar en la oscuridad. . . . Pres- 
taba el oído para percibir las veloces pulsaciones de su co- 
razón que latía á golpes redoblados; y su espíritu, libre y 
audaz como el águila que rompe los hierros de su prisión, 
remontábase á un cielo purísimo, en cuya atmósfera serena, 
se respiraba la paz y la esperanza, el placer y la dicha. - 
Todo lo veía bajo un aspecto distinto, por un prisma color de 
rosa, y se sentía rejuvenecido, fuerte, lleno de fé, de entu- 
siasmo é ilusiones como cuando tenía diez y seis años, y se 
separó de Virginia. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 

Deteníase embelesado en esta idea, como el viajero 
que en hórrido desierto encuentra una roca donde guare- 
cerse del simovm desencadenado; pero la realidad, como el 
huracán de arena al viajero, venía á hundirle otra vez en 
el abismo de la desesperación, y sentía las punzadas glacia- 
les del veneno, la fría mordedura del acero, ó la centellante 
vibración del plomo, taladrar sus carnes y sus huesos, y 
romper fibra á fibra, nérvio á nérvio, el tejido de su vida! 

Desvanecíase el dolor físico, y el dolor moral le tortu- 
raba con mas vehemencia aun . • . .Contemplaba á su ancia- 
na madre llorando al pié de su féretro y en pos de su vene- 
rable imágen, se agolpaban los recuerdos de su infancia, 
revivían sus muertas creencias, y un torcedor secreto, una 
voz misteriosa hablaba dentro de él echándole en rostro sus 
pasados estravíos y el crimen que iba á cometer. . . .Quería 
lanzar sus ojos mas allá de la tumba, y temiendo la vengan- 
za de Dios, le negaba frenético y ciego; no, no hay nada 
mas allá, se decía todo acaba en el sepúlcro; el polvo vuelve 
al polvo. . . .y un horror invencible herizaba sus cabellos y 
hacía correr por sus venas el soplo helado que traspira 

la descarnada boca de un esqueleto Diríase que al 

invocar aquel infeliz la nada, el ángel de la muerte acu- 
diendo á su reclamo, le había puesto su fría diestra sobre la 
frente, y su alma llena de espanto, se refugiaba á lo mas 
recóndito del corazón, huyendo de su infernal contacto. 

Presa ya de aquella estraña alucinación, hubo un ins- 
tante en que creyó volverse loco, y para escapar á aquel 
vértigo, á aquel suplicio, que solo tiene noipbre en el in- 
fierno, levantóse, hizo encender luces, y se puso á escribir 
á su madre despidiéndose de ella hasta la eternidad, y vo- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


góndola que le perdonase su delito y no le maldijese. . . . 

La luz del nuevo dia le sorprendió escribiendo, y eran 
ya las siete cuando entró el médico. 

—He venido antes de la hora, le dijo; á preveniros que 
ya esta todo allanado para el otro desaño. 

—Os doy las gracias. Doctor, contestó el jóven cerran- 
do su carta. 

—Tendrá, lugar en vuestra misma sala, y yo seré el 
único testigo y padrino de los dos. 

— No concibo. . . .lo que os proponéis. 

— Nada, lo que me parece mas adecuado; igualar el 
combate. 

— Y para eso 

— Os pondré en situación de que logréis satisfacer 
cumplidamente Vuestros deseos. No anheláis vos suicidaros 
de una manera pronta, fácil y suave, y no anda él buscando 
ocasiones de lucir su esfuerzo y valentía?. . . .Pues yo pro- 
porcionaré á entrambos la satisfacción que tanto desean. . . 
Y entre paréntesis, ¿habéis arreglado vuestros asuntos? 

— Sí, esta noche: y en la convicción dé que íne espera 
la muerte de un modo ú otro, he escrito á mi buena y que- 
rida madre esta larga carta. 

— Apruebo el sentimiento que os la ha dictado. 

— Yo aunque quisiera, no puedo retroceder. Lo cree- 
réis, Doctor?, .al ver aproximarse la muerte paso á paso, yo 
que ayer la invocaba con frenesí empezaba á tener miedo. 

— Eso le pasa á todos.... la mademisela tiene muy 
mala catadura. 

— Y para no desistir de mi propósito, para tener el 
valor de matarme si poruña casualidad, que íro es de eSpe- 


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FARSA Y CONTBA-FARSA. 


107 


rar, salía ileso de los dos lances pendientes, me puse á 
escribir á mi madre, juzgando que comprometido ya, me 
vería obligado á hacer por una especie de empeño moral con 
ella, con vos y conmigo mismo, lo que de otro modo podría 
ocurrírseme tal vez .... 

—Darlo por hecho, dijo el médico coa ironía, y como 
en ciertos casos basta con la intención. . « . 

— No señor, aplazarlo para otro dia, replicó Valletríste 
exasperado. 

— Esas cosas cuanto mas pronto mejor. 

El llanto sobre el difunto, prosiguió D. Eugenio, con- 
fiado en que la carta no llegaría á su destino, pues Lupian 
seducido por él, en vez de echarla al correo se la entrega- 
ría; — la mayor parte de los suicidas son unas maulas que á 
lo mejor se arrepienten. Esa es la razón porque muchos se 
comprometen, escribiendo como vos lo habéis hecho, á fin 
de no poder luego retroceder. Papeles cortan, amigo mió, 
y después de haber puesto su firma al pié, quien por rubor 
no se pega un^tiro? Quién al llegar el momento solemne 
tiene la poca vergüenza de ... . aplazarlo para otro dia? .... 

Punzante era el epigrama, y D. Facundo cuya concien- 
cia le acusaba de merecerlo, volvió los ojos á otra parte. Se 
le hacía muy duro no atribuirlo á la fría insensibilidad propia 
de los médicos; pero la idea de que Daelza se gozaba en ator- 
mentarle y que acaso podría tener algún interés en perderle, 
y se alegraba de su muerte, le contristó sobre manera. 

— No os daré yo ese disgusto, contestóle con frialdad. . 
el corazón me anuncia que moriré á manos de D. Silvestre. 

El desdichado recordaba el juramento que había hecho 
á su hermana de defenderse y nada mas. 


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108 


FAHSA T CONTBA-FARSA. 


Tal vez D. Eujenio deseaba ponerle en ese estado de 
escitacion moral que transforma en valiente y arrojado al 
mas cobarde. 

— Voy á ver ¿ mi enfermo de la calle del Cofre, y vuel- 
vo en seguida, añadió con el mismo tono zumbón é implaca- 
ble; no sea que Guevara tenga que aguardarnos. Entre 
tanto, leed algunas pájinas de Werther de Goethe, aunque 
yo preferiría la imitación de Jesu-Cristo , y no penséis en lo 
demas. . .. Asunto de que yo me encargo, sale, siempre ¿ 
pedir de boca, y este terminará como debe. . . . 

—Es decir?. . . .preguntó tímidamente D. Facundo. 

—Con la muerte de uno, de los dos, & de los tres! res- 
pondió con voz cavernosa y fatídica el digno sectario del 
bisturí y la lanceta. 

Valletriste perdió el color y murmuró entre dientes: 
Asesino! 

— Como buen médico. . . .añadió el aludido, quiero es- 
tirpar el mal de raiz. La letra con sangre entra. Nada de 
paños calientes! .... No hay ya trasaccion ¡Risible ni otra 
alternativa que matar ó ser muerto! La elección es libre. 

Y dejando ¿ su amigo desarrollar ¿ su gusto el progra- 
ma de esterminio comprendido en los anteriores refranes y 
sentenciaste aproximó ála puerta diciéndole por despedida: 

— Hasta dentro de media hora. . . . pasarlo bien. 

— Con una lanza te pasaría yo de parte á parte 1 si pu- 
diera, inferné desollador, anatomista carnicero que te ima- 
ginas que los hombres vivos son los yertos cadáveres que 
despedazas en tu inmundo anfiteatro ¡....esclamó Valle- 
triste dando escape á la cólera que le ahogaba, cuando el 
Doctor ya al fin de la escalera no podía oírle. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


109 


Luego comenzó á pasearse á largos pasos por el cuarto, 
discutiendo el siguiente monólogo: 

— Guevara! Tremedal! . . . .hombres funestos arrojados 
en mi camino para labrar mi eterna desgracia! Dice el 
matador con privilegio: no hay transacción posible. .. .so- 
bre todo con el último. ... no obstante, si el consintiese en 

pedirme perdón entonces .... ¿podría yo perdonarle sin 

méngua?. . . .Su hermana es tan linda, tan virtuosa y an- 
gelical, que por ella, solo por ella. . . .pero no, no. . . .Sería 
una bajeza dejar impune tamaño insulto . . . Cuando se sepa 
que estoy arruinado, se atribuiría mi conducta 4 un vil 
cálculo, y todos me despreciarían. . . .Luego, él es demasia- 
do altanero y vano para rebajarse á pedirme perdón, y yo 
tengo demasiada dignidad y orgullo, para resignarme á 
olvidar una injuria que á estas horas, sabrá todo Madrid. . . 
¿y para qué?. .Mejoraría eso mi posición? . . . Consentiría él 
en dar la mano de su hermana, dueña de una fortuna pingüe 
áu n hombre, á quien detesta hundido en la miseria?. . .No, 
no. . . .No hay para mi salvación ni esperanza. . . .es preciso 
que él me mate, ó que yo me mate. . . Asi lo qaiere mi negra 
estrella, y nadie puede luchar con su destino. . . .Cúmplase 
la voluntad de Dios! .... 

La vuelta del médico le arrancó á sus meditaciones. 
Bajaron en silencio la escalera, y subieron al coche, toman- 
do la dirección de la puerta de Santa Bárbara. 

Cuando llegaron al sitio designado para el combate, 
Guevara y sus dos padrinos ya estaban allí. También se 
paseaba con ellos D. Silvestre. 

Cargadas las pistolas, y medida la distancia los conten- 
dientes se colocaron á veinte pasos, quedando á su elección, 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


á la señal convenida, avanzar sobre el contrarío y disparar 
su arma á quince, á diez, á dos varas, á boca de jarro si tal 
era su gusto. 

Sonaron las dos palmadas de ordenanza, y Valletriste 
firme y sereno adelautóse con su pistola en la mano, Gueva- 
ra dió dos pasos y se detuvo. 

Tendió el brazo, y nna bala pasó silbando por entre los 
cabellos de D. Facundo. 

Este, sin inmutarse, continuó marchando tranquila- 
mente, y ie puso el oañon de su pistola sobre el pedio á su 
enemigo. 

No había esperanza para Guevara: era hombre muerto. 

Las rodillas le flaqueaban; una contracción dolorosa des- 
figuró su rostro y la ansiedad se pintó en el de los testigos. 

Pero Valletriste contra la creencia general, levantó el 
arma homicida y le dijo: 

— Antes del duelo deseaba mataros, y ahora que os 
miro trémulo y sin aliento, ahora que tengo vuestra vida en 
mis manos, solo me inspiráis lástima y desprecio! 

Luego añadió en voz tan baja que solo pudo oirlo el 
interesado. 

— Que esta lección, infeliz os sirva el menos de escar- 
miento. No olvidéis que después de haberos enriquecido, 
despojando á vuestro bienhechor, habéis querido matarle, 
y para coronar vuestra obra, le vereis caer indiferente en 
el abismo de la desesperación y de la miseria á que lo habéis 
arrastrado. Sois un miserable, y por toda venganza quiere 
legaros el remordimiento de haber causado mi muerte y 
deberme la vida, como me debeis ya vuestra mal adquirida 
fortuna. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


111 


El mal amigo y peor caballero, anonadado por la fuerza 
moral de estas razones, apenas acertó á balbucear algunas 
palabras ininteligibles. Su adversario descargó al aire la 
pistola encaminándose á su punto y diciéndole con entereza. 

—Podemos volver á empezar si gustáis. 

Un murmullo de admiración se elevó entre los padrinos 
y testigos en cuyo número se encontraba como ya hemos 
dicho, el insigne D. Silvestre. Daelza mismo estaba con- 
movido, y al feroz matón se le encojía el bigote á su despe- 
cho, por mas que con disimulo procurase encrespárselo en 
actitud eréctil y amenazante. 

Guevara se escusó lo mejor que pudo, y vino hacia 
Valletriste ofrediéndole la mano, que el jó ven no admitió 
volviéndole en silencio la espalda. 

* Algunos minutos después los des coches, con los due- 
istas y su séquito entraban en Madrid por rumbos distintos. 

Sin saber porque D. Facundo, apesar del nuevo y mas 
formidable peligro que le amenazaba, sentía ese bienestar, 
esa calma interior que á veces en medio de los mayores 
contrastes, suele enviarnos la Providencia compadecida de 
nuestros afanes. 

Encontraban ya en la mitad de esa montaña del sufri- 
miento, que abultada por la fiebre del insomnio, le había 
parecido la noche anterior inaccesible. Su imaginación 
abatida y enferma había ido mas lejos que la realidad. 

Por fortuna Dios ha querido que en el bien como en el 
mal, no siempre la realidad revista todas las galas que la 
fantasía le presta. Con harta frecuencia, redúcese á uno 
de esos brillantes globitos de jabón, que los niños soplan 
con un canutillo y que encantan la vista reflejando todos los 


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112 


FARSA T CONTBA-FABSA. 


colores del iris, hasta que la mas lijera brisa ó el mas leve 
choque vienen ¿ patentizar la poca consistencia de su frágil 
bóveda tornasolada. 

¿Qué queda entonces de tanto brillo y hermosura?. . . . 
Un ¿tomo de agua y cenizas esparcidas por el aire! 

Asi son, en la vida nuestras penas y alegrías, nuestros 
goces y tormentos, nuestras ilusiones y desengaños! 


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XIV. 


De los arrepentidos se sirve Dios. 

¡Triste momento de la vida es aquel en que nos aper- 
cebimos que nos hemos estraviado, y al detenernos faltos 
ya de aliento, y echar una ojeada al rededor, vemos que 
lejos de encontrarnos en la senda de la felicidad que pensá- 
bamos seguir, empujados por la férrea mano del destino y 
atraídos por una engañosa luz, vamos caminando por el 
callejón sin salida de la desgracia! 

¡ Amarga y dolorosa reacción la que esperimenta el alma 
cuando comprende que ha prodigado sus mejores dias y mal- 
gastado su fuerza en el vacío persiguiendo una sombra, un 
ideal fantástico que dá un paso atrás, y se nos escapa, cada 
vez que nos parece tenerlo prisionero en nuestros brazos! 

¡Desesperación terrible, duda infernal la que asalta el 
ánimo, que interroga á Dios frenético y ciego, y blasfema 
acaso no pudiendo comprenderle, cuando al borde del abis- 
mo, sondeando su profundidad, queremos retroceder y una 
toz secreta nos grita : “Ya es tarde!... prosigue tu vía 
dolorosa con la cruz acuesta que tu negra estrella, ó el cri- 
men de otros, arrojó sobre tus espaldas. 


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114 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


“Redime tus culpas ó espía las agenas. No hay para 
tí misericordia en el mundo! inclina la cerviz ante la saña 
del destino, calla, y sufre, y muere como un perro sumiso 
bajó el látigo de su implacable amo!” 

Así habla el hombre desgraciado: tigre ó león que 
muerde su cadena sin poder romperla; ser indefinible al- 
ternativamente bueno ó malo, víctima ó verdugo, mezcla 
confusa de luz y tinieblas, de cieno y oro; ya resignado, ya 
rebelde, y que pasa con la misma felicidad de la calma al 
furor, de la esperanza á la desesperación, y de la fé cristia- 
na al ateísmo filosófico! 

Pocas horas antes, Valletriste sentía acariciar sus sie- 
nes una brisa consoladora .... su pecho sin que él atinase á 
esplicarse la causa, se abría á la esperanza. . . .¿qué motivo 
ahora anubla su frente, arranca maldiciones á sus lábios, y 
enciende sus ojos con el sombrío resplandor de la fiebre? 

Después del desafio admitió la proposición que le hacía 
Daelza de ir á almorzar con él y Plácido, y no pudo zafarse 
de sus importunos amigos hasta las tres de la tarde. 

Entró en su casa todavía bajo el risueño influjo de los 
vapores del Champagne; pero al penetrar en el escritorio, 
encontró encima de su bufete dos cartas traídas hacía un 
ipstante por un correo especial: ganando horas. Abre la 
primera que pertenecía á su madre, y los cuatro primeros 
renglones le producen la dolorosa reacción que acabamos 
de describir. 

“Mi querido hijo, le decía la buena señora, anticipán- 
dome á la posta, te envío un propio para participarte la 
fausta nueva de tu elección de diputado. A fuerza de fuer- 
zas hemos triunfado. En tu lista ha salido también D. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA.. 


115 


Norberto Guevara (a) Uñate , recomendando por el minis- 
terio idem. 

— Ira de Dios! esclamó Valletriste estrujando la carta; 
al fin se cumplió uno de mi mas ardientes deseos, uno de 
mis sueños que creía irrealizable. . . .¿pero cuándo se cum- 
ple? .... cuando tal vez este dia es el último de mi vida. . . . 
cuando se abre para mí la tumba, al mismo tiempo que mi 
estafador estúpido é infame sube á la tribuna reservada á la 
virtud y al talento! . . . .Amarga decepción! horrible sarcas- 
mo que me reservaba la providencia al despedirme del 
mundo, esa providencia paternal y previsora en que tanto 
confian los nécios!. . . .esa providencia que, pudiendo evi- 
tarlo, deja perpetrar el mal para tener luego que castigar á 
los culpables; si es que lo castiga, sí es que no los presenta 
en apoteósis á sus víctimas, añadiendo la burla al escánda- 
lo, el opróbio al sacrilejio! 

El pobre jóven olvidaba en su exasperación, que su 
desdicha era obra de sus propias manos, y que aun conce- 
diendo que no lo fuese, Dios tenía la eternidad para reme- 
diarla; aun concediendo que no castigase al autor de su 
desgracia dentro del minuto transitorio que se llama vida, 
otorgado en el tiempo y en el espacio á los mayores móns- 
truos y á los mas grandes crímenes. 

Comparaba el infeliz su menguado entendimiento y 
sus medios de acción con la sabiduría, la inmensidad y el 
poder infinitos del Altísimo, para la recompensa ó el casti- 
go, en este mundo ó en el otro! 

La continuación de la lectura de la carta calmó un 
tanto al irritado mancebo. 

«Algunos sacrificios me ha costado tu elección, pero 


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116 


FARSA Y CONTRA -FABSA. 


«todos' me parecerán insignificantes, si consigues lo que 
•deseas, si se llenan tus aspiraciones y logro verte conten- 
•to y dichoso, única satisfacción que le pide á Dios antes 

• de morir: tu amante madre. — María. » 

Enternecido el hijo pródigo llevó el papel á sus lábios 
y se le saltaron las lágrimas repitiendo : 

— Oh madre mia! madre mia! cuán culpable é ingrato 
soy contigo! 

Abrió la segunda carta, que era del cura del pueblo, 
y antes de terminarla, rompió á llorar amargamente. 

• Vuestra madre. Señor, le decía el respetable sacerdo- 
te, llevada del escesivo cariño que os profesa, con el objeto 

• de asegurar vuestra elección, ha vendido la única finca 
•que le quedaba, siendo vos rico be creido de mi deber. . . » 

Valletriste arrojó la carta sobre la mesa, y sollozando 
escondió el rostro avergonzado entre sus manos, y dejó cor- 
rer sus lágrimas libremente. 

¡Qué contraste entre su conducta y la de su madre! ... 
Cómo no ceder á las dolorosas comparaciones que desper- 
taba?. . . El corazón maternal de la noble matrona había 
adivinado instintivamente la ruina de su hijo, y con abne- 
gación sublime sacrificaba en áras de su reposo y porvenir, 
el último asilo de su vejez, lo único que ya le quedaba de 
la inmensa fortuna de ella y de su esposo, torpemente disi- 
pada por un calavera, que al verse arruinado ni aun tenía 
valor para sufrir las consecuencias de su locura! un hijo 
ingrato que en vez de ser el báculo y consuelo de su vejez, 
reagravaba su delito dejándola hundida en la miseria! 

y Un hijo sin corazón nj entrañas que la abandonaba en 
los últimos dias de su existencia, huía de sus amantes bra- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


117 


zos para arrojarse en los del suicidio, legándola en pago 
de tanto amor, el suplicio de llorar el resto de su vida una 
muerte prematura y desastrosa, condenada á la vez por la 
religión, por la sociedad y por la naturaleza! 

Se ha dicho mil veces que el dolor levanta, purifica y 
ennoblece al hombre, y que este solo es grande por el dolor: 
yo aBadiré que el llanto es el riego misterioso del alma que 
hace revivir las mústias flores de la virtud y el sentimiento. 

El criminal que llora, ya está arrepentido . . . la gracia 
divina ha empezado á obrar en él. 

Lloraba á lágrima viva nuestro héroe, y formulaba los 
mas nobles propósitos. Si la providencia de quien no ha 
mucho blasfemaba, le protejía de nuevo en el lance con D. 
Silvestre, como le había favorecido con Guevara, estaba 
resuelto á no usar del presente griego de los polvos fulmi- 
nantes que le hiciera el traidor homeópata, y á resignarse 
á vivir para pagar á su madre la deuda inmensa de gratitud 
y amor que había contraido con ella ; á trabajar para ella, 
y si era preciso, huir de la corte y aceptar en el oscuro 
rincón de una provincia la pobreza y hasta la miseria, en 
espiacion de sus pasados errores y estravíos. . . . 

La voz de Lupian que combatía y cerraba el paso á 
alguno que pretendía llegar hasta él, apesar de las pro- 
testas del viejo mayordomo, le arrancó á sus meditaciones. 

Don Facundo salió del gabinete con ánimo de cortar 
aquella disputa y echar á la calle al insolente que así vio- 
laba la consigna, y se encontró de manos á boca con 
Guevara, que sin lograr desasirse de Lupian, se le acercaba 
trayendo al viejo á remolque prendido de los faldones de 
su levita. 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


— No ganamos para sustos, decía Lupian, los locos 
andan sueltos desde ayer .... atrás! ó le rompo la levita 
y la crisma! 

Lo que mas intrigaba al cancerbero-logogrifo era un 
abultado pliego que el caballero de industria traía en la 
mano, y con el cual, entre ofendido y risueño, le aplicaba 
sendos capirotazos en su respetable nariz. 

Lupian movía rápidamente á babor y á estribor su 
temblorosa efigie, pero no soltaba su presa. 

La presencia de Valletriste puso término á la lucha, y 
á una señal suya el fiel criado abandonó al presunto loco, 
á quien preocupado por los sucesos de la víspera suponía 
equivocadamente hermano de D. Silvestre. Así fué que 
se retiró refunfuñando y agitando mas que nunca á derecha 
é izquierda su oscilante cabeza. 

— Me pasma vuestra audacia, Señor mió, dijo Don 
Facundo á su ex-rival, con tono amenazante ; después de 
lo que habéis hecho, ¿os atrevéis todavía á presentaros en 
mi casa, atropelláis á mis criados, y. . . . 

— Sed indulgente, Señor, contestó el interpelado, por 
que me era indispensable veros y hablaros hoy mismo. . . - 
Vencido por vuestra grandeza de alma no he querido ser 
menos. 

Entonces Guevara entró en estensos pormenores que 
la rapidez de nuestro relato nos obliga á reasumir en bre- 
ves palabras. 

La pobreza, esa ruin consejera según se esplicaba él, 
tenía la culpa de su desaguisado. Obedeciendo á sujestio- 
nes estrañas, creyendo á Valletriste mas rico de lo que en 
efecto era, y cegado por un vértigo al que pocos hubieran 


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FARSA T CONTRA-FARSA. 


lid 


resistido encontrándose como él en el caso de hacerse ricos 
de repente, sin peligro de poder ser- responsabilizados por 
su crimen, cedió á la tentación. . . . que era terrible y su- 
perior á su virtud. La confianza ilimitada de D. Facundo, 
el espectáculo de esas fortunas improvisadas en la bolsa, 
su juventud, la sed de goces y placeres en una capital 
como París... todo se había complotado para ofuscarle y 
perderle. 

Sin embargo, una vez dueño de una suma considera- 
ble, adquirida á costa del naufragio de la fortuna entera de 
su protector, la reacción moral no se hizo esperar. El 
gusano del remordimiento brotó en su corazón emponzo- 
ñando todas sus alegrías, porque si es permitido al hombre 
sobreponerse al grito de la conciencia, no hay poder en la 
tierra que le haga invulnerable á las sordas punzadas con 
que ella le recuerda á cada momento su delito. 

No obstante, como su interés mal entendido se oponía 
al cumplimiento del deber, que le ordenaba restituir inme- 
diatamente á su lejítimo dueño cuanto le tenía usurpado 
contra su voluntad, para conciliar ambos estremos, resolvió 
Guevara conquistar una posición y una fortuna con el di- 
nero de Valletriste, y devolverle en cuanto le fuera posible, 
toda ó la mayor parte de la suma que le había escamoteado. 
No era otro el objeto de la transacion que le propuso en 
su inesperada entrevista en casa de Virginia. 

El resultado de esta entrevista, y la conducta caballe- 
resca y generosa de D. Facundo en el duelo provocado por 
el estafador, á quien pudiendo matar se contentó con po- 
nerle su pistola en el pecho dirijiéndole una imprecación 
que le llegó al alma, conmovieron profundamente á Guevara. 


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FARSA Y CONTRA -FARSA. 


Incomprensibles arcanos! ley misteriosa de las com- 
pensaciones, encadenamiento y generación espontánea del 

bien por el bien y del mal por el mal! Valletriste, ere- 

yéndose próximo á comparecer ante el tribunal de Dios, 
no había querido mancharse con un crimen inútil, y per- 
donó al causante de su desgracia, legándole por todo cas- 
tigo el remordimiento de haber ocasionado la muerte á su 
bienhechor, y deberle ademas la vida, como le debía ya su 
mal adquirida fortuna. ... y el culpable, confundido y ano- 
nadado por tanta generosidad, acertando apenas á balbu- 
cear algunas palabras, confesó delante de todos su villana 
superchería respecto del nombre que había usurpado ; salió 
de allí y llegó á su casa en un estado difícil de esplicar, y 
cuando se encontró solo frente á frente con su conciencia, 
trabóse una desesperada lucha entre su corazón y su cabe- 
za, entre sus buenos sentimientos y el interés. Aquí de- 
jaremos tomar la palabra al mismo reo, que terminó asi su 
alegato de bien probado : 

— Vacilaba todavía, cuando se abrió la puerta de mi 
cuarto, y una persona cuyo nombre no me es dado revelar, 
vino en vuestro auxilio. 

— EraDaelza? preguntó Valletriste. 

—No. 

— Plácido Gándara? 

— Tampoco. 

— Quién podría ser? se dijo el joven lleno de cu- 

riosidad. 

— Habló, instó, suplicó con tanto ahinco, con tanta 
persuacion é interés, que logró convencerme. Saqué todo 
el dinero que tenía en oro y billetes de banco, llevé al 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


121 


monte de piedad todas las alhajas que ella me traía... 

Sorprendido Valletriste, dióse un golpe en la frente, 
y como iluminado por una súbita revelación, esclamó : 

—Ella?. . . sus alhajas! . . Entonces era una mujer?. . . 
ya sé quién es! 

— No, no era una mujer. 

— Para qué me lo ocultáis?. . . Después de mi madre, 
solo conozco una criatura en el mundo capaz de semejante 
acción: Virginia! esa mujer sublime que se venga de mi 
desprecio y de mis miserias de hombre como se vengan 
los serafines! 

—Me recomendó el secreto ; pero ya que por mi tor- 
peza lo habéis sorprendido, no quiero ni debo ocultároslo. 
Sí, era ella, ella que con sus razones, con sus ruegos, con 
sus lágrimas, me hizo conocer toda la enormidad de mi 
culpa, y llevó el arrepentimiento á mi alma. 

— Es un ángel y yo un miserable que no merezco 

besar el polvo de sus plantas! 

— Para acabar de decidirme, tuvo la generosidad de 
ofrecerme que me reintegraría religiosamente la cantidad 
que pagase por vos, no bien pudiera disponer de su fortuna. 

— Y vos. . . . ¿aceptasteis?. . . . 

—Vacilé un momento — pero cedí al generoso impulso 
que me arrastraba, y ofrecíla cumplir mi deber sin condi- 
ción alguna. 

— Guevara, ese proceder os reeoncilia conmigo.... 
esta es mi mano ! 

Y esta mi respuesta, contestó el arrepentido estrechan- 
do la mano que le presentaba su rival y ofreciéndole en 
cambio el pliego lacrado que le traía. 


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FARSA T CONTRA-FARSA. 


Valletriste rompió la cubierta, y esclamó con un grito 
de alegría y de sorpresa : — Las letras! 

—Que debían presentaros en la semana próxima. He 
satisfecho en vuestro nombre á los señores Weiweller y 
Compañía, los ciento veinte mil duros que representan, y 
á escepcion de cuarenta mil que se deben á Virginia, lo 
demas yo lo he pagado. 

— Gracias, Dios mió! gracias! repitió el hijo pródigo 
con vehemencia; ya mi pobre madre podrá recobrar el 
asilo de su vejez, ya puedo poner á cubierto de la miseria 
su venerable ancianidad. . . . 

D. Facundo, con las lágrimas en los ojos abrió sus 
brazos ¿ Guevara y este se precipitó en ellos. 


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XV. 


Sinfonía 6 campanilleo & grande orquesta. 

Axioma vulgar es, que para ser dos individuos francos 
y buenos amigos, necesitan tener alguna récia pelotera, á 
lo menos una vez en su vida. 

Hay quien afiade que el una vez en la vida , debe enten- 
derse una vez cada año, y tratándose del bello sexo, una 
vez cada semana ó cada dia. 

Sea de esto lo que fuere, á nadie se oculta el placer de 
la reconciliación, que no existiría sin el enojo, particular- 
mente si la paz queda sellada con prendas mútuas de esti- 
mación y cariño. No me refiero ahora al bello sexo, y 
ruego al lector malévolo que refrene los ímpetus de su ma- 
licia, y no me atribuya intenciones que no tengo. 

Valletriste estrechó en sus brazos sin rencor y con el 
mas sincero placer al que veinte y cuatro horas antes con- 
sideraba como al ser mas infame y despreciable del universo. 
Fíese V. luego del amor ó el ódio de los hombres! 

Lo mismo le sucedía á Guevara. 

— No, decía el mal aconsejado jóven participando de 
la emoción de su protector, no, la virtud no es un fantasma. 
Ahora concibo el precio de una buena acción. 


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FABSA Y CONTRA-FARSA. 


— Vivid tranquilo, contestóle D. Facundo, sea cual 
fuere mi destino, no os arrepentiréis de haber vuelto á la 
senda del honor y del deber. Nadie está exento de cometer 
una primera falta, pero un sincero arrepentimiento y la 
enmienda hacen olvidar cualquier desliz. 

—Espero que no olvidaré jamas esta terrible lección. 

— Tanto mas, cuanto ya empezáis á’ recibir el prémio 
de vuestra hidalga conducta. Sabed que habéis salido 
electo diputado. 

Valletriste leyó á Guevara la carta de su madre, su- 
primiendo el apelativo injurioso con que la buena Señora, 
enterada de su ruin proceder, le calificaba; y después de 
felicitarse mútuamente, los dos jóvenes se separaron como 
si su íntima y cordial amistad no hubiera sufrido nunca el 
menor eclipse. 

Cuando se quedó solo el futuro suicida, volvió á 
examinar las letras con avidéz . • . parecíale un sueño lo 
que le pasaba. . . .todo conspiraba para ligarle mas y mas 
á la existencia. ¡Qué cambio tan repentino en su posi- 
ción!. .. .Hacía un momento pobre, cansado déla vida, 
dudando de todo. . . .Ahora rico otra vez, ébrio de ilusiones, 
sediento de felicidad, libre y despejado el camino de la glo- 
ria, de la opulencia y el poder! . . . .Recordaba la exactitud 
de las observaciones de Daelza, cuando se empeñaba en 
demostrarle que por mas iufeliz que sea nuestra suerte, 
jamás debemos apelar al suicidio, porque nadie sabe la 
parte de felicidad que, en las mil combinaciones de los su- 
cesos humanos, todavía puede reservarle el porvenir. . . . 

De pronto D. Facundo inclinó los ojos al suelo, y que- 
dóse inmóvil con el puño cerrado sobre la punta de la barba 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


125 


en actitud meditabunda. ... .El recuerdo del implacable 
duelista había venido á ahuyentar su .entusiasmo, como á 
un pintado jilguerillo que va á posarse en un rosal, el dardo 
de una víbora que, oculta entre las hojas, de repente asoma 
silvando la cabeza. 

— Lupian! gritó al cabo de algunos minutos sacudiendo 
su preocupación: Lupian! Lupian! 

—Señor, voy volando, contestó el veloz ayuda de cá- 
mara, acudiendo tan lijero como una tortuga. 

— Qué horas son? 

— Las seis, repitió el criado describiendo con el cráneo 
igual número de parábolas irregulares. 

— Enciende luces, y cualquiera que venga antes de 
las nueve, sea quien fuese, le dirás que no estoy en casa. 

— Y si se empeña en entrar y aguardaros? 

— Le das con la puerta en los hocicos. 

Lupian aprobó este temperamento conciliador y fusio- 
nista, con tres rápidas evoluciones del occiput. 

— A las nueve y media ó diez prosiguió su amo, ten- 
drán Daelza y D. Silvestre: ábreles; pero á ellos dos mo mas, 
lo entiendes?. . . .podría dar la casualidad que viniese algún 
importuno, y acaso creerían que yo le había hecho llamar 
ex-profeso. 

Tranquilo por este lado, el jó ven se encerró en su ga- 
binete para arreglar sus papeles y escribir á su madre. 

Mas ay! había echado la cuenta sin la huéspeda, como 
suele decirse. 

Una hora escasa habría transcurrido, cuando llamaron 
de nuevo, y al travéz del ventanillo se entabló á puerta cer- 
rada un original y animadísimo diálogo, que sin duda 


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FARSA T CONTRA-FARSA. 


cortado bruscamente por Lupian, dió márgen & una escena 
mas que tormentosa. 

No queriendo abrir el criado, fiel á su consigna, fué 
creciendo el rumor de los campanillazos y á los primeros 
suaves' golpes, sucedióse el mas violento, estrepitoso, 
infernal, é insoportable repiqueteo, sinfonía ó solo de cam- 
panilla, capaz de volver epilécticos aun á los gatos ena- 
morados, entes inarmónicos y cacofónicos por escelencia. 

D. Facundo se aguantó algunos minutos; pero per- 
diendo al fin la paciencia, arrojó la pluma y salió bufando 
del gabinete, resuelto á hacer un escarmiento. 

En la antesala encontró ¿ Lupian estupefacto, sentado 
en un rincón, agarrándose las piernas con las manos, y 
golpeándose maquinalmente la cabeza contra las rodillas. 

Qué había sucedido? 

La cosa es séria y merece un capítulo aparte. 

Capítulo magno, porque será el último, y del que este 
no es mas que el preludio ó sinfonía á grande orquesta, 
mientras se traslada el lector al teatro, se arreglan las de- 
coraciones, y calzo yo á mí musa el coturno trágico y á la 
vez le ajusto la careta cómica, pasando bruscamente po r 
un capricho de mi soberana fantasía de la forma narrativa 
á la dramática. 


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El Purgatorio y la Gloria. 


(Rasgo trági-cómico.) 


escena i. 


(Al levantarse el telón, Virginia acompañada de su doncella Paquita se encuentra 
en la plataforma de la escalera de D. Facundo en la actitud impaciente y 
recelosa de una persona que espera y teme algo. Es de noche.) 


Paquita — (agitando él cordon de la campanilla.) Si abrirá 
este maldito viejo?. ... Al vernos, como un imbécil 
ha cerrado el ventanillo, pretendiendo que su amo 
no está en casa. Infame! .... He de romperle el 
tímpano hasta que abra! 

Virgl— Q uiera el cielo que Valletriste nos oiga y que acuda 
pronto : puede venir mi hermano por casualidad, y 
encontrarme aquí; ¿estás segura de que la cita era 
á las diez? 

Paq.— Como que se lo oí repetir tres veces al Doctor, escon- 
dida tras la puerta de la sala por órden vuestra. 

Virg. — Y estás cierta de las condiciones del desafio? 

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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


Paq. — Os repito que será á muerte, á menos que D. Sil- 
vestre se resigne á pedir perdón al ofendido. 

Viro. — Ilusión! .... mi hermano confiado en su valor y des- 
treza, aunque reconozca su falta, preferirá batirse á 
confesarla. . . . pero aquí viene Valletriste. . . . Oigo 
su voz .... manda á Lupian que abra. 

ESCENA II. 

Virginia, D. Facunda, Paquita. 

Viro. — Caballero. . . . (saluda y entra.) 

Fac. — V os aquí? 

Viro.— Este pasó debe llenaros de sorpresa. . .lo comprendo. 

Fac. — (ofreciéndola la mano.) Permitidme. ... (la acompa- 
ña hasta la sala.) 

Vir. — (d Paquita) Espérame ahí, y escóndete si llega mi 
hermano. 


escena in. 

Virginia, D. Facundo. 

Fac. — (presentándole urna silla.) Cuánto honor y dicha! 

Viro. — Sois muy galante; pero dejemos ahora las galante- 
rías, y hablemos de cosas mas formales. Hace diez- 
minutos que mi hermano salió de casa, y deseando 
veros y hablaros, he cerrado los ojos á toda consi- 
deración y. . . he venido. 

Fac. — (con efusión.) Gracias, Virginia, mil gracias! Jus- 
tamente en este instante os estaba escribiendo para 
manifestaros mi. . . . aprecio y eterna gratitud, por 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


129 


el señalado servicio y por la eficacia y delicadeza con 
que os habéis conducido en esta ocasión. 

Viro. — Muy mal ha hecho Guevara en deciros lo que no 
debía. 

Fac. — Guevara nada me ha dicho : mi propio corazón lo ha 
adivinado. ¿Quién sino vos hubiera sido capaz de 
una acción tan bella y magnánima?. . . . 

Viro.— Cualquiera muger sensible, cualquiera amiga do- 
tada de hidalgos sentimientos. 

Fac. — Lo dudo. 

Viro. — ¿Y podéis dudarlo?. . . . vos que cuando queréis 
nadie os aventaja en nobleza é hidalguía?. . .vos que 
habéis sabido perdonar al ingrato amigo, al insolen- 
te impostor que acababa de asestar una pistola contra 
vuestro pecho, después de haberos usurpado nombre 
y hacienda? 

Fac. — No, ya no dudo de nada. . . . Los estraflos aconteci- 
mientos de estos dos últimos dias, y mas que todo 
vuestras palabras y acciones han realizado una revo- 
lución completa en mis ideas y sentimientos. Yo 
mismo no me conozco! 

Viro.— Pues bien, si lo poco que he hecho por vos, si el 
interés que os he demostrado faltando k todas las 
consideraciones que mi sexo, mi edad y estado exi- 
jen, valen alguna cosa á vuestros ojos, concededme 
un favor que voy á pediros. 

Fac. — Hablad. ... mi sangre, mi vida! 

Viro.— Guardadlas para vuestra madre y para la muger 
que améis, (con marcada intención.) En cuanto á 
mí que solo soy vuestra amiga 


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FARSA. Y CONTRA-FARSA. 


Fac. — (Cielos! si amará á otro?. . . .) 

Viro.— Me contentaré con que me prometáis no batiros con 
mi hermano y salir hoy mismo de Madrid. 

Fac. — No puedo! 

Viro. — ¿Tanto rencor conserváis á vuestro enemigo? 

Fac. — Saben los cielos que me alegraría de poder hacer 
con él lo que he hecho con Guevara! 

Viro. — Reflexionadlo, sefior: Daelza que pretende mi 
mano .... 

Fac. — (sorprendido) De veras? 

Viro.— Así me lo ha asegurado Silvestre. 

Fac. — (Ah! traidor! ahora comprendo el motivo de su 

inaudita ferocidad.) 

Viro. — Daelza me parece que no es tan amigo vuestro 
como aparenta. Conociendo la superioridad de mi 
hermano en toda clase de armas, no debía consentir 
en este duelo. 

Fac. —El honor .... 

Viro. — El honor na puede nunca autorizar un asesinato, 
porque á eso equivale un desafío en que todas las 
ventajas están de parte del contrario. Vos ya ha- 
béis probado que no sois cobarde, y por consi- 
guiente, no necesitáis batiros. 

Fac. — ¿Y el vituperio de las gentes; las pullas de los 
amigos, las murmuraciones de la sociedad? 

Viro. — Mirad con desden esas vanas preocupaciones y no 
imitéis á los que se sacrifican néciamente por obte- 
ner la aprobación de los mismos que desprecian. 

Fac. — ¡N o puedo, Virginia, no puedo! 

Viro. — Hacedlo al menos por vuestra madre! 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


131 


Fac. — Ella, idolatrando en mí, preferiría verme antes 
muerto que deshonrado. 

Viro.— (con ansiedad) No amais á ninguna mujer? 

Fac. — (la mira fijamente y después de una breve pausa, 
dice) Sí, amo. 

Viro. — (¡Ingrato!) ¿y ella?. . . . os ama? 

Fac. — Lo ignoro. 

Virg. — ¿Nunca le habéis declarado vuestra pasión? 

Fac.— N unca! pero si tuviese la seguridad de que podría 
amarme algún dia, acaso — 

Viro. — Seguiríais mi consejo? 

Fac. — No sé. . . . pero — 

Viro.— Quién es ella?. . . .Es amiga mia?. . .la conozco yo? 

Fac.— M ucho! 

Viro.— Por la Virgen! hablad. . . . quién es? 

(Valletriste vacila irresoluto, vuelve el rostro dos ó tres 
veces, y por último se decide, y cae lentamente de rodillas 
con las manos juntas:) 

Fac. — Sois vos, Virginia, sois vos! 

Viro. — ( poniéndose la mano sobre el corazón) (Ah! lo sos- 
pechaba!) 

Fac. — Sois vos, Virginia, á quien es imposible conocer y 
no adorar! vos, en quien no sé que admirar mas, sí 
la belleza, el talento ó la bondad! 

Viro, —(le tiende la memo y le levanta) Facundo! 

Fac. — Una palabra. . . .por piedad! 

Virg. — Sí me amais como decís, huid al momento, ocultaos, 
salid de Madrid hoy mismo, y delante de Dios que 
nos escucha, os juro conservaros pura mi fé hasta 


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132 


FARSA T CONTRA-FARSA. 


que mi hermano, de grado ó por fuerza me permita 
ratificar mi juramento al pié de los altares. 

Fac.— No, Virginia, no! No debo enajenarme la estima- 
ción de D. Silvestre, no debo autorizarle para que 
mire con desprecio mi alianza. Lucharemos y él 
me matarás! quiere ó puede ...yo, os lo repito, 
no atentaré contra su vida: me defenderé única- 
mente. 

Viro. — Amigo mió! ... se trata de un duelo á muerte! ( le 
toma urna mano y la estrecha entre las suyas) por 
vuestra madre, por mí, por lo que mas amei3 en la 
tierra y en el cielo, no os espongais á una muerte 
segura! 

Fac. — (con el delirio de la fiebre) terrible ansiedad. . . .oh! 
el cielo es justo y me castiga por donde mas he pecar 
do.... He dudado, he blasfemado de todos los no- 
bles sentimientos del corazón humano, del amor, de 
la virtud, de la amistad, de todo lo que constituye 
la dicha en la tierra, en fin! y cuando la suerte me 
brinda de esa dicha tan anhelada, y la pone delante 
de mis ojos y al alcance de mi diestra, entonces, 
para hacer mas horrible mi agonía, ¡oh sarcasmo y 
castigo providencial! siento la descarnada mano de la 
muerte que se aforra á mi garganta y me lleva ar- 
rastrando hasta el sepúlcro. . . .quiero desasirme de 
su helada presión que me sofoca, quiero romper el 
dogal de fuego que me abrasa, quiero huir, y hm 
fuerza superior á mi voluntad, me detiene clavado 
aquí, como al reo en el banquillo del Suplicio donde 
ha de ejecutarse su sentencia! 


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í 


FARSA T CONTRA- FARSA. 133 

ViBG.-~Aquí debe realizarse el duelo? 

Fac. — Aquí solos, y sin mas testigos que el Doctor. 

Viro. — (aterrorizada) (Le salvaré á pesar suyo.) Yo te 
amo, y te he amado siempre, Valletriste, y no quie- 
ro que te maten! ven conmigo! (le coje de un brazo y 
le arrastra con violencia .) 

Fac. — (resistiéndose débilmente) Virginia! (Al llegar cerca 
de la puerta, se detiene, presta el oido, y retrocede ve- 
lozmente como avergonzado de su debilidad) Ya es 
tarde! .... no oyes? siento pasos . . . . son ellos! 

Viro. — Quiénes? 

Fac. — Tu hermano y el Doctor. >• 

Viro. — Dios del cielo! Donde me oculto? 

Fac. — (llevándola al gabinete) Aquí.... pero prométeme 
que veas lo que veas, oigas lo que oigas no saldrás. 
Gemidos, ruegos y lágrimas serán inútiles. Nuestra 
resolución es irrevocable. 

Viro. — (entrando) Protéjele Señor! 


ESCENA IV. 


Virginia (< oculta en el gabinete) D. Facundo, Daelza, acompañado de Lupian , que 
trae en la cabeza un manojo de sables , lanzas , espadas y rifles; en la mano 
izquierda uva cajú de pistolas y en la derecha otra ídem de homeopatía • 


Dael. — (estrechando la mano d V alletriste y sentándose) — Ha 
venido? v 

Fac. — Todavía no. 

(Lupian pone su arsenal sobre la mesa y se retira.) 
Dael.— En casos como el presente, es costumbre acudir á 
la cita con algunos minutos de anticipación. 


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134 FARSA Y CONTRA-FARSA. 

Fac. — (Está impaciente por deshacerse de mí. ..Veamos). . . 
Quizá no venga. 

Dael. —Vendrá . . . esto y yo de por medio El león para 

los que no le conocen, es mansa oveja para mi que 
he sabido domesticarle. Si faltáis, le dije; en la 
calle, en el café, en el teatro, en cualquier sitio 
público donde os encuentre, os daré de bofetadas.. . 
Fuerte con los débiles y débil con los fuertes, D. 
Tremendo, como todos los duelistas de profesión, no 
es capaz de habérselas con nadie que tenga mas 
valor ó mas audacia que él. 

Fac. — Cualquiera diría al ver el calor con que os espresais, 
que teneis alguna ofensa particular que vengar. 

Dael. — Friolera! el inferné me ha negado la mano de su 
hermana! .... 

Fac. — (con mal reprimida ira) Hola! con que vos queríais 
casaros, y con Virginia, nada menos. 

Dael. — Si, amigo mió, y feliz, mil veces feliz, el hombre 
que alcance tal tesoro! 

Fac.— (La rábia me ahoga!) D. Eujénio, sois. . . si, sois 
un falso amigo! 

Dael.— (Y a respiró por la herida!) con finjido asombro) 
Ahora süimos con esas? En qué he podido ofende- 
ros, dejándome arrastrar de la natural simpatía que 
esa inapreciable jóven inspira á cuantos la cono- 
cen? ...De un carácter angelical, instruida, llena 
de gracia y candor, y ademas inmensamente rica 
¿qué estraño es que tenga los pretendientes por 
docenas? ¿Qué estraño es que yo haya cedido como 
Guevara al vértigo general? Creis que hoy se en- 


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FARSA T CONTRA-FARSA. 


135 


cuentra con facilidad mugeres que reúnan sus dotes 
y circunstancias? 

Fac. — Es cierto. . . .pero, amigo mió, yo también la amo, 
la amo como un loco, y no puedo conformarme con 
que otro hombre me la arrebate. 

Daul. -Bah! no la habéis despreciado antes? - . 

Fac. — Pero ahora la idolatro! 

Dael. —Ahora que la veis solicitada por otros, ahora que 
hay un obstáculo insuperable entre vos y ella. ¡Mi- 
serable corazón humano! .... 

Fac.— Ah! sisupiéseis cuánto la debo, si supiéseis que yo 
estaba arruinado, y que ella me ha salvado! 

Dael. — ¡Arruinado! (esta no estaba en mis libros) con que 
estabais arruinado? (golpeándose la frente ,) y yo que 
ni lo sospeché siquiera! . . . Hé ahí el motivo secreto 
que no alcanzaba á comprender: hé ahí el resorte de 
vuestro finjido menosprecio á la vida y del ódio á 
los hombres y á la sociedad! Como otros se matan 
por caprichos mas ó menos triviales, y siempre por 
egoísmo, ¿queríais mataros porque os faltaba dinero, 
por un móvil tan mezquino, como la privación de 
los goces materiales que trae consigo la riqueza?. . . 
¿Tanto pesaban en la balanza algunas miserables 
talegas de dinero?. . . 

Fac. — El dinero. . . . 

Dael. — (con indignación) Es el Dios del siglo, lo sé. . ..el 
minotauro que devora anualmente en las áras del 
suicidio á muchos que no pueden conformarse con la 
pobreza, ó no saben enriquecerse de nuevo conquis- 
tando una posición social, y luego alegan frívolos 


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136 


FAB6A T CONTBA -FARSA . 


pretestos para cohonestar su desinteresado sacrificio! 

Fac.— En cuanto á mí, lo confieso .... aunque abrigaba 
otros motivos, ese era el principal. . . .no podía re- 
signarme á vivir sin mi antigua opulencia. 

Dael. — D. Facundo, siempre yo hubiera partido con vos 
mi fortuna. 

Fac. — (Este hombre es incomprensible.) Gracias. .. .Aho- 
ra podréis conocer si me asisten motivos para amar 
á Virginia. . . Talvez conociendo mi anterior ma- 
nera de pensar, juzguéis hija mi pasión de un 
capricho 

Dael. — No, amigo mió, Virginia pertenece al corto nú 
mero de esos seres privilejiados que traen al mundo 
impreso en la frente el sello de su origen divino, y, si 
el amor, como todas las grandes pasiones, no es. otra 
ocsa que úna modificación del alma, ó en otros térmi • 
nos, una fiebre intermitente mas ó menos intensa, 
puede haber circunstancias en la vida qué nos preo- 
cupen, nos dominen y electricen de tal modo que lo 
hagan nacer y desarrollarse en breves instantes. 
Ademas, vos ya la conocíais . ... 

Fac. — Silencio! viene alguien .... 

escena v. 

Dichos , D. Silvestre. 

Dael. — Os esperábamos, señor, con impaciencia. 

Silv.— Ya estoy aquí. 

Dael. — ¿Persistís en no concederme las dos cosas que os 
he pedido? 


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FARSA Y CONTR A-FARSA. 


137 


Sily. — S í, señor. 

Dael.— Pues bien, siéntense Vdes. á esa mesa y escriban. 
(Se dirije á la puerta del frente y echa la llave : D. Fa- 
cundo y D. Silvestre se sientan.) 

Sily.— Sepamos antes. ... 9 

Dael.— Escriban Vdes. 

( D . Silvestre se alza de hombros , y mira d Valletrisle 
como interrogándole; este vd d hablar y se detiene; toma 
papel y pl/uma y hace wn gesto desdeñoso d su adversa- 
rio para que imite su ejemplo.) \ 

Dael. — (dictando) “A nadie se acuse de mi muerte; cansa- 
do de la vida yo mismo me la he arrebatado/’ 

Silv . — (vacilando) (Diantre! esto es grave. ) 

Dael.— No queréis escribir, ser£brJD. Silvestre? 

SiLv é — Si, señor. (Escribiré lo que quiera; pero la que es 
hacerlo....) 

Fac.— (Está visto. . . .ha resuelto libertarse de un rival pe- 
ligroso.) 

Dael. — (Se aproxima y examina lo escrito.) Bien, muy 
bien! 

Sil v. — (Mal, muy mal, digo yo.) 

Dael.— Firmen Vdes. 

Silv. y Fac. — Ya está. 

Dael. — Ahora me toca á mí, (Escribe.)' “ A nadie se acuse.... 
Silv. — ¿Y esta receta? 

Dael. — Es un pasaporte en regla para el otro mundo. 
Silv.— ¡Ya!. . . . 

Dadza rompe U pliego por la mitad , dobla lo escñto y 
se lo mete en el bolsillo del chaleco.) Pueden Vdes. 
hacer lo mismo. 


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FARSA T CONTRA-FARSA. 


Sily. — S eñor Doctor, por la virgen de Atocha, qué signifi- 
ca esto? 

Dael. — Significa que la suerte va á decidir quién de Vds. 
dos será cadáver dentro de cinco minutos. ( Toma la 
caja de homeopatía.) Hay aquí un filtro tan activo 
y eficaz que hasta aspirarlo para caer muerto en 
el acto. 

Silv. (echándose atras) — Zape ! y lo dice con una fres- 
cura!) 

Fac. — (Corazón, valor!) 

Dael. — No hay que asustarse. . . .El Señor (señala d D. Fa- 
cundo) me ha pedido un veneno distintas veces por 
que desea suicidarse, y yo cediendo á sus vivas ins- 
tancias le di antiayer unos polvos fulminantes: hoy 
la casualidad ó el destino me habilitan para brindarle 
algo mejor, mas rápido, mas eficaz y decisivo, sin 

faltar á mis deberes de amigo y médico y estoy 

seguro que me agradecerá el obsequio 

Fac. — Oh! mucho! .... (Mal rayo te parta!) 

Dael. (d D. Silvestre ) — En cuanto á vos, que sois un valien- 
te en toda la estencion de la palabra, acostumbrado 
á jugar su vida á cada minuto, tampoco debe sor- 
prenderos esta clase de envite, y creo que lo acep- 
tareis con júbilo, puesto que os proporciona una 
ocasión brillantísima de probarnos vuestro heroísmo. 

( D . Silvestre hace un gesto negativo.) 

Dael. — Batirse á la claridad del dia, delante de ocho ó diez 
personas, con la inseguridad del éxito y el temor del 
ridículo que puede caer sobre nosotros, si no nos 
conducimos como el pundonor ó la costumbre exijen, 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


139 


eso lo hace cualquier imberbe polluelo .... pero pro- 
vocar y aceptar una muerte cierta, obscura y volun- 
taria eso solo está reservado para las almas gran- 

des y los corazones de temple espartano, como el 
vuestro señor D. Silvestre! 

Silv. — Si, señor, lo comprendo, pero.... sería mejor de 
otro modo. Hay allí sables, rifles, lanzas, pistolas y 
espadas ... * 

Dael — La lucha sería muy desigual y vos triunfaríais. Va- 
lletriste, hoy por primera vez ha tomado un arma en 
sus manos, y ya habéis visto el uso que ha heclio 
de ella. 

Silv.— (Ilumíname, virgen de los desamparados!) — Yo creía 
que esas armas .... 

Dael. — A su tiempo maduran las brevas. . . .He calculado 
todas las contingencias del lance. 

Silv. — En fin. . . . (Tengo el alma en un hilo!) 

Dael. — Vamos, aceptáis, si ó no? Aquí traigo dados; (los 
saca y abre la caja) y este es el frasco homeopático. 
(Se los muestra ) . 

Silv. — (Asi reventára y homeopáticamente nos librára 
de tí!) 

Dael. — Vais á esperimentar la maravillosa virtud de las 
dócis infínitisimales. . 

Silv. — Sí?*. . . . (Buen provecho! . . . .No sé como salir de 
este pantano, vive Dios! ¿en qué casa de orates, en- 
tre qué gente escomulgada me he metido? ) 

Fac. (que ha permanecido absorto en sus meditaciones — (Mo- 
rir á los veinte y ocho años, cuando el fantasma de 
la dicha iba á convertirse para mí en realidad! 


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140 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


< Sarcasmo ruin de la suerte 
«Para el alma dolorida, 

■ No ver hermosa la vida 
«Sino al dintel de la muerte!) 

E. F. Sanz. 

Dael. — (A D. Silvestre.) Por ventura tembláis y retrocedéis? 

Silv. — (Hagamos de tripas corazón.) No señor, tiraremos, 
y si él gana. . . . 

Dael. — ¿Q ué? 

Silv. — Tomaré el veneno, (la puerta ó la ventana 6 daré 
voces y llamaré á los vecinos.) 

Dael. — Vamos, quien haga el punto menor, ese se apro- 
ximará este pomo á las narices. Si sois vos, Valle- 
triste, el que sucumbe, nada tenemos que hablar 
quedáis en vuestra casa. . . .pero si es el señor, le 
meteremos en mi carruage 4 la madrugada, y le 
arrojaremos en las afueras de Madrid. 

Silv.— (Pues! como A un perro á quien dan estrignina!) 
Gracias, Doctor por la fineza. 

Dael.— Puedo, si gustáis, disecaros en mi gabinete anató- 
mico; y conservar Cbmo recuerdo vuestro esqueleto. 

Silv. — No señor, echadme en un muladar. (No te verás en 
ese espejo!) 

Dael. — Quién tira primero? 

Silv. (d I). Facundo) —Os cedo la mano . . . . (d Daelza ) — La 
política nunca está de mas 

Dael. — (en tono de burla ) — Ni lo cortés quita lo valiente. 

Valhtriste toma los dados, se acerca lentamente d la mesa, vuel- 
ve los ojos hdcia lapuerta donde se oculta Virginia, agi- 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


141 


ta los dados y los arroja. D. Silvestre y el Doctor se 
precipitan sobre la mesa y esclaman d un tiempo: Diez 
y seis!!....) 

Dabl.— B uen punto! (á Silvestre). Ahora á vos. 

Silv. — (Revuelve los dados con mano trémula y pasea al re- 
dedor sus ojos despavoridos:— todo está cerrado ... . 
no podré escaparme!) 

Dael. ( impaciente ) — Vamos, hombre, eso se tira de una vez! 

Silv.— De una vez, eh?. .. .yo os la daría en veinte. 

Dabl.— ¿T iráis ó no? 

Silv.— V oy. 

Dael. — Acabemos! 

(D. Silvestre tira, y vuelve el rostro para no ver los dados. Daelr 
za va d decir el punto , y D. Facundo le pone la mano 
en la boca. 

Fac.— S ilencio! 

Dabl. — (Comprendo .... no quiere que ella lo oiga.) 

Fac. (d D. Silvestre en voz baja ) — Diez y siete, habéis ga- 
nado. 

Silv.— Dios sea loado! (Ya iba ¿ desmayarme....) con 
fanfarronería. Me alegro! 

Fac.— Hablad mas despacio. . . podrían olmos los criados. 

Dael.— S í. 

Fac. — D. Silvestre, os perdono mi muerte, (lleva d Daelza 
aparte.) Si os casais con ella hacedla muy feliz. . . . 
está allí oculta. .' . . 

Dabl. '-(Ya me lo había dicho Lupian.) 

Fac. — No bien se aleje su hermano procurad sacarla de 
aquí sin que vea mi cadáver (le dd una carta). Estas 
son mis últimas disposiciones . . . desempeñad unas 


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142 FARSA Y CONTRA-FARSA. 

alhajas que están en el monte de piedad y entregad- 
las á su dueña lo que sobre de mi fortuna, la 

mitad para mi madre y la otra mitad para Guevara - - • 
Adiós! .... Estrecha la memo al Doctor, enjúgase algu- 
nas lágrimas, le arrebata el porño, y lo aspira, diciendo : 
'—Estaba de Dios! ( Vacila y cae sin sentido en brazos 
. de Daelza que le coloca en un sillón.) 

(Pausa, — el médico enternecido y lleno de cólera á la vez se 
cruza de brazos y contempla alternativamente á Va - 
Uetriste y d D. Silvestre en cuya fisonomía se pinta el 
terror y el miedo. 

Dael. (á media voz)—* Víctima del honor y de su esforzado 
corazón ha muerto, y vos no habéis sabido perdonar- 
le, no habéis sabido impedir con una palabra, que 
pusiera término á su existencia .... Sois un misera- 
ble D. Silvestre! y yo voy á daros la satisfacción que 
ayer os atrevisteis á pedirme. Necesito vengar á mi 
amigo. 

Silv. — Hombre, vos queréis matar á todo el mundo! 

Dabl. — ¿N o preguntábais qué destino tenían esas armas? 
Eran para este caso ....(Se acerca á la mesa y abre la 
caja de las pistolas)— Hay las teneis . . .pistolas, sa- 
bles, lanzas, rifles, espadas escojed la que mas 

* os guste. 

Silv.— S í, sí, ya me avergüenzo de tanta cobardía, (toma 
wn sable , el Doctor esgrime otro.) 

Dael. — En guardia! y defendeos con brío porque estoy 
resuelto á mataros ó á que me matéis! .... 

Silv. — (N o puedo con este hombre, me fascina y aterro- 
riza.) 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


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{Crúzame los sables; al tercer ó cuarto mandoble , Daelza des- 
arma d su enemigo . Ábrese la puerta del gabinete y 
Virginia con las facciones desencajadas y apoyándose 
en el marco para no caer , se detiene en el umbral . 


ESCENA YI. 

Dichos, Virginia . 

ViRG. — (No puedo soportar por mas tiempo esta angustia é 
incertidumbre ) 

Darl. — Ahora, encomendaos á Dios! ( Levanta el sable y 
amaga herirle ) 

Sily. (¡ temblando ) — Doctor... os concedo la mano de mi 
hermana 

Dael. — Eso no basta. . . .pedid perdón á vuestra víctima! . . 
{Le agarra de un brazo y le obliga caer de rodillas de- 
lante del sillón donde está Valletriste.) 

Silv. — P erdón, Valletriste, perdón! 

Virgl— (precipitándose al sillón y tomando una mano d Va- 
lletriste) Muerto! Dios mió, muerto! .... (fe pone la 
mano sobre el corazón) pero no, . . . .vive. . . .todavía 

vive! . . . Facundo! Facundo! .... Virgen santa! 

no contesta. . . . 

Fac. — {vuelve en si y se pone velozmente en pié) Virginia! D. 
Silvestre! 

Virg. — Salvadle, Doctor, y mi gratitud no tendrá límites. 

Dael.— No es necesario el auxilio de mi ciencia: el preten- 
dido veneno era un poco de cloroformo en dósis 
homeopática. ^ 


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144 


FARSA Y CONTRA-FARSA. 


Viro.— Gracias, Doctor, gracias! 

Dael. — Solo quise con esta doble farsa dar una severa lec- 
ción al suicida insensato y al infatuado pendenciero, 
y la casualidad, ó la mano oculta de la Providencia 
me ha servido mas allá de mis deseos. ( d Valletriste) 
Ya estáis radicalmente curado de vuestra ridicula 
manía, y á D. Silvestre confío que no le quedarán 
ganas de volver á insultar ni desafiar á nadie. Es- 
pontáneamente os ha pedido perdón, y en justo de- 
sagravio de su ofensa, os concede la mano de su 
hermana, (toma la de Virginia y la coloca entre las de 
D. Facundo.) 

Fac.— Dios del cielo! tanta felicidad en un dia!....Ah! 
Daelza, que mal os he juzgado! cómo os he podido 
desconocer, modelo de los buenos amigos, de la 
honradez y la lealtad! (Se arrodilla ). 

Dah í.— ( levantándole) Creeis ahora por esperiencia, que no 
todos los hombres son perversos y egoístas, y que la 
vida vale algo? 

Fac. — (pasando el brazo por la cintura de Virginia y opri- 
miéndola suavemente contra su pecho.) Si, es una 
gran cosa! 

Dael. — (d D. Silvestre) Miradlos, señor, y si todavía vaciláis... 

Silv. — No, cuando todos rivalizan en nobleza y generosi- 
dad, yo no quiero ser menos. Valletriste, vuelvo á 
pediros perdón por la injusta ofensa que os hice .... 

Fac.— B asta. 

Silv. — Esta es mi mano .... 

Fac. — (abriéndole los brazos) Aquí . . . . sobre mi corazón! . . 
de hoy mas seremos hermanos! 


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FARSA Y CONTRA-FARSA. 


145 


Viro. — ¡Ojalá todos los suicidios y desafíos tuviesen tan 
feliz desenlace! 

Dael. — Contribuir al menos á que se disminuyan lanzando 
sobre sus autores, el anatema, el ridículo y el des- 
precio que merecen, es una tarea digna de toda 
persona inteligente, y de todo corazón bien puesto 
en estos calamitosos tiempos, en que abundan tanto 
las farsas de todo género : hoy que la mentira bajo 
todas las formas imaginables, lacera y corroe las 
entrañas de la sociedad. He dicho. 

Estruendosos aplausos. Cae el telón, y el público 
entusiasmado pide á gritos al autor, es decir á Daelza, 
padre de esta comedia; pero el indino homeópata, no por 
modestia, sino para no quitar la ilusión á las espectadoras 
con su fea cara ni dejar ciegos á los espectadores con los 
rayos que vibra su calva frente, aplica á su curiosidad el 
sistema de Hanneman, se obstina en no salir, y acarician- 
do una dulcísima esperanza, huye donde le aguarda . . , 
oh hermosas lectoras! .... no sabéis quién?. ... pues yo 
tampoco. 

Voy á averiguarlo, y si lo consigo, me comprometo á 
ponerlo en vuestra noticia, en otra novela que escribiré 
ad hoc. Por hoy está completo el volúmen y no me es 
dado añadir una línea mas. Adiosito! 

Buenos Aires, Mayo de 1858. 


FIN. 


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INDICE DE FARSA Y CONTRA-FARSA. 

Pájinaa. 

Dedicatoria 3 

Capitulo I o 300,000 5 

“ 2 o Similia Simílibus 13 

“ 3 o Enigma 19 

“ 4 o ¡Hastiado! 27 

“ 5 o Una apuesta 33 

“ 6 o Anverso y Reverso 39 

“ 7 o Una letra pagadera á la vista 49 

‘ ‘ 8 o Un millón de bofetones 57 

“ 9 o Virginia '. . . 65 

“ 10. Un caballero .... de industria 73 

“ 11. Estrangulación homeopática 83 

“ 12. La horma de su zapato 93 

“ 13. La imaginación y la realidad 103 

“ 14. De los arrepentidos se sirve Dios 113 

“ 15. Sinfonía ó campanilleo á grande or- 
questa 122 


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